Alto voltaje

“Ustedes (por la Junta) son rápidos con los falsos prejubilados y lentos con los reales”, Javier Arenas, presidente del PP. “Es usted (por Griñán) el único político del universo que dice que Zapatero no ha hecho ningún daño a esta tierra”, el mismo. “Lo de autoritario va con usted”, el mismísimo. “No es lícito coger los votos de quienes no han querido votar al PSOE y devolvérselos al PSOE”, Domingo González , cabeza de lista de IU en Gibraleón. “El Partido Popular es la derecha franquista, próxima a la ideología de Blas Piñar”, Mario Jiménez, portavoz parlamentario del PSOE-A. “Entre la derecha del PP y la derecha del PSOE, apostamos por la derecha del cambio, que es la del PP”, Fernando Bejarano, coordinador local de IU en Almonte. “En los años de la ‘pinza’ se vivió, vivimos, la campaña de manipulación más asquerosa de las que conozco”, Luis Carlos Rejón, ex-coordinador regional de IU en Andalucía.

Guerras perdidas

En un texto del que se habló no poco hace cosa de un quinquenio, Claude Magris dejó escrita la impresionante sentencia de que “el rostro de la guerra es la derrota” y nos renovó el recordatorio que hiciera Joseph Roth en “La marcha Radezki” a propósito del convencimiento que tenía el emperador Francisco José sobre el hecho capital y tremendo de que las guerras, todas las guerras sin excepción, se pierden. Las pierden los derrotados, por supuesto, las pierde la Humanidad y las pierden incluso quienes creen haberlas ganado a poco que tengan un mínimo sentido de la responsabilidad por no hablar de la culpa. Dejar en tablas la de Corea dicen que costó tres millones de vidas, en el caos de Irak se habrían producido ya más de un millón de muertes, pero incluso por perder la contienda los americanos hubieron de sufrir en Vietnam casi sesenta mil bajas aparte de asolar el país. No hay datos fiables sobre el genocidio perpetrado en Yugoeslavia pero excusado es decir que cabe imaginarlos como espantosos, y menos aún los hay sobre esos indescriptibles conflictos africanos que han diezmado el continente ante la pasividad cómplice de las grandes potencias. ¿Y todo para qué? Nunca hubo una buena guerra ni una mala paz, se atribuye a Benjamín Franklin, y desgraciadamente no pasa un día sin que incorporemos un nuevo dato a ese argumento. El último que me encuentro es la acusación contra Gadafi formulada por el fiscal del Tribunal Penal Internacional, Luis Moreno-Ocampo, de haber autorizado la violación de mujeres a sus tropas, a las que habría facilitado –el fiscal dice que dispone de pruebas—ingentes cantidades de viagra adquiridas en el mercado extranjero “por containers enteros”. No se confirma la tesis nietzscheana de que las guerras modernas son consecuencia de los estudios históricos, como puede verse. Lo que las más recientes demuestran es que siguen en plena vigencia las tácticas paleolíticas: la guerra convierte al pueblo en horda. Eso no tiene solución.

 

Desconcierta pararse a contar las guerras abiertas o latentes que, en este momento, padece el mundo, y más aún comprobar la imposibilidad de hallarles, en conjunto o por separado, cualquier explicación que no sea la del interés negociante o la de la estupidez suicida. Y la impunidad. ¿Qué hará el TPI con Mladic o Gadafi una vez probado que hicieron de la violación una estrategia bélica? Cualquier cosa alejada de lo que el sentido común exigiría, eso es seguro, porque hay crímenes que exceden la posibilidad de su castigo. La imagen del guerrero dopado al que se envía a violar no debería herirnos más que la sombra misma de la guerra.

Preparando el terreno

¿Por qué sugiere ahora Griñán que habría que aumentar el número de diputados del muy inútil y costoso Parlamento de Andalucía? Pues pocas dudas cabe de que porque ésa es una vieja ambición de IU, que ve como con esa ampliación a costa del contribuyente se amplía la intendencia y se agranda la cocina. Griñán se ha tomado en serio el anuncio de su fracaso electoral también en las elecciones autonómicas y antes de perder el poder que le queda busca como sea esa alianza con la misma IU que viene tildándolo de derechista pero que, haciendo de tripas corazón, podría salvarlo de la ruina. Con cargo a nuestros impuestos, ni que decir tiene. En esta democracia cada día más de pacotilla nos han dejado como único papel el de maestro armero.

Una vieja comedia

No me hagan mucho caso pero me parece haber entendido que hay ya dispuestos a competir con Rubalcaba en las “primarias” del PSOE nada menos que ocho candidatos. Ignoro cómo se ha gestado esta situación y nada sé sobre las circunstancias en que esos figurantes han decidido participar en la vieja comedia, aunque sospecho que, por más que su gesto haya sido bien acogido de entrada, es muy posible que el tiro de la simulación acabe saliéndoles por la culata a ellos y al partido. Todos los partidos son leninistas cuando pintan bastos, eso está claro, o bien acaban arruinados por la polilla intestina, todos practican el “centralismo democrático”, bien que unos a las claras y otros de tapadillo, pero pocas dudas caben de que Lenin tenía ese tema tan claro como Romero Robledo, por más que uno exhibiera arrogante su convicción y el otro la ocultara ladinamente. Los partidos viven en secreto y del secreto, de tal manera que cuando el día de mañana nos cuenten, por ejemplo, esta batalla que se aproxima –con su candidato por “dedazo” y sus figurantes espontáneos—cualquiera sabe cómo nos contarán la historia, porque al PSOE, como a todos los partidos, le viene ajustada aquella broma de Churchill sobre la Unión Soviética en el sentido de que “nada tan imprevisible como su pasado”. En estas “primarias” va a barrer Rubalcaba, a diferencia de aquellas a las que optó Borrell y en las que, al no estar tan claras como ahora las cosas, hubo de recurrirse al pucherazo con todos sus avíos. ¿Acaso pueden ser diferentes las cosas en una partitocracia? Pienso en esos ilusos que se han prestado a hacer bulto en la escena mientras dura la función pero ni un minuto más, y siento por ellos comprensión y desconcierto. Y les emplazo en el futuro imperfecto a ver qué nos cuentan. Por el momento, no tienen más que ocupar la escena y atender a las instrucciones que, oculto bajo la concha, les vaya soplando el apuntador.

 

Quizá no pueda ser de otra manera en una partitocracia, insisto. Si esto fuera una democracia viva y lúcida, a lo mejor estábamos hablando de otra cosa y no de unas “primarias” consagradas a un candidato que hace decenios se apuntó ya a una “renovación”, pero eso, qué duda cabe, es hoy por hoy hablar de la mar. Ni uno solo de esos candidatos sobrevenidos ignora que está haciendo en la comedia un papel secundario y prescindible, lo que quiere decir que, cada cual por su cuenta y razón, se prestan todos a amenizar el paripé. El resto del argumento se improvisará, como se inventaba en la “commedia dell’ arte” por los propios actores, pero sin salirse un pelo de las lindes marcadas. Por eso dan un poco de pena los espontáneos. O quizá no.

Quinta columna

Salud, Medio Ambiente, Ayuntamientos grandes y pequeños o Diputaciones, más lo que ignoramos de momento en una presumible mayoría de instituciones, andan a las claras consolidando a sus contratados para convertirlos en funcionarios, es decir, para dejarlos instalados en las Administraciones en las que, como es lógico, funcionarán como “quinta columna” al servicio de la oposición pero con cargo al presupuesto público. Ni siquiera hemos conseguido saber en años, por ejemplo, cuántos “asesores” cobran en la Junta, como no sabemos a ciencia cierta cuántos enchufes hay en esa extensa red. Quienes gobiernen van a tener que vérselas –esperemos que con mano discreta– con ese ejército silencioso.

El sabor de la aventura

No es fácil despedir a Semprún para quien haya vivido de cerca la auténtica crisis española y europea del siglo XX, que seguramente no es la inicial, como tantas veces se ha dicho, sino la que parte por medio ese siglo tremendo. Hemos de respetar su imagen de combatiente, su prisión en el campo nazi, su papel en la clandestinidad, su indudable talento literario y su capacidad de creación de su propio personaje, que fue fantástica. Recordarle en el Café de Flor o en Les Deux Magots conversando con Sartre, o en la Coupole dirimiendo contiendas galantes con Ives Montand, imaginarlo travestido como “Federico Sánchez” cruzando la frontera como Pedro por su casa, o compartiendo cuchitril madrileño con Sánchez Montero y Grimau con la policía política pisándole los talones, resulta excesivo para el observador. Como verle en Madrid, ya de ministro, perdido en su feudo burocrático y entretenido en porfiar con Guerra, resulta un poco decepcionante para muchos de los que le conocimos cuando todavía le llamábamos “Pimpinela Escarlata” por su confesada pasión por la aventura y su desmesurado gusto por el peligro. Algunos no hemos podido admitir, tras su caída del caballo, que trocara su militancia comunista por un criticismo feroz en el que tal vez llevaba razón en casi todo menos en excluirse él de esa quema en la que había participado siempre en primera línea. A Semprún le privaba la aventura, le apasionaba el riesgo, siempre desde un fundamento narcisista que funcionaba en él como una segunda naturaleza. Por eso fracasó en el Madrid de las decepciones y las rutinas, de los políticos ausentes de la clandestinidad y de los mandamases que sentían celos ante el nimbo de su fama porque un mito es algo muy difícil de soportar en una Administración y porque un aventurero no tiene sitio en el balneario institucional de una democracia ya instalada. Los mitos, al Parnaso o incluso al Olimpo, pero no sueltos por el gallinero.

 

Tendremos que recordarlo, pues, en sus cafés parisinos, en su gesto estudiado, en la silueta autocomplacida de su dandismo irrenunciable, en su estupenda memoria, en su prosa más que pasable y en sus memorables guiones. Con el resto, más allá de la política y hasta de la psicología, habrá que ser tolerantes y hasta piadosos con el hombre que hizo de su vida su principal guión, siempre reservándose el papel del héroe justiciero, con Simone Signoret sonriéndole y Costa Gravras ajustándole el encuadre. Semprún fue un tipo estupendo, tan real como imaginario, comprometido con las causas justas aunque enamorado de sí mismo. La verdad es que no hemos tenido muchos como él. Es más, ahora no nos queda casi ninguno.