La casta y la plebe

Los ciudadanos españoles no estiman a sus políticos. Los consideran el tercer problema que pesa sobre el país, según acredita el CIS, es decir, el observatorio sociológico del propio Gobierno. Por su parte, un serio estudio reciente nos descubría no hace mucho que la opinión pública explica la escasa implicación de los políticos en la crisis actual por el hecho de que se sienten protegidos en su ámbito de privilegio lo que, en su particular percepción, convierte la circunstancia económica, de hecho, en un asunto ajeno. Y no se equivoca, por lo visto, la estimativa pública, a la vista de lo sucedido antier en el Parlamento Europeo donde el grueso de los eurodiputados españoles votaron, junto a sus colegas de otros países, contra la propuesta de congelación de sus sueldos e incluso contra las que trataban de forzar el uso de la clase turística en los viajes aéreos de esos próceres o la congelación de los gastos y de las generosas dietas percibidas. En masa, como un solo hombre y con excepciones contadas, nuestros representantes se negaron a renunciar a unos privilegios desorbitados que ellos deben de considerar merecidos y ante los que poco o nada ha pesado la situación de sus conciudadanos, dramática y aún desesperada en muchos casos. Nada nuevo, por lo demás, pues aquí en el interior tenemos visto y comprobado que la única razón capaz de poner de acuerdo a todos los grupos y tendencias es aquella que postula la mejora económica o el beneficio de esa auténtica “clase”: no ha habido una sola votación de ese género que no haya sido adoptada por unanimidad. Y eso es una (des)vergüenza, por más que nos cuenten los privilegiados, especialmente en situaciones como la actual. Una curiosidad: los eurodiputados votaban lo referido prácticamente al mismo tiempo que, tras las de Grecia e Irlanda, se decidía la drástica intervención económica de Portugal. ¡El continente arruinado y ellos volando en “gran clase” con el sueldo y las dietas intactos! Supongo que lo de la desvergüenza lo suscribe la mayoría.

 

Es peligroso el creciente descrédito de los políticos, nadie lo duda, porque implica el del propio sistema democrático. Ahora bien, pocos serán quienes no adviertan que ese descrédito se lo procuran ellos a pulso, situándose, por si fuera poco, al margen de la suerte común y cerrados ante la posibilidad de compartir con sus representados los imprescindibles proyectos de austeridad. Pasó definitivamente la idea –porque no fue casi nunca más que una idea, justo es decirlo—de que la política era ante todo un servicio. La política se ha convertido en un oficio que esa casta han sabido blindar incluso en plena catástrofe.

¡Con que cuatro o cinco!

Evidentemente no eran “cuatro o cinco sinvergüenzas”, como aseguraba Chaves, los únicos responsable del montaje de las prejubilaciones fraudulentas y las subvenciones falsas. Había más sinvergüenzas, como lo demuestra el reconocimiento oficial de que, al menos durante ocho años –es decir, entre enero 2003 y diciembre 2010—las irregularidades fueron masivas. Algo que no pudo ocurrir en el secreto de una unidad inferior sino que tuvo necesariamente que contar con el visto bueno de los consejeros respectivos y el enterado de los presidentes. ¡Nada de cuatro o cinco! En este negocio ha habido mucho sinvergüenza aún por descubrir.

Un mito chino

El gigante postcomunista chino no puede, por lo que se ve, prescindir de los mitos, incluidos algunos que rechinan con estrépito con los rancios postulados del maoísmo aún en vigor. Y entre ellos ninguno, probablemente, como el que implica el revitalizado culto a Huangdi, el “Emperador amarillo”, presentado por la propaganda oficial como el padre cinco veces milenario de la raza y de la civilización chinas, el venerable epónimo de los Han que fue capaz de irradiar las innumerables raíces étnicas hoy existentes poniendo orden en el caos preexistente antes de fundar el Estado nacional. Todos los años, cada mes de abril, y bajo la protección cercana del propio Partido Comunista Chino, se celebran en Xingheng, en la provincia de Henan, extraños rituales entre religiosos y laicos que últimamente atraen, con éxito creciente, a las poblaciones de la diáspora dispuestas, como todos los asistentes, a rendir culto a ese personaje faboluso cuya presencia mística conmemoran con rezos, incensarios y tamborradas. No todo en el milagro chino son, pues, talleres y granjas, ni siquiera rascacielos cristalinos como los que dibujan la “sky line” de Shangay, y menos aún rígidos dogmas heredados que, al menos de momento, parecen compatibles con la asombrosa transformación de la vida social, sino mitos cuidadosamente revisados por el propio Partido cuyo creciente interés por hacer del nacionalismo, junto con la libertad de mercado, un firme puntal de la vida del país, no duda ya ni a la hora de reinventarse un emperador legendario para que ejerza de eventual catalizador de las energías y esperanzas populares. Decían que el poder del gran dinero cambiaría China haciendo crujir la mentalidad heredada. Lo que quizá no incluyera esa previsión era esta imagen canónica del emperador amarillo.

 

Los mitos no pierden su función ni siquiera en el férreo contexto ideológico de una dictadura como la postmaoísta. Están ahí, emparentados en silencio con la cultura latente, aguardando su momento, como a la espera de una oportunidad para volver al aire libre y demostrar su superioridad intemporal sobre las circunstancias eventuales de la política, listos para servir lo mismo a un imperio tirio que a una república troyana, con su carga de seductora mistificación y su capacidad sincrética. Y si no consideren a ese PCCH oficiando de medio pontifical en el festival de Huangdi, con sus varillas de incienso y sus masivas prosternaciones, inconcebibles no hace tanto todavía en el paraíso de la “revolución cultural”. Todo pasa menos el mito. Es cuestión tan sólo de aguardar su oportunidad.

El vuelco que viene

No son casuales los acontecimientos que vivimos. Son más bien la expresión de un vuelco político que se acerca a grandes zancadas. ¿O alguien puede creer que el “destape” documental al que asistimos no es un efecto de la defección del propio aparato del “régimen” y la crisis política en que se ve sumida la autonomía no es un anuncio de los tiempos recios que los interesados ven avecinarse? Verán cómo incluso se acelera este seísmo y prospera la bronca mientras vuelan los papeles sacando a la luz los secretos mejor guardados. Que el PSOE ha agotado su munición lo demuestran esas navajas que están saliendo a relucir un poco por todas partes.

Revolución dorada

Bill Gates anda por Europa tratando de encauzar de una vez su proyecto filantrópico que ya no consiste en un gesto plutócrata hacia la beneficencia –ese evergetismo tan americano—sino en una revolucionaria propuesta que se mide de tú a tú con los Estados y va de interlocutor del G20. Gates ve crecer su iniciativa del club de multimillonarios benefactores al que, junto con su compadre Warren Buffet, se han unido ya más de medio centenar de entusiastas dispuestos, según dicen, a deshacerse cada uno de ellos de la mitad de sus respectivas fortunas para entregarlas a la buena causa. La salud y la agricultura tercermundista serían, en principio, los beneficiarios de este proyecto caritativo que invierte en esos sectores no menos de dos milliardos de dólares anuales, pero aspira a consensuar su acción con la de unos Estados a los que la crisis ha convertido cada día en más cicateros. Gates asegura que de los 54 milliardos de dólares que posee sólo dejará diez millones de dólares a cada uno de sus tres hijos, y un poco en esa línea de opulento franciscanismo aparecen ya junto a él en esa foto magnánima personajes como el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, el hotelero Hilton o el cineasta Georges Lucas, empeñados todos en librar al planeta de sus lacras más denigrantes. Algo nuevo en la crónica occidental, que sobrepasa con mucho el listón del mecenazgo tradicional para plantear a la sociedad política un vehemente desafío desde una sociedad civil que, por sorpresa, parece haber liberado la componente evangélica que actúa en nuestra civilización, contra lo que digan sus detractores, como una idea-fuerza de primera magnitud.

¡Los ricos salvando al mundo, la plutocracia convertida en la esperanza de la legión famélica! No cabe duda de que el milenio nos tenía guardada esta sorpresa que aún no sabemos que podrá dar de sí pero que ya apunta como un hecho espectacular en la historia de la explotación humana. Es tal vez el ocaso de Hobbes y el orto –bien que invertido—del “reino feliz” prometido por Marx. Ahora resulta que la utopía debía escribirse con letras doradas.Y una hipótesis estupenda: que el entusiasmo por la filantropía es más propio de los países en los que predominan las fortunas de primera generación que en los que funcionan atados a la rueda de la herencia. Veremos, no obstante, qué es lo que acaba saliendo de esa apuesta inédita de los ricos a favor de los pobres, pero reconozcamos que sólo su enunciado revoluciona nuestra secular expectativa. La nobleza no es nada, la fortuna lo es todo: el oro eleva a la cima al hombre más despreciable. No seré yo, y menos en este momento, quien le discuta esta idea a Eurípides.

Retrato de la jueza

Poco sabemos de  la jueza Alaya, la valiente y tenaz instructora del lío de las prejubilaciones fraudulentas a la que la Junta, explicable pero absurdamente, le regatea la documentación imprescindible. Poco, aparte de que está demostrando una solidez sólo comparable a su paciencia, y a que se ha convertido en la bestia negra de los investigados y quienes los apoyan. Hasta leyendas miserables sobre su carácter se han podido oír por aquí y por allá, pero ella no se ha arrugado ni perdido el compás en ningún momento a pesar de la gravedad que supone aquí y ahora enfrentarse al Poder. Y todo indica que saldrá adelante con los faroles a pesar del apagón. Unos cuantos jueces como ella no le vendrían mal a esta jaula de locos.