La memoria terrible

Con motivo del homenaje de su pueblo –Valverde del Camino— releo la obra, que yo mismo prologué en el año 92, “Miguel Hernández en el recuerdo”, escrita por el notario Diego Romero, testigo fidedigno de la Sevilla de la primera postguerra. Romero fue el primer defensor del desdichado poeta por recomendación de Llosent, compañero en aquel sector “benéfico” del Movimiento que comandaba don Carlos Ollero, y al que pertenecían Mercedes Fórmica, Romero Murube, el gobernador Gamero del Castillo, aparte de jóvenes como Fernández Ortiz o Díez Crespo.

Para uso de los profesionales de la “media memoria histórica” recomendaría este libro que permite entrever la tensión vivida en aquella sociedad en la que, junto al terror, se erguían también voluntades empeñadas en salvar lo salvable. Contemplen la inquietud de Jorge Guillén, a quien, a cambio del inevitable tributo de “adhesión” cultural, facilitaron su marcha al extranjero. O la odisea de Miguel rebotando en Sevilla entre Mercedes Fórmica y Romero Murube, para acabar en Valverde en busca de Diego Romero, quien, huyendo de la ominosa retaguardia,  acababa de incorporarse al frente. ¡Hasta la leyenda tan poco verosímil del encuentro de Miguel con Franco en el Alcázar dio de sí este trágico enredo!

Gran mosaico el que ofrece esta obra, que incluye teselas como la relación de Miguel con Juan Ramón; o con Lorca a quien, según nos contaba el pintor Pepe Caballero, rechinaban las “asperezas aldeanas” del poeta de Orihuela; la imagen humillada de Guillén perorando ante el Gran Visir y el general Queipo; la entrevista en la temible cárcel madrileña de Torrijos mantenida con el poeta por Romero y Llosent; el ambiente madrileño que en torno a Zubiri reunía al autor con Díez del Corral, Díez Cañabate o Rodríguez Huéscar; la visita curiosa de Miguel a Romero en Madrid tras su primera liberación, atribuida sin fundamento a la intercesión del cardenal Baudrillart; la odisea portuguesa de Miguel tras el desencuentro con Diego Romero en Valverde…

La Sevilla trágica, todavía desgarrada y convulsa, escondía en su interior estos afanes nobles que cuestionan la hipótesis maniquea de un cainismo cuyas excepciones convendría no olvidar. Hubo, entre tantos judas, sus buenos samaritanos. Y me temo que en los meritorios esfuerzos actuales por repintar aquel cuadro falten y sobre ciertos colores. Ninguna memoria es cierta si no es completa. Ni cierta ni justa.

 

La fosa abierta

¿No acabará nunca el culebrón de las fosas de la guerra civil, una de las medidas más banderizas que puso en marcha el populismo de ZP? ¿No han tenido ya bastantes fracasos y gastado un dineral esos apasionados fosores que, en efecto, tratan de mantener abierta la fosa que cavó el conflicto fratricida? La alcaldesa de Alfacar acaba de exigirle a esos “investigadores” que, una vez frustrada la costosa búsqueda de los restos de nuestro desdichado García Lorca, tapen “el hoyo inmenso” que han dejado abierto como un símbolo clamoroso de la “media memoria”, justo cuando, desde enfrente, se abre el proceso de beatificación de las víctimas de Paracuellos. Lleva razón la alcaldesa: ochenta años después de la tragedia lo único razonable es, sin duda posible, cerrar las fosas y no abrirlas.

Onneti en La Campana

Sería allá por los primeros 70. Se celebraba en Sevilla un Congreso de Escritores Hispanoamericanos organizado por Luis Rosales en el ICH y en él nos enrolamos –con la misión estricta de controlar a Juan Carlos Onetti– Félix Grande, Paca Aguirre, Fernando Quiñones y yo mismo. Parábamos en el Hotel Colón, Onetti enclaustrado en su severa ebriedad, sin salir de la habitación, de la que, de vez en cuando escapaba para pedir ayuda la pobre Dolly, su mujer. La logística corría a cargo de Jesús Quintero, pronto animador del grupo e inestimable cicerone de la Sevilla secreta y sus recovecos, algo especialmente necesario en los días de Semana Santa, en los que sólo un todoterreno entusiasta como él era capaz de reservar mesa donde fuera preciso y animar el cotarro en nuestro grupo, bien pronto liberado de la disciplina congresual.

Onetti dormía briago de la mañana a la noche y sólo un par de atardeceres se logró reorientarlo en su selva etílica, lo que aprovechamos para explorar el barrio de Santa Cruz, bien es verdad que sin lograr arrancarle su condición fantasmal. Recuerdo nuestra visita al Hospital de  la Santa Caridad donde, todo hay que decirlo, pareció despabilarse interesado en la leyenda del venerable Mañara que, encima, Quiñones, también algo “iluminado”, se empeñó en sabotear proponiendo comparaciones entre nuestro beato, el Juntacadáveres y no sé qué otro personaje del universo onettiano.

Contra todo pronóstico, Quintero consiguió instalarnos en la Campana y en primera fila durante la Madrugá, y aunque les cueste creerlo, Onneti, exacerbando su natural exoftalmia, aguantó con silencioso entusiasmo hasta que, tras pasar la de Triana, hubimos de concelebrar ante una rueda de churros, el gran escritor pasmado pero sobrio, y repitiendo con insistencia “¡Nunca vi nada igual, nuca vi nada igual…!”. Casi insomne nos lo llevamos a La Rábida y luego a Moguer, donde Paca recitó ante la tumba de Juan Ramón aquello de “Y yo me iré,/ y se quedarán los pájaros cantando …” para que a Rosales, siempre sentimental, se le vidriara la mirada por la emoción. Onetti seguía con su matraca –“¡Nunca vi nada igual…!”—, incluso cuando Quiñones, ya a mediodía y en petit comité, nos llevó a una venta para preparar con destreza un pargo a la sal. ¡“Nunca vi nada igual!”… Finalmente, volvimos en autobús a Madrid, Onetti ya abismado en el sueño, Félix sin quitarle ojo y Paca tratando de distraer a la pobre Dolly con los recuerdos de aquella noche mágica.

Cuarenta años después

Por cortesía de Ciudadanos, la Junta del PSOE tiene ya garantizado el Presupuesto autonómico, incluso antes de que conozcamos el nacional. También sigue teniendo la tasa de paro más grave de España y no logra participar del aumento del empleo sino muy por debajo de la media española. La realidad es que el PSOE ha tenido aquí el poder en sus manos tantos años como lo tuvo Franco, lo que evidencia un profundo fracaso social y político. Y digo yo que alguna responsabilidad tendrá en ello ese “régimen” que marcha del bracete de empresarios y sindicatos pagando cada día más por menos. Si sube el paro, la culpa es de Madrid; si baja, mérito de la Junta. Tras cuatro decenios, eso ya no hay quien se lo trague.

Poetas de entonces

A Manuel Alcántara, maestro, mejor patriarca de la generación, acaban de otorgarle la Encomienda de la Orden de Alfonso X el Sabio. Menos mal, no por Manolo, que tiene distinciones que no le caben en la pechera, sino por ese Rey Sabio que vemos en tantas pecheras que para qué hablar. Era por los años 60, Madrid un termitero tertuliano, que iba dejando de ser la ciudad “absurda, brillante y hambrienta” proclamada por Max Estrella. Parábamos en el café Gijón, en el Varela, en el Teide, en el Lyon, en el Comercial, en el Inglés de San Bernardo, nos juntábamos cada semana en Cultura Hispánica a la sombra de Luis Rosales y Rafael Montesinos, compartíamos el pan y la palabra  –Blas de Otero enzarzado con Alfonso Grosso en el cuchitril del Barrio Blanco— o concelebrábamos el festival nocturno, mi querido Félix Grande, el gran Claudio Rodríguez con su “Don de ebriedad”, la poética limpia y menestral de Eladio Cabañero, la inocencia de Juanjo Cuadros en su rebotica, Manolo Alcántara entre el Parnaso y el Price o el Campo del Gas engalanando uppercuts y voleas con su lirismo contenido, Carrasco y Velázquez, Urtáin, Folledo, Galiana, el gran Legrá…

No, no es cierto que “cualquiera tiempo pasado/ fue mejor”, pero a ver quién puede con la nostalgia. Y con la guasa. Acaba de contar quien bien le conoce la vieja anécdota de Manolo cuando reventó una conferencia –él quizá lo ha contado de otra manera, pero la cosa fue en el Covarrubias, palabra— a unos insolentes que nos refregaban el tópico pujolista de la desidia andaluza: “Bueno, veréis, ca uno es ca uno. Nosotros cantamos: “Amargas son mis comías/ limones por la mañana/ limones al medio día”; ustedes encajan más en lo de “Las vacas del pueblo/ ya se han escapao/ riau, riau…”. La soleá creo que era de Paco Moreno Galván, Manolo hablaba en las suyas “de la resurrección de la carne”…

Dios nos lo conserve. Él se levanta a mediodía, clava su artículo y no perdona el dry Martini, contempla el mar y contiene la lágrima, acaso traza un verso. ¡Larga vida! Una vida que ya no es lo que era ni para mal ni para bien, tantos amigos idos, tanta ausencia en el alma, aquella tertulias –“¡Como me leas, te leo!–, la vida fugitiva como arena entre los dedos. Y Manolo el Comendador, como siempre. Le llamo para felicitarle a mediodía y lo encuentro dormido. Me lo dijo más de una vez: “Cuando me llegue la muerte/ que me coja vivo”. Lo mismo digo, maestro, lo mismo digo.

Dos sentencias

Una: la del TC que restituye al juez Serrano al devolverle la condición de juez, auténtico paradigma de las presiones externas que sufren los magistrados pero, sobre todo, del dislate que supone triturar a un juzgador por prolongar en un día y medio la estancia de un niño con su padre para permitir que, como era su ferviente deseo, se vistiera de nazareno. Otra, la de la mujer que denuncia a un sujeto por arruinar su decencia al tocarle el trasero pero retira tan pancha su acción a cambio ¡de 150 euros! ¡No va a estar colapsada nuestra Justicia en este plan! Al juez destituido en su día ya no hay modo de repararlo en su integridad. La dama manoseada, en cambio, se ha conformado con una propina.