Cabezas tatuadas

La alcaldesa de Rouen va a entregar a la embajadora de Nueva Zelanda la cabeza tatuada de un guerrero maorí expuesta en el museo local desde hace más de un siglo. El gesto abre un proceso que será largo, pues se calcula que hay en los museos del mundo cerca de medio millar de esos trofeos, ahora reclamados por sus compatriotas que desean dar digna sepultura a sus antepasados. Pero lo curioso es que, si bien en principio esas cabezas tatuadas fueron el hallazgo de un curioso que acompañaba al capitán Cook en su viaje, la verdad es que, posteriormente, la demanda había crecido tanto que los maoríes decidieron “producir” ejemplares a toda pastilla, por lo que se hicieron habituales las expediciones guerreras cuyo objeto era conseguir prisioneros a los que decapitar después de haberlos decorado cuidadosamente con esos tatuajes que encantaban a los civilizados occidentales. Tanto creció, en fin, esa industria que, tras no pocas discusiones, Inglaterra acabó prohibiéndola en 1831, cuando ya solamente en el Museo de Historia Natural de Nueva York se exhibían treinta y cinco admirables ejemplares. A mí la noticia me ha traído a la cabeza lo del negro de Banyoles que, no hace tanto tiempo, España devolvió a su país por mano del embajador en Naminia y Bostwana, mi admirado Eduardo Garrigues, de cuya memoria aventurera tuve este verano el privilegio de escuchar en directo los detalles de este caso que cuenta en uno de los relatos de su obra “El mal de África”. A Garrigues le cayó entonces encima la del tigre anticolonialista, por más que él sostuviera entonces como ahora su dura catilinaria contra ese sistema que resume su frase, casi apodíctica, de que no es posible dejar de hacer las cosas mal si durante tanto tiempo nos dedicamos a saquear tierras ajenas. Él mismo, por ejemplo, acabó entregando un cráneo y cuatro huesos sueltos pues el bosquimano del museo Darder resultó no ser más que un montaje taxidérmico cercano ya a los dos siglos.

 

Garrigues asombra y divierte cuando nos cuenta su fallido intento de hacer torear un búfalo a don Antonio Ordóñez, pero cuando se mete en harinas críticas se transfigura en un tranquilo profeta hedonista que clama sin estridencia contra el expolio colonial y el menosprecio de las culturas que caracteriza a nuestra civilización. Aunque ahora comprobemos que su “caso” no era más que una broma comparado con el escándalo que supone esa profanación museística de las quinientas cabezas maoríes que hay quien paga por ver tras sus vitrinas. Nuestro negro, al menos, resultó no ser ya más que un vestigio con su plumero, su taparrabo y su lanza. Como en tantas ocasiones, hemos llevado la fama por los cardados de otros.

El juego sucio

Cualquiera sabe si va por buen camino la hipótesis de que la dimisión de la gerente del Servicio Andaluz de Empleo (SAE) habría obedecido a la guerra sucia que se estaría librando dentro de la propia Junta y, concretamente, a eventuales presiones ejercidas por el sector griñanista para forzar filtraciones que, comprometiendo a Chaves, exculpen al actual Presidente. Nada puede sorprendernos, a estas alturas, en ese campo de Agramante sin código que valga en que se está convirtiendo la política a medida que arrecia el chaparrón de chuzos de la corrupción, pero de confirmarse aquella hipótesis, hay que decir que el espectáculo no puede ser más denigrante. Por lo demás, dadas las circunstancias, en el “caso EREs”, tan difícil es imaginar siquiera la inocencia de Chaves como la de Griñán.

La chispa de la vida

En Atlanta andan de fiesta con motivo del 125 aniversario de la Coca-Cola. Habrá conciertos al aire libre y se espera una riada de visitantes al (que hay que suponer) anodino museo del célebre refresco, cuyos gestores declaran unas ventas anuales no inferiores a 1.700 millones de esas botellas que apasionan en todo el mundo salvo en Corea del Norte, Cuba y Birmania, países en los que están prohibidas. Los datos son apabullantes: le bebida es reconocida por el 97 por ciento de la Humanidad; el año pasado logró superar en USA las ventas de la Pepsi, su eterno competidor; sólo en el año en curso ha vinculado en Facebook veintiséis millones de fans; parece que el consumo mundial alcanza cada año las 89 botellas por habitante del planeta, que en el último país mencionado sube hasta las 394 y en México se dispara sobre las 675. En las abarrotadas carreteras del África profunda es frecuente ver a las muchedumbres errantes asaltar dólar en mano (y ésa es, probablemente, la renta diaria de muchos de tales consumidores) los inmensos “trailers” distribuidores hasta vaciarlos en unos minutos. Cómo será que los managers de la compañía esperan duplicar el pelotazo de 100 a 200 milliardos de aquí a 2020, en la confianza de que se cumpla un principio sobradamente comprobado –que el volumen de venta de “soft drinks” en general y de Coca-Cola en particular está en función del crecimiento del PIB, de manera muy particular en los que suelen llamarse “países emergentes”—y, por otro lado, pendientes del anuncio demográfico que pronostica que en este decenio la población del mundo crecerá en 700 millones de criaturas. En China el promedio de coca-colas bebidas alcanza ya las 34 al año, y en India no baja de 11. No creo que jamás un producto haya alcanzado un éxito semejante. La perspectiva de una mayor población y una nueva clase media en estos nuevos invitados al festín parece proyectar al infinito el negocio que hace ahora siglo y cuarto puso en marcha, sin la menor idea de lo que se le iría de las manos, el boticario Pemberton.

Uno de los mecanismos más sublimes del Mercado consiste en el hecho de que también el gusto se educa, es decir, de que la demanda podrá ser todo lo espontánea que quieran los ultraliberales, pero que no deja de ser también el producto manipulado de un sistema volitivo que opera muchas veces desde la sinestesia. Dicen, por ejemplo, que el diseño de la botella y el logos que ahora cumplen esos 125 abriles relanzó el consumo tanto como la imagen del soldado con la botella lanzado por el Gobierno USA en 1943. El imperio cabe en unos centílitros con tal de que la duramadre los reconozca como suyos.

La sociedad familiar

Los hijos de Chaves, la mujer del ex-vicesecretario general Velasco, la pareja del candidato granadino del PSOE, la madre y el hermano de un portavoz, el guardaespaldas del alcalde, el novio de la alcaldesa: uno tras otro van apareciendo en la interminable crónica del nepotismo regional. Nada como la familia unida para mantener unido al partido, nada como ese estímulo cementón que es la pasta pública para conseguir una clientela fidelísima. El capítulo del “Régimen” podría redactarse por orden alfabético en esta historia que pudo ser decisiva para Andalucía y ha acabado por no ser más que la epopeya de una “nueva clase”. La familia es la clave para abrir la gran caja cerrada para todos los demás.

El culo de Pippa

Un grupo de cachondos ha logrado en Internet la hazaña de reunir en un santiamén nada menos que 200.000 admiradores del culo de Pippa Midelton. El hecho no es más que un epifenómeno del éxito catódico de la joven dama en el bodorrio de su principesca hermana Kate, ciertamente, pero a mi parecer ilumina de modo desconcertante el caprichoso panorama de esa estimativa global que, por encima de razas y fronteras, se está demostrando de lo más vulnerable. ¡Doscientos mil desocupados consagrando su entusiasmo al culo de una joven apenas entrevisto bajo el vestido marfil en las diversas poses que, como dama de honor, debió adoptar durante la ceremonia! Es posible que estemos ante el ejemplo supino de la mitomanía de una sociedad homogeneizada que vegeta en la cuarta dimensión de la Red, dispuesta a iniciarse en cualquier culto que se le proponga y para cuya perceptiva lo mismo vale una grandiosa escena que un gesto mínimo, la ejecución sumarísima del terrorista más buscado que las nalgas de una pija calculadamente exhibidas. Hasta ha habido, a la sombra del pelotazo virtual, su poquito de negocio, centrado sobre todo en la venta de “productos derivados” de esa imagen sagazmente sublimada en prendas íntimas, y, ya de paso, alguien se ha lo ha llevado crudo con un “récup” o foto pasada en la que ese icono súbito aparece en sostén y falda o bailando en situación comprometidas con un colega en calzoncillos. Y por supuesto, han surgido como por encanto las ofertas culturistas que ofrecen lograr con sus métodos exclusivos un culo como el de Pippa que, por otra parte, algún destacado experto sugiere que es hereditario, para lo que invoca — a mi modo de ver las cosas, me manera no poco impertinente– la comparación con el de su santa madre. Ya ven la que puede ocasionar un culo bien puesto y exhibido, eso sí, en situación tan privilegiada, aunque un mínimo de discreción obligue a ver en el suceso una prueba añadida de la decadencia de Occidente que deja la teoría de Spengler a la altura del betún.

Hay quien ha visto en el caso la superación de la estamental visión nobiliaria por una simple “culocracia” capaz de ordenar valores y prestigios sociales a partir de las curvas traseras, y hay que reconocer que, siquiera como chiste, la ocurrencia funciona no poco bien y más que va a funcionar si, como se prevé, el club de culoadictos mantiene se inusitada progresión como una epidemia de hipnosis rijosa suavizada bajo el astuto diseño de Sarah Burton que, por cierto, era precioso. Pero el caso es que todas las estrategias basadas en el rostro de Kate se han ido al traste en cuanto la hermana ha marcado con estilo el perfil de su “derriére”.

Votar a IU

Desde IU se anda pidiendo el voto nada menos que como “garantía de cambio para un nuevo ciclo” y hasta se ha llegado a decir que ésa es la razón por la que tanto PSOE como PP “intentan ocultar o secuestrar su discurso político”. Pero, criaturas, ¿cómo va a ser eso si lo único claro en este momento es que IU no tiene otra perspectiva que la de fracasar o alquilarse de lazarillo a un PSOE en presunta caída libre? Votar a IU en las próximas autonómicas y municipales equivaldrá a votar al PSOE cuando no sea un gesto por completo inútil: en la Junta extremeña, en el Ayuntamiento de Sevilla, en todas partes, IU será escudero de ese partido que ella misma parece creer que termina su ciclo, o pasará al limbo otra legislatura más. Esa disyuntiva no es un drama para ella sino la relativa garantía de su supervivencia.