Los dos reyes

A la vista del espantoso ridículo protagonizado por nuestra diplomacia frente al desafío chulesco del dictador Hugo Chávez, alguien recuerda en la radio la imagen del rey de la tribu enfrentado ritualmente a King Kong en aquella película de los años 30 que aterrorizó a nuestros padres. La comparación puede ser simpática pero no es muy rigurosa, evidentemente, porque el gesto del Rey de España, es decir, del Jefe del Estado, no fue sino la réplica imprescindible que el presidente del Gobierno estaba claro que no era capaz de darle a ese crecido dictador que, con su verborragia, estaba boicoteando de hecho el diálogo para sordos. Nuestro servicio diplomático, que, como es sabido, crea con sus maneras maquiavélicas don Fernando el Católico, con su sentido de la modernidad y su austeridad suprema (hay un libro espléndido sobre el tema debido a Garret Mattigly), es hoy un montaje tan caro como inútil como consecuencia de unas comunicaciones que permiten una dirección centralizada de la política exterior. ¿O es que alguien ha oído siquiera hablar del embajador español a lo largo de esta humillante crisis que ha terminado por ponernos de rodillas ante el monstruo arrogante? Pues seguramente no, porque en esta debacle diplomática la cara alelada la pone exclusivamente el ministro y el guión lo improvisa un lego en la materia como el Presidente. Hubo un tiempo en que nuestros embajadores hacían temblar a los papas pero hoy vivimos otro muy distinto en el que, insignificantes o poco menos para las auténticas grandes potencias, cualquier satrapilla nos pone mirando para la Meca. Casi se echan de menos aquellos patosos pies de Aznar sobre la mesita del rancho.

 

El éxito de la aventura “bolivariana” se basa tanto en la fuerza residual de la leyenda insurgente como en la debilidad de unos aliados mediatizados en exceso por los intereses económicos en juego y por su propio complejo frente al aura de los tiranos. Y ya sé que Felipe II, al menos según leyenda, fulminó a un embajador con la mirada, pero sin llegar ese exceso, la verdad es que este estado de postración y debilidad resulta incomprensible más todavía que intolerable. Sé también que no me faltarán críticas radicales por parte de quienes olvidan que Chávez es, al fin y al cabo, un golpista indultado que practica una sagaz demagogia que aspira a la hegemonía regional. Contesto a eso, de antemano, que nos hemos quedado solos en semejante besamanos, doblegados ante un bocazas sin el menor crédito al que hasta se la ha permitido insultar al Rey. Vamos camino de ser el hazmerreír del planeta. También se echa de menos estos días el corte de don Juan  Carlos.

Andalucía, ‘casi na’

No sé si Griñán distinguirá entre las críticas de quienes lo hemos apreciado y apreciamos, y aquellas otras de quienes tratan de arrastrarlo, pero no sería decente callarnos ante el modo inquietante en que se está deslizando por la pendiente retórica y camelística. Decir, por poner un caso, que Chaves ha dejado a Andalucía convertida en un “referente de Europa”, cuando la única realidad es que somos el vagón de cola del continente, es una frívola pamplina que no tengo la menor duda de que él considera como tal a pesar de utilizarla. Aparte de que lo que de él se espera es, precisamente, que saque a la autonomía de ese pozo de ridículas pretensiones. El arte de la arenga linda con el disparate.

La ‘patena’ onubense

Está dando la vuelta al ruedo ibérico la penúltima chorrada de Jiménez, el autodidacta que ordena y manda en el PSOE de Huelva (se halan de los pelos los mismos que lo izaron): “Como la Semana Santa viene pronto, los turistas no vendrán a bañarse” y, en consecuencia, tampoco es tan grave que las playas onubenses –¿sabrá este sobrevenido cuál es el peso del turismo en la formación de nuestra renta provincial?—hayan quedado destrozadas por el temporal. Lo de pedir a esos huéspedes que “confíen en las instituciones” porque las playas quedarán “como una patena”, ya es de traca. Es curioso que la empresa más ardua de la vida colectiva esté en manos de aficionados.

Pintura roja

A Rosa Díez la han acosado en la universidad de Barcelona, le han escupido y arrojado pintura roja cuando iba a exponer su proyecto –sus ideas—en el ámbito de la Facultad de Políticas. “Algo tiene el agua cuando la bendicen, / algo tiene el vino cuando lo consagran,/ y algo la palabra cuando la prohíben”, escribió nuestro entrañable Blas de Otero. El silencio es el arma de destrucción masiva de todas las tiranías, incluso de las minúsculas que sacan partido de la audacia con el consentimiento, activo o pasivo, claro está, de la autoridad. Así fue siempre y así fue, por supuesto, durante la dictadura, unas veces por cuenta de Leviatán y otras por la de algunos sectores oprimidos. Yo he visto pintar de verde en aquella universidad a un profesor como he visto a más de un  digno maestro acorralado por los extremistas disfrazados de “jueces críticos”, pero sobre todo recuerdo como si fuera ahora aquel clima en el que la palabra era vigilada de cerca por esos comisariados espontáneos que se investían a sí mismos desde el ilusorio derecho que le concedía su complejo de hiperlegitimidad moral, ese mal de nuestra izquierda. La diferencia es que aquellos no eran sino excesos de un sistema a presión, mientras que los de hoy son puros ejercicios de autocracia protagonizados –en inexplicable régimen de impunidad—por el fanatismo que ve un enemigo en la democracia. Ya le ocurrió a Savater, a Arcadi Espada y a otros porque hay que admitir de una vez que ni en Cataluña ni en el País Vasco la libertad está garantizada ni la universidad es libre. La imagen de esa farsa trágica nos ha devuelto al imaginario de otra época en que nuestros adversarios no eran inventados sino reales. Pero no estoy divagando sobre la anomia; estoy pidiendo autoridad en nombre de las libertades.

 

No se comprende, por otra parte, el secuestro de la universidad del espacio público por parte de esos “cuatre gats” de pelaje balcánico, porque cabe preguntarse qué sería de los derechos fundamentales en esa sociedad a poco que, en lugar de cuatro, los gatos fueran cuatrocientos. De momento, eso sí, hay que admitir que la hidra terruñera del nacionalismo tiene en un puño a la democracia hasta el punto de impedir la palabra a la inmensa mayoría, tal como la dictadura hizo en su día y con idéntica protervia. Con la venia pasiva de la autoridad y la protección manifiesta de los poderes de la taifa que son los que han instaurado y estimulan la censura del habla. Lo que no sabe o no dicen es que eso no sólo lastima a la democracia catalana sino a la española en su conjunto. Esa anacrónica pintura roja es todo un símbolo del fracaso de la libertad.

Política y religión

El anuncio de ese partido islamista que pretende participar en la democracia española ha despertado, junto a explicable inquietudes, algunos debates interesantes. Por ejemplo, el que versa sobre el riesgo de que desde Marruecos, pongamos por caso, pueda acabar teledirigiéndose la vida pública española. O el que cuestiona la adaptabilidad a la democracia de una ideología teocrática. ¿Puede concebirse siquiera un partido cristiano en un país de ese otro mundo? La democracia es una cosa demasiado seria como para permitir que se la cuestione desde dentro Y eso es algo perfectamente previsible en un partido como el recién surgido.

El enchufe múltiple

Coincide con el escandalillo de las contrataciones “de diseño” en el Ayuntamiento Aljaraque, el escandalazo que parece que han descubierto los sindicatos –menos mal—en los manejos contractuales de la consejería de Justicia. ¿Se acuerdan de una plaza de instituto hecha que ni a medida de una hija de su señora madre? Pues ahora llegan las comadres y hermanas, aunque me da el pálpito de que, a no tardar, hemos de ver otros libros de familia transcritos en otras nóminas públicas. Esto es una merienda de negros, ni menos. Ni el más arriscado caciquismo tuvo nunca en Huelva una clientela tan descarada.