Lo dice un histórico

Un histórico del PSOE como Carlos Navarrete ha hablado alto y claro, con la espontaneidad que siempre lo caracterizó. Ha dicho que “el PSOE es un partido inexistente compuesto sólo por concejales y cargos públicos”; que en el partido “hay más cargos públicos que militantes”; que en el último año se ha manifestado “con un total desapego entre los dirigentes del partido y los intereses de su electorado natural”; que si “los partidos son víctimas de las consecuencias la crisis” también es cierto que “la crisis se alimenta de la incompetencia de los gobernantes en dar respuestas”; y que “el PSOE se ha parasitado extraordinariamente y no le llega la savia nueva”. Huelgan comentarios. Lo dicen ya los históricos.

Un saco de harina

¿Ustedes alcanzan a explicarse el lacerante enredo de los niños robados? ¿Cómo es posible que durante décadas haya funcionado esa auténtica mafia que comerciaba con los recién nacidos de madres pobres para satisfacer las ansias de paternidad de parejas pudientes pero infecundas? El escándalo acaba de surgir también en Argentina donde el clamor por el robo de los niños nacidos en cautividad durante la dictadura militar no ha permitido hasta ahora reparar en los millares de criaturas arrebatadas a sus padres o vendidas por ellos en plena democracia a consecuencia, sobre todo, de la complejidad de unos procedimientos legales de adopción que prueban que la autoridad, el Estado en definitiva, ha confundido su legitimo objetivo de proporcionar una familia a los niños desamparados con el de ofrecer bebés a las familias demandantes. He leído documentos estremecedores que apuntan, entre otras cosas, que apenas uno de cada cuatro niños adoptados lo ha sido siguiendo la vía legal, mientras que diversas organizaciones denuncian que la venta de recién nacidos que ha disparado la demanda europea se rige por un sistema de precios que oscila entre los 40.000 y los 80.000 euros en función del sexo y del color de la piel, pero que aparte de atender las peticiones de familias adoptantes atiende también sin remilgos los pedidos de la canalla traficante dedicada a la prostitución o a la pornografía infantiles. Hay datos escalofriantes como el que asegura que una pequeña localidad de Santiago del Estero la media semanal de desaparecidos ronda la docena de casos. Y alguna denuncia de que esos trueques, forzados tantas veces por la indefensión y la miseria absoluta, han llegado a tasarse a la baja en un puñado de billetes, una casa y hasta en un saco de harina. Todo con la complicidad criminal o simplemente insensata del personal sanitario, del funcionariado judicial y de algunas instancias religiosas. Entre los crímenes ocultos de la sociedad desigual ninguno quizá tan alevoso como necesitado de castigo.

Asombra comprobar hasta dónde pueden llegar la obsesión por la paternidad y la fantasía de un instinto materno capaces de conciliar su vehemencia con la infamia de un montaje como el que se está descubriendo amparado por la incompetencia y quizá por la ceguera voluntaria de los poderes públicos. Porque no hay ninguna grandeza en satisfacer una obsesión caprichosa pero sí una incalificable maldad en participar en un sistema que llega a fijar en un saco de harina el precio de un ser humano. Hasta de la prole ha logrado hacer mercancía el fracaso moral de una sociedad. Junto al amparo de los vendidos sólo cabe esperar ahora el castigo de marchantes.

La jueza no traga

Otra vez le concede la jueza Alaya cinco días a la Junta para que le remita los “expedientes auténticos” de los EREs. Dice que lo que le han mandado hasta ahora no es sino “un cúmulo de folios desordenados, inconexos y repetidos, realmente impropios de cualquier órgano de la Administración”, es decir, el conocido truco del aluvión de papeles para ahogar al juzgador pero, encima, manga por hombro. No nos extraña, desde luego, porque aquí mismo se publicó la correspondencia del director general de la cosa solicitando a las aseguradoras, por vía de urgencia, papeles elementales para construir como fuera los expedientes requeridos. Y ello no es más que la consecuencia de una gestión llevada por la Junta de espaldas a la normativa e incluso a la legalidad. Cerrar en falso este caso sería un desatino pero, sobre todo, sería una injusticia sin precedentes.

¿Otra izquierda?

El fracaso electoral de la izquierda en las elecciones va a abrir, por fin, el debate sobre el viejo sistema bipolar aunque, de momento al menos, no se oigan más que comentarios defensivos que no hacen sino traslucir la indigencia ideológica que suele propiciar el desconcierto, como esos, procedentes del ámbito tardocomunista, que justifican su fracaso en los comicios con el argumento de que “el pueblo se ha equivocado” o, incluso, se permiten ultrajarlo diciendo que esta sociedad “deja mucho que desear”. Desde su observatorio de Berlín, Ignacio Sotelo ha explicado que los cambios de la sociedad han dejado fuera de juego los tres modelos históricos del socialismo –el soviético, el socialdemócrata y el neoliberal—sencillamente porque han privado al proyecto de su base social, en la medida en que no es posible apoyarse en un esquema clasista cuando el trabajo ha dejado de ser, de hecho, el “eje que articula la vida”. Lo que no hace Sotelo ni nadie es decirnos “qué hacer” –responder a la clásica pregunta de Lenin—en un medio social tan distinto para refundar la utopía, máxime cuandola acción política ha de insertarse en un marco asociativo que reduce al máximo el margen de los Estados a la hora de adoptar decisiones socioeconómicas. No querer ver que el Sistema ha logrado imponerse en esta etapa histórica hasta el punto de conseguir que prevalezca un único paradigma ideológico y que, como consecuencia, la praxis política deba excluir cualquier tentación de actuar al margen de aquel, es cerrar los ojos voluntariamente. Hoy el par derecha-izquierda ha sido fundido en un prototipo práctico único, ése que “ha aceptado el neoliberalismo como última expresión de la racionalidad económica” (Sotelo) de tal manera que cualquier partido en el poder deberá ajustarse a él o será arrollado críticamente por la realidad.

No importa quién, cualquiera encaramado a un Gobierno europeo deberá aplicar las recetas que fortalecen esa racionalidad como único medio para mantener la relativa y decreciente prosperidad. El “Welfare State”, convertido por la crisis en “Estado del malestar”, es ya un recuerdo añorado, por más que su herencia no deje de ser importante. Quien quiera una izquierda realista actualmente tendrá que reinventar la utopía. Y esa tarea nada tiene que ver con una izquierda que, desconectada sin remedio de la lucha directa, concibe a sus partidos como meros instrumentos electorales. Los Solchagas y los Solbes no se distinguen ya en nada ideológicamente de los Rato o los Montoro: lo demás son cuentos. La Izquierda necesaria ni está ni es esperada. La esperanza y la desesperación aparecen hoy teñidas de un único color.

Cuestiones de principio

Gran alboroto a propósito de la oferta del PP a IU para desplazar al PSOE de su fortín de la Diputación de Huelva. Dicen que se trataría de un pacto “contra natura” y, en cierto sentido, claro que lo habría de ser, pero no entiendo entonces por qué los mismos apoyaron en su día con entusiasmo la famosa “pinza” que acogotó a Chaves en la Junta. Por su parte, el ala dura de IU insiste en su propósito de aislar al PP como sea, pero parece dispuesta –contra la voz de los propios concernidos—a apalancar al PSOE en la autonomía extremeña. Los principios en esta política son de quita y pon. Y la verdad es que esperar otra cosa de estas minervas sería, sencillamente, una ingenuidad.

Volver a Delfos

Siempre confiaron los hombres en los pronósticos. En Delfos, la Pitia respondía en nombre de Apolo a las preguntas con voz melodramática, ni que decir tiene que atendiendo al guión preparado por los sacerdotes, y por eso hasta allí –a la sombra del monte Parnaso desde el que bandadas de pájaros negros se descuelgan hacia el inmenso valle o se aventuran hacia el mar– acudían grandes y pequeños antes de emprender sus negocios. La predicción es el sueño irrefrenable de la imaginación, por más que en manos de la sociología –esa “ciencia mostrenca” que decía Unamuno—se haya reconvertido en un instrumento científico capaz de augurar el porvenir no interpretando el vuelo de los pájaros o escudriñando vísceras sacrificiales sino, sencillamente, averiguando las tendencias del criterio público a través del control de las opiniones individuales. Nadie acababa de creerse lo que anunciaban las encuestas para el pasado 22M hasta que las urnas han corroborado su anuncio, en algunos casos con absoluta precisión y un notabilísimo detalle. La desconfianza de la opinión ante el anunciado cambio, se debía probablemente a una proyección temerosa del propio deseo de cambio que los resultados han confirmado finalmente aunque, insistamos en ello, apenas alguna voz aislada se ha alzado para reconocerlo. Las técnicas de prospección actuales han afinado tanto como demuestran sus aciertos y más afinarán a medida que se perfeccione un instrumental que está cambiando a paso rápido apoyado en el progreso informático. Hasta los neurólogos andan ya de por medio en esta aventura que es la profecía sobre unos comportamientos sociales que, a pesar de dificultades como la mencionada anteriormente, cada día resultan más predecibles. Los sondeos anunciaban esta vez que el PP se situaría en las urnas diez puntos por encima del PSOE y así ha ocurrido en líneas generales, y si hoy se repitieran esas mismas encuestas es seguro que una mayoría hasta ayer escéptica o desconfiada se manifestaría ante ellas con un perfil mucho más decidido. También estas mudanzas en la opinión sugieren una madurez democrática que seguirá limitada, no obstante, por la propia proyección de deseo.

 

La sociología choca con la dificultad de superar las preferencias, que en este campo suelen ser vehementes, de un criterio libre de opinar desde el anonimato pero sometido a sus deseos más o menos viscerales, pero los hechos refuerzan su papel e incluso parece probable que contribuyan decisivamente a una mejor comprensión de la vida pública. También Delfos tuvo sus detractores en medio de su esplendor. El oráculo moderno es quizá lo más apolíneo que sobrevive en esta cultura dionisiaca.