Matar un ruiseñor

Los adictos al antiamericanismo suelen encontrar su más demoledor argumento en la actitud de la gran potencia mundial respecto de esos derechos humanos en cuyo nombre funda ella nada menos que la razón de sus guerras exteriores. No son comparables los modelos sociales o políticos de la gran potencia y la mayoría de los países medianos y más chicos cuyos regímenes se sostienen apoyado en el brazo de hierro de una Justicia sin limitaciones y para los que el individuo y su razón suprema poco o nada significan. En este mismo momento crece un sordo pero profundo rumor en todo el mundo contra la situación a la que se ve sometido en la base de Guantánamo el soldado Bradley Manning, reo de haber filtrado la documentación que sirvió de base al escándalo Wikileaks, una situación extrema que oficialmente se trata de justificar en base al riesgo de suicidio del detenido, al que se somete a una insoportable vigilancia continua en régimen de aislamiento y, según innúmeras denuncias a las que se ha sumado incluso Amnistía Internacional, a un trato inhumano indiscernible de la tortura. Por otra parte, en una prisión georgiana aguarda el momento de su ejecución (el cuarto en cuatro años) un recluso, Troy Davis, condenado ¡hace veinte años! justos por el presunto homicidio de un policía, sin prueba material alguna y con base en una testifical de la que, con el tiempo, se han retractado ya siete testigos. Un dato para la reflexión: en los cuatro lustros que Troy lleva en el corredor de la muerte, nada menos que noventa condenados han escapado de ese corredor tras comprobarse su inocencia. El argumento del error irreparable que implica la pena capital no acaba de penetrar la conciencia popular de aquel gran país a pesar de su carácter indiscutible.

 

A la democracia americana le va a ser cada día más difícil mantener su papel de guardián de los derechos humanos en el planeta junto a esas actitudes feroces que incluso parece que, circunstancialmente, se reafirman en los últimos tiempos como consecuencia de la no poco explicable pero siempre irracional obsesión por la seguridad. No se puede operar como abanderado de una estrategia democrática universal y mantener a un tiempo, dentro del propio país, temibles ergástulas y anacrónicos mataderos humanos, es paradójico y escandaloso abrir simultáneamente varios frentes bélicos en defensa de los mismos derechos del hombre que en casa se les niega a los propios ciudadanos. El soldado Manning y el condenado Davis constituyen un duro testimonio contra la ilusión democrática y un escándalo mayúsculo que desacredita sin remedio al llamado “mundo libre”.

Concepto de corrupción

Qué sea la corrupción depende, de momento, del criterio de cada partido (y de cada ciudadano) y ni que decir tiene que cada cual arrimará inevitablemente el ascua a su sardina. El PSOE andaluz, por ejemplo, teniendo 106 cargos públicos imputados –incluyendo 39 candidatos a las próximas municipales, de los cuales 36 aspiran a sus respectivas alcaldías– presume en público de que no lleva ninguno, mientras que el cabeza de lista por IU a la alcaldía de Sevilla “distingue” entre “llevárselo calentito” (sic) y lo suyo, que no sería más que un presunto delito por venta ilegal de terrenos y otro por agravio a los derechos de los trabajadores. Oigo decir a Llamazares que él y unos cuantos han solicitado que este “presunto” dé “un paso atrás”. Convengamos en que menos da una piedra.

Luces y sombras

Un nuevo libro sobre Goya, debido nada menos que al maestro Todorov, acaba de replantear la eterna cuestión de la poliédrica Ilustración española. No es la primera vez, ciertamente, que el perfil de Goya –tan equívoco en su rotunda sinceridad—intriga a propios y extraños, siempre a propósito de la tensión interna que muestra una obra que, siendo hija evidente de las “Luces” y de la Revolución, no esconde su recurso condicionado al mismo espíritu que se trataba de ir mudando. Que Goya sugiere esa confusión es algo que hace años entrevieron, entre otros, ojos tan distintos como los de Gaspar Gómez de la Serna o Edith Helman, conscientes todos en que nuestro pintor máximo fue un “ilustrado” al que el espectáculo de la brutalidad forzó a tentarse la ropa convencido de que la sugestión revolucionaria podría acabar siendo tan peligrosa como el mal que trataba de evitar. Otro habría sido Goya, sin duda, sin la ocupación francesa y los consiguientes horrores de la guerra que le permitieron contemplar las dos caras de la locura humana y concluir, como ahora hace Todorov, que tan fácil resulta, en definitiva, matar en nombre de Dios como hacerlo en nombre de los derechos humanos. Puede incluso que, comparado con los prohombres de nuestro XVIII (los Jovellanos, Meléndez, Macanaz, Olavide, etc.), Goya muestre bajo el pintor un espíritu conmovido que piensa desgarradamente en conciliar lo inconciliable, a saber, la bondad creadora del ser humano y su esperpéntico salvajismo, contradicción que él supo ilustrar con los innumerables comentarios con que ironizó sobre sus propias imágenes. Lo que no sé es si Todorov es consciente de que esa tensión no fue exclusiva de Goya sino común a la mayoría de los talentos “ilustrados”, muchos de los cuales –y no necesariamente alineados en el bando tradicionalista—sintieron gravitar sobre ellos esa doble tentación. La pintura de Goya es un libro abierto cuya relectura nos propone ahora de nuevo un estudioso convencido de que la pintura puede constituir, además, de un ejercicio estético, una aventura intelectual.

 

Hay una distancia insalvable entre el “Guernica” y “Los desastres de la guerra”, y un aviso memorable en la leyenda del “Capricho” número 43, la que asegura que “el sueño de la Razón produce monstruos”. Y hay que agradecer a Todorov que se las averigüe para evidenciarlo, con el argumento de que Goya asumía el proyecto liberador y progresista de las “Luces” pero se vio obligado a entrillarlo ante el rigor del seísmo revolucionario. Goya visto desde fuera, España en el objetivo, nuestra historia al retortero. Pensar nuestro pasado es, en definitiva, revisar nuestra identidad.

Llevarse bien

“Mi único Presidente de la Junta es Manuel Chaves” (Luis Pizarro, consejero dimisionario de Gobernación). “Comparto plenamente lo que dijiste” (José Antonio Griñán, presidente de la Junta, al anterior). “El fallo del TSJA que ordena abrir expediente sancionador a Chaves infringe el derecho al honor reconocido a todas las personas” (Consejo de Gobierno de la Junta). “Juan Guerra al lado de Iván Chaves es un aprendiz” (Antonio Sanz, diputado del PP). “Andalucía es territorio Gürtel porque el PP nos ha metido en ese fango” (Mario Jiménez, portavoz del PSOE-A). “El PSOE utiliza la mentira para enmarañar la vida política porque se ahoga en su propia corrupción” (Ricardo Tarno, vicesecretario general del PP). “No investigar los 19.000 EREs muertos supondría un gravísimo delito de la Junta” (Javier Arenas, presidente del PP).

Bombas mariposa

Parece que Gadafi está utilizando en Libia bombas de racimo, las famosas “bombas mariposa” que fueron proscritas en el acuerdo de Oslo del 2008 pero que se conservan en los arsenales de casi todos los países desarrollados y son empleadas sin remilgos por casi todos ellos cuando el caso llega. Por Rusia en Chechenia, por supuesto, pero también por Gran Bretaña en Irak, por los Estados Unidos en sus varias campañas, por Israel en Líbano. Hay pocas armas tan pérfidas como ese artilugio capaz de dejar enterradas, tras su explosión, miles de bombas de atractivo diseño (pelotas de tenis o latas de refrescos) con que atraer a los civiles y, en especial, a los niños, entre los que han causado ya miles de víctimas. Las que dice el NYT que está utilizando Gadafi serían, por lo demás, de fabricación española a pesar de que no hace tanto que aquí se liquidó a bombo y platillo el arsenal acumulado –unas 6.000 bombas, al parecer–, hecho que una vez más nos fuerza a admitir que la fabricación y el comercio de armas no deben ser considerados como actividades legítimas de un país democrático sino como su participación en un negocio criminal. Cuando se anunció la loable medida española ya se sabía que la práctica totalidad de las “bombas de racimo” acumuladas en África del norte procedían de nuestras fábricas, gran baldón que añadir a los que ya cosechamos como productores de “minas antipersona” y otros pavorosos ingenios que vienen constituyendo un renglón destacado de nuestras exportaciones durante el periodo democrático. Pero, en fin, volvamos a los hechos: ayer mismo, hoy tal vez, “nuestras” bombas de racimo estén cayendo sobre las ciudades libias bombardeadas por el tirano al que nosotros se las vendimos. Casi en todos los conflictos registrados en los dos últimos decenios se han empleado armas españolas. Esas armas son, por lo visto, una de las pocas cosas capaz de poner de acuerdo nuestros ideólogos.

Pasma comprobar el cinismo del poder –de cualquier poder, de todos los poderes—a la hora del negocio, incluido el negocio de la tragedia y de la muerte, desuela la indiferencia con que se sepultan los escrúpulos cuando brilla el dinero. Y no vale el alegato inocente porque cualquiera puede imaginar que poner en manos de Gadafi o de sus colegas instrumentos de esa naturaleza es exponerse a su más que probable utilización. Un día de éstos, un niño libio descubrirá entre la escombrera un atractivo juguete que resultará mortal o catastrófico y la culpa no será exclusiva de Gadafi. Hay que tener el corazón de piedra para no admitir la que nos corresponde a nosotros como infames fabricantes y negociantes de ese malvado artificio.

Parió la abuela

Quienes recelaban ante la tardía incorporación de la Fiscalía Anticorrupción a la investigación del inconcebible negocio de las prejubilaciones fraudulentas financiadas por la Junta, han visto confirmado, de entrada, su recelo con ese alegato del mismísimo fiscal delegado recurriendo el auto de la jueza Alaya que exigió la entrega de las actas de los consejos de Gobierno para determinar la participación del mismo en el montaje de los ERE. ¡Éramos pocos…! Lo que sería de esperar de esa Fiscalía es que se niegue a dar carpetazo a los “expedientes muertos” como, seguramente con buenas razones, pretende Griñán, no que ponga obstáculos en el camino de la instructora. Lo que aquí se ha hecho es demasiado gordo para andarse con reverencias y la Fiscalía, con toda seguridad, lo sabe de sobra.