Vista del mundo

La revista Time, ese catecismo americano recitado con unción en medio mundo, acaba de publicar su relación de personajes más influyentes del planeta correspondiente al año 2011, ilustrando con su autorizado criterio el sorprendente derrotero de una opinión pública empeñada en demotizar el prestigio aunque sea al precio de voltear las clásicas pautas consagradas por el tiempo. En cierto modo, lo primero que sugiere ese listado de influyentes es el ocaso de los prestigios tradicionales, pero por encima de cualquier otro extremo o circunstancia, la sorpresa reside en el declive de la política no sólo en los EEUU sino un poco a lo largo y a lo ancho de un mundo donde el semanario americano, sensibilizado por sus ediciones locales, vive a diario bien de cerca la experiencia del aprecio y el desdén ciudadanos. ¿Podría imaginarse de antemano que una estrella como Barak Obama apareciera en ese ránking muy por debajo de su señora y sólo inmediatamente antes que Messi, que el líder indiscutible del año sea el egipcio de Google que libró su batalla particular contra Mubarak , que Sarkozy figure en él descolgado de lejos bajo figuras de la economía o el espectáculo y, en todo caso, en posición muy alejada por debajo de esa Marine Le Pen que en este momento concita más intención en el voto obrero que la derecha y la izquierda juntas? Creo que salvo él, Cameron y Merkel ningún baranda europeo figura en esa lista en la que Julian Assange, el pirata de Wikileaks, se asegura una buena posición, y en cuya cabecera se apelotonan lo mismo un empresario de alquiler de videos on line que una comedianta que triunfa esta temporada en la tele. La sociedad medial ha revolucionado la estimativa pública, y lo ha hecho por encima de las fronteras provocando, sin duda por vez primera en la Historia, una noción colectiva de la estima que se aleja sensiblemente de su modelo de toda la vida.

Los escándalos de Lady Gaga se miden hoy con ventaja con el Jean Claude Trichet que nos abre y cierra a voluntad las faltriqueras, cuando no dejan fuera, como en esta ocasión, a un peso pesado como Strauss-Kahn, nada menos que un presidenciable francés. Es posible, en suma, que Time deba reconsiderar ese calificativo de “influyente” que aplica a sus celebrities y agenciarse otro que se adapte mejor a la imagen social de un Messi o un Kaká con toda evidencia menos influyentes que esos prohombres de primer nivel que echamos de menos en esta valoración a pie de calle. No toda democratización del criterio supone un progreso de la opinión ni mucho menos. Algún escéptico pensaba que, no siendo nada verdadero, la opinión de todos acaba forzando la de cada cual.

Inversión y gasto

Un Ayuntamiento (PSOE) como botón de muestra, el de Valverde del Camino. Acaba de vender en subasta bienes propios por un valor de 1’3 millones de euros, debe tres nóminas a sus funcionarios pero se ha gastado 21.000 euros en comilonas entre 2006 y 2009, es decir, en plena crisis. Y una delegación onubense de la Junta, la de Igualdad y Bienestar Social, “devuelve” 400.000 euros de los tres millones asignados, por su incapacidad para gestionar los pagos del salario social. Facturas de lenguados de 8.000 pesetas, vinos del mismo precio, carnes “especiales” de casi 7.000 o gambas prohibitivas, y los parados sin subsidio impedidos de cobrar su limosna. En la provincia con más paro de Andalucía, además. No cabe duda de que las responsabilidades políticas están poco y mal controladas.

Dócil rebaño

Parece ser que para la boda del príncipe Guillermo su Gobierno maneja tres planes alternativos, tres trajes de novia se custodian en sede policial y la indumentaria ha sido declarada secreto de Estado. El presupuesto oficial para la seguridad supera con mucho los treinta millones de dólares, el del adorno floral de la capilla de Westminster no bajará de 800.000 y el custodiado vestido de la novia se valora en una cifra siete veces mayor que el gasto del champán que será servido pródigamente entre los invitados. Hasta el negocio de las apuestas se está forrando ofreciendo la posibilidad de acertar de antemano cómo será el sombrero de la anciana reina y otras apasionantes circunstancias de las que medio planeta –no menos de dos mil millones de terrícolas– será testigo en vivo y en directo a través del canal que la propia Familia Real posee en Youtube. Y por si poco fuera, ahí tienen los “clásicos” Madrid-Barça que cubrirán 850 periodistas acreditados y que superará los 400 millones de telespectadores aparte del ruido mediático que entre todos habrán de provocar. A ver qué pueden importar a la opinión, comparado con  esos acontecimientos, las 10.000 víctimas mortales que los rebeldes libios contabilizan desde hace unos días o el informe de la Caixa que asegura que cuatro de cada diez pobres españoles (60.000 niños entre ellos) pasan hambre diariamente en la crítica coyuntura que estamos viviendo. La opinión pública, a la que suele pintar como tirana la sociología más ingenua, es una malva a poco que se la sepa tentar con un cebo adecuado. Bentham y Stuart Mill no podían ni imaginar a dónde llegaríamos en su manejo cuando entrevieron ese fantasma como el resultado de la pasión ciudadana por los asuntos públicos y sus decisiones como el fruto de un sesudo proceso de formación del criterio colectivo. La ciencia social, hay que reconocerlo, va demasiado aprisa cuando no se retrasa.

No deja de ser curioso que en plena efervescencia de la crisis sean los espectáculos intrascendentes los que arrastren la atención de la muchedumbre, un fenómeno que explican los psicólogos como el resultado de simples reacciones proyectivas y, en consecuencia, sublimatorias. La tiranía de la opinión, en suma, no pasa de la dócil terquedad del rebaño y es preciso descartar en ella toda exigencia de rigor. Dicen que la rosa inglesa, el cardo escocés, el narciso de Gales y el trébol irlandés adornarán esa tarta con la que comulgarán virtualmente millones de hambrientos. Luego sonarán las fatídicas campanadas y no será la princesa sino el gentío el que tendrá que escapar de la calabaza y volver a la realidad a calzón quitado.

Ejemplo, pero menos

A esa IU que se postula cada vez que habla como referente ético y moral de nuestra degradada democracia le ha llegado, a su vez, su correspondiente prueba del 9: la de mantener o excluir de su lista municipal de Sevilla a un doble imputado. Y en esa coyuntura, Valderas se ha visto forzado a descalificar a su otrora jefe de filas, Llamazares, por haber solicitado éste y su grupo que el candidato en cuestión diera “un paso atrás”. Predicar y dar trigo no es lo mismo, evidentemente, pero IU debe entender que si mantiene su decisión tendrá que guardar silencio frente a sus competidores reos del mismo pecado aparte de soportar que sus propios votantes se pregunten por la naturaleza de las aldabas que pueda tener el bi-imputado.

Ruinas del monstruo

Dos noticias sobre Charles Manson, el temible asesino de Sharon Tate, han irrumpido en plena Semana Santa. La primera es la entrevista del asesino que publica la revista Vanity Fair –según dicen la primera en veinte años de silencio– y en la que nos topamos con las ruinas del monstruo y su dialéctica banal, ilustradas con una imagen que revela los estragos del tiempo sobre aquel rostro inquietante, en el que ya no campean sus ojos amenazantes, ni la estudiada barba cetrina ni el mentón decidido que hicieron de su figura un icono de época. La segunda noticia consiste en la opinión expresada en un importante medio americano por un experto que sostiene la necesidad de mantener a sujetos semejantes apartados de por vida de la sociedad. La mitomanía ha hecho que Manson haya mantenido durante todos estos decenios una nutrida parroquia que le animan sin desmayo a pesar de que él mismo no duda en degradarse como un ser “mezquino, sucio forajido y malo” que vive en su particular “inframundo” y al que ni por asomo inquieta la conciencia del mal causado.  No han faltado voces, es verdad, que cuestionaran esta reclusión perpetua pero tampoco pronunciamientos judiciales en el sentido de que, en caso de ofrecer dudas su estado mental, la reclusión debía continuarse en un establecimiento psiquiátrico, a lo que siempre, al parecer, se ha opuesto este desquiciado megalómano. Y no pasa nada, como ven, por cumplir a rajatabla esa discreta condena a la que poco hay que objetar tratándose de quien se define sin matices como una “mala hierba” que nunca muere o como un ser antisocial definitivamente enfrentado con el orden común. Manson morirá en la cárcel, presumiblemente, y salvo su parroquia nadie se lamentará por ello. Cuando en España las cuentas nos dicen que un asesinato terrorista lo salda su autor con un par de años, este retrato del monstruo en su implacable circunstancia no deja de tener para nosotros su interés particular.

 

Acabará abriéndose camino alguna versión discreta de la reclusión vitalicia para estos criminales que unen a su extrema peligrosidad una evidente incapacidad de rehabilitación. Lo que carece de sentido es un sistema que devuelve la libertad al contumaz por más pronunciamientos que éste haga de su condición, debate que se ha vuelto a plantear a propósito de la lenidad en el trato a un asesino en serie como Troitiño del mismo modo que, en pleno “proceso de paz”, disparara el debate la aplicada a un malhechor como De Juana Chaos. Después de todo, muchos de estos malvados han cometido crímenes mayores a los que en los EEUU mantienen a Manson y a tantos como él tan fieles a su propio mito como apartados de la comunidad.

Lo nunca visto

Todo parece indicar que un partido de mayoría británica, “Ciudadanos europeos”, logrará en las próximas elecciones municipales controlar el Ayuntamiento almeriense de Arboleas. Con alcalde español, de momento y en tanto “madura” la novedad, pero con la decisión en manos extranjeras. Habrá que acostumbrarse a la novedad, impuesta por nuestra asociación con Europa, preferentemente sin perder de vista los problemas que podrían derivarse de ella, pero también conscientes de que esa adhesión continental fuerza a ajustar nuestro municipalismo tradicional a las nuevas circunstancias. Pronto Arboleas no será una excepción y, sin duda, ello obligará a atar muchos cabos sueltos.