Ave Fénix

Ni la contundente reacción contra el presunto carácter chantajista del “sindicato” Manos Limpias ha logrado achantarlo: seguirá acusando, por lo visto, en todas las causas contra la Junta en que ya venía haciéndolo, incluso sin aclarar si es cierto o no lo es que su decisión de retirar los cargos contra el presidente de Unicaja en el “caso ERE” no fuera más que la contrapartida de un millón de euros. Que prospere e incluso parezca imprescindible ese dudoso Quijote prueba el fracaso de una Fiscalía jerárquicamente sujeta al Gobierno y de una Administración de Justicia controlada por los propios partidos. Pero ahí lo tienen ya, renacido, como el Ave Fénix, de sus escandalosas cenizas. Mientras Manos Limpias sea el único remedio, aviados vamos.

Primeros vencejos

Salgo a mi terraza y me doy de bruces con Juan Ramón: “Abril venía, lleno/ todo de flores amarillas…”. Dos lirios imponentes sobrepasan mi altura para consumar luego la más delicada arquitectura –azules indecibles ornados de amarillo– un milagro del enigmático diseño de la vida. Florecen rojas y vivas las flores de las buganvillas, los geranios desparraman por el suelo sus leves inflorescencias, demasiado sensibles para estos bandazos climáticos que rebrinca en primavera, y la malvarrosa pleitea con el aroma del naranjo todavía en flor. Triunfa el buen tiempo sin acabar de desprenderse del leve orvallo que empapa la tierra y levanta los tallos. Otra vez el poeta: “El sol unjía de amarillo el mundo,/ con sus luces caídas,/ ¡ay, por los lirios áureos/ el agua de oro, tibia…!”. No nos decidimos entre el sol y la sombra –escaldados por la experiencia de los resfriados tardíos– pero entre ambos vamos entrando y saliendo, la yerbabuena pujante alzadas sus varetas audaces, el áloe reventón multiplicando sus hijuelas. ¡Abril en casa! “…el día/ era una gracia perfumada de oro/ en un dorado despertar de vida”, se abre de capa el poeta panteísta que aprecia visionario como “entre los huesos de los muertos/ abría Dios sus manos amarillas”. Pujan los botones prematuros de la gardenia disputándole el privilegio lunero al jazmín moruno. Y cerramos los ojos, recogidos, mudos, anonadados por este milagro doméstico que ha estallado sin avisar.

Un cierto pugilato con el misterio mueve al hombre a sembrar su alrededor de estos seres plácidos y caducos, a atenderlos en su sed cotidiana, a despojar su reino de la mala hierba que crece desafiante aliada con el sol y los vientos, sabedor de que un día, sin avisar probablemente, el mirlo insolente que nos picotea los macetones encontrará, frente a su pico gualda, el amarillo triunfante del tiempo sagrado en que el poeta veía triunfar a “las amarillas mariposas/ sobre las rosas amarillas”, y habrá de rendirse ante el milagro rojo del clavelón que bambolea su gracia al cabo del largo tallo. Dura poco la primavera, apenas una visión de Sempere entrillada entre el invierno rudo y el verano explosivo. Tenemos cuatro edades, como el mundo, cada una con su olor diferente y su paladar justo, inmensa metáfora de nosotros mismos sujetos al ritmo del místico flautista. “¡El día era una gracia perfumada de oro,/ en un dorado despertar de vida!”. La campana vecina me saca del ensueño. No se puede vivir en un poema.

Chico para todo

El partidito de Albert Rivera, tan decisivo hoy, nos ha sacado definitivamente de dudas sobre su objetivo político en Andalucía: ir de la mano del PSOE hasta el Poder real, convertirse en su nueva y necesaria muleta para lidiar esta etapa de decadencia. En Granada lo ha querido dejar bien claro –mejor una vez colorado que ciento amarillo—y le regalado el Ayuntamiento al que perdió las elecciones. Lo de Rivera, que antes era casi un patriotismo, se ha convertido en pura ingeniería política, en cálculo partidista, en mero do ut des. En Andalucía concretamente, en “chico para todo” del “régimen” que tantas veces anatematizó. En la vieja política se llamaba a eso “posibilismo”. Ahora podría llamársele cosas muchos peores.

El tonto del brexit

El presidente Obama ha ido a Londres para felicitar a la Reina nonagenaria ante la que ha argumentado el disparate que supondría un triunfo de los euroescépticos, es decir, del “brexit” aislacionista, y al alcalde de la capital –ese Boris Jonhson que va de clon de Donald Trump desde el pelucón hasta la pulsión racista—no le ha gustado un pelo la visita. Tanto que le llamado “presidente mediokeniano” antes de acusarle de inmiscuirse en los asuntos británicos, como si eso fuera alguna novedad en las relaciones internacionales entre ambos “primos”. Por supuesto, los británicos lo han puesto a caldo, tal vez porque muchos no hayan olvidado que, en un siglo justo, ese primo americano le ha ganado a su país dos guerras, la del 14 y la última, aunque acaso fuera así porque Von Braun no le diera tiempo a sus colegas nazis para desintegrar al átomo. Lo de este Johnson, como lo del chiflado de Trump, permite ver a las claras cuál es la índole íntima del ese populismo excluyente que amenaza con cargarse a la democracia incluso en su cuna británica y, de paso, echar abajo la costosa comunidad europea sin que podamos imaginar siquiera qué iba a ser de nosotros frente al imprevisible diseño del siglo XXI. ¿Se imaginan el futuro imperfecto que se nos vendrá encima cuando Obama se vaya por donde vino y la señora Merkel –que es de lo poco sólido que queda en el continente– se tome su bien ganada jubilación? ¿Y un Occidente más débil que nunca liderado por esos dos payasos, se lo imaginan aunque sólo sea como una remota hipótesis?

No es verdad que todos los tiempos políticos vienen a ser iguales sino más bien todo lo contrario. Por más que clamen los relativistas no es cierto que quienes hoy están a la cabeza de las grandes y medianas potencias sean equiparables a la generación de los Roosevelt, los Churchill, los De Gaulle, los De Gasperi, los Adenauer o los Spaak. El eurocomunismo de Berlinguer o de Carrillo no era ni por asomo como el regreso al sovietismo anacrónico que suponen Syriza o Podemos, como Hollande no es Mitterand ni Maduro es siquiera el mangón de guante blanco que fue Carlos Andrés Pérez, el amigo de González, a quien, desde luego, el empecinado Sánchez no le llega a la suela del zapato. Habrá que creer a Hesíodo en su teoría de las edades decrecientes del mundo que van del oro al hierro. Esta mesocracia intelectual no da para más por mucho que vocee. Lo vamos a ver el próximo 26 de junio.

Malas compañías

Ya es mala suerte –para Andalucía—que no haya lío de relieve nacional en que no se vea metida la comunidad. Ahora el de Ausbanc, el socio de Manos Limpias, los últimos presuntos, por el momento. ¿Será buen o mal indicio político la foto feriante y cariñosa de la presidenta Susana Díaz con el encarcelado Pineda; qué ocurrirá ahora con la acusación de ese arcángel flamígero que era el “sindicato justiciero” en los “casos” andaluces en que anda personado; nadie va a desmentir o decir al menos esta boca es mía frente a la insistente noticia de que Unicaja pagó un millón de euros al presunto chantajista para que dejara tranquilo a su Presidente? No falla: cohete que se pierde, nos estalla en la cara regional. Y ya no se molestan ni en disculparse.

La casa por el tejado

Para Pedro G. Cuartango

Ni los amigos de mi nieto ni mi nieto, en su catequesis gramática, llaman acento al acento: le llaman tilde. No sé bien para qué, porque lo que husmeo en sus correos y chats es una avalancha de la economía ortográfica que, en un plazo más corto que largo, va a dejar en bragas la prosa. Ya ven qué novedad la de nuestros pedagogos y en qué impropias modernidades se funda la enseñanza contemporánea. En Andalucía –la comunidad autónoma más retrasa de educativamente de Europa— acaban de decretar la imposición en la enseñanza primaria de un segundo idioma extranjero, el francés, cuando, ya el primero de ellos, el inglés, viene arrastrando el ala desde que estalló la promesa del bilingüismo. “¿No quieren caldo¿ ¡Dos tazas!”, dice ese adagio que parece inventado por Maese Cabra, y si hemos sido incapaces de romper a hablar en dos lenguas –en Cataluña, País Vasco o Galicia, en tres—ya me dirán como esperan meterle a la santa infancia una más de propina. Aunque me alineo en el ala débil del pesimismo de Pedro Cuartango, he de confesar mi sospecha de que las lenguas nos abren puertas a zonas inimaginadas de la Cultura –que es única, en el fondo—pero que hay alguna brizna de ADN en nuestro cariotipo que se resiste, entre celtíbera y gótica, a asumir las declinaciones ajenas o abarrotar nuestra memoria con otros vocabularios. El Poder andaluz lo sabe: por eso no ha aumentado la plantilla para atender a su nuevo reto. ¡Total…!

En disonancia con el muy difundido entusiasmo por el espectáculo (sic) cervantino perpetrado en el Congreso –un burdo entremés tras cuatro meses sin Gobierno–, no soy capaz de superar la disforia (no es palabra recibida por la RAE pero ya verán como pronto lo es) que me produce ver a la representación popular convertida en un imposible corral de comedias o al sistema educativo con la expresión perpleja y las tijeras en la mano. La lengua de Cervantes y de Valdés, la de Quevedo y Larra, nuestro sabio humor pícaro y nuestra pulsión trapacera, andan amenazadas por la escritura rápida que determina el pensamiento endeble de una sociedad entrillada en el engranaje de un utilitarismo que es pan para hoy y hambre para mañana. ¡Qué bien escribía Garcilaso, qué bien Ortega o Azorín! Pero tres telediarios nos separan ya del idioma degradado, de la gramática cojitranca y de la sintaxis informal de nuestros herederos. Queda poco para que todos hablemos un spanglish tartaja, en el mejor de los casos.