Cuento del alfajor

Parece que Griñán, falto de mejores ideas, propondrá en el Debate sobre el Estado de la Comunidad la oferta a los desertores del aula que carezcan de trabajo dinero por volver a ella. Pero ¿de verdad queda alguien que crea que el desempleo o la enseñanza se arreglan dándole una propina a la “basca” como, sin el menor resultado, ya se hiciera otra veces? De aquí a les elecciones –dies incertus an incertus quandum—hemos de oír mucha morralla demagógica en boca de quienes no saben hace tiempo qué hacer para detener esta bola de nieve sobre la que nos arrastran por la cuesta abajo. Pero pocas o ninguna será tan descarada como ésta que ahora rescata del baúl de los recuerdos un gobiernillo por completo desconcertado.

La gran poda

No han tardado en producirse los primeros recortes prometidos por los nuevos administradores en la selva burocrática. En Castilla-La Mancha se anuncia la eliminación de seis de cada diez altos cargos, la del Consejo Económico y Social y hasta la de la tele regional. En el Ayuntamiento de Sevilla se sustituye a los “externos” por los funcionarios y se reduce la parrilla de “barandas”. Hay muchos casos. La proliferación de organismos autonómicos no sólo carece de sentido sino que constituye una realidad insostenible, dadas las circunstancias, en la idea de que reduplicar los organismos idénticos puede convenir al clientelismo partidista pero nos arruina a todos. ¿Cómo podrá sobrevivir Suecia con un solo “ombusdman” si aquí necesitamos un “defensor” cada trescientos kilómetros, qué clase de economía gestora permite vivir a Francia con un único Consejo Económico y Social si aquí precisamos de uno por autonomía? ¿De verdad necesitamos empeñarnos hasta las cejas pagando Consejos Consultivos estando ahí el Consejo de Estado de toda la vida? ¿Y por qué se reduce drásticamente la “oferta pública de empleo” mientras se contratan –en Andalucía, por ejemplo—nada menos que 30.000 de esos “externos” para que realicen las tareas propias de los funcionarios que ganaron su plaza atenidos a la Ley? Nadie puede pensar que esa poda que vienen reclamando al alimón la voz popular y el sentido común (que no siempre discurren por la misma senda) vaya a producirse sin tensiones, sino más bien todo lo contrario. Pero los primeros pasos en ese proceso se van dando ya apoyados por no pocos jueces que ven en las maniobras “integradoras” que perpetran los partidos en el poder una “funcionarización encubierta”, es decir, un fraude con toda la barba. Y el caso es que sin esas medidas nos hundimos todos, en la abundancia porque despilfarramos hasta lo que no tenemos, y en la crisis porque no hay dinero ni para pagar las nóminas. ¿”Ni contigo ni sin ti/ tienen mis penas remedio”? Bueno, ya iremos comprobando ese fandango.

 

Nadie en sus cabales puede negar la expansión elefantiásica del empleo público, hoy multiplicado por diecisiete feudos, ni la ridícula desproporción de los altos cargos, por no hablar de los medianos y más chicos que en su área vivaquean, o el criterio partidista con que se ha producido esa expansión. Del mismo modo que resulta inexplicable cómo hemos podido vivir hasta ahora sin esa proliferación que ha terminado por resultar insostenible. ¡Mira que si de verdad se anima el cotarro y se mete la tijera sin contemplaciones allí donde haga falta! Larra no inventó el mito de la burocracia inútil pero si levantara la cabeza se iba a enterar de lo que es bueno.

El nuevo caciquismo

Las Diputaciones Provinciales son, como bien saben los historiadores, el feudo del caciquismo histórico. Del viejo y del nuevo, aunque en la actualidad, es decir, en un régimen autonómico, esas instituciones carecen de sentido se mire por donde se mire, salvo por el lado del reparto partidista que las ha convertido en el asilo de sus clientelas y en el arca sin fondo de su mantenimiento. Eso sí, ninguno de los dos grandes partidos que son sus normales beneficiarios, ni otros menos talluditos por lo que pueda caer, quieren saber nada de suprimirlas, como han sugerido ya –una vez perdidas en su mayoría– el ex –presidente González y el vicepresidente tercero Chaves. El dinero todo lo amaña y concierta. El debatillo actual sobre las Diputaciones lo demuestra una vez más.

Sonrisas y lágrimas

En la sofocante mañana del Corpus, ya al final del interminable cortejo procesional sevillano, me ha sorprendido un atronador aplauso que, deslizándose desde la lejanía, se ha ido acercando hasta mí. Aplaudía la gente en los balcones, se cruzaban sonrisas cómplices entre los asistentes de la calle y hasta los procesionantes reflejaban en el rostro un estupor, a mi juicio perfectamente justificado. Esa ovación sorprendente iba a dirigida al nuevo alcalde de Sevilla que, por lo que me cuentan, ya hubo de vivir otra situación similar en la Plaza de Toros sevillana cuando fue descubierto por el público –tan heterogéneo como el de la procesión—que asistía al espectáculo organizado en torno al cantante José Manuel Soto, y les mentiría si les dijera que no sonaba extraña en la atmósfera casi tórrida de la mañana teniendo en cuenta lo que hay que tener. Porque, en efecto, ¿cómo esperar que se aplauda con entusiasmo a un alcalde cuando el prestigio de los políticos anda arrastrado por los suelos y, ciertamente, no sin una fuerte carga de razón; qué razones puede haber para que, mientras se desprecia masivamente a esos cargos públicos, vayan surgiendo algunos a los que los ciudadanos, entre sonrisas y lágrimas, no le regatean el homenaje entusiasta? Lo mismo que a Juan Ignacio Zoido le ocurría en la mañana de Corpus me consta que le está pasando, entre otros, a la alcaldesa de Valverde del Camino o al regidor de Antequera, auténticos “adelantados” de una eventual recuperación del prestigio de la vida pública que va a costar un riñón, por supuesto, pero que resulta imprescindible conseguir si queremos salvar lo que queda de un régimen de libertades que tanto costó traer –a unos más que a otros, de eso no hay la menor duda—hasta convertirlo en una realidad. Miré al alcalde Zoido cuando desfiló a mi altura y vi en sus ojos empañados y en alguna furtiva lágrima que le resbalaba rebelde mejilla abajo, una suerte de arco iris esbozado a raíz de tan larga tormenta. No hay política sino políticos, y el pueblo soberano aplaude a rabiar cuando cae en esa cuenta tan elemental.

 

Puede que sea a ras de suelo, en la vida municipal, donde la reacción moral tome cuerpo y abra perspectivas nuevas a una vida pública degradada hasta el escarnio, y puede que sea en esa distancia corta en la que los ciudadanos dejen de sentirse súbditos a la sombra de una autoridad digna y cercana. Ojalá, porque ninguna sociedad puede sobrevivir indemne a la quiebra moral del poder y al desdoro de esos responsables que ella misma se ha dado. He visto sonrisas y lágrimas en la mañana de Corpus que me han conmovido con una rara sensación de esperanza.

Cencerros tapados

La condición de “estricta confidencialidad” impuesta por el entonces consejero de Empleo, José Antonio Vera, al empresario beneficiario de una morrocotuda subvención debería encender todas las luces rojas en la cúpula de la Junta que, con toda seguridad, alegará desconocer por completo lo que ese responsable hacía y deshacía. ¿Qué es lo que había que mantener en secreto en una ayuda gubernamental que, en teoría, tenía que salir publicada en el BOJA? Ésa es la pregunta que debe hacerle Griñán a Vera si quiere alejar de sí toda sospecha de connivencia con quien, entre otras cosas y a pesar de los pesares, sigue siendo secretario provincial sevillano del PSOE.

Un mito campesino

Un profesor de la Universidad Politécnica Valenciana, José Miguel Mulet, ha escrito el libro de título más provocativo de los últimos años: “Los productos naturales, ¡vaya timo!”. Lo he buscado con diligencia porque mi hermano, que es gran experto (y práctico en la materia) anda muy preocupado con el proyecto onubense de acabar con los dichosos mosquitos mediante el uso de bacterias. A mi hermano no le llega la camisa al cuerpo ante la posibilidad de que, ignorantes como somos en esta técnica ciertamente atrevida, cualquier día pudiéramos vernos ente una mutación de esos microorganismos que los hiciera revolverse contra nosotros una vez liquidados los dípteros nematóceros, aparte de que lleva semanas sosteniendo que el lío del “pepinazo” alemán lo más probable es que tenga su origen en un efecto no deseado de la agricultura ecológica. Bueno, pues me llega el libro del profesor Mulet –al que los ayatollás  le van a dar fuerte y flojo—y en él veo que confirma ce por be esas sospechas sobre los riesgos del cultivo ecológico  al utilizar a gran escala esos fertilizantes naturales que son ricos en E.coli y otras bacterias y, en consecuencia, capaces y capataces de ocasionar problemas como el planteado. Sostiene Mulet que, como demuestra una amplísima bibliografía científica, las propiedades de los productos de la agricultura ecológica no son mejores ni más seguros que los de la agricultura convencional aunque su precio –¡vaya timo, en efecto!– pueda llegar a ser tres o cuatro veces más alto. ¿Y por qué? Pues porque los controles de calidad oficiales prácticamente no existen, toda vez que las normativas se limitan forzar el cumplimiento de un reglamento que se apoya sólo en esa “razón mítica”, valga el expresivo oxímoron, que halaga el incierto narcisismo medioambientalista. Esos certificados de producción ecológica no garantizan que lo que el individuo consuma “sea mejor para el medio ambiente, ni más sano, ni que esté más bueno”, asegura Mulet, quien denuncia de paso el uso ecologista de sales de cobre como fungicidas e insecticidas de enorme impacto contra las abejas, por ejemplo.

 

¿Una superstición, entonces? Pues es probable y, como tantas supersticiones, caras hasta lo prohibitivo. Rechazar el algodón transgénico le ha costado a Europa pasar de exportadora a importadora, por no hablar de que habría en el mercado, según Mulet, insecticidas y fertilizantes sintéticos mucho menos agresivos y más eficaces que los “eco”. Cierro este libro provocativo convencido de que los “verdes”, por una vez, van a tener que hablarle a la cabeza además de camelar al corazón.