El nuevo caciquismo

Las Diputaciones Provinciales son, como bien saben los historiadores, el feudo del caciquismo histórico. Del viejo y del nuevo, aunque en la actualidad, es decir, en un régimen autonómico, esas instituciones carecen de sentido se mire por donde se mire, salvo por el lado del reparto partidista que las ha convertido en el asilo de sus clientelas y en el arca sin fondo de su mantenimiento. Eso sí, ninguno de los dos grandes partidos que son sus normales beneficiarios, ni otros menos talluditos por lo que pueda caer, quieren saber nada de suprimirlas, como han sugerido ya –una vez perdidas en su mayoría– el ex –presidente González y el vicepresidente tercero Chaves. El dinero todo lo amaña y concierta. El debatillo actual sobre las Diputaciones lo demuestra una vez más.

Sonrisas y lágrimas

En la sofocante mañana del Corpus, ya al final del interminable cortejo procesional sevillano, me ha sorprendido un atronador aplauso que, deslizándose desde la lejanía, se ha ido acercando hasta mí. Aplaudía la gente en los balcones, se cruzaban sonrisas cómplices entre los asistentes de la calle y hasta los procesionantes reflejaban en el rostro un estupor, a mi juicio perfectamente justificado. Esa ovación sorprendente iba a dirigida al nuevo alcalde de Sevilla que, por lo que me cuentan, ya hubo de vivir otra situación similar en la Plaza de Toros sevillana cuando fue descubierto por el público –tan heterogéneo como el de la procesión—que asistía al espectáculo organizado en torno al cantante José Manuel Soto, y les mentiría si les dijera que no sonaba extraña en la atmósfera casi tórrida de la mañana teniendo en cuenta lo que hay que tener. Porque, en efecto, ¿cómo esperar que se aplauda con entusiasmo a un alcalde cuando el prestigio de los políticos anda arrastrado por los suelos y, ciertamente, no sin una fuerte carga de razón; qué razones puede haber para que, mientras se desprecia masivamente a esos cargos públicos, vayan surgiendo algunos a los que los ciudadanos, entre sonrisas y lágrimas, no le regatean el homenaje entusiasta? Lo mismo que a Juan Ignacio Zoido le ocurría en la mañana de Corpus me consta que le está pasando, entre otros, a la alcaldesa de Valverde del Camino o al regidor de Antequera, auténticos “adelantados” de una eventual recuperación del prestigio de la vida pública que va a costar un riñón, por supuesto, pero que resulta imprescindible conseguir si queremos salvar lo que queda de un régimen de libertades que tanto costó traer –a unos más que a otros, de eso no hay la menor duda—hasta convertirlo en una realidad. Miré al alcalde Zoido cuando desfiló a mi altura y vi en sus ojos empañados y en alguna furtiva lágrima que le resbalaba rebelde mejilla abajo, una suerte de arco iris esbozado a raíz de tan larga tormenta. No hay política sino políticos, y el pueblo soberano aplaude a rabiar cuando cae en esa cuenta tan elemental.

 

Puede que sea a ras de suelo, en la vida municipal, donde la reacción moral tome cuerpo y abra perspectivas nuevas a una vida pública degradada hasta el escarnio, y puede que sea en esa distancia corta en la que los ciudadanos dejen de sentirse súbditos a la sombra de una autoridad digna y cercana. Ojalá, porque ninguna sociedad puede sobrevivir indemne a la quiebra moral del poder y al desdoro de esos responsables que ella misma se ha dado. He visto sonrisas y lágrimas en la mañana de Corpus que me han conmovido con una rara sensación de esperanza.

Cencerros tapados

La condición de “estricta confidencialidad” impuesta por el entonces consejero de Empleo, José Antonio Vera, al empresario beneficiario de una morrocotuda subvención debería encender todas las luces rojas en la cúpula de la Junta que, con toda seguridad, alegará desconocer por completo lo que ese responsable hacía y deshacía. ¿Qué es lo que había que mantener en secreto en una ayuda gubernamental que, en teoría, tenía que salir publicada en el BOJA? Ésa es la pregunta que debe hacerle Griñán a Vera si quiere alejar de sí toda sospecha de connivencia con quien, entre otras cosas y a pesar de los pesares, sigue siendo secretario provincial sevillano del PSOE.

Un mito campesino

Un profesor de la Universidad Politécnica Valenciana, José Miguel Mulet, ha escrito el libro de título más provocativo de los últimos años: “Los productos naturales, ¡vaya timo!”. Lo he buscado con diligencia porque mi hermano, que es gran experto (y práctico en la materia) anda muy preocupado con el proyecto onubense de acabar con los dichosos mosquitos mediante el uso de bacterias. A mi hermano no le llega la camisa al cuerpo ante la posibilidad de que, ignorantes como somos en esta técnica ciertamente atrevida, cualquier día pudiéramos vernos ente una mutación de esos microorganismos que los hiciera revolverse contra nosotros una vez liquidados los dípteros nematóceros, aparte de que lleva semanas sosteniendo que el lío del “pepinazo” alemán lo más probable es que tenga su origen en un efecto no deseado de la agricultura ecológica. Bueno, pues me llega el libro del profesor Mulet –al que los ayatollás  le van a dar fuerte y flojo—y en él veo que confirma ce por be esas sospechas sobre los riesgos del cultivo ecológico  al utilizar a gran escala esos fertilizantes naturales que son ricos en E.coli y otras bacterias y, en consecuencia, capaces y capataces de ocasionar problemas como el planteado. Sostiene Mulet que, como demuestra una amplísima bibliografía científica, las propiedades de los productos de la agricultura ecológica no son mejores ni más seguros que los de la agricultura convencional aunque su precio –¡vaya timo, en efecto!– pueda llegar a ser tres o cuatro veces más alto. ¿Y por qué? Pues porque los controles de calidad oficiales prácticamente no existen, toda vez que las normativas se limitan forzar el cumplimiento de un reglamento que se apoya sólo en esa “razón mítica”, valga el expresivo oxímoron, que halaga el incierto narcisismo medioambientalista. Esos certificados de producción ecológica no garantizan que lo que el individuo consuma “sea mejor para el medio ambiente, ni más sano, ni que esté más bueno”, asegura Mulet, quien denuncia de paso el uso ecologista de sales de cobre como fungicidas e insecticidas de enorme impacto contra las abejas, por ejemplo.

 

¿Una superstición, entonces? Pues es probable y, como tantas supersticiones, caras hasta lo prohibitivo. Rechazar el algodón transgénico le ha costado a Europa pasar de exportadora a importadora, por no hablar de que habría en el mercado, según Mulet, insecticidas y fertilizantes sintéticos mucho menos agresivos y más eficaces que los “eco”. Cierro este libro provocativo convencido de que los “verdes”, por una vez, van a tener que hablarle a la cabeza además de camelar al corazón.

Castillo de naipes

Ha resultado un castillo de naipes la estrategia de Griñán de negar  a la jueza instructora las actas del Consejo de Gobierno alegando, contra toda razón, que eran secretas. Secretas son sus deliberaciones, secreta la documentación a él remitidas, pero no sus actas, como dictaba el sentido común y ha acabado reconociendo paladinamente la Audiencia en un auto que no es recurrible. Lo cual deja en la peor postura a los junteros que han trampeado con esas actas lo mismo que han trampeado con los documentos requeridos, en la demostración de resistencia a la Justicia más llamativa de todo el periodo autonómico. Claro que el caso investigado también es el más grave, tanto que en este momento amenaza a los responsables a los más altos niveles. La jueza llevaba razón. Lo inasumible era la defensa numantina de la Junta.

Memoria e historia

Poco efecto han tenido las propagandas revulsivas destinadas a reabrir el proceso natural de cicatrización de la llamada “memoria histórica” –¡como si hubiera otra!—a juzgar por los recientes resultados electorales. Es verdad, sin embargo, que nuestra historia oficial, como cualquier otra, está reclamando hace mucho una restitución discreta. Ahora, por ejemplo, se habla y no para (sobre todo, se gasta dinero sin parar) en torno al centenario de la Constitución de Cádiz, lo que no deja de ser curioso teniendo en cuenta el desinterés más que relativo con que hemos pasado de puntillas sobre el centenario de la Independencia. Y hay historiadores incómodos con estos despropósitos y que tratan de paliarlos con su trabajo. Por ejemplo Moreno Alonso –sin duda, para mí, el hombre que ha revolucionado el conocimiento de esa época—quien, con más de una docena de libros sobre ese quinquenio memorable, entre ellos dos espléndidas biografías sobre Napoléon y del rey José, viene descubriendo la profundidad de aquella “revolución”, el tremendo trastorno de conciencias que supuso y, sobre todo, los papeles que en ella jugaron las Españas al margen de la rutina heredada. Acabo de leer su último libro sobre el papel del Alcázar de Sevilla en la Independencia, verdadero vademécum para orientarse en aquel laberinto, descubriendo el nunca reconocido papel de la capital sevillana en la que residieron tanto la Junta Suprema como la Junta Central hasta hacer de ella la auténtica capital de España en el periodo, desde la que no sólo se toca a rebato en la nación, sino que se declara la guerra al Emperador o a Dinamarca, se organiza y dirige la batalla de Bailén (a la que el mítico Castaños llegaría tarde…), se reglamenta la “guerrilla” y las Juntas Provinciales, se ordenan las finanzas públicas, se reestructura el Ejército, se convocan las Cortes, se exhorta a catalanes, gallegos o españoles americanos y hasta se provee lo imprescindible para ordenar la vida civil. Moreno propone el Alcázar como “un lugar de memoria nacional”. Como se ve, nunca hay que darlo todo por perdido.

 

Qué mundo agitado y fértil el de Quintana, el del olvidado Saavedra, Meléndez Valdés, Floridablanca, Jovellanos, Alberto Lista o el conde de Cabarrús, el de los “patriotas” y flamantes liberales (“liberal” es palabra castellana, no se olvide), el de unas clases superiores escindidas por el deseo de progreso o por el oportunismo, y el de un pueblo, en fin, sujeto no tan pasivo de un cataclismo histórico que habría de cambiar a fondo la propia identidad. Lean ese libro para convencerse de que no hay nación que sobreviva a la desmemoria, ni que resulte indemne a la memoria parcial.