Malos tiempos

Me cuentan que una encuesta realizada en el campo de Agramante de los “indignados” descubre una generalizada desconfianza en el futuro basada en la miseria del presente. No me extraña, como es natural, porque motivos no faltan para ello, pero sería impropio consagrar la idea de la pravedad de nuestro momento histórico que ni mucho menos, y a pesar de los pesares, estaría justificada. La idea del progresivo retroceso de la vida –a tono con el lamento manriqueño—propicia en cada época cierta conciencia de crisis traducida en una idealización del pasado que, por supuesto, se basa más que nada en la mala memoria. Frente a la convicción  medieval y barroca, luego recuperada por los románticos,  de vivir malos tiempos, se levanta solitario el postulado leibnitziano de que éste en que vivimos es “el mejor de los mundos posibles”, más allá de la ilusoria degeneración de valores y circunstancias que debe no poco, por otra parte, a la insistencia del cristianismo histórico cuyo referente, como el de tantas culturas, no es otro que el mito del “paraíso perdido”. Hoy mismo vivimos agobiados por una coyuntura insufrible en la que al fracaso del Sistema se une el espectáculo –desorbitado en el engranaje de la sociedad medial—de una vida trastornada en innumerables episodios incalificables que si justifican, en buena medida, el pesimismo, no deben hacernos olvidar tantos logros como hacen de nuestra realidad, sin duda posible, el menos malo de los mundos vividos hasta ahora por esta especie que ha demostrado ser a un tiempo mísera y admirable, estúpida y genial. Nunca tuvo el hombre ante sí un panorama tan fascinante de progreso ni tan próxima la amenaza de la autodestrucción, es verdad, pero puede que la vida se deslizara siempre sobre ese doble filo que acaso es, sin más, constitutivo de la condición humana.

Hace poco he escuchado al profesor Villalobos una anublada teoría, no ya del presente, sino del futuro de nuestra civilización, apoyada en las advertencias de Leibnitz y en la metáfora de Cavafis sobre los “nuevos bárbaros”, pero recompuesta sobre la intuición de Hölderlin de que en el seno de la adversidad se agazapa, aguardando su momento, el germen de la salvación. Es la eterna tensión entre el ilusionismo del progreso continuo y el presentimiento del descalabro sobre la que el criterio humano discurre funámbulo sin escarmentar jamás. Y es, en definitiva, la versión hodierna del profetismo porfiando con los conformistas en la ciudad alegre y confiada. Este espléndido “mondo cane”, abocado a la maravilla pero hundido en la miseria, deslumbrante y crepuscular, es hoy, con decorado distinto, la misma paradoja de siempre.

No pintamos nada

Cuesta comprender cómo ha sido posible que, sin causa ni razón, Europa ande cerrándole la frontera a nuestros productos de huerta a los que se hace responsable de una epidemia alemana de origen desconocido. ¿Tan poca influencia tienen el Gobierno y la Junta, tan poco pinta la diplomacia española en esa Unión de la que somos socios de pleno derecho? Lo que está ocurriendo con la huerta andaluza, por lo demás, resulta inimaginable en cualquiera de las regiones españolas con autonomías con voz propia, que jamás hubieran consentido que se arruinara su sector más brillante sin más base que unas hablillas temerarias. No pintamos nada por ahí fuera. Esto no es ya el eslogan de algún partido sino la pura evidencia.

Verdugos y cómplices

Solemos tener mala memoria. A ver quién se acuerda ya, por ejemplo, del infierno yugoeslavo de los años 90, de las matanzas de Sarajevo, de Sbrenica, de las perpetradas en Croacia. De los millares de víctimas masacradas por los serbios, que incluso recurrieron al inimaginable recurso –tras proceder con método a una limpieza étnica que afectó a los varones entre 15 y 65 años–  de preñar a las mujeres musulmanas como suprema venganza. Ni siquiera del bombardeo de Belgrado que puso fin a aquella odisea cuando ya el país era una escombrera física y moral. Los verdugos han ido cayendo uno a uno al cabo del tiempo: en 2006 Milosevic, en 2008 el psiquiatra Karadzi, ahora, en 2011 el temible Mladic, para dar juego a un Tribunal Penal Internacional que trabaja hace años con las manos medio atadas. Tenemos mala memoria, y no cabe duda de que eso constituye una ventaja para los malvados, sean estos los matarifes implacables que asolaron aquel país o sus cómplices políticos de las grandes potencias. En el caso de la matanza bosnia, Mladic operó convencido por los hechos de que esas grandes potencias –dirigidas, sobre todo, por los EEUU y Francia— le garantizaban de hecho la impunidad que, por cierto, le había sido prometida en su día a Karadzic por no hablar del Milosevic al que Occidente se empeñó en considerar su aliado y convirtió en su baza. Hay que decirlo con claridad: la carnicería perpetrada por los serbios fue consentida primero y luego ocultada por los poderes del llamado “mundo libre”. La ONU –aquel Butros Ghali que no se enteraba de lo que no quería—estuvo conforme con las estrategias permisivas de las tropas destacadas en el país. Clinton y Chirac dejaron hacer mirando para otro lado.

Pero hay más. Las fotos en vivo de las matanzas vía satélite o captadas por aviones espías se perdieron entre la CIA y el Pentágono. Los oficiales holandeses testigos del desastre de Sbrenica llegaron a decir que Mladic era “un gran estratega”, y los británicos dieron por buena su actuación en aquel julio siniestro. ¿Qué decir de un papa que había precipitado el conflicto al bendecir la causa croata y luego calló mientras pudo? Milosevic fue siempre el hombre de la Casa Blanca y del Elíseo, y locos sádicos como Karadzic o bestias como Mladic, aprovecharon la ocasión. ¿Quién puede decir, en consecuencia, que la culpa es exclusiva de los asesinos serbios? Pues cualquiera, porque tenemos mala memoria y a ver quién se orienta, a estas alturas, en aquel laberinto lejano. Mladic –hoy una sombra de lo que era—apenas será un fantasma ante el TPI. Esta es la segunda derrota de aquellas víctimas consentidas.

No es broma

Lo del “dedazo” y la falta de autocrítica en el PSOE tras el fracaso de las municipales culmina, de momento, en esa oferta ingenua de un espontáneo a competir con Rubalcaba en las “primarias”, que aparece en Internet en un video en el que el protagonista comete el elocuente acto fallido de advertir que “no es broma”. Aunque bien pensado ya es algo ese gesto, si se considera el silencio del partido y ese vago escapismo que supone la consigna de que ya “comienza la remontada”. Ni un minuto para meditar sobre los posibles fallos, ni una palabra para sugerir siquiera la enmienda. Ni la sociedad ni los votantes se lo merecen, por lo visto. Aunque bien pensado, puede que, simplemente, no tengan nada que decir después de esta primera derrota que no parece probable que sea la última.

El mal banal

La teoría de la “banalidad del mal” que Hannah Arendt expuso en su libro sobre Rudolf Eischmann fue controvertida por quienes creían ver en ella, aunque fuera por su reverso, una racionalización trivializadora del Mal mismo. Molestaba la idea de que el verdugo pudiera ser entrevisto como un agente inconsciente de su tarea, como un burócrata –normalmente motivado por su deseo de promoción—que se limitaba a ejecutar de manera irreflexiva las normas emanadas del Sistema. Lo más horrible de la inconsciencia moral del verdugo es su condición de mero engranaje de la maquinaria vesánica, su capacidad de actuar con indiferencia crítica y, por tanto, moral, respecto a la maldad de los actos perpetrados. El Mal concierne de manera enigmática a la condición humana –como probó Milgram  con su interesante experimento y parece deducir también Robert Merle en su terrible retrato de Rudolf Hoess, el ejecutor de Auswitch—y en ese sentido sugiere un temible perfil del malvado que insiste en caracterizarlo como pieza irreflexiva del engranaje sin perjuicio de su responsabilidad. Hay un mal impostado pero también un mal en tono menor que encontramos no en la guarida del sayón sino, con indeseable frecuencia, entre la gente corriente, como aquellas familias de Weimar que los domingos llevaban a sus hijos se paseo hasta el campo de concentración de Buchenwald o tantas otras como convivieron con los matarifes en plena armonía. Fíjense en la oferta de ese hotel alemán, el Stadt Hameln, sede en su día de la feroz represión hitleriana, que, por 44 euros permitirá a sus huéspedes vivir la experiencia de las víctimas reproduciendo escrupulosamente las circunstancias de aquella infamia –trajes rayados, uniformes de las SS, celdas de aislamiento, rancho del prisionero—como si de un juego se tratara y como si la propia idea de la reproducción banalizada del horror real no constituyera una afrenta, no ya a quienes hubieron de padecerlo, sino al sentido común. La Arendt no se inventó nada que el hombre común no esté demostrando día a día.

 

No me digan que, en todo caso, esa oferta no resulta repulsiva quizá no tanto por su componente masoca como por la intención despreciable de presentar como trivial lo que de suyo es fatalmente perverso. ¿Se puede “jugar” a reproducir la tragedia sin ultrajar frontalmente la razón moral? Yo creo que no, y veo en ello, además, la confirmación más alarmante de esa teoría con que Hanna Arendt –como hiciera Primo Levi– trataba de descubrirnos la imprevisible contigüidad de la maldad. No es posible apearle la mayúscula al Mal sin correr el riego de justificarlo.

Lo dice un histórico

Un histórico del PSOE como Carlos Navarrete ha hablado alto y claro, con la espontaneidad que siempre lo caracterizó. Ha dicho que “el PSOE es un partido inexistente compuesto sólo por concejales y cargos públicos”; que en el partido “hay más cargos públicos que militantes”; que en el último año se ha manifestado “con un total desapego entre los dirigentes del partido y los intereses de su electorado natural”; que si “los partidos son víctimas de las consecuencias la crisis” también es cierto que “la crisis se alimenta de la incompetencia de los gobernantes en dar respuestas”; y que “el PSOE se ha parasitado extraordinariamente y no le llega la savia nueva”. Huelgan comentarios. Lo dicen ya los históricos.