Parió la abuela

Quienes recelaban ante la tardía incorporación de la Fiscalía Anticorrupción a la investigación del inconcebible negocio de las prejubilaciones fraudulentas financiadas por la Junta, han visto confirmado, de entrada, su recelo con ese alegato del mismísimo fiscal delegado recurriendo el auto de la jueza Alaya que exigió la entrega de las actas de los consejos de Gobierno para determinar la participación del mismo en el montaje de los ERE. ¡Éramos pocos…! Lo que sería de esperar de esa Fiscalía es que se niegue a dar carpetazo a los “expedientes muertos” como, seguramente con buenas razones, pretende Griñán, no que ponga obstáculos en el camino de la instructora. Lo que aquí se ha hecho es demasiado gordo para andarse con reverencias y la Fiscalía, con toda seguridad, lo sabe de sobra.

Teoría de la impunidad

Se ha vuelto a producir en Italia, como anteriormente otros países: la Cámara de los Diputados ha dado luz verde a una ley llamada de “procesos breves” que acorta el plazo de prescripción con un criterio manifiestamente inspirado en la circunstancia del jefe del Gobierno, libre en adelante del “caso” en el que está probado que sobornó a testigo falso. No ha importado que para ello haya sido preciso liquidar de paso la responsabilidad de al menos quince mil juicios, algunos gravísimos, como antier explicaba una madre arrodillada al presidente Napolitano rogándole no sancionar la nueva norma. Culpables de catástrofes, negligentes injustificables, violadores, pederastas o profesionales de la estafa se irán de rositas alineados en el bloque que los políticos (incluidos veinte diputados trásfugas) han organizado para blindar esa presidencia denigrante. ¿Se quejarán  luego “los de la casta”, por usar la expresión unamuniana, cuando el pueblo soberano los sitúe en su concepto a la cola de su estimativa? ¿Qué más hace falta en Italia para que el sentido del honor, siquiera residual, que pueda quedar en las instituciones se plante ante ese menorero grotesco obsesionado con anular el poder judicial para garantizar su autarquía? Es verdad que no sólo en Italia se favorece la impunidad, pues en España mismo hemos visto estos días al TC anular la “doctrina Parot” para permitir la libertad de esos asesinos en serie protegidos por el beneficio indiscriminado que supone al garantismo constitucional y, en consecuencia, campar por sus respetos a un asesino condenado a más de dos mil años de cárcel tras cumplir veinte (se repite el “caso De Juana”), un privilegio que, sin embargo, se le viene negando, por razones estrictamente formales, a ese desgraciado fuguista conocido como “el preso más antiguo del país”. La lenidad del legislador con el delincuente tiene una lamentable componente política de la que Berlusconi no es el único beneficiario aunque quizá sí el más grosero y caricaturesco.

 

Hemos perdido hace tiempo la cuenta de los privilegiados que, asistidos de expertos enredadores forenses, lograron escurrir el bulto con base en la prescripción de delito. Y vemos ahora que, incluso cuando los plazos establecidos para ella resulten breves para la impunidad del poderoso, siempre habrá un puñado de tránsfugas de oro dispuesto a completar el quórum partidista. Berlusconi mismo no merece ya ni comentarios a sus bufonadas y trapacerías, pero acabará escapando –ya lo verán—a sus muchos desmanes. Como en tantos países, ya digo, desde Japón al nuestro. Ningún estado sobrevive a la impunidad consentida, pensaba Sófocles. Pues que venga Dios y lo vea.

Colmo del paripé

Una cosa –explicable—es que Griñán se haga el sueco sobre el tremendo sartenazo que le propinó su consejero dimisionario al decir que su “único presidente era Chaves” y otra –simplemente cómica—que diga en el Parlamento que comparte plenamente ese desplante sin remiendo posible. Es lógico y conveniente, sin duda, disimular la honda crisis del PSOE provocada por los chavistas, pero no parece discreto ni siquiera tolerable protagonizar ese paripé en plena Cámara. El cuento y la mentira políticos se han “normalizado” hasta el punto que revela esta anécdota de Griñán, la más ingenua sin duda de su mandato. Ahí siguen las navajas, en todo caso, aguardando su momento y ocasión.

Rutina espacial

Medio siglo ha pasado desde que el hombre salió por vez primera al espacio. Estos días en Rusia se ha iluminado el cielo en memoria de aquella hazaña que ha ido empequeñeciendo con el tiempo, como todo en la vida, hasta perderse en la rutina que es hoy le exploración espacial. A los que tenemos edad para ello se nos agolpan los recuerdos. La presunta charla de Yuri con Kruschov, por ejemplo, y la burda broma ateísta que brindó el joven héroe –“He salido al espacio y no he visto ni rastro de Dios”—pero que otros atribuyen al propio mandatario. Y los versos contrateológicos que enjaretó Salvatore Quasimodo como una plegaria: “In principio Dio creo il cielo è la terra… Doppo milliardi di anni… l’ uomo, con la sua intelligentza laica, senza timore, nel cielo sereno di una notte di ottobre… misi altri luminari uguali a quelli que giravano dalla creazione del mondo. Amén”. Y se quedó tan pancho. Ni nos acordábamos ya casi de la perrilla Laika, que fue la que abrió el camino y murió en el intento por más que la propaganda soviética tratara de ocultarlo, aquel chucho callejero al que hicieron ladrar después de muerto. En el Museo del Espacio moscovita esos ingenios diminutos nos resultan inconcebibles comparados con lo que ha venido después. La carrera del espacio fue, en cierto modo, el gran pulso del mundo bipolar y la prueba del 9 de la eficacia del “socialismo real”, aunque probablemente sus mentores no fueran del todo conscientes de la unicidad de un proyecto hoy día exponencialmente superior a aquellos balbuceos e incluso reconvertido en programa turístico. La exploración del espacio, el sueño que va de Luciano a Verne pasando por Cirano y otros visionarios, se ha convertido ya en una esplendorosa rutina que descubre galaxias y desentraña misterios sin que la opinión apenas se inmute ante sus logros. Los versos de Quasimodo palidecen como una broma arcaica ante las fascinantes imágenes que nos remiten hoy las sondas.

 

Medio siglo es demasiado a estas alturas del tiempo y aquellas proezas han recobrado su estatura genuina, que era colosal a fuer de diminuta. Y los hombres trajinan ahora por el espacio sin saber muy bien lo que hacen pero desde la convicción de que esa escapada era ni más ni menos que el destino de la especie y quién sabe si la piedra angular de su incierto futuro. Gagarin no alcanzó más que unos miles de metro de altura mientras que a nosotros el sistema solar se nos ha quedado estrecho ante la tentación –finita, curva e ilimitada– del universo einsteniano. El tiempo se ha acelerado y medio siglo ha acabado siendo una eternidad.

La excusa del honor

La Junta ha recurrido, al fin, la sentencia del TSJA que la obligaba a abrirle un expediente sancionador a Chaves con motivo de la subvención milmillonaria a la empresa apoderada por su hija. Y lo hace con el argumento de que el fallo implica una “infracción al honor” del intocable quizá porque teme que, tras el intocable, podrían ser arrastrados otros, como cerezas de un mismo cesto. Tiene guasa que se pongan calderonianos en medio de este festín sin reglas. Pero sobre todo tiene muy mala sombra el recurso a ese valor en que nadie piensa cuando el expedientado es alguien del común. No se cuestiona el honor de Chaves sino sus hechos. Se ve a la legua por dónde van los tiros del desconcierto y del miedo.

Guerras tapadas

Parece que es posible dar por finalizada la guerra civil en Costa de Marfil. La rendición incondicional del presidente Gbagbo, la relativa discreción del pretendiente Ouattara, ganador de las elecciones, el equilibrismo de los mediadores de la Iglesia, la firmeza de la ONU y el expeditivo proceder de los franceses, apuntan simplemente a que la guerra la ha ganado un bando y perdido el otro. Ya veremos. De hecho, a los observadores más próximos al conflicto no escapa que el handicap del perdedor estriba en su postura frente a los intereses extranjeros y, concretamente, los de Francia, como no escapa que el conflicto sufrido no sea más que la punta del iceberg que esconde, de momento, el grave riesgo de alteraciones similares que amenaza a países vecinos como Sierra Leona, Ghana o Liberia. Y están, además, las consecuencias de la pelea, las víctimas de las matanzas de ambos bandos sin contar las “colaterales” producidas por la decidida intervención colonialista, pues resulta difícil calificar de otro modo la acción “no bélica” del ejército francés. Una vez más, una guerra africana se salda con un apretón de manos y una teoría más o menos pactada entre los vencedores, pero con el daño irreparable de la indefensa población civil, inerme durante el enfrentamiento, desolada o resignada en el mejor de los casos tras las paces sobrevenidas. Y una vez más gana el “amigo de Occidente”. El papa, por ejemplo, ha retrasado a fechas próximas – en cualquier caso, posteriores a la Pascua—su presencia dialéctica en un choque que de sobra sabe su diplomacia que tiene más miga de la que aparenta. De lo que se habla menos es de las duquitas negras de las víctimas de ambos bandos, de la severa escasez alimentaria, de la crisis sufrida por un sistema sanitario que, entre otras cosas, depende en gran medida de los antirretrovirales indispensables para el SIDA y los recursos para las frecuentes enfermedades renales. Por no hablar de las degollinas, que también las ha habido. En estas guerras silenciadas no suele hacerse balance y ésta no es sino una más de ellas. Los conflictos en África carecen de testigos. Ésta vez los beneficiarios de esa circunstancias han  sido los franceses.

 

Y con un canto en los dientes, como decimos, si la cosa no se extiende por la región, o si el desenlace provisional basta para apaciguar los ánimos de una dirigencia que poco o nada tiene que ver con su pueblo y mucho con los intereses de las viejas potencias. El neocolonialismo es una realidad tan patente como escondida como entre líneas predijera Franz Fanon hace medio siglo. En Costa de Marfil, sin ir más lejos, a pesar de estas paces imprescindibles.