Veleta obediente

“Hay que dejar ya de hablar de crisis y recesión”, Antonio Ávila, consejero de Economía, Innovación y Ciencia (lunes 10); “Los indicadores demuestran que pasamos de los números rojos a los verdes”, Mar Moreno, consejera de Presidencia y virtual sucesora (martes 11); “Ha llegado el momento del sacrificio del sector público”, Carmen Martínez Aguayo, consejera de Hacienda (miércoles 12); “Los recortes son responsables, razonables e imprescindibles”, José Antonio Griñán, presidente de la Junta de Andalucía (jueves 13). Blanco y negro, ida y vuelta: la Junta no sabe dónde ir pero acude decidida allí donde le marque el Gobierno. Y no se puede decir que sin criterios, porque la verdad es que los tiene de sobra.

La democracia rota

El Ayuntamiento de Valverde ha nombrado al juez Garzón hijo adoptivo de su noble villa. Pudo haberlo hecho cuando Garzón envió a la cárcel al ministro Barrionuevo y toda la cúpula policial señalando a González como la “X” que coronaba la banda terrorista del GAL, y no lo hizo. O cuando el juez obtuvo alguno de sus éxitos contra ETA y el narco, y tampoco lo hizo. Y lo hace ahora, cuando el juez está imputado en tres causas penales, adelantándose a los acontecimientos (que pudieran ser demoledores) y desafiando a la Justicia en toda la línea. Igual que cuando, en su día, desde el partido homenajeaban a Barrionuevo, que ahora cierra contra Garzón en solitario. No debería consentirse que desde la autonomía municipal se ofenda y comprometa los fundamentos de la democracia.

El niño abducido

No parece verosímil esperar una reacción familiar que libre a la santa infancia de la excesiva exposición a la TV. Las estadísticas son aterradoras porque hablan de medias de cinco horas y hasta mayores calculadas para los niños menores de cinco años, a los que la revolución del doble trabajo familiar y la inevitable ausencia de la madre no encuentra otro remedio que abandonar a su suerte ante la imagen devoradora. Miren a un niño en esas edades y comprobarán que mientras permanece atento a sus programas –bueno o malos, instructivos o directamente abominables—sus actitudes son las del infante abducido, ajeno por completo a la realidad, sordo en la práctica incluso ante la interpelación vehemente, víctima en definitiva de lo que Edgar Morin llamó hace muchos años la subyugante “introyección” del espectador. ¿Riesgos? De los ‘Archives of Pediatrics and Adolescent Medicine’ recojo para ustedes las conclusiones de un estudio  en el que se establece, por ejemplo, que el niño que antes de los cinco años consume tele en exceso, disminuye significativamente su rendimiento escolar, lo mismo en lo que se refiere a la capacidad de atención, que en el progreso en matemáticas o en su relación abierta y no conflictiva con los demás. Por cada hora de atención a la pantalla, calculan los autores que el niño despilfarra un 9 por ciento de su actividad física, al tiempo que, al aumentar otros factores de riesgo, lo normal es que incremente su masa corporal en un 5 por ciento sobre la media estimada como óptima. Y no es cierto tampoco que esas desdichas acaben cuando la víctima pasa de los críticos cinco años, sino todo lo contrario, pues los resultados negativos se mantienen. La recomendación facultativa de reducir a menos de dos horas la exposición del niño a la tele es ignorada por la inmensa mayoría de los países desarrollados. Estamos propiciando una marca blanca de autismo cuyas consecuencias sólo conoceremos cuando ya sea tarde.

 

No es discutible que el problema tiene difícil solución, pero tampoco que la sociedad, en el ámbito familiar, no ha sido capaz de dar una respuesta adecuada a la transformación de su estructura productiva. Pero observen ustedes a ese niño absorto ante su mundo virtual, comprueben su desconexión práctica del entorno y se verán obligados a concluir que urge dar con un remedio adecuado si no queremos exponer las nuevas generaciones a riesgos insospechados. La mirada de la serpiente acechando en el electrodoméstico. Nunca sabremos hasta qué punto la sustitución drástica de la realidad por la fantasía en la mente de esas maleables cobayas las inutilizará en un futuro para la vida real.

Desconcierto total

A la vista de las declaraciones de sus máximos responsables, la Junta andaluza no tiene ni idea de lo que está pasando ni de lo que tendría que hacer para ponerle remedio. Esas declaraciones contradictorias, a veinticuatro horas de distancia, lo dicen todo, pero su previsión de que no crecerá el empleo al menos en año y medio –vieja previsión, por cierto—obliga a esos responsables a reconocer su desconcierto y ofrecer siquiera un programa creíble. A base de mimetismo y demagogia, a golpe de improvisación, no iremos a ninguna parte. La Junta debe contar con el apoyo de todos, pero ella debe empezar por reconocer su fracaso.

Pierden los de siempre

Habría que comprobar esas cuentas que aseguran que, con el dinero despilfarrado por su presidenta en la innecesaria y suntuosa sede nueva de la Diputación, podría evitarse el “recorte” que van a hacerle a 30.000 pensionistas onubenses. Se me ocurren otros cálculos similares –un montón—pero no cabe duda de que, sin salir de Diputación, se podría aliviar mucho la situación con sólo renunciar al abuso. Por lo demás, observen cómo la presidenta le da largas al tema de la rebaja del propio sueldo y piensen en la que estaría armando si fuera ella la que se hubiera precipitado a anunciarla y no el alcalde. Si el PSOE no acomete una poda radical de su clientela, todo ajuste será una injusticia. Y probablemente lo será.

La chispa de la vida

Acaba de conocerse un estudio sobre la felicidad juvenil elaborado en 16 países por la Coca-Cola Company, en el que se revelan datos tan inesperados como que la crisis no ha afectado para nada a los dos tercios de encuestados que se declaran  satisfechos con sus vidas. En España, sin ir más lejos, a pesar del desconcierto provocado por el paro juvenil y la consiguiente explotación laboral, parece ser que nueve de cada diez jóvenes se consideran felices con su situación, desconcertante dato que nos sitúa en el segundo puesto de la clasificación europea, y sólo superado por el hecho de que la gente joven de un país en cuadro y en desbandada como Rumanía se muestre aún más contenta con su suerte que nuestros alevines. La extravagante encuesta retrata una juventud en extremo familiar, hogareña y discreta, que valora altamente la amistad, no aprecia a Internet en demasía y oye música sólo en una medida discreta, es decir, todo lo contrario de lo que tenemos a la vista y nuestra experiencia nos va mostrando día a día. Ya ven, “la chispa de la vida”: hay una pseudosociología dedicada a reconciliarnos en falso con la realidad degradada, que funciona como un espejo estimulante en el que se reconforta, al contemplarse, la muchedumbre solitaria, recompuesta en sus rasgos deformados por el reflejo trucado de una amable barraca, porque el optimismo es una droga blanda que engancha al personal en proporción directa a su desdicha. La sociología vio la luz con pretensiones de ciencia crítica y va transformándose poco a poco en una técnica integradora que hace cuanto está en sus números por eliminar el conflicto y propiciar el consenso. A base de dinero, como todo en esta vida.

 

Es significativo que, desde un principio, los grandes talentos de la disciplina presintieran esta previsible degeneración de la moderna adivinatoria. El fundador, Emile Durkheim, precisamente al elaborar “Las reglas del método”, recomendaba ya a la nueva ciencia renunciar al éxito mundano y blindar su rigor a base del esoterismo inherente a todo proyecto científico, y más tarde, quien fue maestro de toda una generación, Georges Gurvitch, concluyó que resultaba imprescindible negarle a sus técnicas toda capacidad profética. Si cualquiera de ellos hubiera tenido acceso a este “Barómetro de la Felicidad” que hoy nos brinda el popular refresco, seguro que se habría visto reafirmado en el prudente pesimismo que es bueno que acompañe como acólito fiel a todo intento de explorar la realidad humana y, en especial, la colectiva. Los doxógrafos griegos sabían de sobra que el negocio del oráculo se basaba en la amabilidad tanto como en el terror.