Rutina espacial

Medio siglo ha pasado desde que el hombre salió por vez primera al espacio. Estos días en Rusia se ha iluminado el cielo en memoria de aquella hazaña que ha ido empequeñeciendo con el tiempo, como todo en la vida, hasta perderse en la rutina que es hoy le exploración espacial. A los que tenemos edad para ello se nos agolpan los recuerdos. La presunta charla de Yuri con Kruschov, por ejemplo, y la burda broma ateísta que brindó el joven héroe –“He salido al espacio y no he visto ni rastro de Dios”—pero que otros atribuyen al propio mandatario. Y los versos contrateológicos que enjaretó Salvatore Quasimodo como una plegaria: “In principio Dio creo il cielo è la terra… Doppo milliardi di anni… l’ uomo, con la sua intelligentza laica, senza timore, nel cielo sereno di una notte di ottobre… misi altri luminari uguali a quelli que giravano dalla creazione del mondo. Amén”. Y se quedó tan pancho. Ni nos acordábamos ya casi de la perrilla Laika, que fue la que abrió el camino y murió en el intento por más que la propaganda soviética tratara de ocultarlo, aquel chucho callejero al que hicieron ladrar después de muerto. En el Museo del Espacio moscovita esos ingenios diminutos nos resultan inconcebibles comparados con lo que ha venido después. La carrera del espacio fue, en cierto modo, el gran pulso del mundo bipolar y la prueba del 9 de la eficacia del “socialismo real”, aunque probablemente sus mentores no fueran del todo conscientes de la unicidad de un proyecto hoy día exponencialmente superior a aquellos balbuceos e incluso reconvertido en programa turístico. La exploración del espacio, el sueño que va de Luciano a Verne pasando por Cirano y otros visionarios, se ha convertido ya en una esplendorosa rutina que descubre galaxias y desentraña misterios sin que la opinión apenas se inmute ante sus logros. Los versos de Quasimodo palidecen como una broma arcaica ante las fascinantes imágenes que nos remiten hoy las sondas.

 

Medio siglo es demasiado a estas alturas del tiempo y aquellas proezas han recobrado su estatura genuina, que era colosal a fuer de diminuta. Y los hombres trajinan ahora por el espacio sin saber muy bien lo que hacen pero desde la convicción de que esa escapada era ni más ni menos que el destino de la especie y quién sabe si la piedra angular de su incierto futuro. Gagarin no alcanzó más que unos miles de metro de altura mientras que a nosotros el sistema solar se nos ha quedado estrecho ante la tentación –finita, curva e ilimitada– del universo einsteniano. El tiempo se ha acelerado y medio siglo ha acabado siendo una eternidad.

La excusa del honor

La Junta ha recurrido, al fin, la sentencia del TSJA que la obligaba a abrirle un expediente sancionador a Chaves con motivo de la subvención milmillonaria a la empresa apoderada por su hija. Y lo hace con el argumento de que el fallo implica una “infracción al honor” del intocable quizá porque teme que, tras el intocable, podrían ser arrastrados otros, como cerezas de un mismo cesto. Tiene guasa que se pongan calderonianos en medio de este festín sin reglas. Pero sobre todo tiene muy mala sombra el recurso a ese valor en que nadie piensa cuando el expedientado es alguien del común. No se cuestiona el honor de Chaves sino sus hechos. Se ve a la legua por dónde van los tiros del desconcierto y del miedo.

Guerras tapadas

Parece que es posible dar por finalizada la guerra civil en Costa de Marfil. La rendición incondicional del presidente Gbagbo, la relativa discreción del pretendiente Ouattara, ganador de las elecciones, el equilibrismo de los mediadores de la Iglesia, la firmeza de la ONU y el expeditivo proceder de los franceses, apuntan simplemente a que la guerra la ha ganado un bando y perdido el otro. Ya veremos. De hecho, a los observadores más próximos al conflicto no escapa que el handicap del perdedor estriba en su postura frente a los intereses extranjeros y, concretamente, los de Francia, como no escapa que el conflicto sufrido no sea más que la punta del iceberg que esconde, de momento, el grave riesgo de alteraciones similares que amenaza a países vecinos como Sierra Leona, Ghana o Liberia. Y están, además, las consecuencias de la pelea, las víctimas de las matanzas de ambos bandos sin contar las “colaterales” producidas por la decidida intervención colonialista, pues resulta difícil calificar de otro modo la acción “no bélica” del ejército francés. Una vez más, una guerra africana se salda con un apretón de manos y una teoría más o menos pactada entre los vencedores, pero con el daño irreparable de la indefensa población civil, inerme durante el enfrentamiento, desolada o resignada en el mejor de los casos tras las paces sobrevenidas. Y una vez más gana el “amigo de Occidente”. El papa, por ejemplo, ha retrasado a fechas próximas – en cualquier caso, posteriores a la Pascua—su presencia dialéctica en un choque que de sobra sabe su diplomacia que tiene más miga de la que aparenta. De lo que se habla menos es de las duquitas negras de las víctimas de ambos bandos, de la severa escasez alimentaria, de la crisis sufrida por un sistema sanitario que, entre otras cosas, depende en gran medida de los antirretrovirales indispensables para el SIDA y los recursos para las frecuentes enfermedades renales. Por no hablar de las degollinas, que también las ha habido. En estas guerras silenciadas no suele hacerse balance y ésta no es sino una más de ellas. Los conflictos en África carecen de testigos. Ésta vez los beneficiarios de esa circunstancias han  sido los franceses.

 

Y con un canto en los dientes, como decimos, si la cosa no se extiende por la región, o si el desenlace provisional basta para apaciguar los ánimos de una dirigencia que poco o nada tiene que ver con su pueblo y mucho con los intereses de las viejas potencias. El neocolonialismo es una realidad tan patente como escondida como entre líneas predijera Franz Fanon hace medio siglo. En Costa de Marfil, sin ir más lejos, a pesar de estas paces imprescindibles.

Calumnia inútil

El nuevo “caso Chaves” se está poniendo color de hormiga. Él mismo ha ofrecido finalmente la cabeza al hacha dando por buena la dedicación “conseguidora” de sus hijos. Pero ni eso justifica la miserable sugerencia de que un personaje insigne como el profesor Olivencia hubiera participado en el montaje de los ERE, sencillamente porque semejante maldad resulta inconcebible para cualquiera que conozca la entidad moral y profesional del hombre que fue capaz de decirle adiós a González cuando comprendió que la Expo del 92 no era más que un gigantesco negocio para los “amigos políticos”. Lo malo de la corrupción es que actúa dispuesta a llevarse por delante incluso a los escasos hombres íntegros que nos quedan.

La puerta falsa

Que la democracia anda en crisis es cosa que la sociología política sabe hace años tan bien como la propia experiencia. Se ha impuesto por doquier la partitocracia hasta convertir en caricatura el retrato del pueblo que legitima el gobierno representativo. Todo el mundo conoce y mucha gente repudia ese paripé que ha convertido en una liturgia el mecanismo electoral en la medida en que la sociedad sabe que su convocatoria periódica no es ya más que una coartada formal que excluye hasta la sombra de la participación real en el autogobierno de una ciudadanía que conoce al dedillo su papel de comparsa. La representación democrática ha dado de sí una “casta” y ésta ha sabido apropiarse de los resortes hasta garantizarse su reproducción anulando la presencia del la pueblo, lo que ha constituido un factor decisivo para ese alejamiento de la política que ilustra la creciente abstención. Y quizá a ello sea preciso remitir  el recurso al referéndum que pretende sustituir a la acción legítima del gobierno representativo lo mismo en Islandia –donde ya ha logrado instalar la política en un caos imprevisible—como en Cataluña donde la paradoja se ha estirado hasta el punto de que los propios gobernantes hayan participado activamente en el disparate. Oponerse a que el país pague la deuda de los bancos o reclamar la independencia al margen de sus respectivos gobiernos constituye una exhibición espectacular de desdén por la legitimidad democrática que debería preocupar seriamente a los responsables en la medida en que cuartea simbólicamente el único montaje político que admitimos como válido al dejar en evidencia su insuficiencia. Entre la “minoría corrupta” y la “masa incompetente” de que hablaba Shaw no acabamos de ver una salida decorosa. No habría otra democracia auténtica que aquella en que la libertad pudiera resolver por sí sola sus asuntos y eso parece que quedó siempre demasiado lejos y a trasmano.

 

No sabemos qué ocurrirá ahora en Islandia aunque lo probable es que acabe pagando como todo quisque. En Cataluña, la pantomima de los referendos va a servir para institucionalizar el camelo del independentismo ante el que ya se abstienen medrosos hasta los partidos de enfrente. Eso sí, un presidente y sus ministrillos votando en una urna espontánea no dejan de ser un escándalo incluso en este país curado de espantos. En Islandia, al menos, esa mayoría aplastante busca lo mismo que nuestras mayorías silenciosas. Haríamos bien en restañar primero en casa las graves averías de esa misma democracia que tratamos de imponer a otros por doquier y a bombazo limpio.

Bajar el listón

El coordinador de IU, Diego Valderas, que anda haciendo campaña para su hijo en las municipales de Lepe, se ha mostrado dispuesto a defender en el Parlamento autónomo la insigne bobada de proponer para los chistes de léperos la condición de Bien de Interés Cultural, en el contexto de una propaganda partidista que pasa por un despreciable video en el que IU se propone a eliminar todas las gaviotas de la localidad aludiendo de la forma más burda al PP gobernante. Todo muy tosco y grosero además de ridículo, lo que resulta más impropio por el padre que por el hijo que, al fin y al cabo, nada tiene que perder. Parece que la norma de estas dinastías consiste en bajar el listón.