Ruinas del monstruo

Dos noticias sobre Charles Manson, el temible asesino de Sharon Tate, han irrumpido en plena Semana Santa. La primera es la entrevista del asesino que publica la revista Vanity Fair –según dicen la primera en veinte años de silencio– y en la que nos topamos con las ruinas del monstruo y su dialéctica banal, ilustradas con una imagen que revela los estragos del tiempo sobre aquel rostro inquietante, en el que ya no campean sus ojos amenazantes, ni la estudiada barba cetrina ni el mentón decidido que hicieron de su figura un icono de época. La segunda noticia consiste en la opinión expresada en un importante medio americano por un experto que sostiene la necesidad de mantener a sujetos semejantes apartados de por vida de la sociedad. La mitomanía ha hecho que Manson haya mantenido durante todos estos decenios una nutrida parroquia que le animan sin desmayo a pesar de que él mismo no duda en degradarse como un ser “mezquino, sucio forajido y malo” que vive en su particular “inframundo” y al que ni por asomo inquieta la conciencia del mal causado.  No han faltado voces, es verdad, que cuestionaran esta reclusión perpetua pero tampoco pronunciamientos judiciales en el sentido de que, en caso de ofrecer dudas su estado mental, la reclusión debía continuarse en un establecimiento psiquiátrico, a lo que siempre, al parecer, se ha opuesto este desquiciado megalómano. Y no pasa nada, como ven, por cumplir a rajatabla esa discreta condena a la que poco hay que objetar tratándose de quien se define sin matices como una “mala hierba” que nunca muere o como un ser antisocial definitivamente enfrentado con el orden común. Manson morirá en la cárcel, presumiblemente, y salvo su parroquia nadie se lamentará por ello. Cuando en España las cuentas nos dicen que un asesinato terrorista lo salda su autor con un par de años, este retrato del monstruo en su implacable circunstancia no deja de tener para nosotros su interés particular.

 

Acabará abriéndose camino alguna versión discreta de la reclusión vitalicia para estos criminales que unen a su extrema peligrosidad una evidente incapacidad de rehabilitación. Lo que carece de sentido es un sistema que devuelve la libertad al contumaz por más pronunciamientos que éste haga de su condición, debate que se ha vuelto a plantear a propósito de la lenidad en el trato a un asesino en serie como Troitiño del mismo modo que, en pleno “proceso de paz”, disparara el debate la aplicada a un malhechor como De Juana Chaos. Después de todo, muchos de estos malvados han cometido crímenes mayores a los que en los EEUU mantienen a Manson y a tantos como él tan fieles a su propio mito como apartados de la comunidad.

Lo nunca visto

Todo parece indicar que un partido de mayoría británica, “Ciudadanos europeos”, logrará en las próximas elecciones municipales controlar el Ayuntamiento almeriense de Arboleas. Con alcalde español, de momento y en tanto “madura” la novedad, pero con la decisión en manos extranjeras. Habrá que acostumbrarse a la novedad, impuesta por nuestra asociación con Europa, preferentemente sin perder de vista los problemas que podrían derivarse de ella, pero también conscientes de que esa adhesión continental fuerza a ajustar nuestro municipalismo tradicional a las nuevas circunstancias. Pronto Arboleas no será una excepción y, sin duda, ello obligará a atar muchos cabos sueltos.

Obsesión de incrédulo

Un grupo de airados manifestantes irrumpió el domingo en un museo de Avignon y destruyó a martillazos una de las “performances” más ingenuas y blasfemas de los últimos tiempos: el “Cristo en orinas” de un tal Serrano especialista en este negocio del escándalo con pretensiones artísticas. Casi coincidiendo en el tiempo, la delegación del Gobierno madrileña ha prohibido a una serie de grupos anticatólicos provocar en Madrid el Jueves Santo exhibiendo una procesión atea “inspirada en pasos de la fe cristiana”. Y en fin, en Youtube está arrasando un single de Lady Gaga titulado “Judas” en el que, disfrazada de Magdalena, manifiesta –ignoro con que grado de razón– ser “una tonta santa” enamorada del desdichado discípulo. Los sociólogos de la religión, que previeron y han visto más que relativamente confirmado el proceso de secularización de nuestras sociedades, no incluían entre los factores previsibles del cambio anunciado esta colaboración militante del adversario tradicional sino que lo esperaban como simple consecuencia de la evolución social: serían las condiciones sociales nuevas, tan incompatibles con la mentalidad tradicional, las que acabarían desacralizando la vida y costumbres de los países industrializados, no las soflamas protagonizadas por los militantes rivales. Vivimos el extraño “revival” de un ateísmo que ha cambiado su impronta intelectual por su mordiente blasfema y, no cabe duda, además, una intensa campaña anticristiana que se compadece mal con la presunción de la hegeliana “muerte de Dios” renovada a su manera, sobre las huellas de Max Weber, por la poderosa maquinaria funcionalista. El activismo laicista ha roto en algunas universidades españolas, por otra parte, en una simple y rudimentaria provocación que pretende impedir la libertad de culto a base de forcejeos y parodias irreverentes, una empresa burda que queda ya muy lejana de la militancia ateísta tradicional. Una cosa era el último Puente Ojea estirando al límite sus argumentos y otra bien diferente la coacción pandillera que vienen protagonizando entre nosotros cuatro insolventes amparados por la permisividad rectoral.

 

Mal asunto, en todo caso, ver acosada la libertad de conciencia y cuestionado el soberano derecho al respeto que asiste a los creyentes en lo que sea y que con su actitud tratan de negar estas nuevas inquisiciones, porque con razón se dijo que si el ateísmo lograra propagarse daría lugar a una nueva religión tan intolerante, al menos, como las antiguas. El tiempo ha acabado confirmando la previsión de Balzac de que una sociedad de ateos impondría sobre la marcha una nueva religión.

El peor “caso”

La tumba del “régimen” va a ser, con toda probabilidad, el descubierto negocio de las prejubilaciones falsas. No pasa día sin novedad sobre esa saga increíble en la que van apareciendo madres, suegras, vecinos y amigos, aparte de algún “conseguidor”, prejubilados por la Junta fraudulentamente y en las más absoluta oscuridad, a pesar de que esté todavía por explorar el grueso de los expedientes tramitados bajo esta sombra protectora. Nunca la autonomía sirvió para organizar un fraude de proporciones tan descomunales ni circunstancias tan indecentes. El error y la culpa de Griñán están en no haber sabido valorar a tiempo la gravedad de un chanchullo que, desde luego, no ha podido escapar al electorado.

Matar un ruiseñor

Los adictos al antiamericanismo suelen encontrar su más demoledor argumento en la actitud de la gran potencia mundial respecto de esos derechos humanos en cuyo nombre funda ella nada menos que la razón de sus guerras exteriores. No son comparables los modelos sociales o políticos de la gran potencia y la mayoría de los países medianos y más chicos cuyos regímenes se sostienen apoyado en el brazo de hierro de una Justicia sin limitaciones y para los que el individuo y su razón suprema poco o nada significan. En este mismo momento crece un sordo pero profundo rumor en todo el mundo contra la situación a la que se ve sometido en la base de Guantánamo el soldado Bradley Manning, reo de haber filtrado la documentación que sirvió de base al escándalo Wikileaks, una situación extrema que oficialmente se trata de justificar en base al riesgo de suicidio del detenido, al que se somete a una insoportable vigilancia continua en régimen de aislamiento y, según innúmeras denuncias a las que se ha sumado incluso Amnistía Internacional, a un trato inhumano indiscernible de la tortura. Por otra parte, en una prisión georgiana aguarda el momento de su ejecución (el cuarto en cuatro años) un recluso, Troy Davis, condenado ¡hace veinte años! justos por el presunto homicidio de un policía, sin prueba material alguna y con base en una testifical de la que, con el tiempo, se han retractado ya siete testigos. Un dato para la reflexión: en los cuatro lustros que Troy lleva en el corredor de la muerte, nada menos que noventa condenados han escapado de ese corredor tras comprobarse su inocencia. El argumento del error irreparable que implica la pena capital no acaba de penetrar la conciencia popular de aquel gran país a pesar de su carácter indiscutible.

 

A la democracia americana le va a ser cada día más difícil mantener su papel de guardián de los derechos humanos en el planeta junto a esas actitudes feroces que incluso parece que, circunstancialmente, se reafirman en los últimos tiempos como consecuencia de la no poco explicable pero siempre irracional obsesión por la seguridad. No se puede operar como abanderado de una estrategia democrática universal y mantener a un tiempo, dentro del propio país, temibles ergástulas y anacrónicos mataderos humanos, es paradójico y escandaloso abrir simultáneamente varios frentes bélicos en defensa de los mismos derechos del hombre que en casa se les niega a los propios ciudadanos. El soldado Manning y el condenado Davis constituyen un duro testimonio contra la ilusión democrática y un escándalo mayúsculo que desacredita sin remedio al llamado “mundo libre”.

Concepto de corrupción

Qué sea la corrupción depende, de momento, del criterio de cada partido (y de cada ciudadano) y ni que decir tiene que cada cual arrimará inevitablemente el ascua a su sardina. El PSOE andaluz, por ejemplo, teniendo 106 cargos públicos imputados –incluyendo 39 candidatos a las próximas municipales, de los cuales 36 aspiran a sus respectivas alcaldías– presume en público de que no lleva ninguno, mientras que el cabeza de lista por IU a la alcaldía de Sevilla “distingue” entre “llevárselo calentito” (sic) y lo suyo, que no sería más que un presunto delito por venta ilegal de terrenos y otro por agravio a los derechos de los trabajadores. Oigo decir a Llamazares que él y unos cuantos han solicitado que este “presunto” dé “un paso atrás”. Convengamos en que menos da una piedra.