Manual del laico

La guerra entre el laicismo y los creyentes tiene poco de sensata. Nunca se habían registrado en España –al menos desde la República—prohibiciones de misas como las registradas en el Valle de los Caídos o las provocadas de hecho en las capillas de nuestras universidades a las que grupos de militantes laicistas impiden el paso por las bravas a los estudiantes católicos. Una moda reciente nos ha permitido ver incluso, en una de ellas, un “streap tease” masivo en plena misa, provocación grotesca e injusta por cuanto tiene de dictatorial, pero que da una idea de la vehemencia de esos activistas empeñados en borrar del paisaje europeo lo que, a poca historia social que se conozca, sabemos que forma parte de los fundamentos de nuestra cultura continental. Una batalla particularmente enconada ha sido la librada en torno a la retirada de los crucifijos de las aulas que han reclamado con éxito algunos padres celosos de la integridad laica de la educación de su prole, batalla que pareció decidirse hace un par de años cuando el Tribunal Europeo de los derechos del Hombre votó por unanimidad a favor de la “desacralización” de los centros docentes, decisión que el pleno de dicho tribunal acaba de revocar por unanimidad. Se abre de nuevo, en consecuencia, el contencioso, pues a pesar de que esta decisión sólo afecte de momento a Italia, no es dudoso que, desde España a Rusia pasando por Francia o Austria, tratará de hacerse valer idéntico criterio en sus respectivas aulas. La verdad, cuesta imaginar la razón profunda de esta agitación  laicista que rechina contra su propia teoría de que la secularización –y en ello coincide con gran parte de la sociología de la religión postweberiana– es un hecho derivado fatalmente de la transformación industrial de las sociedades. No hace mucho hemos visto en España a un mozo lugareño comulgar con el propósito de pisotear luego la hostia consagrada y por Internet ha rodado la foto de las exhibicionistas de la misa madrileña como si se estuviera difundiendo un acto revolucionario de altura. Hay tontos para todos los gustos, está visto, pero en este terreno recelo que más que en ninguno.

 

Poco encajan estas añejas pugnas maniqueas en la atmósfera tolerante que, con diversa oportunidad y razón, anda extendiendo un neoliberalismo indiscernible, por lo demás, de las opciones ideológicas teóricamente rivales, respecto a las que estos laicos de manual resultan simples bárbaros. Arrancar los crucifijos o escandalizar el culto en esta vieja Europa no puede ser otra cosa que un efecto de la ignorancia aparte, por supuesto, de una estrategia violenta que, desgraciadamente, nos recuerda otras que mejor olvidar.

Extraña justicia

La absolución del menor implicado en la violación y asesinato de Marta del Castillo ha sido otra de esas ocasiones en que el garantismo a ultranza –que nadie en sus cabales discute—descubre el abismo que separa la razón jurídica del criterio público. Estremece oír clamar a la madre de la desdichada pidiendo “justicia carcelaria”, pero ésa no es más que es la consecuencia lógica del colosal fracaso de la ley del Menor. Nadie entiende –seguro que ni los propios jueces—que un implicado en semejante caso salde sus cuentas con la Justicia con un arresto tan breve. No se le puede pedir al pueblo soberano que comprenda lo que los legisladores no son capaces de resolver.

La imagen política

Ya es raro escuchar a un político, en una tesitura política tan tremenda como la que estamos viviendo, cosas como las que ayer mañana pudimos escucharle al alcalde de Huelva, Pedro Rodríguez en unan prestigiosa tribuna sevillana. Que los políticos –y lo decía uno de ellos—no se dan cuenta del daño que pueden hacerle a los ciudadanos con  su mal ejemplo, por ejemplo. Que lo mismo que la ley impone la austeridad, tendría que prohibir, de paso, las promesas falsas, los compromisos incumplidos y, en especial, los incumplibles. Que los alcaldes –y lo decía uno que ha ganado ya cuatro elecciones y parece que va a ganar una quinta—tendrían, en rigor, que ser independientes incluso de los partidos, es decir, ciudadanos exentos, libres por completo de hipotecas de todo tipo, personas consagradas, como se suponía que lo eran en lo antiguo, al “bien común”, ese concepto olvidado sobre el que nuestra escolástica tanto dejó dicho. Perico, que es como lo conocen cariñosamente sus vecinos y votantes, es de los pocos políticos de rigurosa extracción popular, de los rarísimos que proceden de la sociedad civil en sentido pleno, por más que tras llegar al Poder haya debido adoptar las martingalas de la política para transformar la ciudad no poco decimonónica que heredó en una urbe moderna y con máximas aspiraciones. Lo he escuchado ayer mañana como quien oye un clarinazo discordante en medio de este (des)concierto generalizado, cuando una jueza amaga con empapelar a todo un gobiernillo regional y la confianza pública de desploma desde donde estaba años atrás justo hasta las antípodas, y he creído comprender que esos peregrinos  regidores intocables no tienen otro secreto que el que constituye la versión más noble y legítima del populismo, a saber, la cercanía. Que nada tiene que ver con la promiscuidad demagógica sino con la instintiva proximidad al administrado. Perico –dice Arenas—ha puesto su despacho en la calle. Yo creo más bien que ha metido la calle en el Ayuntamiento. Por eso no hay quien pueda con él.

 

Esta política es ya un asco. Un asco lo que vamos sabiendo de las prejubilaciones falsas o de las comisiones de enfrente, un asco que una mayoría absoluta prescinda del Parlamento, otro que una jueza se vea en la precisión de acusar a los políticos de pretender engañarla. Pero quedan reductos de esperanza, como ése que describía ayer Pedro Rodríguez apelando al entendimiento común y comprometiéndose en él. Debían estar prohibidas las promesas falsas, por supuesto, y castigados con el mayor rigor los trampantojos legales. Decirlo en esta hora señalada no deja de ser fácil, ya lo sé, pero, por eso mismo, de lo más necesario.

Casa mayor

La investigación judicial de las prejubilaciones falsas y los EREs manipulados ha entrado en una nueva fase, crucial, tremenda, en la que probablemente veamos desfilar ante la jueza, uno tras otros, a muchos de los que se creían intocables, convirtiendo en un inevitable circo mediático lo que la Junta y su partido pudieron evitar –aunque comprendo que hubiera sido difícil—aceptando las responsabilidades clamorosas en lugar de negarlas. Este se ha convertido en un “caso” mayor, en uno de esos que hacen época y que va a desangrar a sus protagonistas. En sus manos está acelerar el desenlace o prolongar su propia agonía. Yo veo, en esta perspectiva, que pinta tan mal para el griñanismo, incluso un adelanto electoral.

La cabra de Gadafi (2)

Alejandro Rojas-Marcos me reprocha que en mi columna de hace unos días sobre los visitantes de Gadafi sólo lo mencionara a él. Lleva toda la razón en que sé perfectamente, sin necesidad de que él me refresque la memoria, que al entonces admirado líder y hoy detractadísimo enemigo público lo fueron a ver –la más de las veces con la mano tendida… y abierta—desde don Juan de Borbón hasta don Enrique Tierno pasando por altos militares y los líderes de la socialdemocracia emergente González y Guerra, así como otros dirigentes nacionalistas, pero de todas esas aventuras yo me he quedado siempre con la de Alejandro que es, para mí, la más simpática de todas. Se equivoca Alejandro si cree que ignoro que los personajes más admirados pueden derivar en miserables sin comprometer por ello, en absoluto, a quienes en otros tiempos con ellos tuvieron relación o incluso amistad. Yo mismo aproveché su brillante alcaldía para ver de cerca a Fidel Castro y eso no me convierte en castrista ni en conculcador de mi conciencia democrática, porque evidentemente la gente cambia con el tiempo y a uno no le es posible, por lo general, adelantarse a esas mudanzas. Cuando Alejandro visitó a Gadafi en busca de apoyo financiero y político, aquí había auténticas excursiones masivas a la Rumania de Ceaucescu y adhesiones entusiastas no sólo a Israel, que me lo explico, sino al sionismo menos justificable como el Chavra y Chatila, como las había para recoger maletas del potentado sindicalismo alemán o valijas de “Flic y Floc”. Es más, no sé si me notaba, pero creo que ese recuerdo mío rezumaba admirativo afecto y ninguna malevolencia, a diferencia de lo que hubiera resultado de ocuparme de otras visitas. Bastantes e injustos enemigos ha tenido siempre Rojas-Marcos, sobre todo en su propio pretorio, como para que yo me sumara al acoso del que suelo aludir como el mejor y más granado político que ha roto en la Andalucía democrática. Ni loco.

 

En la política, como en la vida, lo que ayer fue respetable puede ser repugnante hoy, pero en modo alguno eso supone que todo lo que al ayer toca comparta con él ni sus virtudes ni sus defectos. Es más, por no salir del caso y ya que se tercia, diré que siempre he tenido el relativo fracaso de Alejandro en nuestra autonomía como una de nuestras desgracias mayúsculas. Y su visita a Gadafi –vistas las cosas en perspectiva correcta—no me haría mudar de opinión por más que, más de una vez, haya clamado contra los que creo sus errores. No es confiar en aquella cabra lo que yo le reprocharía a Alejandro sino el haber permitido a tanto cabrón aprovecharse de él.

Portavoces mudos

Aspecto curioso del laberinto de las prejubilaciones falsas –pan nuestro de cada día—es el hecho de que los portavoces oficiales del Partido hayan sido reducidos al silencio más absoluto. Son otros y otras quienes hablan por ellos, sin duda porque el partido, que les confió el trabajo sucio de la leña y el insulto, se ha percatado de que, con esas únicas prendas, no harían otra cosa, si intervinieran, que empeorar la situación. Hay asuntos complejos y difíciles para los que el mero arsenal agresivo no basta y por eso los Jiménez del reparto mantienen la boca cerrada a la fuerza. Es la medida más discreta de cuantas ha tomado Griñán al respecto aunque deje en evidencia la miseria de los silenciados.