No somos nadie

El incidente diplomático provocado por la expulsión de dos relevantes diplomáticos de la embajada de Moscú como respuesta a las medida adoptadas por nuestro Gobierno con los espías descubiertos aquí pocos antes, ha servido para demostrar el peso escasísimo que España mantiene hoy en el ámbito internacional. Pero ese incidente es poca cosa comparado con el derivado de la detención en Teherán de nuestro cónsul, un “hecho muy grave e inaceptable” según la propia ministra, por el que, sin embargo, ni siquiera se va llamar a consultas al embajador mientras que países como Francia protestan de modo espontáneo ante lo que constituye una flagrante violación de las reglas imprescindibles que hacen posible el servicio diplomático. Poco queda del prestigio que nuestro país fue adquiriendo en los años del aznarato, a pesar de que su atlantismo militante no facilitara nuestro ascenso en Europa, y es de temer que la cosa vaya a peor a medida que estas defecciones fomenten una imagen de debilidad que nada va a ayudarnos por ahí fuera, en especial, en esos países aferrados en exceso a su autoestima para los que cualquier gesto débil se convierte en ocasión para imponer trágalas. La realidad es que hemos pasado de figurar entre los países dirigentes del planeta a ser un país que se rebaja a tratar benévolo con los tiranos o que tolera que le secuestren un cónsul durante horas sin motivos que es lo que ha ocurrido en Teherán por más que el encogido Gobierno prefiera disimular los hechos y pasar página. Alejados de Europa por la crisis económica y liquidada nuestra posición preferente en las grandes potencias, representamos cada día menos en esa esfera internacional en la que ya un país como Irán se permite ultrajarnos ante el silencio y disimulo de una autoridad timorata. No somos casi nadie y menos que vamos a ser a este paso, aunque algunos países extranjeros –más que nada por el grave significado de los hechos—todavía nos hagan el trabajo diplomático.

A la actual ministra la llaman algunos colegas con un diminutivo familiar, ignoro si por mera simpatía o acaso porque conozcan la desconcertante circunstancia de que haya llegado a encabezar la jerarquía diplomática tras fracasar reiteradamente en esa exclusiva Carrera que, al parecer, hubo de abandonar aburrida. Pero sea por lo que fuere, es evidente el decaimiento de una política exterior que ha malbaratado en bien poco tiempo el prestigio adquirido. No tener redaños ni para exigir una explicación a actos despectivos como los mencionados es la mejor garantía de convertirnos en un país menor al que grandes y chicos toman ya por el pito de un sereno.

Un buque insignia

Nos entretenemos con los mangazos permitidos u organizados desde la Junta. Mucho menos nos fijamos en la catastrófica gestión de las economías en crisis que ha venido haciendo la autonomía y de la cual el escándalo de los EREs no es sino el remate y colofón. El cierre de Santana Motor es un ejemplo mayúsculo de esa estrategia de trampeo sistemático –pan de hoy y hambre para mañana—que parece ser la única que se le ocurre a la Junta: dieciséis años de trajines, miles de millones dilapidados, EREs por un tubo y, en fin de cuentas, el cerrojazo y otro paquete de trabajadores (1341 exactamente) a la calle. Quizá ningún fracaso comparable al de la ausencia de un modelo económico. Tras este cerrojazo de ve con la mayor claridad.

Sólo para hombres

A medida que se sublima la odisea de los mineros chilenos que permanecieron enterrados en vida durante tanto tiempo, vamos enterándonos de algunas particularidades del caso que no dejan de ser interesantes, como el hecho de que, ya la autoridad ya las propias familias, les hayan estado suministrando para aliviar su angustia durante el encierro porros de hachis, o de que ellos mismos reclamaran el envío de muñecas inflables con que mitigar sus ardores. Esto último no les fue facilitado pero no por ningún motivo o consideración moral o estética sino, sencillamente, porque no se disponía más que un número limitado de esos artefactos y era de temer que ello desatara en lo profundo la guerra entre los machos en celo. Por su parte, las autoridades penitenciarias francesas han denegado la petición de un grupo de reclusas para que se aceptara la oferta de una empresa del ramo de proporcionar mil “sextoys” o juguetes sexuales para festejar el día de san Valentín, y lo han hecho con el argumento de que ese tipo de accesorios pertenecen a la “esfera privada” y que la Administración “no tiene por vocación” invadir aquella proporcionando objetos semejantes y con semejantes finalidades. A ambos, hombres y mujeres, se les han negado la oportunidad de desfogarse íntimamente sin salir de sus respectivos infiernos, pero –nótese la diferencia—a unos simplemente por no disponer de suficientes recursos, mientras que a las otras, sin mayores motivos que la lógica administrativa. Nadie se ha extrañado de la “necesidad” masculina esgrimida por los mineros, mientras que la sequedad de la respuesta dada a las presas parece sugerir una ínfima valoración de esos anhelos que no veo razón para considerar menos precisos o urgentes que los de los otros enterrados en vida. El placer no es ningún derecho, evidentemente, pero mucho menos para las mujeres que para los hombres, los cuales, al fin y al cabo, han logrado hacer de él un signo de identidad.

Se ve que para muchos, como para Flaubert, ese placer sigue siendo no más que una “palabra obscena” pero, en cualquier caso, un concepto dudoso que lo es menos en el varón que en la hembra, a la vista está. Nadie cuestiona la insatisfacción o el deseo de los machos que no se mide, evidentemente, con el de las hembras, a pesar del éxito literario del mito de su lubricidad, un clásico de todas las literaturas incluida la sagrada. Una vividora como Colette, que sabía de lo que hablaba, dejó dicho que el vicio no es más que el mal cuando se hace sin placer. Los funcionarios de los que hablamos parecen haberle dado la vuelta a tan alta filosofía.

Los proactivos

Dos consejeros/as, por lo menos, han sacado a relucir ese palabro, “proactivo”, para calificar la actitud de la Junta en el escándalo de los EREs. Pero ni “proactivo” significa nada en español (consulten el DRAE) ni lo que intenta sugerirse con su uso parece confirmado por los hechos, sino todo lo contrario, pues no parece cierto que la Junta se fuera antes que nadie a la Justicia sino que lo hizo una vez que otros se le habían adelantado. Se comprende tanto desconcierto verbal en función del que padecen ante unas evidencias que cada día que pasa resultan más aplastantes. Nunca la autonomía conoció un negocio sucio de esta envergadura. Eso se puede decir ya aunque el baile, probablemente, no haya hecho más que empezar.

La honra olímpica

Crece la polémica en torno al esperpento organizado por autoridades y federaciones en torno al solomillo con clembuterol que parece ser que devoró con inocencia el campeonísimo Contador. Es más, en pocas ocasiones las cosas de España, por decirlo como lo diría Richard Ford hace casi dos siglos, han suscitado tanto interés ni reacción tan viva en nuestros vecinos y socios europeos, unánimes casi al entender que la intervención de nuestros poderes públicos en la polémica reyerta federativa –el presidente del Gobierno, el jefe de la Oposición, el presidente de la Audiencia Nacional…– resulta impropia en una sociedad democrática para la que, por lo que vemos y oímos, sería más grave esa “negligencia no significativa” que supone zamparse un solomillo sin analizarlo antes (¡) que tantos ruborizantes escándalos como se están viviendo por ahí. El problema no es tanto el que plantea el caso de Contador –es obvio que tendrán que actualizar esa normativa marciana—sino el hecho mismo de que un episodio deportivo sea capaz de provocar semejante movilización. Aunque bien es cierto que el deporte se ha instalado ya con tanta firmeza en nuestras arruinadas sociedades que un reciente estudio realizado en la universidad Carlos III de Madrid, teniendo en consideración el gasto gubernamental en relación con el éxito obtenido, calcula en cuarenta millones de euros lo que a cada país le cuesta una medalla de oro conquistada en una Olimpiada. En la Europa abrumada por el paro, ni las cuitas del euro, ni la fractura política que revela el desprestigio de los representantes, ni las supinas miserias de Berlusconi parecen provocar una respuesta tan acordada y enérgica como la que ha merecido el explicable apoyo español a un campeón propio arrastrado de una manera tan absurda. Pocas veces hemos visto desvelar tan claramente, desde dentro y desde fuera, la imagen de una honra nacional, ciertamente, digna de mejor causa.

 

No hay que olvidar la pujanza del negocio deportivo, uno de los pocos sectores que pueden permitirse mantener la suntuosidad e incluso el despilfarro en plena crisis, frente a las gurumías generalizadas que vive un país en almoneda, con las pensiones congeladas, los sueldos reducidos y más de cuatro millones de parados en el banquillo. Porque esa grave inversión en el deporte no es privativa de España, por supuesto, sino que afecta a los demás tanto o más que a nuestro país y estos montajes económicos necesitan coartadas ideológicas eficaces como ésa que consiste en situar la honrilla deportiva en el centro de la axiología. En la antigüedad clásica la competición era capaz de detener las guerras. Hoy parece en condiciones incluso de provocarlas.

Ni luz ni taquígrafos

Es fácil comprender que el presidente Griñán haga el ridículo descalificando la figura de la comisión parlamentaria de investigación como un artefacto que “sólo sirve para difamar con inmunidad”. Él no puede hacer otra cosa, eso es evidente, atrapado en ese diabólico laberinto de las prejubilaciones falsas y el saqueo de los fondos correspondientes, en el que no tiene más remedio que estar contaminado por activa o por pasiva. Pero cegar esa vía parlamentaria es un abuso antidemocrático elemental y supone, además, un desprecio de primera categoría al propio Parlamento. Griñán no sabe cómo escapar en esta encrucijada. Desgraciadamente, no se le puede pedir más por más que su actitud suponga todo un fracaso del sistema de libertades.