El perro muerto

La liturgia ha celebrado uno de estos días la fiesta de san Simeón el Loco, un caso inquietante de excentricidad que ha llegado a ser célebre y que, aplicado a otros ámbitos de la vida pública, seguro que nos proporcionaría una aprovechable perspectiva. De Simeón nada dice el maestro Jacobo de la Vorágine en su “Leyenda Áurea” pero veo que el Martiriologio Romano le dedica un cumplido elogio en el que se acepta la necedad o locura como un instrumento legítimo y útil en manos de la buena fe, tal como consta que hicieron luego otros destacados Padres. Simeón empezó pronto su ejercicio ascético hasta hacerse eremita a orillas del Mar Muerto, pero un buen día, pasados largos años de ayuno y penitencia, descubrió que a lo peor en esa santidad esforzada se escondía la semilla del orgullo o la vanidad que acecha a toda ambición virtuosa, razón  por la cual decidió volver al mundanal ruido sin mejor ocurrencia que hacerlo en la populosa ciudad de Emesa, en la que hizo su escandalosa entrada arrastrando con su cinto un perro muerto, y en cuya iglesia protagonizó luego ruidosas travesuras que incluso llegaron a interrumpir el culto. Siméon vivió hasta su muerte haciendo ostentación de una insensatez que implicaba su proximidad a los marginados y que acabó perfilando, por contraste, una especie de caricatura de la beatitud convencional, atenida por tradición y siempre al rígido paradigma de la seriedad y la afectación. O sea, que se hizo el loco para poder ser santo, lo cual no es, en fin de cuentas, nada que ofenda a la lógica sino todo lo contrario, y que ojalá cundiera como modelo en otras esferas de esa vida ejemplar que nos proponen por sistema los que se tienen por superiores o más elevados. Un brazo daríamos muchos por ver entrar en el Congreso, valga el caso, a un espíritu independiente arrastrando el perro muerto de su humildad en lugar de varear el pavo de su pretendida preeminencia. Íbamos a salir ganando todos, menos el perro, claro.

 

Pocas cosas me han escandalizado tanto como el despilfarro perpetrado en una región mísera como la noble Extremadura para atender las ansias de notoriedad de un ex-Presidente que, tras más de tres décadas de gobierno, la ha dejado en la ruina y a la cola del mundo, aunque bien podría añadir la decisión andaluza de mantener ese privilegio en este otro paraíso inventado igualmente en plena ruina. Y me he imaginado a Simeón el Loco arrastrando su perro difunto por esta Emesa nuestra como un símbolo capaz de incendiar el tinglado y librarnos de tanto pretencioso afanador. Hacen falta locos de vez en cuando aunque sólo sea para caricaturizar con trazo implacable a tanto cuerdo comediante.

Oficio de linces

No sabemos a ciencia cierta (el debate entre los expertos está abierto hace años) cual es el beneficio real de la prohibitiva política proteccionista de la Junta de Andalucía. Hay quien dice, por ejemplo, con voz autorizada, que eso de criar linces para repoblar no está tan claro, como hay quien pone en duda las estrategias adoptadas para proteger, a precio de oro, a otras especies amenazadas. Pero lo que no hubieran podido esperar ni los más críticos es que, durante años y años, los propios técnicos hayan estado estafando al erario millones de euros en beneficio propio. Un duro golpe para los planes conservacionistas quizá, aunque sobre todo un palo para una política juntera siempre diletante y más atenta a las apariencias que a lo que de verdad se cuece en su propio puchero.

El trauma político

Una diputada canaria, Ana María Oramas, ha saltado a la fama por su ternurista intervención en el Debate pasado al dirigirse a Zapatero, en un tono de lo más meloso, para lamentar el sacrificio que la Presidencia ha debido suponerle como padre y esposo, y desearle en su inmediata jubilación que recupere esos goces familiares que, según ella, la vida pública arrebata a sus protagonistas. Es verdad, en cierto sentido, que la política come el coco, como dirían los perjudicados hijos, que la vida pública suele obsesionar a sus protagonistas hasta el punto de perjudicar eso de que tanto se habla bajo la rúbrica de “conciliación familiar” con el oficio, toda vez que en ella los horarios suelen ser largos y las preocupaciones se sobreponen a los sentimientos hasta deshumanizar la vida de quienes tal vez fueran, por la cuenta que a todos nos trae, los ciudadanos cuya vida habría que preservar más de la deshumanización. Ahora bien, la señora Oramas parece que cree que sólo los políticos ven saqueada su intimidad, como si no le bastara mirar alrededor para caer en la cuenta de que, para amputados familiarmente, los mineros que trabajan de sol a sol, los pescadores aislados en la mar días, meses y hasta años, los miles de trabajadores nocturnos que ven invertido, junto al propio ritmo sueño-vigilia, el desarrollo normal de sus vidas familiares. ¡Ya quisiera un policía aislado de su familia durante años –preceptivamente—en el País Vasco, ya un marino o un pastor trashumante, forzados por definición a pasar más de media vida aislados de los suyos, tener el horario de un político que, para empezar, nadie establece ni vigila como en el caso de la mayoría de los trabajadores! Verá, no se niega el sacrificio que en la política hacen sus protagonistas ni se pueden ignorar las incomodidades que, junto a tantos privilegios, implica el alto cargo, sino de señalar que semejante elogio de su propio oficio supone un olímpico olvido de las duquitas de los demás. He oído encomiar este monólogo por razones humanitarias. A mí, sinceramente, me ha parecido, además de impropio, de lo más cursi.

 

Lo que no sé es qué habrán podido pensar a lo largo y a lo ancho de España, oyendo a la diputada, los millones de parados que ya querrían, las criaturas, que les cayera encima un horario apretado, sobre todo, en los sillones del poder, por no hablar de los cientos de miles de padres de familia que carecen de todo ingreso y, en consecuencia, no es que no disfruten de sus hijos, sino que no les pueden dar de comer un par de veces al día. Dudo que ZP pueda “mirar a los ojos” a ese ejército de reserva que sabe mejor que nadie lo que es ver rota su entera vida familiar.

Las cosas de comer

No me acuerdo ya quien fue el primero de nuestros próceres en decir eso tan elocuente de que “con las cosas de comer no se juega”, pero a la vista está que la filosofía profunda del dicho ha calado hasta la médula nuestra política. Lo acabamos de ver en el Parlamento de Andalucía donde, tras las palabras encendidas y los brindis al sol, han sido rechazadas, una tras otra, todas las propuestas de austeridad planteadas al gobiernillo de la autonomía: nada de eliminar las “cesantías”, nada de prescindir de los privilegios de los ex-Presidentes, nada, en fin, de casi nada. La austeridad, para los otros, nunca en la vida pública. Griñán ha consagrado este precepto a pesar del millón tres cientos mil parados y de todo lo demás.

Leer o no leer

Numerosos indicadores nos ponen sobre aviso sobre la crisis de la lectura, en particular la de los jóvenes. Nos lo cuentan los sufridos profes, lo constatan los padres (lectores), lo confiesan muchos que se sienten incapacitados para ese ejercicio que no goza en este momento histórico, ciertamente, de su mejor prensa. El Programa de Evaluación de Estudiantes (por mal nombre, “Informe PISA”) se ha encargado año tras años de advertirnos que nuestros alevines leen cada vez menos, mientras que consagran cada día más tiempo a la tele y al videojuego, demostrando que poseemos una juventud culturalmente a la zaga de sus congéneres en punto a dedicación a la lectura y, lo que tal vez es peor, a la comprensión del texto. Navegamos muy por debajo de la media civilizada, como es sabido, en lo que se refiere a ese ejercicio hasta ahora considerado esencial para la vida cultural de los pueblos, que encima se complica en la medida en que los expertos discuten las ventajas, inconvenientes y diferencias que separan la lectura libresca de la llamada “on line”, es decir, no de la que es producto de la relación directa con el libro sino de la efectuada a través del ordenata. Pues bien, aunque parece comprobado que los jóvenes españoles poseen en casa más de esos instrumentos que la media de los europeos (aunque menos en el centro docente), resulta que también están por debajo del promedio de éstos –concretamente ocupan el puesto 12– en la clasificación que atiende a la destreza lectora en la Red y que, en definitiva, su capacidad como lectores de textos impresos es todavía inferior a la demostrada en aquella. Quizá es que estén de acuerdo con la vieja idea de que la lectura es una forma de pereza en la medida en que el lector resigna en el texto la función de pensar por uno mismo o quizá que, sencillamente, soplan malos vientos para la lírica bibliográfica y por doquier arrecia el descrédito del libro frente a su penumbra virtual.

El gran poeta Edmond Jabès –cuyo estro fragilísimo no me imagino contemplar en una pantalla– llegaba a decir que el libro no existe sino que lo crea la propia lectura. Como nos descuidemos, podríamos quedarnos sin el uno y sin la otra, no puedo imaginar con qué sustitutivo pero seguro que atrapados en el tremedal que supone la textura desencarnada. Claro que nuestro jóvenes, por lo que parece, fracasan por igual ante impresos y virtuales, con esa fobia de la escritura que tanto potencia la seducción de la imagen. Yo he visto no sin agobio el esfuerzo titánico de mi nieto por descifrar su silabario. A manejar la videoconsola, en cambio, aprendió solo. Y en un santiamén.

Se lo pasan bomba

Al menos dos conejeros de la Junta —el de Empleo y la de Salud–, precisamente dos a los que no les faltan los graves embrollos, se pasaron el debate sobre el Estado de la Comunidad jugando a enviar mensajitos por sus cachivaches electrónicos en los que resumían la mediocridad ambiente e iban subrayando con sus “tweets” –traducido, embrollo o susurro, no se olvide—las proezas dialécticas de su jefe. Ya no tienen bastantes con pasarse la sesión charlando por el telefonillo sino que, casi sin tiempo para reflexionar lo oído, se convierten en la voz de su amo como inútiles propagandistas. Sumen a esas actividades sus ausencias, idas y venidas, ocios en el bar de la Cámara y los tiempos muertos empleados en aplausos y broncas, y verán por cuánto le sale al contribuyente la hora de trabajo de estos que tanto hablan del déficit de productividad… de los demás.