Castillo de naipes

Ha resultado un castillo de naipes la estrategia de Griñán de negar  a la jueza instructora las actas del Consejo de Gobierno alegando, contra toda razón, que eran secretas. Secretas son sus deliberaciones, secreta la documentación a él remitidas, pero no sus actas, como dictaba el sentido común y ha acabado reconociendo paladinamente la Audiencia en un auto que no es recurrible. Lo cual deja en la peor postura a los junteros que han trampeado con esas actas lo mismo que han trampeado con los documentos requeridos, en la demostración de resistencia a la Justicia más llamativa de todo el periodo autonómico. Claro que el caso investigado también es el más grave, tanto que en este momento amenaza a los responsables a los más altos niveles. La jueza llevaba razón. Lo inasumible era la defensa numantina de la Junta.

Memoria e historia

Poco efecto han tenido las propagandas revulsivas destinadas a reabrir el proceso natural de cicatrización de la llamada “memoria histórica” –¡como si hubiera otra!—a juzgar por los recientes resultados electorales. Es verdad, sin embargo, que nuestra historia oficial, como cualquier otra, está reclamando hace mucho una restitución discreta. Ahora, por ejemplo, se habla y no para (sobre todo, se gasta dinero sin parar) en torno al centenario de la Constitución de Cádiz, lo que no deja de ser curioso teniendo en cuenta el desinterés más que relativo con que hemos pasado de puntillas sobre el centenario de la Independencia. Y hay historiadores incómodos con estos despropósitos y que tratan de paliarlos con su trabajo. Por ejemplo Moreno Alonso –sin duda, para mí, el hombre que ha revolucionado el conocimiento de esa época—quien, con más de una docena de libros sobre ese quinquenio memorable, entre ellos dos espléndidas biografías sobre Napoléon y del rey José, viene descubriendo la profundidad de aquella “revolución”, el tremendo trastorno de conciencias que supuso y, sobre todo, los papeles que en ella jugaron las Españas al margen de la rutina heredada. Acabo de leer su último libro sobre el papel del Alcázar de Sevilla en la Independencia, verdadero vademécum para orientarse en aquel laberinto, descubriendo el nunca reconocido papel de la capital sevillana en la que residieron tanto la Junta Suprema como la Junta Central hasta hacer de ella la auténtica capital de España en el periodo, desde la que no sólo se toca a rebato en la nación, sino que se declara la guerra al Emperador o a Dinamarca, se organiza y dirige la batalla de Bailén (a la que el mítico Castaños llegaría tarde…), se reglamenta la “guerrilla” y las Juntas Provinciales, se ordenan las finanzas públicas, se reestructura el Ejército, se convocan las Cortes, se exhorta a catalanes, gallegos o españoles americanos y hasta se provee lo imprescindible para ordenar la vida civil. Moreno propone el Alcázar como “un lugar de memoria nacional”. Como se ve, nunca hay que darlo todo por perdido.

 

Qué mundo agitado y fértil el de Quintana, el del olvidado Saavedra, Meléndez Valdés, Floridablanca, Jovellanos, Alberto Lista o el conde de Cabarrús, el de los “patriotas” y flamantes liberales (“liberal” es palabra castellana, no se olvide), el de unas clases superiores escindidas por el deseo de progreso o por el oportunismo, y el de un pueblo, en fin, sujeto no tan pasivo de un cataclismo histórico que habría de cambiar a fondo la propia identidad. Lean ese libro para convencerse de que no hay nación que sobreviva a la desmemoria, ni que resulte indemne a la memoria parcial.

Gestión sin control

El Gobierno podrá eludir, como está haciendo, el control parlamentario, pero expedientes como el que ayer describía con pelos y señales este periódico a propósito del pelotazo concedido por el IFA a una empresa sevillana, apenas dejan resquicio para la evasión: una ayuda de 1’8 millones de euros se compromete un día, se anula a los tres meses y en un solo día, el siguiente, se compromete la misma, sólo que dividida en  tres para evitar el control del propio consejo del IFA y el preceptivo del Consejo de Gobierno de la Junta. ¿Y nos van a contar que estas cosas se hacían sin conocerlas los de arriba? El caso de los ERE y prejubilaciones fraudulentas sobrepasa con mucho lo tolerable en democracia. Al margen de las resultas judiciales, no cabe duda de que las responsabilidades políticas de este caso han superado todas las marcas.

El Estado vacío

Después de la pérdida de su feudo de Extremadura, al PSOE sólo le quedan que conservar el que mantiene en Andalucía y el muy precario del País Vasco. Quiere eso decir que, incluso si llegara a ganar la próximas elecciones generales –y aún sin tener en cuenta el poder municipal acumulado por el PP– poco poder real va a tener en una España descuartizada en la que el Gobierno central ha perdido ya la inmensa mayoría de sus competencias. Es probable que, de ocurrir las cosas de esa manera, el debate sobre la autonomías pase a ser un debate de la izquierda que tal vez acabe comprendiendo los excesos patentes de esa política centrífuga con que, durante estos decenios, ha lubricado la estrategia de su hegemonía. Hemos mirado como una ocurrencia si no como una extravagancia la decisión alemana de recuperar para el Estado importantes funciones que habían sido transferidas a los lander, sin detenernos ni un momento en considerar las razones que tiene el jacobinismo francés o el batiburrillo italiano para mantener a raya un proceso de descentralización regional que parece demostrado que hace crecer exponencialmente el gasto sin aumentar, o incluso disminuyendo, la eficiencia del sistema político-administrativo. Hasta que al final, la crisis –porque ha sido la crisis y sólo ella—se ha encargado de revelarnos, como en una visión súbita, la realidad de un desgobierno confiscatorio que, o se reforma y limita, o nos arruina sin remedio, ante la incapacidad de un Estado vacío de poderes y funciones. Cuando las circunstancias impusieron este modelo –a la salida de una dictadura férreamente centralizada—pudo tener sentido un modelo en el que aún había sitio para albergar el poder nacional junto al autonómico, pero que poca gente pudo pensar entonces que acabaría por liquidar de hecho al primero al privarle de casi toda su capacidad de decisión.

 

¿Qué es un Gobierno que nada tiene que decir en Educación o en Sanidad, que poco margen retiene en Medio Ambiente o al que, por si algo faltaba, ya hay autonomías que compiten con él hasta en materia de relaciones exteriores, en el marco de un Estado cuyos símbolos no se respetan ya ni por imperativo legal o en el que la lengua oficial es sustituida por la vernácula en la enseñanza o en la misma calle? Pues más bien poco, por no decir casi nada. Hoy en España mandará el Gobierno que controle las comunidades autónomas; el que no, deberá limitarse a posar de reina madre en el telediario. Y eso lo saben los dos grandes partidos aunque quizá todavía no se haya enterado el personal. Hemos desdentado y limado las garras a Leviatán y eso se paga. Miren las cuentas de las regiones y verán cuánto.

¡Malditos funcionarios!

Ha estado elocuente el fracasado candidato a la alcaldía de Sevilla cuando ha expresado su preocupación  porque el nuevo alcalde, que ha emprendido una audaz reforma burocrática y administrativa, “se quiera ocultar detrás de los funcionarios”. Es otra vez el pecado original de un partido hegemónico que llegó prometiendo una reforma de la Función Pública pero no hizo sino procurar una gestión politizada de la autonomía en la que los trabajadores de carrera resultaban sospechosos si no eran expresamente adictos. Mucho antes de que Griñán osara la “funcionarización encubierta” (la expresión es de un juez) de sus contratados a dedo, la Junta prescindió de los funcionarios por derecho propio que no son otra cosa que la garantía de neutralidad en la aplicación de la Ley. El PSOE no se fio nunca de los genuinos trabajadores públicos. Esto que ahora ocurre no es más que un experimento desesperado ante el riesgo de perder el poder.

Dormir al raso

En un país tan vigoroso como Australia hace años que viene inquietando la preocupación por la pobreza y, muy en particular, por esa situación de precariedad que llega a privar al hombre de domicilio. Se hacen cálculos y encuestas para distinguir entre las clases diferentes de indigencia, se establecen categorías de “homeless” distinguiendo entre los que literalmente carecen de abrigo para guarecerse y quienes sobreviven acogidos a la oportunidad. En conjunto se dice que hay más de cien mil personas sin hogar culminando la afrentosa realidad de dos millones de ciudadanos pobres, entre los que figura una multitud de veteranos de guerra, y se sabe que siete de cada diez demandantes de asilo son rechazados diariamente en los desbordados albergues, una situación difícil de asumir en un país de probada solidez, que ya preocupó al entonces primer ministro Kevin Rudd cuando hace unos años publicó su famoso “libro verde” en el que calificaba el hecho de semejante desprotección como una “obscenidad nacional”. Pues bien, la semana pasada el mismo personaje –que actualmente es ministro de Exteriores—ha protagonizado un tragicómico montaje al organizar, junto a un escogido grupo de magnates y empresarios, una “dormida” al raso en las calles de Sidney con objeto de recaudar fondos para la causa. Ya ven, pobres por un día o, mejor, por una noche, miserables de quita y pon dispuestos a vivir la experiencia de la miseria desde la confortable certeza del rescate inmediato, modélicos ciudadanos ávidos de probar pasajeramente la dureza de la vida que para los “verdaderos pobres”, como decían nuestros arbitristas barrocos, no es una experiencia pasajera sino su inesquivable plan de vida. ¿Balance? Pues cuatro millones de dólares australianos y un puñado de conciencias apaciguadas por el ejercicio callejero de la solidaridad. Recuerdo siempre que Jules Renard se indignaba contra esa caridad hipócrita que da cuatro perras a cambio de un buen puñado de francos.

 

No tiene la “buena conciencia” mejor instrumento que ése de las jornadas dedicadas a causas justas a pesar de la evidencia de que jamás se ha resuelto problema socioeconómico alguno –y menos si es de orden estructural—a base de colectas y gestos solidarios, como tantos que en los EEUU se han convertido en un insuperable motivo para la velada de clase. Aunque, claro está, todos los Kevin Rudd del planeta tienen garantizado el telediario y hasta es posible que la leyenda, posando encantados al amanecer con aire de parias improvisados. Lo que de verdad resulta obsceno es ese tinglado de los millonetis durmiendo al raso para volver al día siguiente al tajo de la explotación.