Suma y sigue

Los “cuatro o cinco casos” que Chaves admitió que podrían haberse producido en la Administración de su partido por obra de otros tantos desaprensivos, van ya por 146, según las cuentas de la propia Junta. Y encima sabemos ahora que no fue sólo aquel director general al que se le trata de endilgar el mochuelo en exclusiva, sino que su sucesor no varió el sistema sino que continuó funcionando con él, a pesar del tremendo informe de la Intervención del propio Griñán que hoy conocemos. Hay que insistir en que éste es el “caso” más grave registrado en la autonomía, en la inverosimilitud de esa responsabilidad a nivel medio y en la inevitable responsabilidad de las más altas instancias.  Mantener la tesis de que tras este atraco no hay más que un montaje de la oposición resulta ya, sencillamente, imposible.

La hora extrema

No es injustificada la inquietud provocada en Europa por el ascenso de la extrema derecha en los sondeos más respetables. Es verdad que no es ésta la hora, al parecer, de esa opción extremista –en Italia vinculada a los separatismos del Norte, en los demás países inexistente—que, sin embargo, crece en Francia ante la insolvencia circunstancial de las dos grandes opciones de izquierda y derecha, como lo demuestran los resultados espectaculares cosechados por Marina Le Pen, hoy por hoy ganadora virtual de una eventual “primera vuelta” en su país. El hecho de que los observadores y expertos rebajen el alcance de de estas predicciones por razones técnicas, no ha dejado de levantar la liebre en amplios sectores de la opinión cualificada que ven en la simple hipótesis de ese triunfo una ruina para el sistema democrático. No triunfa el toque de rebato de la extrema derecha si no es cuando, a los graves problemas que reclaman urgente solución, su junta el fracaso evidente de las dos grandes opciones en que parece descansar el equilibrio democrático, y eso es justo lo que inquieta a los observadores que ven cómo la incapacidad de nuestras opciones tradicionales a la hora de plantear una oferta razonable abre el camino al aventurerismo de quienes tienen acreditado, por activa y por pasiva, su peligrosidad intrínseca para la conservación del sistema de libertades. No se trata sólo de la xenofobia expresa de gentes como las que componen la FN francesa o la Liga del Norte italiana, sino su concepción del mundo y de la vida en general, tan diferentes de la que se entrevé desde la atalaya democrática, que amenaza sin remedio ese fundamento de nuestra civilización que es el logro de autogobiernos basados en la alternancia de los contrarios. La extrema derecha que esta temporada descresta en los sondeos es unidimensional e incompatible con la decencia según una convención que parecía insuperable. Izquierda y derecha han de preguntarse qué están haciendo tan rematadamente mal como para permitir que esa opción excéntrica acabe imponiéndose por exclusión a la opinión pública.

 

El problema no está en la irrupción de esos partidos sino en la contaminación del criterio público con el oportunismo extremista. Lo que la intención de voto anuncia no es una decisión razonada sino un recurso excepcional, forzado por la insolvencia de las opciones convencionales, hoy perdidas en luchas internas y rifirrafes con el rival. Algo que no nos pilla lejos en España y que podría afligirnos cualquier día ante el panorama de desentendimiento. Inventarse una Marina le Pen es lo de menos cuando lo que falla es el sentido básico de la confrontación democrática.

Guerreros del antifaz

La coalición IU y su jefe Valderas están dando el do de pecho en el negocio de las prejubilaciones fraudulentas de la Junta. No les digo más que hablan ya de “perversión de la democracia”, anuncian inviables proyectos de transparencia parlamentaria, aseguran que el “caso” es un “saco sin fondo”, exigen la comparecencia de Chaves y Griñán acompañados de sus cuatro consejeros de Empleo, y prometen que, bajo amenaza de querellas o libres de manos, nadie va a silenciarlos “ante un escándalo de primer nivel”. Vale, pero ¿pactarían con los escandalosos si el resultado electoral les ofrece la oportunidad? Ahí está el quid de una cuestión clave que es probable que no escape a su propio electorado.

Clase y casta

Se ha repetido mucho sin explicarse con rigor el hallazgo de Víctor Pérez-Díaz y J.C. Rodríguez sobre la percepción peyorativa que los ciudadanos españoles tienen de sus representantes políticos, ese colectivo privilegiado que se resiste a verse como “clase” sin sospechar que el concepto que les vendría al pelo, tal como van las cosas, sería más bien el de “casta”. Digo que sin el debido rigor, tras leer con atención el estudio de referencia (“Alerta y desconfiada. La sociedad española ante la crisis”, FUNCAS), excepcional pesquisa sobre el estado de ánimo de unos ciudadanos que, dentro de los límites que señalan con precisión los autores, desconfían de un “estamento” cuya legitimidad no cuestionan pero cuya actitud deploran. Para no extrañarnos demasiado recordemos lo que decía Péguy, a saber, que los políticos tienen un concepto de la política igual al de todo el mundo, es decir, la desprecian, criterio que no implica la miseria ni el rechazo de la política misma (y menos de la democracia) del mismo modo que las ideas sobre la futilidad de la vida no suponen el suicidio. Dos minuciosas encuestas han permitido a los autores, en efecto, entre otras muchas cosas, bosquejar la imagen colectiva de esa “clase” basada en la intuición de que, al convertirse en oficio o profesión, el político se ha distanciado del común al tiempo que se ha unido, por encima de las diferencias supinas, para formar bloque de intereses con los adversarios y aún con los enemigos. ¿Por qué creen tres de cada cuatro españoles que esa “clase” se funda en el disfrute de protecciones y privilegios exclusivos por completo ajenos al peatón? ¿Por qué en esa misma proporción los españoles ven a los políticos como una “comunidad dividida” cuyos bandos sólo escuchan al rival para rebatir, ajenos a cualquier sentido de la autocrítica y por completos “cerrados” en el sentido weberiano? ¿Y por qué estima la gente que los políticos se denigran entre sí para ocultar su incapacidad de reaccionar ante la crisis, lo que lleva a más del 82 por ciento a afirmar que en España no disponemos de políticos responsables?

 

Se percibe una mezcla de esperanzada perplejidad en los autores al comprobar que, a pesar de su pésima opinión del político, el ciudadano conserva cierta serenidad/conformidad de fondo que le permite mantener su malhumorado apoyo al Sistema, acaso porque intuye que la deformidad ética y moral del representante, por patente y escandalosa que resulte, no es sino un reflejo de la propia sociedad. No me explico el disgusto con que estas conclusiones han sido acogidas en amplios sectores partidistas. Con un canto en los dientes deberían darse, bien miradas las cosas, teniendo en cuenta el panorama.

El mayor fraude

Ningún  fraude, entre los registrados en la crónica autonómica, resulta comparable al de las prejubilaciones falsas financiadas por la Junta que, entre otras cosas, se está demostrando (las últimas demostraciones ayer en El Mundo y en El País) que favorecieron a no pocos dirigentes del PSOE. Cerrarse en banda amenazando con querellas a quienes acusen a Griñán o a Chaves de tener responsabilidades en el disparate, como ha hecho la Junta, no pasa de ser un brindis al sol. Ya verán cómo no se querellan ni con Arenas ni con Valderas ni con los diputados acusadores, que no son pocos, a pesar de sus cargas. Si no aclaran este asunto es porque no quieren enfangarse hasta el cuello, pero lo que no pueden es coartar la libertad de expresión.

Historia a posteriori

En diversos medios americanos y europeos compruebo la audaz operación del entorno de Bush de tratar de apuntarse el tanto de las actuales revoluciones árabes, según ellos probable consecuencias del disparate de la invasión de Irak. ¿No serán todos estos movimientos la consecuencia del ataque a Sadam Husein?, se preguntan capciosamente esos pretorianos, que pretenden presentar aquella invasión como el pistoletazo de salida de un movimiento democratizador de amplio alcance. Las reacciones no se han hecho esperar, como era lógico, incluyendo desde las que parten del fracaso pleno de la aventura de Irak y denuncian le calamitoso estado del país en este momento, hasta quienes arguyen que las revoluciones a que estamos asistiendo atónitos estos días no son consecuencia de ningún estímulo exterior sino efecto de variables endógenas, como lo demostraría el indecible despiste de las cancillerías occidentales, comenzando por esa embajada yanqui en Egipto, completamente despistada a pesar de que mantiene en El Cairo nada menos que mil seiscientos funcionarios. Y en fin, ahí están también los objetores que alegan que es muy pronto aún para saber a ciencia cierta qué es lo que van a dar de sí estas convulsiones locales, que son, por otra parte, tan diferentes en Túnez o en Trípoli. Hay una grave diferencia entre imponer la democracia por las armas –como implicaba el alocado el plan de Bush y sus aliados—y apoyar procesos emancipatorios surgidos de los propios pueblos oprimidos de los que –ésta vez sí– cabe esperar una razonable posibilidad éxito popular. La propia actitud dubitativa de las democracias occidentales ante el conflicto y guerra civil abierta en Libia prueba que los proyectos democratizadores del llamado “mundo libre” van muy por detrás de las circunstancias. Gadafi actúa con tanta tranquilidad porque conoce bien el paño. Qua a los otros no les haya dado tiempo a zafarse del lazo no prueba nada.

 

Nadie sabe en este momento si la hora del cambio –la salida del Islam de su Edad Media colectiva– ha llegado ya o estamos simplemente ante sucesos que, pasado el remolino, permitirán a las aguas tradicionales volver a sus cauces. Lo que sí sabemos, en cambio, es que en ese mundo no se acepta ni en broma la injerencia extranjera y la imposición de un sistema de organización social por completo ajeno al de su milenaria tradición. Y tampoco estamos seguros de qué podría ocurrir en esa región si los tiros de la escopeta revolucionaria les salieran por la culata a sus simpatizantes oportunistas. ¿Alguien prefiere una Libia tribal a la dictadura de Gadafi? Esa pregunta vale hoy, seguramente, mucho menos que mañana.