La ola populista

Parece seguro ya que el ganador de las elecciones peruanas del domingo ha sido ese controvertido personaje que es Ollanta Humala, vencedor en la recta final de la no menos inquietante Keiko Fujimori, hija del ex-presidente hoy encarcelado. Ya tenemos, pues, una pieza más, ajustada en el puzle populista del mapa sudamericano, en el que Humala, por más que trate de disimularlo de momento, se suma al modelo instaurado por Hugo Chávez en Venezuela y correspondido por Evo Morales en Bolivia o Rafael Correa en Ecuador, por no hablar del difuso tardoperonismo de los Kirchner. Para un observador atento, sin embargo, este fenómeno galopante no surge simplemente de la realidad sociopolítica sino que recibe un importante apoyo de una intensa corriente teórica que se esfuerza por relegitimar el populismo despojándolo del sentido peyorativo que, por muchas razones, se había agenciado, especialmente en aquel hemisferio. Cuando leí hace unos años la obra del argentino Ernesto Laclau y la de su compañera Chantal Mouffe –hablo, sobre todo, de “La razón populista” y de “Hegemonía y estrategia socialista”–, con su sugerencia de la apertura política a los sectores marginados de la sociedad en oposición a una presunta alternativa tecnocrática, comprendí que ese círculo cuadrado contenía, en realidad, una viva legitimación de los diseños populistas de los que, a pesar de las experiencias acumuladas, parece que algunos no han escarmentado. Pero fue quizá un conocido artículo del premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, “Los populistas a veces tienen razón”, el que me convenció de que, como suele suceder, a los movimientos políticos de amplio alcance en pocas ocasiones les falta el apoyo teórico. Estoy convencido de que en la política española de los últimos años han influido estas propuestas tanto como el peso de una creciente realidad que las encarna, lo que quiere decir que esos caudillos que proliferan y salen legitimados de las urnas, no están solos sino bien acompañados. Hugo Chávez no sólo ha recibido apoyo de intelectuales españoles procedentes de FN o IU sino del propio Noam Chomsky, aunque personalmente estoy convencido de que, implícita o indirectamente, se ha beneficiado también de esa fuerte corriente doctrinal.

 

Nadie tiene derecho a cuestionar el resultado de las urnas, pero eso no significa que de ellas no puedan salir fórmulas y modelos equivocados o incluso, como en el caso que se cita siempre, un régimen tan terrorífico como el nazi. No tardaremos, seguramente, en despejar las últimas incógnitas ahora que Perú casi cierra el cuestionable círculo que esos pensadores andan presentando como virtuoso.

A partir el piñón

Los sindicatos “de clase” han visitado al presidente del Partido Popular, Javier Arenas, en tanto frente a la sede de la Junta se abroncaba al Presidente –muy justificadamente, por cierto– en protesta respaldada por aquellos. Tacto se llama eso, tacto y mano izquierda para ir preparando el terreno por lo que pueda pasar y, de paso, borrar en la medida de lo posible cuanto de la “derecha que viene” han dicho y respaldado públicamente esas organizaciones hasta antier por la mañana. “Primum vivere”, decían los romanos, y los sindicatos parecen haberse adueñado del adagio, lo cual no deja de tener su lado apaciguador y razonable por más que se pueda ver en ello el efecto del oportunismo.

Champán náufrago

Mientras el mundo sigue si marcha a rastras de sus guerras declaradas y sus revoluciones impredecibles, su crisis insondable y sus misteriosas epidemias, en un pueblecito finlandés situado en el archipiélago Aaland, se celebró el viernes pasado una subasta insólita. Se trataba de pujar por dos botellas de champán francés –una Veuve Cliquot y otra de la desaparecida marca Juglar—recientemente rescatadas de un pecio hundido hace la intemerata en aquella aguas heladas junto a un cargamento de la misma mercancía. La inevitable concentración de expertos y subasteros, aparte de un espectacular despliegue para seguir en Internet la marcha de la subasta, han conmocionado la vida de aquel tranquilo rincón que ha visto con estupor como las ofertas subían alocadamente con anterioridad a la almoneda pasando desde el precio de salida de 10.000 euros a nada menos que 100.000 ofrecidos por algún “connaiseur”. Sé que la cata de una de esas frascas ha resultado un éxito rotundo, dado que la frialdad de las aguas han protegido al corcho de su proverbial enemigo, pero no he tenido humor para seguirle la pista al resultado, francamente, convencido de que, cualquiera que haya sido, forma parte de este auge de las subastas que está siendo provocado por el súbito enriquecimiento de los países emergentes así como por el paradójico boom de los privilegiados beneficiarios de la crisis. Hace bien poco hemos visto adjudicar en una suma considerable las cartas adolescentes de amor que escribió Liz Taylor a un zangolotino quinceañero, por más que la palma en este terreno se la lleve, de momento, la puja mantenida en una importante firma de subastas por las orejas del “doctor Spock”, el de la serie Star Trek. El capricho millonario discurre independiente, como puede verse, de las duquitas de este perro mundo que está a punto de incendiarse por los cuatros costados sin turbar el apacible sueño de los afortunados.

 

La imagen de ese tesoro líquido, que ha permanecido en las profundidades y por espacio de casi dos siglos, constituye un símbolo idóneo de la condición imaginaria del valor, de paso que nos pone en la pista de por dónde van los tiros en la estimativa humana, ese impredecible capricho que sobrevuela inalcanzable sobre sus problemas reales, ajena a la suerte de la especie y, por descontado, indiferente a cualquier convención moral. Los buceadores que han degustado ese náufrago elixir no se deciden a la hora de comparar su paladar con un licor o un muscat pero su cotización podría haber batido todos los récords. En un mundo afligido por el hambre y la sed, no habrá que subrayar cuanto revela este cuento del champán bicentenario.

Indigno último acto

Está resultando desmoralizador el último acto de la legislatura. Hay gobierno regionales en los que los entrantes acusan a los salientes de destruir o escamotear masivamente la documentación oficial, hay Ayuntamientos grandes y pequeños dedicados a “legalizar” facturas irregulares a base de improvisados reconocimiento de deuda a los acreedores, hay adjudicaciones de mayor cuantía concedidas “in extremis” por ediles “en funciones” a saber por qué pero, en todo caso, condicionando irreparablemente al sucesor con esos compromisos, van y vienen las máquinas por algunas instituciones trituradoras de documentos, y hasta se ha recurrido a aceleradas quemas de sabe Dios qué papeles. Un espectáculo denigrante, una exhibición de trampeo impropia de una democracia cada día más mediatizada por los intereses de los partidos.

El rey tapado

Un verdadero aluvión de protestas ha provocado la decisión de la Casa Real de prohibir en adelante a los periodistas el acceso a los encuentros con el monarca y su familia que tengan lugar en los palacios de La Zarzuela o El Pardo. Ha sido de órdago, pues, el real cabreo tan ásperamente mostrado el otro día por el Jefe del Estado frente a un indefenso grupito de informadores uno de los cuales tuvo la osadía de preguntarle –en tono bien amable, por cierto—por su estado de salud, y sus edecanes se han precipitado a cortar por lo sano decidiendo que, en lo sucesivo, esas comparecencias de la regia familia no serán cubiertas más que por fotógrafos, oigan, que una imagen vale más que mil palabras y además no habla, que es lo que parece preferir el protocolo. Apagón y a otra cosa, en resumidas cuentas, como si España fuera Guinea o Bahrein, ya que, por lo visto, el cabreo del Rey prima sobre las más elementales reglas del juego democrático en un Estado en el que él es precisamente el Jefe y, por tanto, la primera personalidad de la vida pública, tantas veces sometida por la jurisprudencia a las incomodidades de la publicidad. Personalmente me agarro más a esta razón del carácter público, es decir, político, de la Familia Real, que al más cicatero argumento de que, al fin y al cabo, esa familia vive –todo hay que decirlo, muy generosamente– del dinero público, lo que en absoluto quiere decir que no tenga en cuenta aquella razón. Hay que reconocer que la prensa puede ser muy pesada, sobre todo con los famosos, pero no veo por qué motivo una familia entre todas las españolas ha de tener derecho al sigilo mientras asistimos al asalto generalizado de la intimidad de las demás. El Rey ha podido sentirse molesto a causa de las especulaciones sobre su salud, bien, ¿y qué? Incluso admitiendo la extravagancia de su inmunidad legal consagrada por nuestra Constitución, nada puede justificar su autoexclusión de la vida pública sino todo lo contrario. Imaginen si esos periodistas decidieran dar la espalda e ignorar en el futuro a una Casa Real que cuando ha hecho falta ha recurrido incluso al fotoshop para camelar al personal con una imagen falsa.

 

Este asunto no debería llegar a más sino ser reconsiderado por sus responsables, sobre todo por una razón: porque los españoles no son súbditos sino ciudadanos, que es una cosa bien distinta, por no hablar de que también son contribuyentes que mantienen a esa familia en régimen no excesivamente austero. Todo ello sea dicho sin el menor encono, aunque también sin olvidar que al menos un miembro de la Casa estaría hoy excluido de esas comparecencias de no haber emparentado con ella.

De Anguita abajo, ninguno

Nadie ha rellenado el hueco dramático dejado por Julio Anguita en la coalición IU. Da pena escuchar las propuestas ideológicas de esos ganapanes, asistir el espectáculo de sus estrategias post-electorales, tomarle el peso a las demagogias insustanciales de unos y de otros. Su petición de dimisión a los dirigentes cordobeses está cargada de razón y su significativo silencio sobre el conjunto de la organización regional no deja de ser elocuente. Claro está que éstos no tienen la culpa de su estatura ni es cosa de compararse siempre con aquel líder excepcional que tuvieron, pero lo que tampoco tienen es sentido de la responsabilidad. No tienen más que verlos y oírlos tras el fracaso del 22-M, funámbulos sobre el peligroso alambre del oportunismo y agachados ante un PSOE que los despreció siempre.