Lo malo y lo peor

No me conmueven las lágrimas de esa esposa de torero con fama y fortuna que dice ser víctima de una estafa y de una conspiración cuando, en realidad, lo que tiene en lo alto no es más que la consecuencia de haber procurado, presuntamente, la jubilación fraudulenta de su madre. Ahora bien, díganme si ese espectáculo tan mediatizado no resulta excesivo en la Andalucía de las prejubilaciones fraudulentas financiadas por la propia Junta en las que, no ya una madre, sino la hermana, el amiguete político, la prima o el vecino se han agenciado prejubilaciones estupendas sin el menor derecho y con la imprescindible connivencia del Poder. Lo malo y lo peor: mal argumento. Pero no lo echen del todo en saco roto porque, ciertamente, no deja de tener su lógica.

El espectro del miedo

Goya lo pintó en forma de gigante imparable que avanza dispersando las multitudes y estos días acabamos de verlo en Roma tras el anuncio masivo por Internet de un reclamo que ponía en sobreaviso a los romanos ante un inminente terremoto que el pasado 11 de mayo habría de destruir hasta los cimientos la Ciudad Eterna. Se trataba de una suerte de profecía enunciada por un sismólogo autodidacta, Raffaele Bendandi, empeñado en la predictibilidad de los movimientos sísmicos que él creía a pies juntilla obedecerían a la lógica celeste de la conjunción de los astros, y que tuvo la fortuna de predecir el  seísmo ocurrido en los Abruzzos durante la primera Gran Guerra, teoría rechazada de plano por la comunidad científica pero que ha acabado movilizando en la Red nada menos que nueve millones de páginas. Lo notable es que un intenso ajetreo ciudadano ha asolado Roma, en efecto, la víspera del improbable suceso, en la que un alto número de funcionarios se han ausentado del trabajo y han cerrado sus puertas, al parecer, los innumerables comercios regentados por chinos, mientras la población, siguiendo a la pitia de Facebook, se retiraba a lugares despejados como parques y jardines huyendo del siniestro anunciado. No merece la pena hablar sobre la predictiva en sí misma –e incluyo a Delfos, por razones que hoy nos sobran—puesto que sabemos que desde la tele a los rayos X pasando por el propio teléfono o el submarino fueron en su momento vaticinados como sucesos imposibles o efímeros por otros tantos visionarios. Lo que interesa, a mi modo de ver, es la credulidad misma, la accesibilidad de las conciencias a la patraña, lo fácil que le resulta a la superchería encontrar eco allí mismo donde se cuestionan tantas veces las evidencias más rotundas.

El gigante de Goya, ya les decía, símbolo del miedo absoluto, supremo y, por eso mismo, irracional, mero objeto de fe, que es lo que creo yo que el maestro trató de sugerir, abismado en su sordera, a la vista de los horrores que le tocó presenciar. Aunque hay que convenir que esta psicología de masas ha entrado en una nueva era con el rollo cibernético y sus consecuencias sobre la mentalidad desprevenida, porque tiene mandanga la aventura de asolar Roma con un rumor surgido de no se sabe dónde pero al que se adhirieron sin vacilar multitudes que, como las romanas, cabría presumir que están de vueltas de todo. Es la lucha contra la credulidad lo que los nuevos medios deberían asumir como tarea propia. Porque la libertad no es compatible con la falsía ni la humanidad puede ser cabal si no está a resguardo de aventuras como ésta de Bendandi.

Trampa y absoluciones

El Ayuntamiento de la capital andaluza, Sevilla, acaba de proceder, a bien pocos telediarios de las elecciones, al tramposo recurso de legalizar facturas “irregulares” –obsérvese el eufemismo—por valor de más de siete millones de euros. Con lo que ocurrido en ese Ayuntamiento, pionero en este generalizado deporte de las facturas falsas, se cierra, de este modo, el círculo vicioso, y nunca mejor dicho, que ha logrado rebajar la vida pública a cotas que hace poco eran todavía para muchos realmente impensables. Facturas de varias delegaciones, facturas por obras que nunca se ejecutaron, eran algo difícil de imaginar para el funcionariado antiguo y hoy el pan nuestro de cada día. En Sevilla, desde ahora, además, quedarán saneadas como si tal cosa. Si el “pacto de progreso” consistía en eso, no me digan que no es para llorar.

El arte y la realidad

La operación contra Bin Laden, de la que vamos conociendo ya multitud de detalles, semeja, superándola, a la mejor película de acción. No creo que haya ni un solo director capaz de aceptar un guión tan perfecto y acabado, un golpe de mano tan preciso, con su admirable logística, su perfecto despliegue, la agilidad de los movimientos, el tino de sus descargas y, en fin, el cierre magistral de la operación en una retirada a misión cumplida que redondea su acento épico con el sepelio marino del liquidado. Ni un director que aceptara un guión semejante, digo, ni menos un productor que arriesgara su pasta por un relato que, precisamente por impecable, no habría de tragarse la inmensa mayoría de sus futuros espectadores. No cabe duda: el arte supera a la realidad, nos pongamos en plan Wilde o en plan René Clair. ¿Quién hubiera imaginado ese chalé desangelado, esa modestia hogareña, ese avejentado espectador siguiendo las noticias con el telemando mientras a su alrededor hervía el puchero restallante de los celos concubinos? No, no me venga nadie con el cuento de que eso, visto en una peli, hubiera resultado creíble, dada la imagen mitificada del fugitivo. Esos héroes de la SEAL, marines de élite –que es como decir exquisiteces de la delikatessen o excelsitud del santo—no son personajes de película sino arquetipos ideales, iunguianos si me apuran, encarnaciones fenomenales y superadoras de la ilusión del inconsciente colectivo. El pragamtismo yanqui, hijo bastardo del recto sentido de lo real, se ha pasado de maracas en esta ocasión hasta el punto de parecernos pura épica. Si Robert Aldrich hubiera visto este reportaje antes de rodar sus propias odiseas, seguro que Lee Marvin le hubiera parecido un membrillo o un lila. Lo de los cañones de Navarone al lado de lo de Islamabad queda a medio camino entre el ejercicio y la chapuza.

 

¡El arte, el arte, y sólo luego la realidad! Esto no es manifiesto idealista por mi parte sino más bien la constatación de algo que yo creo que acabaría aceptando mucha gente, a la vista del magistral y célico montaje de esos superagentes! Al margen de juicios morales, ni qué decir tiene, fuera por completo de valoraciones éticas, quiero decir, porque al fin y al cabo una operación perfecta no justifica un asesinato y cuanto de él cuelga. Y cómo será la cosa que cuando al fin hemos visto la clásica cueva donde también vivió el monstruo casi nos ha costado sacarlo mentalmente de su guarida burguesa para devolverlo a su paisaje natural. No hay que tener prejuicios ultrarrealistas. El video del golpe triunfal resulta más auténtico en su burocrático rigor que la sublimada victoria de Aquiles.

Por encima de la ley

Se repite la historia. El ex–ministro Corcuera, el de la “patada en la puerta”, pretende entrar en coche en la Feria de Sevilla, es requerido por dos policías locales para que se identifique y se niega al grito de “¡Usted no sabe con quién está hablando!”. No es nuevo el caso, puesto que aquí el TS absolvió a un diputado, suspecto de haber privado,  que se negó a identificarse con el mismo argumento a la Guardia Civil una vez, y en otra ocasión también a la Policía Municipal. ¿Se creen que están por encima de le Ley o realmente lo están en la práctica? Todo indica que lo segundo, incluso cuando, como en el caso presente, ni siquiera resulte probable que del personaje quede el menor recuerdo? A esos policías que se limitaron a cumplir con su deber, el Alcalde de Sevilla les ha abierto expediente. ¿Comprenden?

Náufragos pobres

Es tremenda, inconcebible, la versión que parece más realista sobre lo ocurrido con la barcaza libia con 72 personas a bordo –entre ellas veinte mujeres y dos niños de corta edad– que ha vagado a la deriva durante dieciséis días tratando de alcanzar desde Trípoli la costa de Lampedusa. Trágico el balance de esas 61 víctimas que sucumbieron de hambre y de sed a pesar de que demasiados indicios parecen confirmar que fueron varios los contactos a los que lograron solicitar ayuda. De lo más escalofriante resulta la imagen de esos desgraciados mostrando a aviones y helicópteros con desesperación a los dos niños del pasaje, como último recurso para forzar su compasión y conseguir ese auxilio que es la más vieja ley del mar. Dicen que un par de cazas, procedentes de un portaviones desconocido, sobrevolaron a baja altura la tragedia, y que un helicóptero militar lanzó agua y galletas a los náufragos además de anunciarles la pronta ayuda que nunca llegaría, y cuentan también que tanto los guardacostas italianos como los malteses se inhibieron del caso por razones competenciales limitándose a cursar inútiles avisos a otras instancias. Un superviviente ha contado que cada mañana, al despuntar el día, los pasajeros debían arrojar al mar, por razones obvias, los cuerpos de los fallecidos durante la noche, escena que da una idea de la dimensión trágica de la aventura, asegurando que no sólo el portaviones –se dice que el “Charles de Gaulle”—sino varias embarcaciones militares de las que la OTAN mantiene movilizadas en la zona, hicieron igualmente caso omiso de su situación desesperada. ¿A quién podía interesar, en medio de ese despliegue bélico, la suerte de 47 etiopes, 7 nigerianos, otros tantos eritreos, 6 senegaleses y 5 sudaneses? Pues a nadie, evidentemente, como los hechos demuestran en medio de una activa batalla mediática en la que, ahora sí, andan echando el resto los servicios de imagen y propaganda “aliados”. Pocas veces la impiedad habrá alcanzado cotas tan señeras.

Ésta del mar es la otra guerra libia, la cara oculta y oscura de esa luna pretendidamente humanitaria en la que ha sucumbido ya un millar de huidos del conflicto a los que la dictadura acosada utiliza como arma, especialmente contra Italia. Pero la catástrofe de la barcaza abandonada concierne a la causa aliada en términos que han de resultar difícilmente excusables porque sus tremendas circunstancias descalifican cualquier argumento que pueda emplearse. Cuando los ricos se hacen la guerra entre sí son los pobres los que acaban muriendo. La OTAN se ha encargado de probar lo que Sartre dijo hace tanto tiempo.