¿Final de partida?

El escándalo del fraude en las jubilaciones se ha cargado a Griñán. Y no sólo al poner en almoneda su futuro sino al liquidar su pasado con la evidencia de que lleva años copresidiendo o presidiendo el desorden y la arbitrariedad de este partido sin reglamento. Y encima no puede cesar a su consejera insostenible porque es su propia coartada mientras que ésta lo tiene difícil para dimitir porque al hacerlo arruinaría el montaje completo. Lo que pretendieron que no era más que un incidente de aprovechados ha resultado ser una trampa mortal en la que puede que naufrague el “régimen” y se liquide toda una generación.

Zafiedad nacional

No ha sido la de Luis Olivencia la primera crítica del estreno ése que anda revolucionando nuestras taquillas en la que tropiezo con la negativa a asimilar con el zafio autor de ese engendro al público que lo consume. Se alega que el personal tiene derecho a relajarse, que la grosería y la vulgaridad no son nuevas en el cine español y que, sobre todo, al menos este ejercicio extremo de insolvencia estética se lleva a cabo sin aprovecharse de las subvenciones con que aquí se asiste a cualquiera desde el Estado en nombre de una industria que tiene demostrada su inviabilidad. Bueno, cuestión de enfoques, por supuesto, pero estoy seguro de que una notable mayoría de españoles –y lamentablemente también aquí la estratificación social tendría mucho que decir—rechaza con indignación estas exhibiciones cutrerío y pésimo gusto que no son, por fortuna, al menos todavía y a pesar de los pesares, la tónica común de nuestra sociedad. Siempre fue norma de la representación artística la libertad de expresión e incluso el recurso a la truculencia humorística más degradada, eso es cierto, pero dudo que jamás se le haya ocurrido (ni permitido) a un responsable de espectáculos dirigidos al público en general el margen irresponsable de que gozan engendros como el que estos días arrasa en nuestra taquillas. Y si eso es así, si ese mismo público, que no va al cine si no es a base de ayudas públicas o privadas, se arremolina ahora para garantizarse la contemplación de semejantes torpezas, tienta la hipótesis de que él también –nuestra gente de la calle y algo más seguramente—se va deslizando hacia los mismos niveles de degradación y patanería que se le proponen desde ese cine descerebrado. Y que no me vengan con la monserga de Baudalaire de que el atractivo del mal gusto reside precisamente en el placer aristocrático de repudiarlo. El atractivo de la ruindad y la bellaquería pertenece a los ruines y a los bellacos, no hay que darle vueltas.

Lo alarmante de un éxito masivo como el de la saga de Torrente es su dependencia de ese humor bergante que se ofrece como alternativa y tal vez como catarsis a un público seguramente desbordado por las dificultades de la vida. Toda una escuela –eficacísima, sin duda—de baja picaresca, una eficiente universidad del mal gusto subliminalmente ofrecido como envés de la lógica urbanidad, miga miserable de la aberración en que aprender a deletrear el silabario de la miseria. Don Eugenio D’Ors sostuvo que lo más revolucionario que se puede hacer en España es tener buen gusto. Al menos en este sentido, no cabe duda de que andamos hundidos en aguas de la más profunda reacción.

El colmo

El PSOE de Huelva anda reclamando una comisión de investigación para aclarar presuntas nebulosas en el proyecto municipal de un centro comercial en un barrio de la capital. ¿Hace falta o no hace falta desahogo para descolgarse con semejante pretensión tras una década sobrada de boicot a ese procedimiento y caliente aún el pronunciamiento del partido explicando,para esconder el superescándalo de las prejubilaciones fraudulentas, que esas comisiones sólo sirven para embrollar? La política partidista ha perdido definitivamente el norte con la crisis imparable del partido en el poder pero los ciudadanos se merecerían siquiera un mínimo de decoro en las actuaciones públicas.

El gran miedo

Pros y contras de la energía nuclear: el debate ha estallado. No importa que la causa del accidente haya sido natural y, en consecuencia, algo que podría poner en cuestión no sólo las energías nucleares sino media vida humana y parte de la otra media. ¿Qué decir de los polos químicos, de las concentraciones industriales, de las aglomeraciones urbanas incluso? Un seísmo de esa categoría supondría para ellos una ruina segura y dejaría abierta la cuestión general de su seguridad, un poco como a propósito del llamado terremoto de Lisboa se desencadenó aquella polémica en la que Voltaire ironizaba contra Leibnitz sobre los límites de la Providencia, mientras que desde otros se apuntaba a la perfidia humana como la causa inmediata del desastre. No hay acuerdo, eso parece evidente, pues si por una parte está claro que a los objetores de la estrategia nuclear les ha caído en las manos una bicoca dialéctica, claro está igualmente que, ocurra lo que ocurra, y aunque no se pueda negar el fantasma de este apocalipsis, nadie piensa en serio en eliminar esa fuente de energía que, ciertamente, puede arrasar Japón, aunque no parezca probable, pero también lo ha hecho posible en su circunstancia actual. El miedo es natural pero es mal consejero y barrunto que en cuanto se afilen las críticas al modelo Chernóbil surgirán sin remedio las referidas al que arrasó Seveso. Otra cosa es que el suceso logre que las medidas de seguridad se incrementen y que la disciplina del sector se extreme hasta el límite, pero nadie va a pedir dentro de un mes –insisto, ocurra lo que ocurra—el desmontaje de la industria atómica. La Humanidad da de vez en cuando grandes pasos y suele pagarlos con altos costes pero lo cierto es que, aunque ella misma crea lo contrario, tiene las habas contadas.

Si Japón, Francia, Rusia o EEUU quieren mantener si nivel de vida tendrán que mantener su producción de energía atómica. Habrá que encarecer la previsión, ya digo, amarrarse los machos en materia de seguridad, pero nadie planteará la vuelta atrás. Esto se podrá decir más cómodamente dentro de tres meses, cuando ya la fumarola letal que hoy hace temblar al mundo se haya dispersado. ¿No recuerdan el alarmismo que despertó Chernóbil? Pues yo estuve allí poco tiempo después y ya la tónica era el disimulo y la estrategia el olvido. Para catástrofes, las de Hiroshima y Nagasaki, y a ver quién se acuerda ya de ellas. Lo que está ocurriendo es terrible pero el hombre está hecho al terror y es súbdito de la necesidad. Me arriesgo, aunque no sin alguna melancolía, a vaticinar que este apocalipsis también será superado.

Jaula de grillos

“Los militantes que donaron al PSOE la sede de Camas fueron meros avalistas que prestaron su nombre para la compra”, (comunicado del PSOE). Dichos militantes “son dueños de la finca y la donan al PSOE” y “la escritura que se inscribe ha sido ratificada por José Antonio Viera Chacón”, (informe del Registro de la Propiedad). “Es totalmente falso que existan irregularidades” en la compra del local y “se puede acreditar con la documentación pertinente”, (nota del PSOE de Sevilla). “Habría que investigar lo que ha pasado dentro de la Administración pero también habría que indagar qué ha ocurrido dentro del partido”, (Ángel López, exconsejero de Presidencia y expresidente del Parlamento). “La Junta ha actuado con mucha celeridad para que la Justicia actúe con todas sus consecuencias”, (Cándido Méndez, secretario general de UGT”).

Mal necesario

En la última “Charla de El Mundo” sevillana, Ramón Tamames, genio y figura, ha desgranado en público unas pocas ideas interesantes sobre la naturaleza de la crisis y cuanto a la crisis rodea. Para empezar, sostiene el economista que los ciclos económicos, estos vaivenes que nos llevan y traen como panderos de brujas sin que nadie nos diga cómo escapar de sus efectos o prevernirlos, que sería lo bueno, no son coyunturas sobrevenidas como a contracorriente de la lógica del Sistema sino todo lo contrario, a saber mecanismos de ajuste que forman parte de éste y que sus agentes aprovechan para reencajar ese puzle que tiende a desencajarse por su propia índole. Nada puede evitar que haya crisis en un sistema de mercado pero tampoco, como hoy sabemos bien, en un mundo económico socializado, como evidenció en su día el impacto de la llamada crisis del petróleo sobre la Unión Soviética y China y, por otra parte, ya había entrevisto Schumpeter adelantándose a los acontecimientos. Tamames cree que quien manda es el dinero –de “big money”, por supuesto—y que en ese juego que el dinero desencadena tarde o temprano pérdidas y ganancias que precisan para reajustar el mecanismo de una especie de síncope tras el que renacer pujantes para emprender una nueva etapa de la eterna aventura, y conste que cuando Tamames habla de ese juego del dinero incluye en sus reglas y manejos la propia especulación que vendría ser de hecho, dice él sin cortarse un pelo, ni más ni menos que el alcaloide del mercado. La metáfora bíblica de las vacas gordas y las vacas flacas es acaso la primicia de una teoría de la crisis que el hombre no quiso oír nunca a pesar del consejo de José. Parece que fue ayer cuando todavía escuchábamos sorprendidos la ilusión de la “new age”, esa suerte de reino feliz de los tiempos finales engastado como una gema por el mitógrafo moderno en el palimpsesto de la credulidad. Antier se anunciaba un planeta riente en crecimiento continuo como hoy se empieza a difundir la imagen de una sociedad retranqueada en la que la histéresis de precios y costes, pero también de empleo, nos permite pocas esperanzas.

 

Por otra parte se nos dice que el mundo en su conjunto está superando ya la crisis que a nosotros nos abruma y que incluso los países en vías de desarrollo crecen a un ritmo acelerado en un mundo que, eso sí, está repintando el planisferio para resaltar la aurora de aquellos países con los que no contábamos, en adelante compañeros de las potencias tradicionales. ¡Para fórmula econométrica el refrán que asegura que la ambición rompe el saco! Pero hay algo más y es que este mundo cambia a un ritmo que se las pela. Tamames no me dice ni que sí ni que no pero sonríe mientras garrapatea en su última propuesta. La titula nada menos que “Tractatus Logicus Economicus”. Supongo que el que sonreirá desde el limbo será Wittgenstein.