Cuentas de alcalde

Insisto en que lo que se está descubriendo en los Ayuntamientos es una burbuja las consecuencias de cuyo estallido no soy capaz de imaginar. Pero en ese agujero negro figuran, junto a graves partidas milmillonarias, simples trinques que alcaldes y ediles — por aquí te quiero ver– han ido perpetrando. A Francisco Bella, el ex-alcalde de Almonte –un clásico del “régimen” que proclamaba haber renunciado a su sueldoen el Ayuntamiento– lo han pillado con el truco de cobrar durante la legislatura, además de su sueldo de senador, que asciende a más de cuatro mil euros mensuales, otros 63.000 sólo por presidir plenos y sesiones municipales en sus ratos libres. La verdad es que les pagan como si fueran grandes profesionales mientras el país se arruina cada día un  poco más.

El jardinero bueno

Hay una historia ejemplar entre las cosas de Alejandro que bien podría servir en nuestros días de contraimagen de la vocación política. La cuenta Curcio Rufo, aunque también es aludida en Justino y Diodoro, y refiere cómo aquel gran conquistador hizo rey de Sidón a un aristócrata pobre que ganaba su pan como jardinero cuidando el paraíso de un amo ausente por puro sentido del deber. El soberano de leyenda antepuso el mérito de tan humilde fidelidad a la calidad de los nobles aspirantes, convencido al oír la soberbia explicación del jardinero: “Estas manos me han bastado para satisfacer mis deseos. Como nada tenía, nada me faltó”. La idea de la política como “servicio” goza de una generosa literatura por más que la experiencia confirme que raros son los casos en que sus protagonistas anteponen ese ideal a su interés, y desde luego hoy estamos asistiendo a la apoteosis de un proceso degenerativo que remite la leyenda alejandrina al terreno de la más ingenua fabulación. Y yo me he acordado de la historia del jardinero ante los reiterados casos de políticos de medio pelo o de pelo entero que andan subiéndose la soldada –por decreto llegado el caso, como en Ayamonte—mientras a la masa ciudadana se le aprietan las tuercas hasta el límite, en una lamentable demostración de egoísmo y desdén por los ciudadanos que no es más que el reverso de un repugnante sentido patrimonial del poder. Descartada de plano la meritocracia e implantada la mediocridad, difícilmente podría concebir alguien hoy día la imagen del trabajador de conciencia para el que poco significa la retribución y todo, en cambio, el imperativo categórico del deber. Si hoy apareciera aquel Abdalónimo –que así se llamaba el personaje—en nuestro panorama partidista, no habría soberano que le entregara un trono sino que sería perseguido en masa como el criminal más peligroso.
 
La profesionalización de la política, razonable desde una perspectiva adecuada, en el marco feroz de la partitocracia resulta ser una gangrena que no sólo desgarra la vida pública sino que defrauda al ciudadano-contribuyente hasta un punto en el que peligra su adhesión al propio sistema de libertades. ¿Cómo explicar que los concejales de un pueblo arruinado cobren tres mil euros en un país de parados que sueñan todo lo más con ser mileuristas? Pocos jardineros abnegados encontraría hoy Alejandro en esta garduña capaces de cuidarle generosos la finca al dueño lejano sólo por atenerse a su conciencia del deber. La idea de “servicio” ha degenerado en “negocio” al tiempo que la de eminencia se degradaba en mediocridad. Los jardineros de hoy no se esmeran ya más que con sus propios repollos.

¿Qué pasa en Nerva?

Mientras arde el vertedero de residuos tóxicos y peligrosos instalado en el pueblo, los vecinos de Nerva se desviven en la incertidumbre que abona la ambigüedad de la consejería de Medio Ambiente de la Junta. Es obvio que el cierre que reclaman muchas voces compromete el pan de numerosos trabajadores, pero no es menos cierto que, a estas alturas, ni siquiera sabemos cuál es el alcance real del riesgo, y que no tendría perdón de Dios aguardar a que se produjeran efectos graves e irreversibles para adoptar medidas. En algo, en todo caso, lleva razón el fundamentalismo ecologista y es en que no queda otro remedio que buscarle a instalaciones tan inquietantes un emplazamiento alejado de los ciudadanos. Meter la cabeza bajo el ala, como hace la Junta hace años, no puede conducir a nada bueno y sí, por desgracia, a mucho malo.

Sueños viejos

Encuentro a mi amigo farmacéutico preocupado por el incremento de los afrodisiacos. Dice que entiende y hasta recomienda el uso de los viagras y los cialis pero que ve con inquietud tanto su proliferación descontrolada como el auge de las ofertas piratas, y se muestra preocupado por el progresivo consumo juvenil de esas pócimas milagrosas. Un viejo sueño, el afrodisiaco, felizmente conseguido –¡y por casualidad!—acaso como un consuelo en esta era de tribulaciones. Viejo negocio, ya digo. Los griegos clásicos se atracaban con miel y sésamo, con zanahorias y trufas, con puerros y ajos. Los romanos con almendras y anises, espárragos o rúcula. Aristóteles previno a Alejandro contra la costumbre de beber menta propia de la soldadesca, en la que veía un riesgo cierto, y Pitágoras veía en el diseño de las habas –como otros en el del puerro o la ostra—la seña inequívoca de su poder vigorizador. Como los aztecas o los pigmeos, como los chinos o los celtas: no ha habido pueblo que no haya buscado y creído hallar ese remedio. ¡Hasta en la inocente alcaparra! Pero esto de ahora es otra cosa, lo mismo en el caso del sildenafil (viagra) que en el de los “poppers” esnifables (los chutes de nitritos) que son hoy por hoy la segunda droga de discoteca y que, quizá por eso mismo, están siendo prohibidos aquí y allá. Es toda una revolución civilizatoria esa prolongación de la edad sexual que, en cierto modo, alarga la vida. El toque está en evitar que acerque la muerte o su pródromo, que es la enfermedad, y eso no resulta controlable en una sociedad comunicada en la que burlar al almotacén está tirado porque para comprar en ella no hay que ir al mercado: te lo llevan a casa. Y eso –la “pastilla azul” que llega por correo, el “popper” que se merca en la misma discoteca—ya no es el avío inocuo de la Trotaconventos o el polvo mágico de Celestina, sino la droga eficaz cuyas consecuencias se ignoran, por más que serios indicios señalen riesgos neurológicos. Se puede celebrar el invento sin dejar de sentirse inquieto por las consecuencias de su empleo impropio. He repasado atónito la oferta de Internet y realmente es para preocuparse porque constituye una auténtica barra libre contra la que imagino que poco han de poder las crecientes leyendas que hablan de víctimas famosas. No olvidemos que estamos ni más ni menos que ante un sueño milenario hecho realidad, un sueño que si puede despeñar a unos, sin duda da vida a muchos otros. Y una vez más comprobamos la dificultad del ángel caído para controlar el Progreso. Dicen que el hombre es el único animal capaz de causarse daño a sí mismo. Mi amigo está convencido de esa inhumana conclusión.

Frente (anti)popular

Están en su derecho porque, al fin y al cabo, no hay otra política que la de la conquista y conservación del poder, pero la arbitraria exclusión parlamentaria de los alcaldes pactada entre PSOE e IU resulta una verdadera chapuza. Es, en el fondo, otro “pacto del Tinell” a la andaluza, con el que Griñán se defiende panza arriba de su crítica situación y Valderas confirma la reducción  de “la otra izquierda” a una simple opción títere preocupada tan sólo de la manduca de los cuatro jerifaltes. Ése es el drama de este sistema cojo de una pata: que no hay izquierda, ni centrada ni radical. Y esos alcaldes que el 25-M dieron el vuelco a la situación son el objetivo a batir. Para ellos se trata de seguir en nómina, no lo duden. Una razón de peso, sin duda.

Guerras inútiles

Cuando los americanos perdieron la guerra de Vietnam, mi generación se planteó estupefacta la cuestión del sentido de la guerra. Decenios de contienda colonial acabaron devastando a aquel pueblo y a sus vecinos sin que los “expertos” fueran capaces de otra cosa que de esgrimir el estribillo de la necesidad de mantener la supremacía del llamado “mundo libre” en el Pacífico, aunque para ello hubiera que recurrir a aplastar literalmente a varias naciones. Han pasado los años y Vietnam, sin embargo, unificado bajo un régimen comunista, muestra una admirable capacidad de superación sin dejar del todo la alianza con China pero del brazo ya –cada día de modo más llamativo—de sus viejos enemigos, esos EEUU que ahora llaman a los antaño rivales, “socios, colegas y amigos” (Hillary Clinton) y revisitan el país, agradecidos a una estrategia reconciliadora que incluso abre ya sus puertos a la odiada Navy y exhibe en sus restaurantes retratos de los Presidentes yanquis. Sigo hace tiempo esa mudanza que incluye una reescritura de la historia –¡en todas partes cuecen habas, como ven!—que, abandonada la imagen demoniaca del invasor, se centra ahora en los aspectos positivos (¡) de la relación bilateral, recordando remotos apoyos de Washington al presidente Ho y hasta llamando a convidados de piedra como el propio Jefferson. Un intercambio comercial galopante y una balanza comercial favorable al amigo menor parece que aconsejan olvidar los tres millón es de muertos que la guerra costó en un país vigoroso en el que la mitad de la población se sitúa hoy por debajo de los 25 años, la juventud emigra en oleadas hacia universidades americanas y hasta es acogido con apoyo del antiguo enemigo en el peligroso club de los “países nucleares emergentes” del que se excluye, por ejemplo, a los Emiratos árabes. “We are back in Saigón”, dice hoy la misma propaganda americana que satanizó durante tantos años al pobre “Charlie”. Vivir para ver.
 
La imagen del helicóptero fugitivo en la azotea de la embajada yanqui nos persigue con la insistente pregunta del sentido de estas guerras fallidas, preguntándonos por qué se detuvo en su apogeo la primera invasión de Irak, para qué ha servido la segunda, qué se ha conseguido en Afganistán que no consiguieran en su día los soviéticos o cómo se cerrará, si es que se cierra, el ataque a Libia. Llevamos vistas demasiadas guerras inútiles sin contar las tapadas, tantas como para pensar que tal vez en la actualidad, todavía se puedan ganar batallas pero no sea posible ya vencer en las guerras. Lo que no imaginábamos es que el enemigo pudiera reciclarse en cliente al ritmo con que lo está haciendo en Vietnam.