Como poco, raro

El consejo de Gobierno de la Junta concede 16’6 millones de euros a la Fundación Andaluza Fondo de Formación y Empleo (Faffe) con fecha 19 de abril, es decir, exactamente la misma fecha en que el Decreto 96/2011 disuelve a la agraciada con el pelotazo. ¿Cómo se explica el caso, para qué se le da esa fortuna a una fundación disuelta, qué clase de Administración publica la disolución de un ente en un BOJA de abril y el “pelotazo” endosado a la misma en otro del mes de mayo? Hummm, aquí hay gato encerrado si no es que estemos asistiendo ya a las rebajas por liquidación del negocio. La oposición tendría en este caso un buen tema en cualquier democracia auténtica, pero incluso en ésta debería pedirle a Griñán siquiera una explicación.

Saqueos políticos

La autoridades suizas acaba de decretar la congelación de los fondos depositados en sus cajas por los tres grandes dignatarios implicados en la rebelión de los países islámicos. La cifra de 650 millones de euros que ofrecen a la opinión, aunque mareante, por supuesto, no pasa de ser una minucia a tenor de lo que vamos sabiendo sobre las fortunas de Mubarak, Gadafi y Ben Alí a través de organismos y medios especializados, todos los cuales coinciden en subrayar las dificultades que suponen para los calculistas la opacidad y el régimen arbitrario al que se acoge la propiedad de esos magnates. De Gadafi se afirma que poseería una fortuna cifrada en unos 120 milliardos de dólares, convenientemente distribuida entre su familiares, y presente en sectores como el petrolífero, el del gas, las infraestructuras, las telecomunicaciones, el turismo y sus inmobiliarias pero pasando por su participación en Coca Cola junto a un inmenso patrimonio distribuido en varios países entre los que destaca una inversión de 3’6 miliardos de euros en suelo italiano. El enorme capital de Mubarak, cuyos orígenes se señalan en sus comisiones como importador oficial de armas yanquis y rusas, pudiera alcanzar los setenta miliardos de dólares, en inversiones igualmente dispersas en países como Inglaterra, Francia, España, Alemania, Suiza o EEUU, y se cree amasado a partir de su acceso, hace treinta años, a la vicepresidencia del país desde la que diseña un plan de expolio masivo de la riqueza egipcia. Y en fin, sobre los tesoros de Ben Alí las cifras más discretas calculan su montante en los cinco miliardos de dólares, igual que los anteriores esparcidos por medio mundo y parte del otro medio. No se trata, pues, de simples malversadores o corruptos del montón, sino de verdaderos saqueadores de Estado, ladrones que han aprovechado el poder para desvalijar a sus pueblos en provecho propio.

 Ciertamente, comparados con ellos, nuestros corruptos –al menos de momento– no pasan de constituir una muestra incipiente de la perversión definitiva de la política que está haceindo de la vida pública una sentina. Porque la enormidad de esas cifras no permiten comparar esta golfemia con el agio tradicional, ni siquiera con la podre desenmascarada en las democracias vigentes desde Brasil a Japón pasando pasando por nuestras propias miserias europeas. Lo que sí permite entrever ese panorama es la razón de una rebelión en cadena que, probablemente, no ha hecho más que empezar, quién sabe si anunciando el principio del fin de una política delincuente con la que todos hemos sido demasiado tolerantes.

La mejor defensa

Que la mejor defensa es un buen ataque parece asumido por muchos trabajadores contratados en las empresas públicas de la Junta y beneficiados por el “decretazo”. Caso supremo, la carta injuriosa que el hermano del líder el PSOE jiennense –que es uno de ellos– colgó en su blog de Internet descalificando a los funcionarios auténticos con el peor de los desprecios, disparate que la palinodia entonada al día siguiente no compensa por más que deje en evidencia la catadura moral del injuriante. Griñán ha partido por dos la Función Pública y dudo muy seriamente que lo que vaya a ganar su partido metiendo con cuña a esos contratados “a dedo” compense, a la larga, a nadie, salvo a estos. Lo que no puede tolerarse es que la causa de esos advenedizos se apoye en la descalificación de los auténticos funcionarios. Griñán que, al fin y al cabo, funcionario es, está demostrando que la política puede llevar a cualquiera a donde sea.

Los medios y el fin

Parece claro que, en medio de la conmoción provocada por la espectacular liquidación de Bin Laden, no será la discrepancia lo que pueda inquietar a sus responsables. En las encuestillas improvisadas por periódicos y televisiones gana de calle el partido de los satisfechos por lo ocurrido, y más o menos lo mismo puede advertirse en la conversa en la oficina, la escalera o la barra del bar, pero también resulta indisimulable cierta confusión a propósito de las circunstancias, que va en aumento a medida que se van conociendo detalles del suceso y que se traduce en incómodas preguntas pronunciadas a media voz o a voz en grito por quienes todavía conservan una idea genuina de esa razón democrática que, como bien sabemos, poco suele tener que ver con la razón de Estado. ¿Hasta qué punto alcanza la legitimidad de un Presidente para actuar con violencia en cualquier parte del mundo, incluye ese fuero la capacidad de organizar asesinatos renunciando al procedimiento legal, cabe acribillar a un hombre desarmado, es lícita la tortura cuando se trata de obtener información imprescindible para llevarlos a cabo? Los republicanos yanquis andan alardeando de que fue su presidente (Bush) y no el actual quien, al autorizar la bárbara práctica de la “bañera” en ergástulas secretas, propició el acontecimiento con que culmina la venganza americana que, en cierto modo, es una venganza medio universal. Pero ¿se puede admitir que a un sospechoso se le someta 183 veces a ahogamientos fingidos (en los que más de una vez y más de tres se han ahogado sus víctimas) con tal de obtener aquella información, como ellos mismos informan que se ha hecho con el preso que puso definitivamente en la pista del buscado? Maquiavelo campa a sus anchas estos tensos días actualizando su moral pragmática en detrimento de la causa de esa misma democracia universal a la que se invoca para justificar la violencia más amoral. Lo que Bin Laden no pudo imaginar es que su gran triunfo sobre Occidente consistiría precisamente en lograr averiar el mecanismo básico de la decencia democrática.

No ignoro, claro está, las razones “prácticas” (tan poco kantianas, desde luego) que hayan podido decidir a Obama por esta solución rápida y políticamente económica, ni se me oculta el engorro que habría supuesto la detención, juicio y eventual ejecución de un monstruo como el ajusticiado. Únicamente digo que cada día que pasa se hace más difícil mantener el ya casi tópico de la superioridad ética y moral de nuestras privilegiadas democracias sobre una barbarie que empieza a tener sus propias razones. Y para la guerra futura que nos aguarda más nos valdría conservar esas razones en nuestro poder.

Malos augurios

Anuncia Unicaja, que suele estar bien informada, que el paro alcanzará el millón y medio en Andalucía a finales del año en curso. Y lo malo es que todo indica que viajaremos hasta ese mal puerto con un Gobiernillo al timón que bastante tiene con quitarse de encima cada mañana las graves acusaciones de corrupción que rivalizan con las que se le vienen haciendo por su entreguismo. Una perspectiva de millón y medio de parados es como para tocar a rebato y poner patas arriba una política regional desnortada en su propia inania, no para esperar acontecimientos que anuncian el fracaso de una autonomía en almoneda. Tal parece que quienes hoy mandan practicaran una estrategia de tierra quemada para dejar a su eventual relevo la peor herencia posible.

El puñal de Saladino

El sultán Saladino encontró una mañana en su tienda un puñal con un breve mensaje conminatorio. Se lo enviaba el fantasma y mano negra de los chiíes, el ejército secreto del “Viejo de la Montaña” que se proponía conquistar el mundo por el terror, asistido por su legión de “hashashin”, aquellos asesinos templados hasta el delirio por “la verde yerba de Estambul”, como diría Valle, y a los que, luego de una experiencia en un paraíso real se les encomendaban sus célebres magnicidios. No debe ser cierto el cuadro del mítico personaje que pinta Marco Polo pero sí lo es mucho de lo que se sabe de ese invento del terror como arma suprema ante la que parece desfallecer cualquier posibilidad de defensa. Así fue el mundo tras aquel durante siglos y así ha ido el nuestro desde el 11-S, hito que separa con fuerte trazo en la historia de las mentalidades la imagen de un mundo confiado en su propia relación de fuerzas, de la de otro en el que ya la ventaja viene a ser función de la astucia y, en consecuencia, efecto del misterio. La muerte de Bin Laden nos ha sorprendido de madrugada cuando ya, probablemente, la esperanza de su captura quedaba lejos y hasta resultaba frecuente la especie de su muerte, la leyenda cidiana del héroe que cabalga después de muerto, atado a su rocín, ante el pavor y la impotencia de sus adversarios. Tiene fuerza la imagen del líder refugiado en la montaña inaccesible, prácticamente inaprensible como protegido por un efecto casi mágico, sublimado en el ideal colectivo de una inmensa turba que confía en sus oscuros recursos y espera del terror la respuesta a sus anhelos seculares. No estamos en el siglo XII pero el inconsciente no entiende de cronologías. Bin Laden ha sido el último Hassan al-Sabbah, uno y el mismo en la crónica subconsciente de una guerra sin fin librada en pleno infierno en busca del cielo.

 

Ningún problema actual como el de ese nuevo terrorismo de raíz mítica que actúa mediante agentes narcotizados lo mismo en Nueva York que en Marrakech, en Londres que en Madrid, y a cuyo frente sucede a Ben Laden, como sucedió a su prototipo, un émulo que tal vez lo supere en punto a maldad y fanatismo. Al margen de que una ingenua expansión vindicativa haga brindar como ganadores a esos que ignoran el temible alcance de los poderes míticos. Por algo medio mundo contiene hoy la respiración como aguardando la visita de esos “ashashin” que viven entre nosotros a la espera de que les llegue su hora. Quizá Bin Laden ha muerto demasiado tarde. A los mitos no conviene dejarlos madurar en el secarral racionalista. Cuentan que Saladino no permitió, tras lo del puñal, que nadie se le aproximase.