No pintamos nada

Cuesta comprender cómo ha sido posible que, sin causa ni razón, Europa ande cerrándole la frontera a nuestros productos de huerta a los que se hace responsable de una epidemia alemana de origen desconocido. ¿Tan poca influencia tienen el Gobierno y la Junta, tan poco pinta la diplomacia española en esa Unión de la que somos socios de pleno derecho? Lo que está ocurriendo con la huerta andaluza, por lo demás, resulta inimaginable en cualquiera de las regiones españolas con autonomías con voz propia, que jamás hubieran consentido que se arruinara su sector más brillante sin más base que unas hablillas temerarias. No pintamos nada por ahí fuera. Esto no es ya el eslogan de algún partido sino la pura evidencia.

Verdugos y cómplices

Solemos tener mala memoria. A ver quién se acuerda ya, por ejemplo, del infierno yugoeslavo de los años 90, de las matanzas de Sarajevo, de Sbrenica, de las perpetradas en Croacia. De los millares de víctimas masacradas por los serbios, que incluso recurrieron al inimaginable recurso –tras proceder con método a una limpieza étnica que afectó a los varones entre 15 y 65 años–  de preñar a las mujeres musulmanas como suprema venganza. Ni siquiera del bombardeo de Belgrado que puso fin a aquella odisea cuando ya el país era una escombrera física y moral. Los verdugos han ido cayendo uno a uno al cabo del tiempo: en 2006 Milosevic, en 2008 el psiquiatra Karadzi, ahora, en 2011 el temible Mladic, para dar juego a un Tribunal Penal Internacional que trabaja hace años con las manos medio atadas. Tenemos mala memoria, y no cabe duda de que eso constituye una ventaja para los malvados, sean estos los matarifes implacables que asolaron aquel país o sus cómplices políticos de las grandes potencias. En el caso de la matanza bosnia, Mladic operó convencido por los hechos de que esas grandes potencias –dirigidas, sobre todo, por los EEUU y Francia— le garantizaban de hecho la impunidad que, por cierto, le había sido prometida en su día a Karadzic por no hablar del Milosevic al que Occidente se empeñó en considerar su aliado y convirtió en su baza. Hay que decirlo con claridad: la carnicería perpetrada por los serbios fue consentida primero y luego ocultada por los poderes del llamado “mundo libre”. La ONU –aquel Butros Ghali que no se enteraba de lo que no quería—estuvo conforme con las estrategias permisivas de las tropas destacadas en el país. Clinton y Chirac dejaron hacer mirando para otro lado.

Pero hay más. Las fotos en vivo de las matanzas vía satélite o captadas por aviones espías se perdieron entre la CIA y el Pentágono. Los oficiales holandeses testigos del desastre de Sbrenica llegaron a decir que Mladic era “un gran estratega”, y los británicos dieron por buena su actuación en aquel julio siniestro. ¿Qué decir de un papa que había precipitado el conflicto al bendecir la causa croata y luego calló mientras pudo? Milosevic fue siempre el hombre de la Casa Blanca y del Elíseo, y locos sádicos como Karadzic o bestias como Mladic, aprovecharon la ocasión. ¿Quién puede decir, en consecuencia, que la culpa es exclusiva de los asesinos serbios? Pues cualquiera, porque tenemos mala memoria y a ver quién se orienta, a estas alturas, en aquel laberinto lejano. Mladic –hoy una sombra de lo que era—apenas será un fantasma ante el TPI. Esta es la segunda derrota de aquellas víctimas consentidas.

No es broma

Lo del “dedazo” y la falta de autocrítica en el PSOE tras el fracaso de las municipales culmina, de momento, en esa oferta ingenua de un espontáneo a competir con Rubalcaba en las “primarias”, que aparece en Internet en un video en el que el protagonista comete el elocuente acto fallido de advertir que “no es broma”. Aunque bien pensado ya es algo ese gesto, si se considera el silencio del partido y ese vago escapismo que supone la consigna de que ya “comienza la remontada”. Ni un minuto para meditar sobre los posibles fallos, ni una palabra para sugerir siquiera la enmienda. Ni la sociedad ni los votantes se lo merecen, por lo visto. Aunque bien pensado, puede que, simplemente, no tengan nada que decir después de esta primera derrota que no parece probable que sea la última.

El mal banal

La teoría de la “banalidad del mal” que Hannah Arendt expuso en su libro sobre Rudolf Eischmann fue controvertida por quienes creían ver en ella, aunque fuera por su reverso, una racionalización trivializadora del Mal mismo. Molestaba la idea de que el verdugo pudiera ser entrevisto como un agente inconsciente de su tarea, como un burócrata –normalmente motivado por su deseo de promoción—que se limitaba a ejecutar de manera irreflexiva las normas emanadas del Sistema. Lo más horrible de la inconsciencia moral del verdugo es su condición de mero engranaje de la maquinaria vesánica, su capacidad de actuar con indiferencia crítica y, por tanto, moral, respecto a la maldad de los actos perpetrados. El Mal concierne de manera enigmática a la condición humana –como probó Milgram  con su interesante experimento y parece deducir también Robert Merle en su terrible retrato de Rudolf Hoess, el ejecutor de Auswitch—y en ese sentido sugiere un temible perfil del malvado que insiste en caracterizarlo como pieza irreflexiva del engranaje sin perjuicio de su responsabilidad. Hay un mal impostado pero también un mal en tono menor que encontramos no en la guarida del sayón sino, con indeseable frecuencia, entre la gente corriente, como aquellas familias de Weimar que los domingos llevaban a sus hijos se paseo hasta el campo de concentración de Buchenwald o tantas otras como convivieron con los matarifes en plena armonía. Fíjense en la oferta de ese hotel alemán, el Stadt Hameln, sede en su día de la feroz represión hitleriana, que, por 44 euros permitirá a sus huéspedes vivir la experiencia de las víctimas reproduciendo escrupulosamente las circunstancias de aquella infamia –trajes rayados, uniformes de las SS, celdas de aislamiento, rancho del prisionero—como si de un juego se tratara y como si la propia idea de la reproducción banalizada del horror real no constituyera una afrenta, no ya a quienes hubieron de padecerlo, sino al sentido común. La Arendt no se inventó nada que el hombre común no esté demostrando día a día.

 

No me digan que, en todo caso, esa oferta no resulta repulsiva quizá no tanto por su componente masoca como por la intención despreciable de presentar como trivial lo que de suyo es fatalmente perverso. ¿Se puede “jugar” a reproducir la tragedia sin ultrajar frontalmente la razón moral? Yo creo que no, y veo en ello, además, la confirmación más alarmante de esa teoría con que Hanna Arendt –como hiciera Primo Levi– trataba de descubrirnos la imprevisible contigüidad de la maldad. No es posible apearle la mayúscula al Mal sin correr el riego de justificarlo.

Lo dice un histórico

Un histórico del PSOE como Carlos Navarrete ha hablado alto y claro, con la espontaneidad que siempre lo caracterizó. Ha dicho que “el PSOE es un partido inexistente compuesto sólo por concejales y cargos públicos”; que en el partido “hay más cargos públicos que militantes”; que en el último año se ha manifestado “con un total desapego entre los dirigentes del partido y los intereses de su electorado natural”; que si “los partidos son víctimas de las consecuencias la crisis” también es cierto que “la crisis se alimenta de la incompetencia de los gobernantes en dar respuestas”; y que “el PSOE se ha parasitado extraordinariamente y no le llega la savia nueva”. Huelgan comentarios. Lo dicen ya los históricos.

Un saco de harina

¿Ustedes alcanzan a explicarse el lacerante enredo de los niños robados? ¿Cómo es posible que durante décadas haya funcionado esa auténtica mafia que comerciaba con los recién nacidos de madres pobres para satisfacer las ansias de paternidad de parejas pudientes pero infecundas? El escándalo acaba de surgir también en Argentina donde el clamor por el robo de los niños nacidos en cautividad durante la dictadura militar no ha permitido hasta ahora reparar en los millares de criaturas arrebatadas a sus padres o vendidas por ellos en plena democracia a consecuencia, sobre todo, de la complejidad de unos procedimientos legales de adopción que prueban que la autoridad, el Estado en definitiva, ha confundido su legitimo objetivo de proporcionar una familia a los niños desamparados con el de ofrecer bebés a las familias demandantes. He leído documentos estremecedores que apuntan, entre otras cosas, que apenas uno de cada cuatro niños adoptados lo ha sido siguiendo la vía legal, mientras que diversas organizaciones denuncian que la venta de recién nacidos que ha disparado la demanda europea se rige por un sistema de precios que oscila entre los 40.000 y los 80.000 euros en función del sexo y del color de la piel, pero que aparte de atender las peticiones de familias adoptantes atiende también sin remilgos los pedidos de la canalla traficante dedicada a la prostitución o a la pornografía infantiles. Hay datos escalofriantes como el que asegura que una pequeña localidad de Santiago del Estero la media semanal de desaparecidos ronda la docena de casos. Y alguna denuncia de que esos trueques, forzados tantas veces por la indefensión y la miseria absoluta, han llegado a tasarse a la baja en un puñado de billetes, una casa y hasta en un saco de harina. Todo con la complicidad criminal o simplemente insensata del personal sanitario, del funcionariado judicial y de algunas instancias religiosas. Entre los crímenes ocultos de la sociedad desigual ninguno quizá tan alevoso como necesitado de castigo.

Asombra comprobar hasta dónde pueden llegar la obsesión por la paternidad y la fantasía de un instinto materno capaces de conciliar su vehemencia con la infamia de un montaje como el que se está descubriendo amparado por la incompetencia y quizá por la ceguera voluntaria de los poderes públicos. Porque no hay ninguna grandeza en satisfacer una obsesión caprichosa pero sí una incalificable maldad en participar en un sistema que llega a fijar en un saco de harina el precio de un ser humano. Hasta de la prole ha logrado hacer mercancía el fracaso moral de una sociedad. Junto al amparo de los vendidos sólo cabe esperar ahora el castigo de marchantes.