El puñal de Saladino

El sultán Saladino encontró una mañana en su tienda un puñal con un breve mensaje conminatorio. Se lo enviaba el fantasma y mano negra de los chiíes, el ejército secreto del “Viejo de la Montaña” que se proponía conquistar el mundo por el terror, asistido por su legión de “hashashin”, aquellos asesinos templados hasta el delirio por “la verde yerba de Estambul”, como diría Valle, y a los que, luego de una experiencia en un paraíso real se les encomendaban sus célebres magnicidios. No debe ser cierto el cuadro del mítico personaje que pinta Marco Polo pero sí lo es mucho de lo que se sabe de ese invento del terror como arma suprema ante la que parece desfallecer cualquier posibilidad de defensa. Así fue el mundo tras aquel durante siglos y así ha ido el nuestro desde el 11-S, hito que separa con fuerte trazo en la historia de las mentalidades la imagen de un mundo confiado en su propia relación de fuerzas, de la de otro en el que ya la ventaja viene a ser función de la astucia y, en consecuencia, efecto del misterio. La muerte de Bin Laden nos ha sorprendido de madrugada cuando ya, probablemente, la esperanza de su captura quedaba lejos y hasta resultaba frecuente la especie de su muerte, la leyenda cidiana del héroe que cabalga después de muerto, atado a su rocín, ante el pavor y la impotencia de sus adversarios. Tiene fuerza la imagen del líder refugiado en la montaña inaccesible, prácticamente inaprensible como protegido por un efecto casi mágico, sublimado en el ideal colectivo de una inmensa turba que confía en sus oscuros recursos y espera del terror la respuesta a sus anhelos seculares. No estamos en el siglo XII pero el inconsciente no entiende de cronologías. Bin Laden ha sido el último Hassan al-Sabbah, uno y el mismo en la crónica subconsciente de una guerra sin fin librada en pleno infierno en busca del cielo.

 

Ningún problema actual como el de ese nuevo terrorismo de raíz mítica que actúa mediante agentes narcotizados lo mismo en Nueva York que en Marrakech, en Londres que en Madrid, y a cuyo frente sucede a Ben Laden, como sucedió a su prototipo, un émulo que tal vez lo supere en punto a maldad y fanatismo. Al margen de que una ingenua expansión vindicativa haga brindar como ganadores a esos que ignoran el temible alcance de los poderes míticos. Por algo medio mundo contiene hoy la respiración como aguardando la visita de esos “ashashin” que viven entre nosotros a la espera de que les llegue su hora. Quizá Bin Laden ha muerto demasiado tarde. A los mitos no conviene dejarlos madurar en el secarral racionalista. Cuentan que Saladino no permitió, tras lo del puñal, que nadie se le aproximase.

De mal en peor

No tenía sentido la tesis de la Junta de culpabilizar en solitario de las prejubilaciones falsas a un director general, el de Empleo. Operaciones como ésas son de las reservadas a los consejeros y exigen el visto bueno de la Presidencia, y así parece confirmarlo esa prueba aportada por la oposición que sitúa a Chaves de árbitro y componedor, en un ERE, fraudulento entre sus dos consejeros concernidos. Éste era un mal asunto en cualquier caso pero lo está empeorando por momentos la absurda estrategia de tratar de quitarse el muerto de encima de esa manera tan simple. No se manejan miles de millones de las viejas pesetas sin intervención de los de arriba, ni siquiera en la Junta.

La paz social

Me pregunta un a antiguo alumno qué fue de aquella ley de la sociología del trabajo que pronosticaba el conflicto a partir de de cierto nivel de paro. Le respondo que, más que una ley y aparte de su vaguedad, aquella era una presunción lógica que no siempre se ha visto confirmada por la realidad, aunque allá por los últimos 60 o primeros 70, recuerdo nada menos que a Pierre Naville embarcado en alguna polémica por el estilo en la que echaría su cuarto a espadas André Gorz. La idea de que la normalidad social quiebra con el fracaso que supone el desempleo tiene toda la lógica del mundo, pero me da la impresión de que, aparte de la sociología, hay otras disciplinas que tendrían mucho que decir sobre el tema hoy día, empezando por redefinir la capacidad lenitiva que corresponde a instituciones como el amparo público o la ayuda familiar en situaciones críticas, por no hablar de esa especie de mecanismo autorregulador que es, en definitiva, la economía sumergida. Sin contar con ellos, no cabe duda de que el sistema social se resentiría gravemente del desempleo en situaciones como la española actual, pues la verdad es que cuesta imaginar cómo mantener la paz cívica en una colectividad en la que cinco millones de ciudadanos carecen del puesto de trabajo –al que tienen derecho constitucional, por cierto– sobre todo si entendemos que ello significa que un millón y medio de hogares carece en este momento de cualquier tipo de ingreso, por no hablar de provincias como la de Huelva donde huelga a la fuerza el 32’9 por ciento de la población activa. En todo caso, sin la ayuda prohibitiva del subsidio de paro, y sin los parches que suponen los diversos salarios sociales o la ayuda caritativa aportada por las organizaciones religiosas, en especial por las católicas, es seguro que la famosa economía sumergida no habría bastado, como hasta ahora, a contener la protesta dentro de sus bardas. La paz social de que disfrutamos en España no es un logro, es un milagro.

Lo que habría que plantear es la capacidad de resistencia de una situación semejante, es decir, hasta cuándo podrá sobrevivir esa legión de marginados cuyas perspectivas son hoy por hoy tan funestas como sugiere el hecho de que cuarenta y cinco de cada cien  jóvenes en edad de trabajar no tengan donde hacerlo. O mejor dicho, hasta cuándo esa situación podrá sobrellevarse en régimen de paz social, sin que el lógico conflicto termine aflorando, lo que parece inevitable si se confirma esa vuelta de tuerca que supondría una nueva regulación del empleo. ¿Sobrepasar los cinco millones de parados? Lo malo de vivir de milagro es que nunca sabremos si amanecerá al día siguiente.

El ocaso sindical

Ha sido mala la jornada del 1º de Mayo para los sindicatos. Poca gente en sus convocatorias, aforos mermados, la credibilidad por los suelos. Hubo más gente en los actos espontáneos festivos que en los políticos, como sin el personal estuviera de vuelta ya de monsergas y pregones. Sin que faltaran enfrentamientos dialécticos entre parados y profesionales de la política en medio de un clima de general desconcierto. Tendrían que darse la vuelta como un guante esos sindicatos dóciles que no han hecho otra cosa durante la crisis que figurar en el cortejo del Poder. Quizá nada será igual cuando salgamos de ese foso profundo. Pero los sindicatos no tendrán que esperar para ver confirmada su decadencia.

La ganga de Trump

El millonario yanqui encaprichado con la Presidencia, Donald Trump, ha encontrado una auténtica ganga en la controversia sobre la nación de Obama. De poco ha servido que, alarmado por el volumen del rumor, el propio Obama haya decidido publicar el documento que acredita su nacimiento en territorio americano, condición imprescindible para presidir el país, pues Trump y los famosos “birthers” insisten en su tesis incluso ante la evidencia documental, frente a  una opinión en la que las encuestas han descubierto que apenas un 30 por ciento de los republicanos y un 53 de los independientes creen la versión avalada por el documento publicado. Desde el lado de Obama se sostiene que el asunto no pasa de ser una teoría de la conspiración más, paralela a ésas otras incombustibles que imputan a la mano negra del Poder la catástrofe del 11-S o las que insisten en que ese Poder oculta a sabiendas a los ciudadanos la realidad extraterrestre, pero tampoco faltan quienes vean en la ofensiva republicana un trasfondo racista que tiene que ver más con la raza del primer mandatario que con su significado político: nunca se cuestionaría el lugar de nacimiento del Presidente en caso de ser blanco. No se sabe qué más puede hacer un hombre para demostrar su nación, una vez exhibido literalmente su certificado de nacimiento y, por supuesto, sin que nadie haya podido sugerir siquiera una tesis concreta en contra de la prueba registral. Trump mira alrededor complacido y deja hacer a esos fanáticos, porque muy probablemente al fanatismo antes que a nada haya que endosar la causa de este emperre tan poco sensato que autoriza a pensar que, en el fondo, funciona más como resultado de una auténtica implicación emocional que como efecto de un convencimiento de razón. La obsesión de acabar como sea con ese “jefe negro de la Casa Blanca” mueve como autómatas a esos sectarios para los que las pruebas documentales poco significan. La conspiración y el complot encuentran indefectiblemente nuevas vías cada vez que se le cierran otras.

Obama parece haber dado por cerrado el debate con la publicación del documento, e insiste en que la absurda gravedad del caso no estriba tanto en que se dude de él mismo como en que se desvíe la atención ciudadana de los graves y costosos problemas –la crisis o las guerras exteriores– que tiene planteada hoy día la nación americana. Pero la ganga de Trump sigue ahí, levantando nuevos perfiles a la sospecha, insistente en su necedad, empestillada en la simple sombra de la duda incluso después de la prueba. Trump el blanco sabe lo que hace, después de todo. El negro Obama sabe que, lamentablemente, le corresponde el peso de la prueba.

En plena emergencia

Los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) para el primer trimestre son demoledores. Ya no caben monsergas ni augurios, pamplinas oficiales ni matices desdramatizadores: casi un millón doscientos mil ociosos, tres de cada diez andaluces en edad de trabajar parados y sin la menor perspectiva de empleo no son un mal paisaje sino que constituyen una situación límite. Por supuesto que hay lenitivos para esa tragedia (el subsidio, la ayuda de la familia, el trabajo sumergido) pero ni por ésas puede contemplarse esta Andalucía sin sonrojo y sin inquietud mientras nuestros junteros forcejean a hurtadillas en su guerra interna. Lejos queda la imagen de la Andalucía explosiva, por fortuna. Demasiado cerca, en cambio, la de la Andalucía entregada.