Lo nuestro

Lo pájaros que durante siglos han anidado en la cabeza del español son muy diversos y particulares. El Emperador, quiero decir, Carlos V, le espetó al obispo de Macon –que creo que era el embajador francés en aquel momento— que si para hablar a las damas lo suyo era el italiano y para hacerlo con los hombres o los caballos lo propio sería el francés o el alemán, para hablar con Dios sólo había una lengua apropiada: el castellano o español. Así fuimos en un momento de la aventura humana en que el sol nos iluminaba sin ocaso y por ahí nos tenían un respeto de aquí te espero. Hoy, de pretender un farol semejante, tendríamos que alegar nuestra hegemonía deportiva y, en especial, la hazaña futbolera. Les doy datos copiados: de los 51 trofeos europeos disputados desde 2000, más de la mitad los hemos ganado –discúlpenme el plural mayestático— esos españolitos que Arana veía tan bajitos y pobres de espíritu, muy por encima de Inglaterra o Italia, y éste año de gracia es el tercero en que nos traemos a nuestras vitrinas los tres título europeos. Cada día tiene su afán y cada época su hazaña, qué le vamos a hacer, pero no me digan que no es también desolador comparar nuestro éxito competitivo con el rotundo fracaso de nuestra educación, año tras año a la cola de Europa y, por caso, de una Corea (del Sur) a la que hemos dejado de verle la matrícula. Hemos tenido siglos grandes, pero hace cuatro centurias que venimos involucionando para llegar a ser el eslabón perdido de la especie.

¿Por qué es tan fácil de cultivar el talento lúdico y tan difícil de conseguir el cultural? Difícil cuestión, aunque lo más probable es que se deba al desprestigio del saber hoy sustituido por la destreza y, cómo no decirlo, a la incapacidad de nuestros poderes públicos para enderezar un proyecto cultural –humanístico, científico-natural— más allá de las proezas individuales. No es del todo vano el tópico del individualismo hispano –Unamuno decía distinguir entre dos clases de españoles, él y el resto, aunque ni eso le permitía tomar sus decisiones por unanimidad– justo lo contrario de la filosofía “cholista” que ha hecho del Atlético un equipo memorable y de la praxis de Unai Emery que ha cuadrado el círculo haciendo del Sevilla un pentacampeón rentable. Somos un constructo histórico unicelular, no nos van las complejidades orgánicas. Vamos, que somos a un tiempo el asombro de Damasco y el pito del sereno. Mi nieto, que es del “A-leti”, ni me habla desde el sábado.

Globos y fantoches

Entre los imputados por la laboriosa juez Alaya han fallecido ya unos cuantos, razón por la que día a día crece la sensación de que, a lo peor, todo queda al final en nada o en poco, es decir, se liquida el fabuloso saqueo con una cuantas sanciones a los más “pringaos” de la cuadrilla, mientras quienes lo idearon y consintieron se van de rositas. Poco a poco, la nueva juez de las macrocausas va destejiendo la madeja que cardó Alaya, hoy archivando este expediente, mañana percatándose de que los hechos reprobables han prescrito. Hasta algunos de los mayores presuntos se permiten chulear dialécticamente a la Justicia diciendo que todo es un montaje –y un “bluf, ¡que británicas elegancias!—y hasta consiguiendo por vía judicial que se le abonen dineros bloqueados en su momento por la instructora. Lo de siempre, pues: que aquí se puede robar un monte pero no se puede robar un pan. Y mientras, en la comisión parlamentaria que trata de aclarar el enredo milmillonario del saqueo de los fondos de Formación, las cañas se vuelven lanzas ante la negativa de la ministra de Trabajo a prestarse al show que supondría su comparecencia ante la Cámara autonómica que es, obviamente, el propósito que mueve a quienes la citan, mientras, ya digo, los investigados van desapareciendo o algunos magistrados les pasan la mano por el lomo, y aquí no ha pasado nada. Se admiten apuestas a que lo defraudado en Andalucía –en la Junta y sus “Agencias”—supera con mucho el montante de todos los mangazos del PP juntos. Pero, ay, como los hay más tontos que Abundio, la opinión extendida por los “medios” afines entre el pueblo soberano viene a sostener todo lo contrario. Así se escribe la Historia.

Que la corrupción viaja de arriba abajo lo demuestran los últimos hallazgos de fraude en los partidos de fútbol de nuestras ligas y, asómbrense, particularmente en las de categorías inferiores. El minifraude fiscal, las peonadas falsas, los escaqueos anticívicos, están a la orden del día como no podría ser menos en un país en el que los dos grandes protagonistas de la vida pública están hundidos hasta las corvas en el cenagal del agio, sin que los medianos y más chicos se libren de esa gangrena que está demoliendo sin prisa ni pausa el edificio democrático, por lo que de poco valen los clamores de algunos sectores judiciales comprometidos en exclusiva con su deber, dada la inoperancia de su Administración. Siempre nos quedará el pesimismo, esa inefable coquetería de los “de abajo”.

La justicia no ahoga

Puede que la justicia apriete pero, en tantos “casos” como estamos viendo, la verdad es que no ahoga. ¿Recuerdan la movida policial de la llamada “Operación Edu” y las graves imputaciones formuladas entonces por los investigadores? Pues bien, el panorama parece haberse relajado bastante durante la fase de instrucción, como lo prueban ya tres autos judiciales que coinciden en que a aquellos hechos sólo les corresponde la acusación de fraude en las subvenciones, descartadas ya las de fraude de fondos de la UE, estafa y falsedad. Es más, se consolida en esas decisiones la doctrina de que las ayudas investigadas inferiores a 120.000 euros no implicarán el reproche penal sino, en todo caso, el civil. Lo dicho, la Justicia aprieta pero no ahoga… ni mucho menos.

El magnicidio

Mañana viernes presentaremos en el Ateneo sevillano un nuevo libro sobre el enigma del magnicidio que quitó de en medio al general Prim. Es obra de un apasionado del tema –hijo de Reus reciclado en Madrid–, José María Fontana, que ya venía reinando en ese negocio desde la época en que fue alumno mío en la Complutense, es decir, desde el Pleistoceno bajo. José María ha escrito más libros sobre aquella figura indiscutible de la gran crisis española que acabó resolviendo la astucia de Cánovas, pero anda empeñado en ahondar en esa fosa de la memoria histórica, entiendo que tan meritoria como inútilmente, aunque con lo ya publicado creo también que ha trastornado no poco el clima de silencio recaído, como en todo magnicidio, sobre el atentado de la madrileña calle del Turco. ¿Quién mató a Prim? He ahí una pregunta supongo que sin respuesta posible que, al igual que los demás magnicidios españoles (y extranjeros), dejará para siempre en la penumbra la larga mano que anduvo tras cada uno de ellos. Fontana maneja tesis novedosas –sobre todo su sugerencia de una conexión catalana hasta ahora inédita—aunque yo suelo animarle recordándole que es precisamente el nimbo misterioso lo que hace posible pasiones como la suya. Nunca sabremos donde se escondía la larga mano de los conspiradores –que seguro que los hubo—ni qué intereses latían bajo las apariencias políticas. El propio sumario del caso ha sido burdamente manipulado, lo que da una idea de la gravedad de las eventuales complicidades.

En esta ocasión, sin embargo, Fontana se enfrenta al enigma desde la libertad literaria –como Sthendal o como Galdós, con perdón—convencido de que esa vía libre permite a la diligencia del investigador riguroso un margen mayor que el del mero ensayo. ¿Y acaso la vida de Prim no tuvo mucho de novela o, al menos, de “nivola”, como diría Unamuno, con sus hazañas bélicas, sus ambiciones políticas y hasta con la arcana circunstancia de su dudosa agonía, todavía cuestionada? Por algo tanto Galdós como Valle-Inclán mostraron el XIX “sub especie literaria”, convencidos de que, historiográficamente una buena novela isabelina siempre valdría más que una Historia como la de don Modesto Lafuente. Yo también prefiero el cronicón de Norman Mailer al “informe Warren” a la hora de pensar en la muerte de Kennedy. Como Fontana, al que me parece estar oyendo sus cábalas no exentas de elegante fantasía en medio del robledal guadarrameño donde suele recluirse para pensar.

Trastornos primaverales

“Yo, entre un policía que denuncia y un vecino que se busca la vida, me quedo siempre con el vecino”, el gran Kichi, alcalde de Cádiz. “Me arruiné con los cursos de Formación”, Ángel Ojea, ex–consejero de Hacienda de la Junta implicado en el “caso Formación”. “La Junta me debe todavía cinco millones”, el mismo. “Mi hijo tenía poderes pero no administraba”, otra vez el mismo. “Tras sonada dimisión,/ Pepe Torres ya no cuenta,/ y andaban tos de reunión/ pa tomar la decisión/ de acabar mirando a Cuenca”, caroca o cartela en el Corpus granadino. “Tres colegios en Andalucía invadidos por las pulgas”, titular de estos días. “Cáritas atiende a menos familias pero constata que la pobreza se hace crónica”, informe de Cáritas Diocesana de Sevilla.

Globos y fantoches

Entre los imputados por la laboriosa juez Alaya han fallecido ya unos cuantos, razón por la que día a día crece la sensación de que, a lo peor, todo queda al final en nada o en poco, es decir, se liquida el fabuloso saqueo con una cuantas sanciones a los más “pringaos” de la cuadrilla, mientras quienes lo idearon y consintieron se van de rositas. Poco a poco, la nueva juez de las macrocausas va destejiendo la madeja que cardó Alaya, hoy archivando este expediente, mañana percatándose de que los hechos reprobables han prescrito. Hasta algunos de los mayores presuntos se permiten chulear dialécticamente a la Justicia diciendo que todo es un montaje –y un “bluf, ¡que británicas elegancias!—y hasta consiguiendo por vía judicial que se le abonen dineros bloqueados en su momento por la instructora. Lo de siempre, pues: que aquí se puede robar un monte pero no se puede robar un pan. Y mientras, en la comisión parlamentaria que trata de aclarar el enredo milmillonario del saqueo de los fondos de Formación, las cañas se vuelven lanzas ante la negativa de la ministra de Trabajo a prestarse al show que supondría su comparecencia ante la Cámara autonómica que es, obviamente, el propósito que mueve a quienes la citan, mientras, ya digo, los investigados van desapareciendo o algunos magistrados les pasan la mano por el lomo, y aquí no ha pasado nada. Se admiten apuestas a que lo defraudado en Andalucía –en la Junta y sus “Agencias”—supera con mucho el montante de todos los mangazos del PP juntos. Pero, ay, como los hay más tontos que Abundio, la opinión extendida por los “medios” afines entre el pueblo soberano viene a sostener todo lo contrario. Así se escribe la Historia.

Que la corrupción viaja de arriba abajo lo demuestran los últimos hallazgos de fraude en los partidos de fútbol de nuestras ligas y, asómbrense, particularmente en las de categorías inferiores. El minifraude fiscal, las peonadas falsas, los escaqueos anticívicos, están a la orden del día como no podría ser menos en un país en el que los dos grandes protagonistas de la vida pública están hundidos hasta las corvas en el cenagal del agio, sin que los medianos y más chicos se libren de esa gangrena que está demoliendo sin prisa ni pausa el edificio democrático, por lo que de poco valen los clamores de algunos sectores judiciales comprometidos en exclusiva con su deber, dada la inoperancia de su Administración. Siempre nos quedará el pesimismo, esa inefable coquetería de los “de abajo”.