Ruina irremediable

La ruina de la huerta andaluza es prácticamente un hecho. Lo habían intentado otras veces sin conseguirlo, pero en esta ocasión –con un Presidente del Gobierno mudo, una ministra por completo lega, un “candidato” acomplejado frente a la potencia alemana y una Junta sin el menor peso—se van a llevar el gato al agua, hundiendo nuestro sector más floreciente desde Almería a Huelva pasando por Málaga, Granada y Sevilla. Gran fracaso político de Gobierno y Junta, ridículo de nuestro sistema sanitario cuyos laboratorios han sido incapaces de responder en tiempo y forma al ataque alemán. Y todo en medio de la mayor indiferencia, como si este roto admitiera remiendo. Pocos casos de desgobierno e indefensión como éste de la ruina de la huerta.

Aquel utillero

Cuentan que hubo un utillero de la Selección española de fútbol que, cuando viajaba en competición, llevaba en su equipaje una bandera española y un disco con el himno nacional. En pocos países tendría sentido esa prevención pero en España lo tenía sobrado toda vez que la relación de casos en que, tras un triunfo hispano, se ha escuchado en honor del vencedor un himno ajeno o equivocado parece no tener fin. A Contador mismo, tras ganar el Giro, no le habrá pillado por sorpresa la chapuza italiana de colocarle el himno con la letra de Pemán –en la versión fascista corregida, para más inri—puesto que tenía ya sobre sus espaldas la experiencia de haber escuchado en su honor el himno danés cuando ganó el Tour del 2009, chasco que no era sino uno más en esa larga lista que incluye los ocurridos en Praga o en Canadá, en El Cairo o en Lima, por no hablar del chusco incidente de Melbourne en que un trompetista, no sabemos si espontáneo o preparado, se dejó caer ante la concurrencia indiferente y el equipo desconcertado nada menos que con el Himno de Riego. Llueve sobre mojado, pues, y lo que habría que preguntarle a los responsables oficiales es si ellos se imaginan siquiera la posibilidad de que a la afición francesa le cambiaran la Marsellesa por el “God save the Queen” o qué sucedería en el planeta del béisbol americano si en un estadio extranjero sonara en honor de sus gladiadores la Internacional o ese himno de recuelo que Putin ha hecho con el que fuera de Stalin. Una burocracia tan nutrida como la que en España mantiene el deporte no debería depender de un utillero sino responder de sus fallos que, a estas alturas, carece de sentido continuar conceptuando como incidencias intrascendentes. Estas cosas sólo nos ocurren a nosotros, por lo que yo sé, y por eso mismo deberían ser objeto de una severa consideración por parte de esta enervada autoridad.

Pero ¿y la diplomacia, para qué está el “servicio exterior” de una nación sino para preservar su imagen y evitar que se la tome a chacota? Una cosa es que hayamos perdido peso por ahí fuera y otra que nuestros representes en el extranjero ni siquiera se preocupen de prevenir estos chascos absurdos por el procedimiento elemental de interesar de las organizaciones deportivas el debido respeto y, en su caso, por proporcionarles el material del que, al parecer, carecen. O sea, que no se les pide más que a aquel utillero que un día decidió, con tan buen criterio, pechar por su cuenta con la dignidad nacional. ¿Se figuran a los franceses, ya digo, escuchando atónitos un himno ajeno en honor de un campeón propio? Nosotros, por desgracia, hace años que tenemos el cuerpo hecho a esos elocuentes desdenes.

Fracasos tapados

La decisión de Griñán de no hacer autocrítica tras el bastinazo colosal de las municipales tiene, desde luego, explicación sobrada. Ya me dirán cómo racionalizar el hecho aplastante de que más de un 60 por ciento de los votos perdidos por el PSOE lo hayan sido en Andalucía, que uno de cada cinco nuevos votos del PP en toda España haya salido de las urnas sevillanas o que la señora presidenta del PSOE-A haya fracasado de la manera estrepitosa en que lo ha hecho en su pueblo natal, Antequera. Hay situaciones en lo más práctico es no revolver el cotarro entre otras cosas porque demasiadas voces atruenan ya el ámbito interno de ese partido que por primera vez pierde unas elecciones en Andalucía.

Malos tiempos

Me cuentan que una encuesta realizada en el campo de Agramante de los “indignados” descubre una generalizada desconfianza en el futuro basada en la miseria del presente. No me extraña, como es natural, porque motivos no faltan para ello, pero sería impropio consagrar la idea de la pravedad de nuestro momento histórico que ni mucho menos, y a pesar de los pesares, estaría justificada. La idea del progresivo retroceso de la vida –a tono con el lamento manriqueño—propicia en cada época cierta conciencia de crisis traducida en una idealización del pasado que, por supuesto, se basa más que nada en la mala memoria. Frente a la convicción  medieval y barroca, luego recuperada por los románticos,  de vivir malos tiempos, se levanta solitario el postulado leibnitziano de que éste en que vivimos es “el mejor de los mundos posibles”, más allá de la ilusoria degeneración de valores y circunstancias que debe no poco, por otra parte, a la insistencia del cristianismo histórico cuyo referente, como el de tantas culturas, no es otro que el mito del “paraíso perdido”. Hoy mismo vivimos agobiados por una coyuntura insufrible en la que al fracaso del Sistema se une el espectáculo –desorbitado en el engranaje de la sociedad medial—de una vida trastornada en innumerables episodios incalificables que si justifican, en buena medida, el pesimismo, no deben hacernos olvidar tantos logros como hacen de nuestra realidad, sin duda posible, el menos malo de los mundos vividos hasta ahora por esta especie que ha demostrado ser a un tiempo mísera y admirable, estúpida y genial. Nunca tuvo el hombre ante sí un panorama tan fascinante de progreso ni tan próxima la amenaza de la autodestrucción, es verdad, pero puede que la vida se deslizara siempre sobre ese doble filo que acaso es, sin más, constitutivo de la condición humana.

Hace poco he escuchado al profesor Villalobos una anublada teoría, no ya del presente, sino del futuro de nuestra civilización, apoyada en las advertencias de Leibnitz y en la metáfora de Cavafis sobre los “nuevos bárbaros”, pero recompuesta sobre la intuición de Hölderlin de que en el seno de la adversidad se agazapa, aguardando su momento, el germen de la salvación. Es la eterna tensión entre el ilusionismo del progreso continuo y el presentimiento del descalabro sobre la que el criterio humano discurre funámbulo sin escarmentar jamás. Y es, en definitiva, la versión hodierna del profetismo porfiando con los conformistas en la ciudad alegre y confiada. Este espléndido “mondo cane”, abocado a la maravilla pero hundido en la miseria, deslumbrante y crepuscular, es hoy, con decorado distinto, la misma paradoja de siempre.

No pintamos nada

Cuesta comprender cómo ha sido posible que, sin causa ni razón, Europa ande cerrándole la frontera a nuestros productos de huerta a los que se hace responsable de una epidemia alemana de origen desconocido. ¿Tan poca influencia tienen el Gobierno y la Junta, tan poco pinta la diplomacia española en esa Unión de la que somos socios de pleno derecho? Lo que está ocurriendo con la huerta andaluza, por lo demás, resulta inimaginable en cualquiera de las regiones españolas con autonomías con voz propia, que jamás hubieran consentido que se arruinara su sector más brillante sin más base que unas hablillas temerarias. No pintamos nada por ahí fuera. Esto no es ya el eslogan de algún partido sino la pura evidencia.

Verdugos y cómplices

Solemos tener mala memoria. A ver quién se acuerda ya, por ejemplo, del infierno yugoeslavo de los años 90, de las matanzas de Sarajevo, de Sbrenica, de las perpetradas en Croacia. De los millares de víctimas masacradas por los serbios, que incluso recurrieron al inimaginable recurso –tras proceder con método a una limpieza étnica que afectó a los varones entre 15 y 65 años–  de preñar a las mujeres musulmanas como suprema venganza. Ni siquiera del bombardeo de Belgrado que puso fin a aquella odisea cuando ya el país era una escombrera física y moral. Los verdugos han ido cayendo uno a uno al cabo del tiempo: en 2006 Milosevic, en 2008 el psiquiatra Karadzi, ahora, en 2011 el temible Mladic, para dar juego a un Tribunal Penal Internacional que trabaja hace años con las manos medio atadas. Tenemos mala memoria, y no cabe duda de que eso constituye una ventaja para los malvados, sean estos los matarifes implacables que asolaron aquel país o sus cómplices políticos de las grandes potencias. En el caso de la matanza bosnia, Mladic operó convencido por los hechos de que esas grandes potencias –dirigidas, sobre todo, por los EEUU y Francia— le garantizaban de hecho la impunidad que, por cierto, le había sido prometida en su día a Karadzic por no hablar del Milosevic al que Occidente se empeñó en considerar su aliado y convirtió en su baza. Hay que decirlo con claridad: la carnicería perpetrada por los serbios fue consentida primero y luego ocultada por los poderes del llamado “mundo libre”. La ONU –aquel Butros Ghali que no se enteraba de lo que no quería—estuvo conforme con las estrategias permisivas de las tropas destacadas en el país. Clinton y Chirac dejaron hacer mirando para otro lado.

Pero hay más. Las fotos en vivo de las matanzas vía satélite o captadas por aviones espías se perdieron entre la CIA y el Pentágono. Los oficiales holandeses testigos del desastre de Sbrenica llegaron a decir que Mladic era “un gran estratega”, y los británicos dieron por buena su actuación en aquel julio siniestro. ¿Qué decir de un papa que había precipitado el conflicto al bendecir la causa croata y luego calló mientras pudo? Milosevic fue siempre el hombre de la Casa Blanca y del Elíseo, y locos sádicos como Karadzic o bestias como Mladic, aprovecharon la ocasión. ¿Quién puede decir, en consecuencia, que la culpa es exclusiva de los asesinos serbios? Pues cualquiera, porque tenemos mala memoria y a ver quién se orienta, a estas alturas, en aquel laberinto lejano. Mladic –hoy una sombra de lo que era—apenas será un fantasma ante el TPI. Esta es la segunda derrota de aquellas víctimas consentidas.