Dioses caídos

Continúa el aluvión de reacciones en torno a la imagen demacrada del hasta ahora todopoderoso Strauss-Kahn. Junto a las interpretaciones de unos y otros, surgen voces espontáneas con acusaciones conservadas durante casi un decenio en la naftalina más sospechosa, y se hace apreciaciones que pretende ofrecer una explicación razonable del espectacular batacazo. La de Elena Salgado, por ejemplo, retratándolo como un caballero de “carácter muy fuerte” fue estupenda porque, polémicas aparte, de lo que se acusa a DSK no es de extremar el trato sino de un intento criminal de avasallar lo más sagrado de una persona. O la de los que elucubran sobre la posibilidad de una explicación que encaje en el marco ambiguo de de una eventual relación consentida, no se sabe hasta qué punto, y en la que el ogro recobraría no poco su perdido perfil humano. ¿Y saben una cosa? Como doy por seguro que nunca hemos de llegar al fondo de este putiferio, me agarro a dos clamorosas evidencias. La primera es la energía democrática de esos EEUU que serán lo que quieran quienes no se levantan ante su bandera pero acaban de dar, una vez más, el ejemplo rotundo de las democracias genuinas al ponerle las esposas a un tío –con categoría de Jefe de Estado– no se olvide, y hacerle guardar cola ante el juez con barba de tres días. La segunda concierne al despilfarro asumido y, por eso mismo, casi inapreciable, concretado en esos tres mil euros que el fogoso prócer pagaba al día –ni qué decir tiene que a cuenta de usted entre otros– por su suite de lujo en su fastuoso hotel. De manera que el gran gestor de la crisis, el encargado de redimir al planeta de la ruina causada por el Sistema al mundo de los terrícolas, se pulía cada noche sólo en dormir lo que infinitas familias precisarían para sobrevivir un trimestre. Cuando oigo eso de que la “gauche caviar” acaba de sufrir un duro golpe, créanme que lo único que lamento que es que el estacazo no la haya rematado.

 

También echo de menos el treno feminista, y pienso que tal vez ello se deba a que esa militancia está más vinculada a la izquierda que a la derecha. ¿O ustedes creen que el insigne dúo Bibiana-Pajín permanecería callado si un prócer rival se viera en las que se ve su conmilitón? ¿Se imaginan a Salgado aplicándole lo del “carácter fuerte” a un Sarkozy pongamos por caso? Va a dar mucho que hablar el caso, no hay duda, sobre todo en el supuesto, no poco verosímil, de que al todopoderoso le caiga encima una de esas condenas de película. Por lo que dicen que ha hecho DSK, en España tendría asegurado comerse el turrón en casa para Navidad. Menos mal que todavía hay democracias imperfectas que funcionan como es debido.

Al margen de la ley

Hoy es el “día de reflexión” establecido por la ley Electoral y garantizado por las Juntas Electorales. Un día necesario para calmar los ánimos y proporcionar al criterio una indispensable distancia con el ruido de la campaña. No respetarlo –como no se respetara ya cuando la tragedia de Atocha—simplemente porque así lo exige una ínfima minoría constituiría un fracaso paladino del Estado de Derecho, aparte de establecer un precedente temeroso para cualquier minoría que, en el futuro, pretenda imponer su criterio a la inmensa mayoría. Vamos a ver cómo se las arreglan los mismos que han aplaudido a esa “indignación espontánea” para reconducirla ahora al único cauce legítimo. Si no logran algo muy grave habrá quebrado en la democracia de todos.

Puerta falsa

A la democracia –estado superior de la convivencia, por ahora—se puede entrar por la puerta grande o por el postigo de atrás. Recuerden cuando en España, por poner un ejemplo, nos metieron en ella, felizmente, un rey que había sido jefe de Estado de la Dictadura y un secretario general del Movimiento. Pero por ésa misma lógica parece probado que por esa puerta falsa también se puede salir. Ésta que tenemos está al borde del soponcio e instalada en el descrédito más absoluto, pero es la que hay, al menos mientras alguna minerva no discurra otra más eficiente y honorable que pudiera sustituirla con ventaja. Esas voces contestarías que se han levantado de pronto exigiendo la muerte del Sistema expresan un estado de ánimo que cae bastante más próximo del conflicto que de la solución, una suerte de reacción nihilista rebajada, de momento, por el sifonazo de la corrección política, pero en la que el sentimiento sobrevuela la razón y en la que la gestualidad prima sobre el concepto. Nadie sabe qué quieren, porque ellos tampoco saben nada fuera de que no quieren lo que hay, y ése es un respetable argumento cívico y político sin la menor virtualidad real. Era raro, desde luego, que el triste espectáculo de nuestra “realpolitik” –no tienen más que reparar en la miseria maniquea de la campaña—no estallara vocinglero en la calle ya que en las instituciones el ciudadano no tiene entrada libre más que unos minutos cada cuatro años para votar y abrirse luego a los cuatro vientos. No lo es, a mi entender, que lo primero que se haya oído hayan sido lamentos sin proyecto, justificadas quejas sin alternativa, reclamaciones sin especificar. Dudo de que los fárragos de la teoría, de Platón a Marx, puedan sustituirse a base de ocurrencias expresadas en 140 caracteres. Twitter podría, en última instancia, sacarnos de la democracia; mucho más difícil veo que lograra volvernos a meter en ella.

 

Otra cosa es que los políticos convencionales desprecien temerariamente el “conflicto” o traten de usufructuarlo y, lamentablemente, ambas cosas han ocurrido ya. Que nadie conozca en este instante las posibilidades reales de de ese “movimiento” acéfalo pero bien inervado no significa que un eventual crecimiento exponencial del mismo carezca de posibilidades reales. Ahora bien, el dilema consiste en que para dar paso a ese éxito los rebeldes tendrán que adoptar el único código conocido: los partidos no se juegan fuera de la cancha. En la política práctica no existe el ser y no ser simultáneo. Sin cabeza ese “movimiento” no será más que una anécdota, y con ella será, le guste o no, un nuevo partido.

El voto “en positivo”

El PSOE, empezando por el Gobierno, se ha lanzado en busca de esos “indignados” que claman contra el Sistema en su conjunto, y justo es decir que sobrepasando con mucho lo que la prudencia e incluso la legalidad permiten. Griñán, por ejemplo, ha pedido a los jóvenes que voten “en positivo”, es decir, a su partido, como si su partido no formara parte indisoluble, y en este momento principalísima, de lo que esos “indignados” rechazan como materia podrida. El oportunismo no tiene límites, ya se sabe, pero en ocasiones como ésta resulta tan temerario como probablemente inútil. Porque si tanta razón llevan los rebeldes, ¿cómo es posible que sus actuales aduladores no se hayan percatado antes? Estas adhesiones fingidas contribuyen al descrédito de una política capaz de cualquier cosa con tal de controlar el Poder.

Colócanos a tos

La gente suele confundir el PER con el subsidio agrario, ese justo derecho que igualaba al parado rural con el urbanita para acabar convertido en la espesa sopa boba que ha servido de cementón para fraguar el “régimen” de la hegemonía andaluza y extremeña. El mal llamado PER se pervirtió cuando pasó de ser remedio de auténticos desempleados a negocio familiar que conseguía meter en casa unos cuantos jornales al día apuntando en él a la mujer y a los hijos que hiciera falta, a base de apañar unas pocas peonadas en el tajo e incluso, llegado el caso, aceptándolas de mano de algún alcalde poco escrupuloso o, en fin, “comprándoselas” fraudulentamente a un mal nacido. Al principio de esta historia, cuando aquellos trabajos se reducían a adecentar cómodamente las cunetas de cada pueblo, hubo un caso en la Sierra Norte sevillana en el que las vecinas  pusieron a su alcalde contra la pared exigiéndole PER para todos como en su día republicano hicieran los paisanos de Marcelino Domingo con su célebre “Marcelino, colócanos a tos”, pero el alcalde, que era un lince, las citó a las cinco de la mañana para ofrecerles, no el esperado escobón de palma, sino un hacha doladera para cortar encinas que, en efecto, cortó por lo sano la ingenua euforia laboral. Muchos años después, antier por la mañana y en plena campaña electoral, le han dado a una hembra almeriense, que no cumple ya los 67 y parece que anda padecida, una espiocha para que cumpliera como un hombre y a pleno sol en el derribo de cierto edificio público, lo que ha provocado los presumibles aspavientos en unos/as, frente al concertado acuerdo de otros que ven en esa medida una insuperable aunque extrema demostración de igualdad. Al margen de las circunstancias del caso, parece obvio que resulta mucho más fácil proclamar la igualdad que aplicarla.

 

Sé que me juego el bigote al decir esto, pero defiendo que darle un zapapico a una anciana para que se gane la vida no es demasiado diferente de ofrecerle un bastidor a un rústico para que haga lo propio bordando galones y pasamanos. Lo cual nos devuelve a la encrucijada ética de la desigualdad entre los sexos, y no sólo física,  que la nueva cultura pretende noblemente superar en un concierto al que le faltan todavía serios ajustes. Mi amigo el alcalde mentado, que era de los mismos que habían inventado el PER y sus trucos, todo hay que decirlo, me miraba con socarronería cada vez que yo le exponía razones como la anterior. “¿Trabajo para jornaleras? ¡Pero, criatura, si no lo hay ni para los jornaleros!” Y añadía como quien declara un apotegma: “¡Un hacha hace milagros! ¿Tú sabes siquiera lo dura que está una encina?”.

Guerra en Huelva

Alfonso Guerra es un demagogo y no sólo en su estricto sentido etimológico. Lo ha demostrado desde siempre, y acaba de ratificarlo en Huelva en un mitin en el que no se ha privado de chascarrillos hasta merecer que un joven periodista lo incluya en la nómina del “Club de la Comedia”. Guerra es la parte cómica de este espectáculo que hay que reconocer que es aburrido hasta dejarlo de sobra, pero sabe dosificar la literatura entre sus improperios. En Huelva también lo ha hecho con un teorema tan impecable como simplón: “Socialismo es que nadie sea tan rico como para poder poner de rodillas a nadie, ni nadie tan pobre como para verse forzado a ponerse de rodillas delante de nadie”. Ahí queda eso, a mil leguas ya del “socialismo científico” pero en el epicentro del eterno seísmo sentimental.