Nuevo caciquismo

Estos de ahora acabarán dando sopas con honda al mismísimo Romanones, el que compraba a los braceros su voto por un duro a cambio de las tres pesetas que éstos habían recibido previamente de su rival. En Punta Umbría, sin ir más lejos, se calcula con buena lógica que, si una ayuda concedida una familia supone al menos tres votos, las más de cuatrocientas que el actual alcalde del PSOE repartió durante la campaña y ahora ha suprimido, podrían haberle proporcionado los mil doscientos votos que, en efecto, necesitaba para ganar los comicios. La sociedad subsidiada ha creado un nuevo caciquismo tal vez más eficaz que el clásico. Lo difícil va ser salir de esa situación.

Celos escénicos

Justo el día en que las Bolsas europeas se desplomaban y la mayoría empieza a no dar ya un duro por el euro ni por la Europa unida, y cuando, tras los sucesos de Israel, Inglaterra arde por los cuatro costados en medio de una insensata asonada, los “indignados” madrileños han encontrado en su asamblea su gran objetivo de combate: la visita del Papa. Dejarán a sus miembros en libertad para actuar en su contra –toda vez que resulta improbable una autorización gubernativa, incluso contando con Rubalcaba– al tiempo que se proponen organizar ente el Obispado una demostración masiva de apostasía. Ya ven, esos son los problemas que España y el mundo tienen planteados, por lo visto, en línea con una anacrónica tradición anticlerical de origen “ilustrado” que ha sido causa ya en nuestro país de demasiadas tragedias. Por supuesto no hay ni rastro de esas vejeces en el panfleto ya célebre de Hessel y mucho menos en el prólogo generoso que le ha puesto Sampedro a la edición española, pero eso no ha sido obstáculo para que, una vez más, el ataque a la religión se haya convertido en objetivo y cortina de humo tras la que disimular otros mucho menos asequibles como la rapacidad financiera, la prensa dependiente, la desigualdad social, la vulneración de los derechos humanos o la propia degradación de la partitocracia, todos ellos incomparablemente más incómodos y comprometidos de reivindicar. El problema de España se centraría en este momento, para esos improvisados revolucionarios, en un congreso cristiano ante el que, con toda evidencia, estos agitadores sobrevenidos e insustanciales han debido sentir un intenso celo escénico. ¿Qué representan, en efecto, unos miles de rebeldes vivaqueando por las plazas frente al millón que espera reunir en Madrid la todavía poderosa Iglesia? Ésa creo yo, sin dudarlo, que es la cuestión que subyace bajo los pies de barro de ese movimiento que, sin una sola idea original, se agota en su propia iconoclastia.

 

Por supuesto que semejante actitud entronca con la estrategia gubernamental mantenida por el zapaterismo durante los últimos siete años como una hijuela más de su anacrónico republicanismo frentepopulista. Pero, insisto, creo que el motivo de la extravagante decisión de interferir la libertad religiosa no ha sido otro que el temor de que la concentración católica deje en evidencia la mínima capacidad de convocatoria que, a pesar de tanta publicidad y tanta protección, ha logrado un desordenado movimiento que ni siquiera sabe dónde está ni a hacia dónde se dirige. Los celos son malos consejeros. Lo más probable es que lo comprueben enseguida estos espontáneos.

La Junta y los suyos

Cuesta entender cómo se puede alcanzar tanta torpeza, pero la negativa de la Junta de Griñán tras perder las municipales a colaborar con el Ayuntamiento cordobés del PP en la organización de la Copa Davis deja en excesiva evidencia la parcialidad de un gobierno regional que protege a las Administraciones de su obediencia mientras le niega el pan y la sal a las gobernadas por los rivales. Y cuesta más entender la decisión teniendo en cuenta que Griñán ha sido, además, diputado cunero por Córdoba y mucho debe a esa provincia y a esa capital que, eso sí, se ha resistido siempre a la llamada del PSOE. No hay derecho a castigar a las ciudades que votan a otros partidos ni a beneficiar a las que apoyan al propio. Eso no lo han entendido nunca el “régimen” y menos que nunca en estos angustiosos amenes.

Crisis y conflicto

Sería un error considerar el movimiento madrileño del 15-M como un epifenómeno aislado y puramente indígena. Los sociólogos saben que a un determinado nivel de paro y pobreza el conflicto aflora por encima del consenso que, según el croquis de los funcionalistas, mantiene unidas y en paz a las sociedades, y lo raro era que con las actuales cotas de desempleo y varios millones de familias sin recursos, no hubiera aflorado antes. Otra cosa es que, al menos hasta ahora y al margen de posibles manipulaciones partidistas, nuestros “indignados” no hayan sido capaces de definir su malestar ni concretar su exigencia, pero eso es algo que puede llegar con la propia experiencia de la protesta. A la crisis global le están estallando ya los primeros conflictos sociales –que, por supuesto, nada en absoluto tienen que ver con los registrados en Túnez o en El Cairo—como acabamos de comprobar estos días en Israel e Inglaterra, expresión clásica del descontento ante situaciones-límite, y con toda seguridad habremos de asistir a otros estallidos, no sólo por el efecto mimético que, sin duda, puede influir en el fenómeno, sino porque, el conflicto mismo es una respuesta inevitable en las sociedades fracasadas. Poco importa el tono de la protesta –mayista con sifón en Sol, asociativo en Tel Aviv, vandálico en Londres, Birmingham, Bristol o Liverpool–, porque lo significativo es el estallido mismo, la reacción convulsa de colectivos muy distintos pero hermanados por su origen contestatario. Tampoco habría que exagerar el papel de las redes sociales, que si son hoy día la voz de la muchedumbre silenciosa hasta ahora desconectada por completo de los centros de decisión, no me parece que sean, sin embargo, ni causa ni origen de la protesta. Hay clamor en la calle porque la crisis ha sobrepasado ya el dintel de tolerancia, y porque la población, sujeto pasivo y sufriente de sus consecuencias, culpa de la situación a los poderes económicos y desconfía ya por completo de los representantes políticos.

 

Habrá enfrentamientos, pues, mientras la crisis gravite sobre la vida colectiva e incluso irán a más. Y en ese sentido no se trata de darle respuesta a unas reivindicaciones tan clamorosas como vagas, sino de entender la razón mediata que asiste, más allá de la protesta misma, a los que se plantan frente al Poder en la calle. Que es lo contrario de lo que aquí andan haciendo los partidos, por cierto, al coquetear con los mismos que los denuncian como una lacra. Ni Mayo ni la Comuna sirven hoy como modelos. Sólo queda la voluntad radical de reforma y el convencimiento de que ninguna asamblea espontánea será capaz de ajustar este endiablado puzle.

El cuento de la alhambra

Pocas cosas tan extravagante hemos oído en mucho tiempo como la propuesta del ministro marroquí de Cultura de que los ingresos turísticos de la visita a la Alhambra se repartan a medias entre España y su país. Es verdad que la alfombra se la han tendido a esos extravagantes los propios responsables políticos españoles y andaluces con su acomplejada (e interesada) política de cesiones, concesiones y subvenciones a un vecino hostil que, para colmo, podría no ser pobre ni necesitar ayuda  si su voraz oligarquía no acumulara prácticamente la riqueza de todos. Antes de que ese ministro lo reclamara, una ministra española ya le ofreció en su día una silla granadina. El toque estará en ver hasta dónde puede llegar ahora el disparate estando el pandero, por ambas partes, en manos de quien de esa manera lo tañe.

El reloj de cuco

Vuelve reconfortado de sus vacaciones en su país mi amigo el suizo. ¿La crisis? Bueno, la crisis está un poco por todas partes –me concede—pero en Suiza se nota poco. Es verdad que una moneda tan fuerte como el franco local afecta a las exportaciones y las reduce hasta el extremo de que en el país han aumentado las quiebras y cierres, pero con un crecimiento del tres por ciento anual y apenas otro tres por ciento de paro (es decir, con pleno empleo de hecho) las penas, ciertamente, son menos, y el pueblo soberano sigue inalterado en el día a día, de espaldas al proyecto continental pero también a su catástrofe. Se ríe mi amigo cuando evoco la escena de “El tercer hombre” en que Orson Welles hizo famosa la afirmación de que doscientos años de democracia apenas habían servido a los suizos para inventar el reloj de cuco, y es para reírse, desde luego, teniendo en cuenta el hecho de su inmunidad a esta epidemia financiera que está poniendo en el alero al sistema de vida occidental en su conjunto. Es como lo de Bélgica, ese país que navega al pairo –en junio hizo un año—desde que descubrió la prescindibilidad del Gobierno y la suficiencia de la inercia institucional, pero no corriendo alocado como el pollo sin cabeza sin al mismo paso que llevaba cuando aún se atenía al modelo convencional. ¿Será que se puede vivir en la autarquía e incluso en la acracia mientras los demás se debaten en el comején de la crisis o se hacen trizas internamente en el forcejeo partidista? No seré yo quien se apunte a esa tesis, pero sí uno más entre quienes no entendemos cómo a algunos países les resulta tan fácil mantenerse erguidos mientras bajo los pies de todos los demás tiembla el misterio de la ruina global. A mi amigo, encima, la fortaleza del franco le ha supuesto un pellizquito añadido en su pensión traducida a euros, a ver si hay quien entienda esto. Es posible que con el calvinismo nos hayamos perdido, siglos atrás, una oportunidad de oro.

 

Muchas cosas se va a llevar por delante esta crisis aparte del botín financiero. La idea de que nuestro modelo comunitario es el mejor de los posibles, el trampantojo que supone la fe en una libertad de mercado que, lejos de hacernos libres, nos está llevando al precipicio, la evidencia de que la ilusión liberal sólo puede mantenerse en pie apuntalada por la intervención. Hay demasiadas cosas que damos por probadas, probablemente, a pesar de tener tan cerca esos ejemplos que nos permiten cuestionarlas. En cuanto a los suizos, ya verán cómo se las avían para salir de espaldas de este laberinto. Al fin  y al cabo ellos son quienes guardan en la faltriquera las llaves de nuestras cajas fuertes.