Camisa de once varas

¿Qué habilita al Ayuntamiento de Valverde para reclamar en un Pleno la inocencia del juez Garzón? ¿Acaso saben esos monterillas de qué va una vaina de la que no acaban de enterarse ni los altos magistrados de Madrid? ¿Qué información poseen esos concejales que abominaban de él cuando envió a la cárcel el ministro del Interior del Gobierno del PSOE y a toda su plana mayor, aparte de señalar a al entonces presidente González con la inequívoca razón de “Señor X”? En Valverde hay mucho por hacer como para que sus responsables municipales se dediquen a defender temerariamente causas partidistas de las que no tienen ni idea.

La TV y la gente

Un reportaje emitido el sábado 13 por una cadena de televisión georgiana, en el que se exponía como real una imaginaria invasión rusa del país, similar a la ocurrida cuando la guerra relámpago de Osetia del Sur, ha provocado una violenta ola de pánico en la ciudadanía que creyó a pies juntilla la propuesta de las imágenes, como ya ocurriera en Nueva York en 1938 con la célebre emisión de la guerra de los mundos que lanzó Orson Welles. El debate está en la calle, como era de esperar, dividiendo a la población entre quienes piensan que la tele debe limitar sus contenidos en función de una autocensura que excluya cualquier elemento de alarma o desinformación grave, y aquellos que, por el contrario, le asignan una libertad sin límites en nombre de no se sabe muy bien qué derecho. Las noticias que llegan de Tbilissi hablan de miles de ciudadanos en fuga –como ya ocurriera en Nueva York–, de infinidad de llamadas a los servicios de urgencias y de un número considerable de ingresos hospitalarios provocados por el síncope colectivo, pero me ha llamado la atención que su reflejo en la prensa europea no haya pasado de lo anecdótico, descartando, sin excepción, las demandas de limitación de contenidos que, desde ángulos muy distintos, se han planteado por parte de colectivos ciudadanos. ¿Debe tener las manos completamente libres la tele, o cualquier otro medio, para difundir las informaciones que estime oportuno, o tal vez fuera conveniente limitar ese arbitrio de manera que el medio quedara obligado a distinguir de manera eficiente entre realidad y ficción? La imagen de los tanques rusos avanzando por las carreteras georgianas ha conmocionado al país por la razón elemental de su verosimilitud, vale, pero habría que preguntarse si esa condición no la obligaba precisamente a tentarse la ropa antes de emitirla.

 

Temo que nada vaya a sacarnos de estas dudas y perplejidades, quizá por la simple razón de que, como advirtiera McLuhan,  el medio es (y hace) el mensaje, y por ello mismo se convierte en una fuente fidedigna. La tele ilustra a la opinión al mismo tiempo que la engaña (y no sólo subliminalmente), vendiéndole como ciertas imágenes irreales o proponiéndole como imaginarias realidades como puños.  Últimamente se ha visto a famosillos “uper class” jugando a ser indigentes sin techo junto a miserables auténticos como antes vimos a otros reproduciendo hasta el ridículo la aventura de Robinson. La tele parece ser un medio fatalmente mendaz, pero he llegado a pensar que vale la pena soportar su idiocia con tal de que no nos dé un susto de muerte como ha hecho con los chechenos.

Ineficiencia autonómica

Siempre me pareció que la transferencia de la Administración de Justicia a la Junta empeoraría las cosas en lugar de mejorarlas y, desde luego, no se puede decir que la experiencia me haya contradicho. Ahora llevamos varios días (en la práctica parece que será una semana) con los Juzgados afligidos por el fallo rotundo del sistema informático –¡el famoso ‘Sistema Adriano’, inaugurado tantas veces!–, ése que en tantos años no ha sido capaz de conectar a los jueces entre sí de manera idéntica a como el Gobierno lo ha hecho entre Hacienda y el contribuyente o entre las policías y el ciudadano. Para llorar. Lo que tiene mérito es que los jueces –ese “ganao”, según González– no se hayan levantado de manos todavía.

El espejo oriental

A Málaga le ha llegado ya el nuevo aeropuerto y en el año en que estamos le llegará también la nueva estación del AVE, cosa de la que, como andaluces, nos alegramos todos. La pregunta es por qué a Huelva no le llega nada desde hace casi un decenio, a pesar de promesas y compromisos, de protestas y palabras empeñadas. Y la respuesta es que el PSOE retiene la inversión en Huelva para combatir el fortín “popular” de la capital, donde la realidad es que, a estas alturas, sigue sin idea siquiera de qué hacer frente a un  Pedro Rodríguez al que los sondeos propios y ajenos dan por ganador de sus quintas elecciones municipales. La discriminación electoral de los onubenses y su provincia por parte del PSOE, ciertamente, no tiene perdón.

El tercio excluso

Mi amigo Ignacio Darnaude, que más que un ufólogo al uso es un esoterista en toda la línea, desafía constantemente mi propensión irracional enfrentándola a mi fluctuante racionalismo. Me abruma aconsejándome que acepte la paranoia como panacea para estar siempre por encima de la Verdad –una proposición que tal vez no hubiera osado formular Lacan– o me pregunta con amistosa insidia si es posible resignarse a pensar como el cangrejo, además de mantenerme al día de los avistamientos que, como días atrás, asaltan periódicamente la actualidad, o informarme sobre los hallazgos de los debeladores de patrañas mediáticas. Su última broma ha sido enfrentarme con un libro de Seco de Lucena  en el que se cuestiona por las bravas la lógica aristotélica con el argumento de que las estructuras divalentes del lenguaje –‘si’/‘no’, ‘verdadero’/‘falso…– y la consiguiente proscripción del llamado “tercio excluso”, suponen un intolerable atentado a la imaginación contra el que propone el recurso una lógica siquiera trivalente que nos libre de las inquisiciones noológicas (y de las otras) en caso de que propongamos que algo es a un tiempo verdadero, falso o indeterminado, algo, después de todo, que los físicos elevaron a principio postulando el principio de indeterminación hace mucho tiempo, pero que no se le consiente al imaginativo que otea las galaxias o bucea ensimismado en al psiquismo del moribundo y trata de seguirlo en su anábasis por el famoso túnel de luz. Envidio a Ignacio a pesar de no partir en él las peras de la credulidad y no oculto que su ejemplo me ha ayudado no poco a la hora de poner en su sitio las pretensiones tiránicas de un logicismo tantas veces necesitado del rodrigón instintivo. Borges dijo una vez en Sevilla que ya tenemos en este mundo suficientes misterios como para agenciarnos misterios suplementarios. Si les digo mi verdad, cada día le río menos esa gracia al maestro.

 

Demasiadas experiencias nos llevan en esta vida a añorar ese “tercio excluso” que podría ampliar nuestro horizonte psíquico incluso sin detrimento del rigor, a condición de que no veamos orégano en todo el monte. Después de todo, hay lógicos que plantearon hace tiempo bajar esa guardia admitiendo una suerte de lógica polivalente –que, por cierto, no dejó de entrever Leibniz en su día– y que tal vez pudiera hacernos la vida más fácil a todos. ¿Por qué un electrón va a poder ser onda y corpúsculo a un tiempo si lo dice Heisenberg mientras se le niega el pan y la sal a los amigos de Ignacio? Él sonríe en silencio cuando le digo estas cosas pero a mí, francamente, me producen un respeto imponente esos crímenes de lesa lógica.

Las cintas grabadas

El remate de esta epidemia de corrupción política lo constituyen, junto con las facturas falsas, las cintas grabadas que nos están permitiendo ver –en Valencia o en Madrid en Punta Umbría o en Baena, en Estepona o en El Ejido—hasta qué punto algunos partidos, con la complicidad de sus partidos, se han apoderado de la “cosa pública” hasta hacerla suya. Las que revelan la intervención del ex–alcalde de El Ejido en el apaño de las oposiciones municipales da asco, pero ciertamente no son excepcionales sino, a estas alturas, comunes. Ningún partido se libra de esta lacra. La democracia es aquella bella abanderada pero con los pies gangrenados.