La mejor defensa

Que la mejor defensa es un buen ataque parece asumido por muchos trabajadores contratados en las empresas públicas de la Junta y beneficiados por el “decretazo”. Caso supremo, la carta injuriosa que el hermano del líder el PSOE jiennense –que es uno de ellos– colgó en su blog de Internet descalificando a los funcionarios auténticos con el peor de los desprecios, disparate que la palinodia entonada al día siguiente no compensa por más que deje en evidencia la catadura moral del injuriante. Griñán ha partido por dos la Función Pública y dudo muy seriamente que lo que vaya a ganar su partido metiendo con cuña a esos contratados “a dedo” compense, a la larga, a nadie, salvo a estos. Lo que no puede tolerarse es que la causa de esos advenedizos se apoye en la descalificación de los auténticos funcionarios. Griñán que, al fin y al cabo, funcionario es, está demostrando que la política puede llevar a cualquiera a donde sea.

Los medios y el fin

Parece claro que, en medio de la conmoción provocada por la espectacular liquidación de Bin Laden, no será la discrepancia lo que pueda inquietar a sus responsables. En las encuestillas improvisadas por periódicos y televisiones gana de calle el partido de los satisfechos por lo ocurrido, y más o menos lo mismo puede advertirse en la conversa en la oficina, la escalera o la barra del bar, pero también resulta indisimulable cierta confusión a propósito de las circunstancias, que va en aumento a medida que se van conociendo detalles del suceso y que se traduce en incómodas preguntas pronunciadas a media voz o a voz en grito por quienes todavía conservan una idea genuina de esa razón democrática que, como bien sabemos, poco suele tener que ver con la razón de Estado. ¿Hasta qué punto alcanza la legitimidad de un Presidente para actuar con violencia en cualquier parte del mundo, incluye ese fuero la capacidad de organizar asesinatos renunciando al procedimiento legal, cabe acribillar a un hombre desarmado, es lícita la tortura cuando se trata de obtener información imprescindible para llevarlos a cabo? Los republicanos yanquis andan alardeando de que fue su presidente (Bush) y no el actual quien, al autorizar la bárbara práctica de la “bañera” en ergástulas secretas, propició el acontecimiento con que culmina la venganza americana que, en cierto modo, es una venganza medio universal. Pero ¿se puede admitir que a un sospechoso se le someta 183 veces a ahogamientos fingidos (en los que más de una vez y más de tres se han ahogado sus víctimas) con tal de obtener aquella información, como ellos mismos informan que se ha hecho con el preso que puso definitivamente en la pista del buscado? Maquiavelo campa a sus anchas estos tensos días actualizando su moral pragmática en detrimento de la causa de esa misma democracia universal a la que se invoca para justificar la violencia más amoral. Lo que Bin Laden no pudo imaginar es que su gran triunfo sobre Occidente consistiría precisamente en lograr averiar el mecanismo básico de la decencia democrática.

No ignoro, claro está, las razones “prácticas” (tan poco kantianas, desde luego) que hayan podido decidir a Obama por esta solución rápida y políticamente económica, ni se me oculta el engorro que habría supuesto la detención, juicio y eventual ejecución de un monstruo como el ajusticiado. Únicamente digo que cada día que pasa se hace más difícil mantener el ya casi tópico de la superioridad ética y moral de nuestras privilegiadas democracias sobre una barbarie que empieza a tener sus propias razones. Y para la guerra futura que nos aguarda más nos valdría conservar esas razones en nuestro poder.

Malos augurios

Anuncia Unicaja, que suele estar bien informada, que el paro alcanzará el millón y medio en Andalucía a finales del año en curso. Y lo malo es que todo indica que viajaremos hasta ese mal puerto con un Gobiernillo al timón que bastante tiene con quitarse de encima cada mañana las graves acusaciones de corrupción que rivalizan con las que se le vienen haciendo por su entreguismo. Una perspectiva de millón y medio de parados es como para tocar a rebato y poner patas arriba una política regional desnortada en su propia inania, no para esperar acontecimientos que anuncian el fracaso de una autonomía en almoneda. Tal parece que quienes hoy mandan practicaran una estrategia de tierra quemada para dejar a su eventual relevo la peor herencia posible.

El puñal de Saladino

El sultán Saladino encontró una mañana en su tienda un puñal con un breve mensaje conminatorio. Se lo enviaba el fantasma y mano negra de los chiíes, el ejército secreto del “Viejo de la Montaña” que se proponía conquistar el mundo por el terror, asistido por su legión de “hashashin”, aquellos asesinos templados hasta el delirio por “la verde yerba de Estambul”, como diría Valle, y a los que, luego de una experiencia en un paraíso real se les encomendaban sus célebres magnicidios. No debe ser cierto el cuadro del mítico personaje que pinta Marco Polo pero sí lo es mucho de lo que se sabe de ese invento del terror como arma suprema ante la que parece desfallecer cualquier posibilidad de defensa. Así fue el mundo tras aquel durante siglos y así ha ido el nuestro desde el 11-S, hito que separa con fuerte trazo en la historia de las mentalidades la imagen de un mundo confiado en su propia relación de fuerzas, de la de otro en el que ya la ventaja viene a ser función de la astucia y, en consecuencia, efecto del misterio. La muerte de Bin Laden nos ha sorprendido de madrugada cuando ya, probablemente, la esperanza de su captura quedaba lejos y hasta resultaba frecuente la especie de su muerte, la leyenda cidiana del héroe que cabalga después de muerto, atado a su rocín, ante el pavor y la impotencia de sus adversarios. Tiene fuerza la imagen del líder refugiado en la montaña inaccesible, prácticamente inaprensible como protegido por un efecto casi mágico, sublimado en el ideal colectivo de una inmensa turba que confía en sus oscuros recursos y espera del terror la respuesta a sus anhelos seculares. No estamos en el siglo XII pero el inconsciente no entiende de cronologías. Bin Laden ha sido el último Hassan al-Sabbah, uno y el mismo en la crónica subconsciente de una guerra sin fin librada en pleno infierno en busca del cielo.

 

Ningún problema actual como el de ese nuevo terrorismo de raíz mítica que actúa mediante agentes narcotizados lo mismo en Nueva York que en Marrakech, en Londres que en Madrid, y a cuyo frente sucede a Ben Laden, como sucedió a su prototipo, un émulo que tal vez lo supere en punto a maldad y fanatismo. Al margen de que una ingenua expansión vindicativa haga brindar como ganadores a esos que ignoran el temible alcance de los poderes míticos. Por algo medio mundo contiene hoy la respiración como aguardando la visita de esos “ashashin” que viven entre nosotros a la espera de que les llegue su hora. Quizá Bin Laden ha muerto demasiado tarde. A los mitos no conviene dejarlos madurar en el secarral racionalista. Cuentan que Saladino no permitió, tras lo del puñal, que nadie se le aproximase.

De mal en peor

No tenía sentido la tesis de la Junta de culpabilizar en solitario de las prejubilaciones falsas a un director general, el de Empleo. Operaciones como ésas son de las reservadas a los consejeros y exigen el visto bueno de la Presidencia, y así parece confirmarlo esa prueba aportada por la oposición que sitúa a Chaves de árbitro y componedor, en un ERE, fraudulento entre sus dos consejeros concernidos. Éste era un mal asunto en cualquier caso pero lo está empeorando por momentos la absurda estrategia de tratar de quitarse el muerto de encima de esa manera tan simple. No se manejan miles de millones de las viejas pesetas sin intervención de los de arriba, ni siquiera en la Junta.

La paz social

Me pregunta un a antiguo alumno qué fue de aquella ley de la sociología del trabajo que pronosticaba el conflicto a partir de de cierto nivel de paro. Le respondo que, más que una ley y aparte de su vaguedad, aquella era una presunción lógica que no siempre se ha visto confirmada por la realidad, aunque allá por los últimos 60 o primeros 70, recuerdo nada menos que a Pierre Naville embarcado en alguna polémica por el estilo en la que echaría su cuarto a espadas André Gorz. La idea de que la normalidad social quiebra con el fracaso que supone el desempleo tiene toda la lógica del mundo, pero me da la impresión de que, aparte de la sociología, hay otras disciplinas que tendrían mucho que decir sobre el tema hoy día, empezando por redefinir la capacidad lenitiva que corresponde a instituciones como el amparo público o la ayuda familiar en situaciones críticas, por no hablar de esa especie de mecanismo autorregulador que es, en definitiva, la economía sumergida. Sin contar con ellos, no cabe duda de que el sistema social se resentiría gravemente del desempleo en situaciones como la española actual, pues la verdad es que cuesta imaginar cómo mantener la paz cívica en una colectividad en la que cinco millones de ciudadanos carecen del puesto de trabajo –al que tienen derecho constitucional, por cierto– sobre todo si entendemos que ello significa que un millón y medio de hogares carece en este momento de cualquier tipo de ingreso, por no hablar de provincias como la de Huelva donde huelga a la fuerza el 32’9 por ciento de la población activa. En todo caso, sin la ayuda prohibitiva del subsidio de paro, y sin los parches que suponen los diversos salarios sociales o la ayuda caritativa aportada por las organizaciones religiosas, en especial por las católicas, es seguro que la famosa economía sumergida no habría bastado, como hasta ahora, a contener la protesta dentro de sus bardas. La paz social de que disfrutamos en España no es un logro, es un milagro.

Lo que habría que plantear es la capacidad de resistencia de una situación semejante, es decir, hasta cuándo podrá sobrevivir esa legión de marginados cuyas perspectivas son hoy por hoy tan funestas como sugiere el hecho de que cuarenta y cinco de cada cien  jóvenes en edad de trabajar no tengan donde hacerlo. O mejor dicho, hasta cuándo esa situación podrá sobrellevarse en régimen de paz social, sin que el lógico conflicto termine aflorando, lo que parece inevitable si se confirma esa vuelta de tuerca que supondría una nueva regulación del empleo. ¿Sobrepasar los cinco millones de parados? Lo malo de vivir de milagro es que nunca sabremos si amanecerá al día siguiente.