Indigno último acto

Está resultando desmoralizador el último acto de la legislatura. Hay gobierno regionales en los que los entrantes acusan a los salientes de destruir o escamotear masivamente la documentación oficial, hay Ayuntamientos grandes y pequeños dedicados a “legalizar” facturas irregulares a base de improvisados reconocimiento de deuda a los acreedores, hay adjudicaciones de mayor cuantía concedidas “in extremis” por ediles “en funciones” a saber por qué pero, en todo caso, condicionando irreparablemente al sucesor con esos compromisos, van y vienen las máquinas por algunas instituciones trituradoras de documentos, y hasta se ha recurrido a aceleradas quemas de sabe Dios qué papeles. Un espectáculo denigrante, una exhibición de trampeo impropia de una democracia cada día más mediatizada por los intereses de los partidos.

El rey tapado

Un verdadero aluvión de protestas ha provocado la decisión de la Casa Real de prohibir en adelante a los periodistas el acceso a los encuentros con el monarca y su familia que tengan lugar en los palacios de La Zarzuela o El Pardo. Ha sido de órdago, pues, el real cabreo tan ásperamente mostrado el otro día por el Jefe del Estado frente a un indefenso grupito de informadores uno de los cuales tuvo la osadía de preguntarle –en tono bien amable, por cierto—por su estado de salud, y sus edecanes se han precipitado a cortar por lo sano decidiendo que, en lo sucesivo, esas comparecencias de la regia familia no serán cubiertas más que por fotógrafos, oigan, que una imagen vale más que mil palabras y además no habla, que es lo que parece preferir el protocolo. Apagón y a otra cosa, en resumidas cuentas, como si España fuera Guinea o Bahrein, ya que, por lo visto, el cabreo del Rey prima sobre las más elementales reglas del juego democrático en un Estado en el que él es precisamente el Jefe y, por tanto, la primera personalidad de la vida pública, tantas veces sometida por la jurisprudencia a las incomodidades de la publicidad. Personalmente me agarro más a esta razón del carácter público, es decir, político, de la Familia Real, que al más cicatero argumento de que, al fin y al cabo, esa familia vive –todo hay que decirlo, muy generosamente– del dinero público, lo que en absoluto quiere decir que no tenga en cuenta aquella razón. Hay que reconocer que la prensa puede ser muy pesada, sobre todo con los famosos, pero no veo por qué motivo una familia entre todas las españolas ha de tener derecho al sigilo mientras asistimos al asalto generalizado de la intimidad de las demás. El Rey ha podido sentirse molesto a causa de las especulaciones sobre su salud, bien, ¿y qué? Incluso admitiendo la extravagancia de su inmunidad legal consagrada por nuestra Constitución, nada puede justificar su autoexclusión de la vida pública sino todo lo contrario. Imaginen si esos periodistas decidieran dar la espalda e ignorar en el futuro a una Casa Real que cuando ha hecho falta ha recurrido incluso al fotoshop para camelar al personal con una imagen falsa.

 

Este asunto no debería llegar a más sino ser reconsiderado por sus responsables, sobre todo por una razón: porque los españoles no son súbditos sino ciudadanos, que es una cosa bien distinta, por no hablar de que también son contribuyentes que mantienen a esa familia en régimen no excesivamente austero. Todo ello sea dicho sin el menor encono, aunque también sin olvidar que al menos un miembro de la Casa estaría hoy excluido de esas comparecencias de no haber emparentado con ella.

De Anguita abajo, ninguno

Nadie ha rellenado el hueco dramático dejado por Julio Anguita en la coalición IU. Da pena escuchar las propuestas ideológicas de esos ganapanes, asistir el espectáculo de sus estrategias post-electorales, tomarle el peso a las demagogias insustanciales de unos y de otros. Su petición de dimisión a los dirigentes cordobeses está cargada de razón y su significativo silencio sobre el conjunto de la organización regional no deja de ser elocuente. Claro está que éstos no tienen la culpa de su estatura ni es cosa de compararse siempre con aquel líder excepcional que tuvieron, pero lo que tampoco tienen es sentido de la responsabilidad. No tienen más que verlos y oírlos tras el fracaso del 22-M, funámbulos sobre el peligroso alambre del oportunismo y agachados ante un PSOE que los despreció siempre.

El santoral ruso

La vuelta al cristianismo de la sociedad rusa más tradicional viene desarrollándose desde sus inicios como un fenómeno de largo alcance político a juzgar por el apoyo institucional que recibe la iglesia ortodoxa y por la destacada presencia de los altos dignatarios en la primera línea del culto público. La canonización de los Romanov fue, probablemente, el pistoletazo de salida para una burda carrera hagiológica que próximamente se verá confirmada con la canonización del príncipe Vladimir, el legendario apóstol que cristianizó el país hace cerca de mil años, efemérides que declarará la Duma próximamente por medio de un decreto auspiciado por Putin. Pero sobre el propio Putin se cierne también una activa propaganda que lo presenta como un héroe excepcional y virtuoso, aunque nadie hasta ahora había osado proponerlo candidato al santoral como ha hecho cierta santona sectaria al revelar a los cuatro vientos que el viejo jefe del KGB es nada menos que la reencarnación del apóstol Pablo o, según la agencia RIA Novosti y otras fuentes, tal vez la del sabio Salomón, circunstancia ésta última que tal vez explicaría que, a pesar de asuntos como el hundimiento del submarino Kursk, la masacre de Chechenia o los asesinatos de espías y periodistas, conserve una popularidad que se asegura que no ha bajado en ningún momento del 60 por ciento. Ya ven lo que puede conseguir la religión cuando se confunde con la superchería y, de paso, ya ven hasta dónde puede llegar, si se apoya en los enigmáticos mecanismos mentales del mito, un personaje taimado que tiene sobre sí tanta sangre y tanta corrupción. A Franco lo canonizó por la vía rápida el “papa” Clemente pero no hay que olvidar que ha habido intentos similares promovidos por la asociación que custodia su memoria y pregonados por algún filósofo cuyo texto escolar conocen bien varias generaciones de universitarios españoles. En Rusia, al menos de momento, el Poder se ha limitado a agradecer el obsequio, lo que no deja de constituir un progreso respecto del pasado fanatismo laico.

 No por grotesca una anécdota como la que comentamos deja de ser relevante sobre todo a la hora de valorar la situación de una opinión pública, devastada por tantas décadas de opresión, y a la que los mismos que la secularizaron por las bravas pretenden ahora movilizar accionando sus resortes religiosos. Nada nuevo en Rusia. En Novgorod comprobé alguna vez la devoción popular al príncipe Nevsky ante cuyo icono se arrodillaban fervorosamente los nuevos devotos. Putin cierra, por el momento, ese ingenuo devocionario que confunde el poder con la beatitud.

Desconcertante justicia

La puesta en libertad definitiva de ese delincuente que era menor de edad cuando participó en la violación y muerte de la muchacha sevillana cuyo cuerpo sigue sin aparecer, vuelve a poner en pie de guerra a una opinión que no entiende de leyes, ni tiene por qué entender, pero para cuyo sentido común resulta un insulto que delincuentes de semejante calaña andes sueltos por la calle. Es inútil continuar con la porfía sobre la ley del Menor, ese monumento a la impunidad. Mientras esa desgraciada norma no se reforme, esta sociedad seguirá soportando espectáculos como el comentado, que no es sino un más en la ya larga serie que llevamos vividos.

El miedo artificial

No hay quien me quite de la cabeza que el “pepinazo” que está arruinando a nuestra agricultura ante la insolvencia de un Gobierno más atento a sus problemas de partido que a la gobernación del país, es un montaje de gran envergadura organizado desde la competencia. No niego que la actuación de esa consejera alemana que ha sembrado la alarma sea fruto de su ignorancia o de su osadía, pero apostaría a que lo que ha venido después, a saber, el descrédito fulminante de nuestra huerta en Europa y el cierre de fronteras a nuestros productos, ha sido por lo menos el resultado de una manipulación  interesada. Tampoco voy a plantear el famoso “Quid prodest?” porque será demasiado fácil mirar hacia los clásicos competidores, evidentes beneficiarios de nuestra ruina. Lo que ahora me interesa resaltar es el fenómeno del miedo, ese fantasma intermitente que asola el mundo civilizado (en el otro se comen sin penárselo dos veces lo que se tercie) cada dos por tres, con el agravante de que la población se está quedando si referente seguro y como confiada en exclusiva a su arriesgada intuición. Para empezar, porque la Organización Mundial de la Salud, la antaño respetada OMS, salió hecha trizas de la crisis de la última gripe ante la que anunció un apocalipsis por fortuna sin fundamento. Y en el caso de los españoles porque ya me dirán cómo tranquilizarse confiando en una ministra sin estudios no especiales dotes como la que tenemos, cuyas intervenciones me temo que aumenten el desconcierto en lugar de fomentar el sosiego. Desde las vacas locas a los pepinos pasando por la crisis de las dioxinas, por la gripe aviar o la porcina, no acabamos de respirar hondo cuando ya nos acongojan con otra amenaza invisible con la que, indefectiblemente, muchos se arruinan y unos cuantos se ponen la botas. La psicosis de la peste está hondamente enraizada en la mentalidad humana por más que el mundo contemporáneo haya demostrado que a lo que tiene que temer a sus propias endemias.

 

Hemos visto y escuchado a la consejera hamburguesa y a la ministra Pajín con la lógica inquietud por ver en manos de quiénes estamos y, por descontado, con el miedo añadido de que alguna vez la llegada del lobo resulte cierta y una amenaza vital de envergadura haya de ser gestionada por esas aficionadas “de cuota”. La crisis de los pepinos no solamente va a descuadrar sin remedio nuestra economía sino también nuestra imprescindible aunque ya residual confianza en los responsables políticos. Uno a corto y el otro a medio plazo, no nos podían haber caído encima mayores desgracias.