El partido manda

Tremenda reaparición de Guerra en la precampaña electoral, en amor y compaña del gran muñidor del caso de las prejubilaciones falsas y dispuesto a defender esa rapiña con los argumentos más pobres y gastados, para decepción de quienes aún pudieran esperar de él algún refuerzo moral, incluidos muchos guerristas. Guerra es el paradigma del político profesional, atado al partido como a una empresa y al cargo como a un clavo ardiente, y lo mismo vota los Estatutos que descalificó en público, que defiende ahora el mayor montaje defraudador registrado en la autonomía. De Guerra no queda más que su demagogia y el estómago agradecido. Hay que ver por lo poco que puede ponerse en almoneda incluso un personaje que lo tuvo todo.

La paz deportiva

La prensa india se venía abajo la semana pasada repleta de titulares apocalípticos. En el sombrío panorama de las relaciones con Pakistán, en especial tras el atentado registrado en Bombay hace unos años, un acontecimiento ha logrado elevar al máximo la tensión propiciando, sin embargo, la insólita aventura diplomática que en aquellas circunstancias supone un entendimiento oficial, pero éste ha llegado al aceptar el primer ministro pakistaní la invitación de su colega indio para asistir al encuentro de semifinales de la copa mundial de cricket que habría de celebrarse en Mohali, una localidad del estado de Penjab. Dos países atrapados entre la tensión y la parálisis y una paz precaria en torno a un acontecimiento deportivo, un aluvión de declaraciones invitando a la paralización del trabajo para asistir al espectáculo, unanimidad favorable en la prensa a ambos lados de la frontera y, en fin, un clima de entusiasmo que ha logrado, de momento, abrir una grieta en el muro bien fraguado de la histórica enemistad entre esas dos naciones. La competición muestra, una vez más, su paradójica capacidad conciliadora hasta el punto de permitir en nuestros días una réplica de la clásica “paz olímpica”, en una región dividida por la enemistad histórica, desmentida durante unas horas por esa minicumbre circunstancial de los dos líderes celebrada en el palco de un estadio, que ya ha sido retratada por la prensa como la “diplomacia del cricket”. El deporte es un agente político de primer orden para bien y para mal, como lo prueba que allá por el año 70, con motivo de las eliminatorias para la final del Mundial correspondiente, la que Kapuzinski llamó “guerra del fútbol” se saldó con miles de muertos y una ruina económica sin precedentes para ambos países. Bienvenida, pues, esta provisional paz del cricket que abre limitadas pero reales esperanzas al deseado entendimiento.

 

Me han llamado la atención, junto con la foto sonriente de los mandatarios,  los titulares de los periódicos de uno y otro bando –“La última aventura”, “La fiebre se apodera de India”, “Todos los caminos conducen a Mohali”–, expresiones de un estado de ánimo, sin duda, pero también prueba del papel inductor que los medios tienen en cualquier situación y muy especialmente en circunstancias extremas. Y esa tensión espectacular vivida durante un par de horas por dos países, que ni siquiera han dudado en muchas ocasiones en amenazarse con sus armas nucleares, reducida ahora al debate sobre los lances de un partido. El deporte es un psicótropo con el que resulta obligado contar en un mundo que apenas concibe ya la paz fuera de la cancha y al margen del reglamento.

Flexibilidad sindical

El sindicato Comisiones Obreras (CCOO) no quiere discusiones sobre el negocio de las prejubilaciones falsas financiadas por la Junta ni quiere saber nada de nuevos controles para evitar fraudes como los indignantes que se han descubierto. Incluso recurre la manoseado argumento de que la denuncia de este colosal estafón público esté perjudicando la imagen de Andalucía, y llega a decir que si la jueza está en su derecho de reclamar la documentación que considere necesaria, la Junta también lo está en el suyo de decidir qué documentos quiere entregar. La “concertación” funciona como un reloj, no cabe duda. Lo que no se es qué opinarán de esta actitud los trabajadores y jubilados.

Saber es tener

Nos ha dicho Miquel Roca en su brillante intervención en las “Charlas de El Mundo” que claro está que vamos a salir de la crisis, pero que, desde luego, vamos a salir muy diferentes de cómo en ella entramos. No mejor ni peor, sino distintos, lejanos ya del modelo optimista de vida que llegó a entrever la “new age”, definitivamente obligados a basar la identidad y el papel de los europeos en el talento y, en consecuencia, en la formación de las nuevas generaciones. Nos hacen falta sabedores, expertos en cada necesidad social, gente en posesión de la vieja “metis” griega en la que los clásicos veían la piedra angular de su orden colectivo, y para ello habrá que potenciar no sólo la educación –hoy, como sabemos, postrada en buena medida, fracasada como sistema—sino también el esfuerzo superior en el ámbito de la investigación científica. Lo dice justo en un momento en que, junto a las vehementes protestas de nuestros investigadores por la mengua de sus presupuestos, acabamos de enterarnos de que España ha escalado posiciones en el ránking de la Royal Society hasta descrestar a Rusia y Australia, por ejemplo, pero a un ritmo muy lento si la comparamos con el que viven sociedades como la iraní, la china o la india, la brasilera o la mexicana, aparte de otras varias en el sudeste asiático, África del norte u Oriente Medio. Si queremos mantener la presencia europea –pensar en presencias aisladas resulta ya inconsecuente—habremos de empezar por abajo, presionando sobre la población escolar absentista o fracasada, al tiempo que tratar con munificencia a nuestros futuros sabios, hoy más interdependientes que nunca en el marco de la comunidad científica mundial. No es chica tarea, la que nos queda. Roca dice que sólo ella puede conservarnos nuestro digno papel histórico como ámbito continental. Hoy Menéndez Pelayo tendría que enfatizar el papel de la ciencia europea y no ya de la española, pero es probable que, en poco tiempo, ni esa delimitación baste ya ante la galopante universalización del saber.

 

O europeos o nada, o instruidos o fracasados. Sólo la formación proporciona el instrumento del desarrollo y eso parecen haberlo comprendido mejor que nadie los países llamados “emergentes” que hoy nos miran (vuelvo a citar a Roca) como ayer los mirábamos nosotros: con preocupación. Ver destacar entre ellos a Irán resulta especialmente elocuente a la hora de aceptar que tal progreso depende sin más de la voluntad política. Comprobar que España mejora por debajo de Turquía es, en cambio, desconcertante. ¿Habrá que recordar a Ramón y Cajal haciendo sus preparaciones con sus propias cuchillas de afeitar? El progreso científico condiciona hoy nuestra supervivencia como en su día las lanzas de Flandes o el oro americano.

Ma non troppo

IU no se cansa de decir que quiere luz y taquígrafos y que no apoyará nunca un edificio en ruinas. Ma no troppo… Antier mismo pudimos comprobar en el Parlamento que IU mantiene su estrategia de dejar la puerta entreabierta por si el PSOE precisa escapar de la quema, y eso fue lo que ocurrió en esta ocasión cuando, con peregrinos argumentos, defendió y evitó la imprescindible reprobación de los consejeros implicados en el caso de las prejubilaciones fraudulentas financiadas por la Junta. Una vela a Dios y otra al diablo, se llama eso. Una vela que, verosímilmente, no será sino una más en el previsible candelorio que se avecina.

Bebés robados

Hay muchos españoles que no salen de la estupefacción ante la crónica creciente de esa trama que habría estado robando bebés a sus padres biológicos para venderlos a otros desalmados además de adoptantes. Cuesta dar crédito a la historia de que, durante tres décadas, de los años 60 a los 80, aquí estuvo funcionando un auténtico mercado negro del niño gestionado por sanitarios o personas relacionadas, en el que no sólo se compraban y vendían los recién nacidos sino que se los exportaba de manera organizada. Cómo escapó semejante crimen a la sociedad es, para mí al menos, un enigma, por muy ajustadas que las piezas de aquella trama estuvieran, pero más me desconcierta aún el hecho mismo de esa “adopciones”, es decir, cómo entender que esos cientos de parejas frustradas en su paternidad fueran capaces de despojar con tan miserable procedimiento a los padres legítimos. Aparte de que para que funcionara una mafia semejante debió ser imprescindible que la “omertá” o silencio de los delincuentes funcionara a la perfección y hasta el punto de no levantar sospechas en las esferas hospitalarias dirigentes ni estallar a causa de alguna filtración, no sólo en el ámbito hospitalario sino en el amplio e incontrolable de la propia familia extensa y del medio social.

¿Puede entenderse que durante varios decenios y hasta medio siglo después, en algunos casos, no hayan aparecido indicios capaces de orientar a los damnificados? ¿Nunca advietieron las policías algún rastro razonable de un tráfico que no tenía más remedio que implicar a un colectivo significado de personas, nunca se levantó ninguna liebre en los medios judiciales a los que ahora acuden en tromba quienes se han descubierto perjudicados? ¿Nadie sospechó nada en los medios de beneficencia por fuerza relacionados en mayor o menor medida con ese tráfico infame? Nada de ello se explica sin un firme complot de silencio cuya vileza cuesta imaginar siquiera, aunque claro está que la pregunta mayor debe reservarse a esos padres ladrones cuyo egoísmo resulta sólo comparable a su paranoia y en los que el presunto instinto paternal encubría, obviamente, por más que se alegue la atenuante de la frustración, el más despreciable egoísmo. Ahí está el caso, en definitiva, con sus cientos de padres en busca de sus hijos arrebatados, y de hijos explicablemente obsesionados por aclarar su condición y recuperar a los padres de lo que fueron desposeídos. Y con sus centenares de criminales ocultos, sorprendidos tal vez por el súbito y tardío descubrimiento de una trama que no se explica, ciertamente, cómo pudo pasar desapercibida e impune en una sociedad como la nuestra.