Vita brevis

Mucha agitación hay en la actualidad en torno a las investigaciones que buscan prolongar la vida o, si se prefiere, retrasar el envejecimiento. Los sabios hablan ya del tema –un tema esencialmente filosófico—en términos estrictamente científicos. Nos dicen, por ejemplo, para empezar, que la vejez no está genéticamente determinada, que si envejecemos es porque los telómeros se acortan con el tiempo pero que si nos suplementan la dotación de dichos elementos nuestra vida se alarga y nuestra juventud se resiste al paso del tiempo. No todo lo que vive tiene un mismo horizonte: hay mariposas que no cumplen ni el día, pero no hay ratas que sobrepasen los tres años ni ardillas que superen los veinticinco, aunque las tortugas se arrastran o nadan más o menos medio siglo. Nos envejece el ambiente, no la acción de los genes, en los que, a lo que parece, no está inscrita esa condena. Y hasta hay una excepción, la hidra, que según el Experimental Gerontology, no sabemos cómo, pero vive sin que el tiempo la afecte o lastime, gracias a la exuberancia de células madres en su organismo. Científicos extranjeros y españoles compiten en este desafío al “mal metafísico” y hasta llegan a decir –no sé si en un arrebato de optimismo—que la muerte ha de llegar a ser algo opcional, dado que la medicina genética y la inteligencia artificial, según el profesor Cordeiro, nos conducen a una “era posthumana”. Si lo han leído en el ministerio de Seguridad Social deben de andar subiéndose por las paredes.

No sé si creerme que llegaremos a vivir 120 años, pero de momento, ya en uno de nuestros laboratorios le han alargado la vida a un ratón transgénico en un tercio y una ciudadana francesa ha cumplido los 120 tacos, al tiempo que circulan por ahí, aparte de la telomerasa, drogas como la metformina o la rapimicina acreditando sus efectos longevos. ¿Se habrán parado a pensar los sabios en que una humanidad más que centenaria no cabría en un modelo social como el nuestro que cuenta con la muerte como fatal pero insustituible aliado? ¿Quién podrá mantener a esa especie sin límite vital? Me temo que, una vez más, la ciencia social no acierta a coger le paso de las naturales. Dicen que en el siglo XX la esperanza de vida aumenta tres meses por año y que ya apenas entrevemos de lejos el brillo de la guadaña. No sé, pero miro a mi prole no sin desolación. Ni a Weber ni a Sauvy se les había ocurrido imaginar una sociedad senil.

Fin de fiesta

Compareció, al fin, la presidenta Díaz en la comisión y lo hizo tan pancha, como es ella, vamos. Dijo que su menda no estaba en ese puesto cuando los hechos sucedieron; vaticinó que la enorme madeja que tratan de devanar entre quinces Juzgados nada menos, cualquiera sabe si, al final, se quedará en nada. Y abroncó a la comisionada del PP –por preguntarle por las ayudas de las que se benefició su esposo (el de la Presidenta)– como si el presunto beneficiado no fuera su marido sino el de la preguntante. La mejor defensa es un buen ataque. ¿O es que alguien en sus cabales esperaba que una aparatchik consumada como es doña Susana se achantara por tan poca cosa? Igual acierta y todo termina en agua de borrajas, pero entonces, ¿por qué suspendió ella los cursos y hasta reclama el dinero a algunos beneficiados? La política, como diría el pobre Pacheco, es un cachondeo.

La dignidad del cargo

En una ocasión, en la tertulia radiofónica de “Protagonistas”, hube de soportar los insultos más necios de Jesús Gil porque, porque para interrumpir su cadena de insultantes disparates, pregunté en directo si era imprescindible seguir escuchando a aquel “delincuente ex-presidiario”, indultado en una ocasión por Franco y en otra por González, cada cual con su cuenta y razón. Gil de me dijo de todo, pero ese todo naufragaba sin remedio tras mi descalificación. Y bien, ¿no parece normal exigir al Poder que sus representantes –que lo son del pueblo soberano, no se olvide—carezcan al menos de antecedentes penales y no sean personas de mal vivir ni miembros de la cofradía de Monipodio? Ahora mismo tenemos planteada la candidatura para lehendakari de Otegi –Otegui en castellano–, un secuestrador terrorista que jamás mostró siquiera atrición por sus crímenes, en cuyas manos manchadas ignominiosamente de sangre pudiera acabar el poder en el País Vasco, y todavía hay quien discute si su inhabilitación judicial, que es firme, cubre el supuesto de esa candidatura o se refiere a la mar y a los peces. Y en Jaén, un profesional de la agitación campesina como Diego Cañamero, que ya no es aquel muchacho valeroso que acompañaba al cura Diamantino, sino un delincuente condenado por okupar fincas y asaltar supermercados, irá seguramente al Congreso como número en la lista de Podemos. La democracia española no podrá tal vez hundirse más.

No hay delincuentes buenos y delincuentes malos, sino delincuentes a secas, es decir, ciudadanos que se han saltado la Ley y han sido condenados en firme por un juez. ¿Cabe imaginar unas Cortes salpimentadas con la presencia de estos out-siders o su presencia no será sino una señal elocuente del grado de descomposición moral, ética y política alcanzado por nuestro sistema de libertades? Hay más candidatos impropios, por descontado, un poco en todos esos partidos que suscriben de boquilla frente a las corrupciones el latiguillo de la “tolerancia cero”. Pero el caso de los delincuentes sin más, es decir, de quienes han sido condenados en firme, es ya harina de un costal distinto. En Barcelona manda una agitadora de barrio asistida por una partidaria de la educación tribal, en Cádiz un mochilero antisistema y en los Madriles una abuela que planta en su terraza tomates y claveles, acelgas y lechugas. El Poder ha perdido su fulgor natural. A la democracia, sencillamente, se le ido la olla.

Cantidad y calidad

En una ocasión en que Quintero le preguntó a Beni de Cádiz si había estado en la cárcel, el sabio cantaor le contestó fulminante: “Mu poco, mu poco tiempo”. Beni, como Chávez o Griñán, estarían entre los partidarios del dudoso axioma marxista de que “la cantidad engendra la calidad”, a juzgar por como los dos últimos aceptaron en el Parlamento que “si hubo corrupción, fue muy poca” o, como diría Beni, “casi na”. ¡A ellos con el cuento de la responsabilidad “in vigilando”! Un presidente está por encima de las cuitas humanas y sería, en realidad, insólito que mirara hacia abajo para ver cómo iban las cosas. Si cientos, miles de millones de euros se han gestionado mal o dolosamente en el último decenio, la culpa al maestro armero. Tampoco los alemanes se enteraron de lo que perpetraba Hitler, qué carajo. La corrupción, de existir, habitaría en los sótanos. Desde la “planta noble” de la Junta no se oía ni el rumor.

Amistades peligrosas

El presunto chantajista creador de Ausbanc, hoy en prisión provisional, llamó gilipollas a Antonio Salvador, un periodista de El Mundo que había osado preguntarle algo tan elemental como si era cierto que su chiringuito, presuntamente extorsionador, había llegado a algún tipo de acuerdo con el presidente de Unicaja para, a cambio de un millón de euros, retirar las acusaciones con que lo acosaban los también presuntos pleiteadores de Manos Blancas. El primer presunto hablaba con su hombre en Sevilla, anteriormente encarcelado por uno de los saraos de las facturas falsas, a quien explicó que este periódico –a diferencia de otro también sevillano que no era ni ABC ni El Correo de Sevilla—no era más que un nido de “protagonistas hijos de puta”. Me entero al mismo tiempo de que el-presidente González medió por carta ante los tiranos que presiden Sudán del Norte y Sudán del Sur, graves presuntos ambos de crímenes contra la Humanidad, para conseguirle a uno de sus amiguetes millonarios una suculenta bicoca petrolera, y a los que expresaba en sus misivas firmadas y rubricadas su “respeto y afecto”, garantizándole, además, que su recomendado –otra prenda de abrigo—era “persona honorable, seria, trabajadora y con relaciones internacionales al más alto nivel”. Evidentemente Antonio Salvador, el periodista insultado por el presunto chantajista, como la mayoría de nosotros, es un completo gilipollas. Si no fuera así hace tiempo que estaríamos en el “régimen” o en el periódico sevillano que no era ni éste, ni ABC ni El Correo de Sevilla.

Ahora que va a desaparecer esta edición de El Mundo de Andalucía y esos grandes profesionales se van a quedar a la luna de Valencia, muchos de estos apañadores o ganapanes van a respirar hondo. Al fin y al cabo ya el propio González sentenció hace años –cuando él, según Garzón era el “mister X” de los GAL—que este periódico no era más que “prensa basura”, ni más ni menos porque era aquí donde salieron a la luz lo mismo los mangazos de Filesa que la infamia del terrorismo de Estado. Y encima no tendrán, las criaturas, tantas facilidades para encontrar un hueco laboral como ha tenido el ex-presidiario de las facturas falsas, y desde luego infinitamente menos que el ex-Presidente reciclado en intermediario entre millonetis y sátrapas delincuentes. Las amistades peligrosas son las fetén: está más claro que el agua. Ellas no tienen la culpa de que un puñado de gilipollas no hayamos sido capaces de asumir ese axioma.

Filibusterismo administrativo

Alguien denuncia que, contra tantos pronunciamientos judiciales en sentido contrario, la Junta sigue encomendando una tarea tan delicada como revisar los expedientes del saqueo de los fondos de Formación a trabajadores ajenos a la institución –la famosa Faffe o bien el SAE—en la que vivaquean refugiados los “amigos políticos” del PSOE andaluz, incluidos sus primeros espadas. ¡A buenas horas, la denuncia! ¿No montó su chiringuito Juan Guerra en el despacho de su hermano el Vice-Presidente y en las mismas narices del delegado del Gobierno? De aquellos polvos vienen estos lodos y ahí se quedarán mientras el “régimen” lo sea o bien cuente con palanganeros como hasta ahora. La Junta se pasa por el arco a los jueces –a la vista está—y se los seguirá pasando mientras ellos no se levanten de mano y le propinen el zarpazo que contempla la Ley.