El mediador

Casi tanto más que la propia “mediación” del ex-presidente Zapatero en el conflicto venezolano, me llama la atención el visto bueno que a su gestión parece que le han concedido ambas partes. En Venezuela, si es que no andamos todos confundidos, lo que está planteado es la negativa de un Gobierno que perdió las elecciones a reconocer al Parlamento elegido y sus legítimas decisiones, ciertamente en términos vecinos el enfrentamiento civil. Ya me dirán, por tanto, qué clase de mediación puede intentarse entre quienes ocupan el Poder por la fuerza y quienes reclaman la democracia decidida en las urnas. Ha habido anteriormente, como se sabe, intentos intervenciones por parte de políticos como González, pero no se trataba en ellas más que de restaurar una mínima legalidad comenzando por liberar a los presos políticos que el Régimen mantiene encerrados. Esto es distinto –y lo prueba ya que un tipo como Maduro consienta la “mediación”— por la razón elemental de que lo único que hay que conseguir en aquel desgraciado país es que la dictadura derrotada ceda su puesto a una oposición multitudinaria que, hay que insistir en ello, ha ganado limpiamente los comicios. ¿Qué pretenderá “mediar” ZP entre el bolivarismo que tiene al país sometido y en plena ruina y las fuerzas políticas que se encuentran secuestradas en el Parlamento? ¿Es que puede haber un término medio entre la imposición y la legitimidad, qué es lo que Zapatero cree que puede “ceder” una mayoría elegida por el pueblo a un “régimen” visiblemente repudiado y apoyado en la violencia?

Antes que Zapatero el chavismo venezolano ha tenido otros amigos españoles –Vestrynge, por ejemplo, Iglesias, Monedero y otros biempagados “podemitas”, algunas voces radicales aisladas—pero lo que no habíamos visto hasta ahora era acudir en auxilio de la autocracia a un ex-presidente del Gobierno que, por lo demás, no es que tenga acreditado un espectacular currículo de estadista. A González ya lo echaron de malas maneras a pesar de que su intención era por completo justificable, al Rey emérito, al presidente del Gobierno actual o al ministro de Exteriores los ha injuriado con insistencia el propio Maduro. ¿Qué querrá, pues, negociar ZP, cómo se las arreglará para tratar por igual a los legítimos que a los golpistas? No hay trato posible ni justo entre quien reclama desde la Ley y quien resiste frente a ella. La democracia también es indivisible. ZP debería saberlo.

La poca vergüenza

En el curso de su deposición ante los comisionados del Parlamento, el ex-consejero Fernández, tal vez el más claro exponente del desgobierno juntero, ha lanzado contra un líder de la oposición la acusación de la “poca vergüenza”, al tiempo que borraba de un plumazo todo lo investigado por los jueces con el expediente elemental de asegurar que, en realidad, de lo que se trata no es de un “gran fraude” (la expresión es de Griñán) sino un “bluf” provocado por la presión pública y el nerviosismo de los jueces. Y si en algo hay que estar de acuerdo con ese imputado es en que, en efecto, nuestro gran problema es la “poca vergüenza” con que se ha comportado la Administración ante el saqueo del último decenio. La mejor defensa es un buen ataque, ya lo sabemos, pero en boca de muchos de los desvalijadores, aquel argumento resulta entre cómico y trágico.

Femenino clerical

No me ha sorprendido demasiado la “reacción” –y le doy al término su doble sentido— de cierto sector tradicionalista del clero católico ante el compromiso adquirido por el papa Francisco de considerar la posibilidad de admitir las mujeres al diaconado. He visto torcer el gesto al comentarlo incluso a clérigos hasta ahora entusiastas del pontífice, lo que deja claro que, en el fondo, la visión masculina del oficio religioso subyace ahí tan viva como siempre, a pesar, incluso, de la creciente insistencia de los estudiosos en el justiprecio del papel de la mujer en los orígenes de la Iglesia. ¡Una mujer diácona y mañana sacerdotisa!, me dicen con mal disimulado enojo. Y yo les recomiendo la lectura del espléndido libro de Karen Jo Torjesen, “Cuando las mujeres eran sacerdotes”, que editó Jesús Peláez hace unos años, y en el que se dejó claro la altura del papel desempeñado por las mujeres no sólo en el entorno evangélico, sino en la primitiva Iglesia. No está del todo claro, ese tema, por lo que yo sé, pero seguro que las mujeres desempeñaron un papel principal en los orígenes del cristianismo hasta que la oficialización del culto por los emperadores romanos las redujo al rol que tradicionalmente las hembras jugaban en las sociedades clásicas mediterráneas. Hay una basílica en Roma en la que puede verse –por supuesto raspado con celo—el nombre de una “Theodora Episcopa”: para que vean que lo de las mujeres obispos no lo ha inventado el sufragismo anglicano.

No a las mujeres, eso es lo que hay, y lo que parece que Francisco se propone cuestionar, aunque no sea más que hasta el orden del diaconado que, por cierto, fue superior al del presbítero –según el maestro Juan Mateos y otros expertos—durante algunos siglos. En la apretada falange clerical no tiene sitio ni siquiera esa Magdalena que fue auténtica apóstol, y no es probable que llegue a tenerlo al menos a corto plazo. Pero en el haber de este Papa reformador quedará, sin duda, aunque sea el intento de dignificar como es debido a la mujer liquidando una discriminación cada día que pasa más insostenible. Sospecho que Francisco lo va a tener cada vez más crudo no sólo frente al integrismo sino ante el grave peso de una tradición pensada en masculino ya desde Tertuliano. “Fragilidad, tienes nombre de mujer”, se dice que dijo el príncipe Hamlet. Hay tópicos en la práctica imborrables y éste en que se funda la desconfianza del macho es uno de ellos.

El ventilador

Nunca entenderé por qué se quejan los políticos de las habladurías sobre las corrupciones, cuando son ellos los que más contribuyen a manifestarlas e incluso a agravarlas. ¿Puede el PSOE de Filesa, Juan Guerra, los ERE, Invercaria, Fondos de Formación y demás acusar al PP por el lío de Bárcenas, de la Gürtel o de los desmanes valencianos? Pues claro que puede y debe, pero con la condición de rendir cuentas propias también. Porque es molesto escuchar al PP reclamar a Susana Díaz el expediente sospechoso que concierne a su marido pero, bien pensado, si no tiene nada que temer, ¿por qué no lo remite de una vez al Parlamento? La corrupción es cosa de ellos –aunque haya penetrado en el pueblo—y su publicidad aún más. Y eso es algo que sólo se explica por la impunidad.

Inocentes

Entre los recortes de sucesos inauditos que conservo figura uno con la desconcertante historia de un joven de 22 años condenado a catorce años de reclusión de los que cumplió nada menos que nueve antes de ser declarado inocente por el Tribunal Supremo. La criatura permaneció preso todo ese tiempo, no son intentar suicidarse en varias ocasiones, y finalmente, fue puesto en libertad –ya sabe: “Usted disculpe” y todo eso—indemnizado por el Estado a razón de 143 euros diarios, una cantidad que dejaba la obligada compensación muy lejos del millón largo que, con sólidas razones, solicitaba su defensa. Bien, luego se han producido otros –cuyas noticias conservo—lo que no deja de sugerir, más que el fracaso judicial, la mala situación en que se encuentra una Administración de Justicia desbordada por el exceso de litigios y atada de pies y manos por la falta de recursos y entre los cuales está uno reciente, el de Teodoro T.R. al que la Audiencia de Huelva acaba de librar cuando ya llevaba cumplidos tres largos años bajo la falsa acusación de abusar de su propio hijo, y dice la Audiencia ahora que toma esa decisión porque, a la vista de las razones periciales, “no se puede mantener un convencimiento pleno sin dudas de su culpabilidad”. ¡Toma, castaña! A ver quién convence ahora al pobre Teodoro –¡vaya etimología onomástica!—de que la Justicia es una alta dama que, con los ojos vendados, garantiza espada en mano nuestro orden social.

Es triste pero cuesta no apuntarse a la teoría de que hay dos Justicias –una para peatones pobres y otra para presuntos de alto fuste—operando dentro de una democracia que no se preocupa de ellas, como denuncian ya algunos jueces íntegros, si no es la hora de mediatizarla políticamente. ¿No es razonable pensar que estos irreparables “accidentes” dejarían de producirse si jueces y fiscales dispusieran de medios razonables en lugar de caminar urgidos por una excesiva carga de trabajo y ejercer su labor en medio de un soberano caos administrativo? Y en cualquier caso, ¿cómo podrán repararse errores como los comentados una vez que la ergástula haya logrado destruir moralmente a esos condenados inocentes? En USA se cuentan ya por docenas los ejecutados cuya inocencia se ha demostrado tardíamente pero, sin llegar a esa atrocidad, parece evidente que nuestra democracia está expuesta también a esa calamidad que es el error judicial. Me fío más de mi juicio que de mis ojos, decía Diderot. La verdad, uno no sabría que contestarle.

¿Parlamento inútil?

La reprobación parlamentaria del fiscal-consejero de Justicia, parapeto leguleyo de la presidenta Díaz, sitúa a ésta en una posición más que difícil. ¿Lo sustituirá en su cargo, como parece obligado por respeto a la Cámara autonómica, o lo confirmará en él en un nuevo alarde de desdén por la representación parlamentaria? Si el Parlamento está ahí, entre otras cosas, para controlar al Gobierno, lo lógico sería licenciar al consejero reprobado, ya que, en caso contrario, la asamblea de nuestros representantes resultaría inútil. Pero, ay, si lo cesa –sobre todo teniendo en cuenta que ya tiene otro consejero imputado por el TSJA—abriría una crisis preelectoral sin precedentes. Claro que el manotazo con que doña Susana impuso silencio el otro día al presidente de la cámara, nos adelanta la respuesta. Incluso en solitario, el PSOE ha logrado inutilizar de hecho a esa institución.