El santoral ruso

La vuelta al cristianismo de la sociedad rusa más tradicional viene desarrollándose desde sus inicios como un fenómeno de largo alcance político a juzgar por el apoyo institucional que recibe la iglesia ortodoxa y por la destacada presencia de los altos dignatarios en la primera línea del culto público. La canonización de los Romanov fue, probablemente, el pistoletazo de salida para una burda carrera hagiológica que próximamente se verá confirmada con la canonización del príncipe Vladimir, el legendario apóstol que cristianizó el país hace cerca de mil años, efemérides que declarará la Duma próximamente por medio de un decreto auspiciado por Putin. Pero sobre el propio Putin se cierne también una activa propaganda que lo presenta como un héroe excepcional y virtuoso, aunque nadie hasta ahora había osado proponerlo candidato al santoral como ha hecho cierta santona sectaria al revelar a los cuatro vientos que el viejo jefe del KGB es nada menos que la reencarnación del apóstol Pablo o, según la agencia RIA Novosti y otras fuentes, tal vez la del sabio Salomón, circunstancia ésta última que tal vez explicaría que, a pesar de asuntos como el hundimiento del submarino Kursk, la masacre de Chechenia o los asesinatos de espías y periodistas, conserve una popularidad que se asegura que no ha bajado en ningún momento del 60 por ciento. Ya ven lo que puede conseguir la religión cuando se confunde con la superchería y, de paso, ya ven hasta dónde puede llegar, si se apoya en los enigmáticos mecanismos mentales del mito, un personaje taimado que tiene sobre sí tanta sangre y tanta corrupción. A Franco lo canonizó por la vía rápida el “papa” Clemente pero no hay que olvidar que ha habido intentos similares promovidos por la asociación que custodia su memoria y pregonados por algún filósofo cuyo texto escolar conocen bien varias generaciones de universitarios españoles. En Rusia, al menos de momento, el Poder se ha limitado a agradecer el obsequio, lo que no deja de constituir un progreso respecto del pasado fanatismo laico.

 No por grotesca una anécdota como la que comentamos deja de ser relevante sobre todo a la hora de valorar la situación de una opinión pública, devastada por tantas décadas de opresión, y a la que los mismos que la secularizaron por las bravas pretenden ahora movilizar accionando sus resortes religiosos. Nada nuevo en Rusia. En Novgorod comprobé alguna vez la devoción popular al príncipe Nevsky ante cuyo icono se arrodillaban fervorosamente los nuevos devotos. Putin cierra, por el momento, ese ingenuo devocionario que confunde el poder con la beatitud.

Desconcertante justicia

La puesta en libertad definitiva de ese delincuente que era menor de edad cuando participó en la violación y muerte de la muchacha sevillana cuyo cuerpo sigue sin aparecer, vuelve a poner en pie de guerra a una opinión que no entiende de leyes, ni tiene por qué entender, pero para cuyo sentido común resulta un insulto que delincuentes de semejante calaña andes sueltos por la calle. Es inútil continuar con la porfía sobre la ley del Menor, ese monumento a la impunidad. Mientras esa desgraciada norma no se reforme, esta sociedad seguirá soportando espectáculos como el comentado, que no es sino un más en la ya larga serie que llevamos vividos.

El miedo artificial

No hay quien me quite de la cabeza que el “pepinazo” que está arruinando a nuestra agricultura ante la insolvencia de un Gobierno más atento a sus problemas de partido que a la gobernación del país, es un montaje de gran envergadura organizado desde la competencia. No niego que la actuación de esa consejera alemana que ha sembrado la alarma sea fruto de su ignorancia o de su osadía, pero apostaría a que lo que ha venido después, a saber, el descrédito fulminante de nuestra huerta en Europa y el cierre de fronteras a nuestros productos, ha sido por lo menos el resultado de una manipulación  interesada. Tampoco voy a plantear el famoso “Quid prodest?” porque será demasiado fácil mirar hacia los clásicos competidores, evidentes beneficiarios de nuestra ruina. Lo que ahora me interesa resaltar es el fenómeno del miedo, ese fantasma intermitente que asola el mundo civilizado (en el otro se comen sin penárselo dos veces lo que se tercie) cada dos por tres, con el agravante de que la población se está quedando si referente seguro y como confiada en exclusiva a su arriesgada intuición. Para empezar, porque la Organización Mundial de la Salud, la antaño respetada OMS, salió hecha trizas de la crisis de la última gripe ante la que anunció un apocalipsis por fortuna sin fundamento. Y en el caso de los españoles porque ya me dirán cómo tranquilizarse confiando en una ministra sin estudios no especiales dotes como la que tenemos, cuyas intervenciones me temo que aumenten el desconcierto en lugar de fomentar el sosiego. Desde las vacas locas a los pepinos pasando por la crisis de las dioxinas, por la gripe aviar o la porcina, no acabamos de respirar hondo cuando ya nos acongojan con otra amenaza invisible con la que, indefectiblemente, muchos se arruinan y unos cuantos se ponen la botas. La psicosis de la peste está hondamente enraizada en la mentalidad humana por más que el mundo contemporáneo haya demostrado que a lo que tiene que temer a sus propias endemias.

 

Hemos visto y escuchado a la consejera hamburguesa y a la ministra Pajín con la lógica inquietud por ver en manos de quiénes estamos y, por descontado, con el miedo añadido de que alguna vez la llegada del lobo resulte cierta y una amenaza vital de envergadura haya de ser gestionada por esas aficionadas “de cuota”. La crisis de los pepinos no solamente va a descuadrar sin remedio nuestra economía sino también nuestra imprescindible aunque ya residual confianza en los responsables políticos. Uno a corto y el otro a medio plazo, no nos podían haber caído encima mayores desgracias.

Ruina irremediable

La ruina de la huerta andaluza es prácticamente un hecho. Lo habían intentado otras veces sin conseguirlo, pero en esta ocasión –con un Presidente del Gobierno mudo, una ministra por completo lega, un “candidato” acomplejado frente a la potencia alemana y una Junta sin el menor peso—se van a llevar el gato al agua, hundiendo nuestro sector más floreciente desde Almería a Huelva pasando por Málaga, Granada y Sevilla. Gran fracaso político de Gobierno y Junta, ridículo de nuestro sistema sanitario cuyos laboratorios han sido incapaces de responder en tiempo y forma al ataque alemán. Y todo en medio de la mayor indiferencia, como si este roto admitiera remiendo. Pocos casos de desgobierno e indefensión como éste de la ruina de la huerta.

Aquel utillero

Cuentan que hubo un utillero de la Selección española de fútbol que, cuando viajaba en competición, llevaba en su equipaje una bandera española y un disco con el himno nacional. En pocos países tendría sentido esa prevención pero en España lo tenía sobrado toda vez que la relación de casos en que, tras un triunfo hispano, se ha escuchado en honor del vencedor un himno ajeno o equivocado parece no tener fin. A Contador mismo, tras ganar el Giro, no le habrá pillado por sorpresa la chapuza italiana de colocarle el himno con la letra de Pemán –en la versión fascista corregida, para más inri—puesto que tenía ya sobre sus espaldas la experiencia de haber escuchado en su honor el himno danés cuando ganó el Tour del 2009, chasco que no era sino uno más en esa larga lista que incluye los ocurridos en Praga o en Canadá, en El Cairo o en Lima, por no hablar del chusco incidente de Melbourne en que un trompetista, no sabemos si espontáneo o preparado, se dejó caer ante la concurrencia indiferente y el equipo desconcertado nada menos que con el Himno de Riego. Llueve sobre mojado, pues, y lo que habría que preguntarle a los responsables oficiales es si ellos se imaginan siquiera la posibilidad de que a la afición francesa le cambiaran la Marsellesa por el “God save the Queen” o qué sucedería en el planeta del béisbol americano si en un estadio extranjero sonara en honor de sus gladiadores la Internacional o ese himno de recuelo que Putin ha hecho con el que fuera de Stalin. Una burocracia tan nutrida como la que en España mantiene el deporte no debería depender de un utillero sino responder de sus fallos que, a estas alturas, carece de sentido continuar conceptuando como incidencias intrascendentes. Estas cosas sólo nos ocurren a nosotros, por lo que yo sé, y por eso mismo deberían ser objeto de una severa consideración por parte de esta enervada autoridad.

Pero ¿y la diplomacia, para qué está el “servicio exterior” de una nación sino para preservar su imagen y evitar que se la tome a chacota? Una cosa es que hayamos perdido peso por ahí fuera y otra que nuestros representes en el extranjero ni siquiera se preocupen de prevenir estos chascos absurdos por el procedimiento elemental de interesar de las organizaciones deportivas el debido respeto y, en su caso, por proporcionarles el material del que, al parecer, carecen. O sea, que no se les pide más que a aquel utillero que un día decidió, con tan buen criterio, pechar por su cuenta con la dignidad nacional. ¿Se figuran a los franceses, ya digo, escuchando atónitos un himno ajeno en honor de un campeón propio? Nosotros, por desgracia, hace años que tenemos el cuerpo hecho a esos elocuentes desdenes.

Fracasos tapados

La decisión de Griñán de no hacer autocrítica tras el bastinazo colosal de las municipales tiene, desde luego, explicación sobrada. Ya me dirán cómo racionalizar el hecho aplastante de que más de un 60 por ciento de los votos perdidos por el PSOE lo hayan sido en Andalucía, que uno de cada cinco nuevos votos del PP en toda España haya salido de las urnas sevillanas o que la señora presidenta del PSOE-A haya fracasado de la manera estrepitosa en que lo ha hecho en su pueblo natal, Antequera. Hay situaciones en lo más práctico es no revolver el cotarro entre otras cosas porque demasiadas voces atruenan ya el ámbito interno de ese partido que por primera vez pierde unas elecciones en Andalucía.