La razón de Erasmo

Hace años conocí en Brasil a un sujeto tan atractivo como extraño. Se llamaba Otelo de Carvalho y había escrito un libro divertido titulado “O imbecil coletivo”, resultado de la cosecha de noticias culturales recogidas en los años 90 referentes a lo que él llamaba la “alienación de las élites intelectuales”. Según él, algo no funcionaba como era debido en el “cerebro nacional”, algo que acaso andaría relacionado con la incapacidad de esas élites para generar un pensamiento independiente o, lo que sería lo mismo, por su tendencia a provocar la adhesión a las modas culturales más recientes. La sociedad entera, en sentido durkheimiano quizá, había llegado a ser un sujeto histórico ingenuamente colonizado por los EEUU y otras potencias. Lo recuerdo ahora al leer el libro de Maurizio Ferraris “La imbecillità è una cosa seria” (ed. Il Molino) en el que el discípulo de Jacques Derrida sostiene –hay discipulados que se pagan caros—que la vieja versión interpretativa que atribuía la idiocia masiva a los efectos enajenantes de la técnica y a la oscura mano negra del Sistema (capitalista) debe dejar paso a la evidencia de que esa imbecilidad está dentro del “nosotros” mismo, no fuera.

Ferraris habla del “largo avance de la imbecilidad” colectiva originada por el progreso y que se expresa ingenuamente como búsqueda del bien, de la felicidad en suma. Y a uno eso le recuerda las páginas lejanas pero siempre vivas de Erasmo en su famoso “Elogio de la locura” que, como bien sabemos, en realidad no se titulaba así sino “stultitia laus” o “moria encomion”, vale decir, alabanza de la estupidez. Casi medio milenio hemos tardado en redescubrir el hallazgo del gran humanista, por muy marcadas que sean las variantes entre las tres obras citadas. De vez en cuando, “sapiens sapiens” resigna su alta suficiencia y redescubre, tras la brillante apariencia de la sublimidad humana, la ganga fatal de un infantilismo que la mantiene en el insospechado limbo de la idiotez. ¿Cómo explicar si no los repetidos fracasos del progreso mismo, la inversión del beneficio del hallazgo en la ruina más ominosa? Ferreras parece que pronunció en Barcelona la palabra “imbécil” más de doscientas veces en menos de una hora pero, como se ha recordado, ya Umberto Eco habló de “las legiones de imbéciles que nos invaden”. La filosofía de la postmodernidad se parece cada día más a una rendición de la conciencia pensante a las falanges de su propio desconcierto.

 

Alto y claro

Tengo para mí que el problema capital de las autonomás no está en lo que perciben o dejan de percibir sino en lo que gastan. Lo que nos sirvió para salir del atolladero de la dictadura será, seguramente, irreversible, pero en modo alguno dejar de ser revisable. España vive esa ruina fraccionada por la insolidaridad entre sus regiones y la falta de autoridad de sus Gobiernos, que han pagado –todos– su permanencia política con el dinero del pueblo. Ése debería ser el punto de partida del debate que se aproxima entre Gobierno y CC.AA, porque el resto –cálculos, compensaciones y zanahorias aparte—no será más que un diálogo de sordos. La autonomía es una ruina tal como está planteada. Es más, yo creo que ése es el último tapón de la crisis que vivimos.

Pian pianito

La Justicia en materia medioambiental no es diferente del resto: deja correr el tiempo quien sabe si con la esperanza de que los problemas cicatricen solos. ¿Alguien recuerda ya los “avatares” por los que ha pasado el pleito de El Algarrobico, los síes y noes de los tribunales y la Junta y, en fin, el éxito de los hechos consumados? ¿Y en Huelva, quien recuerda ya una lucha –la emprendida contra 120 millones de toneladas de fosfoyesos depositados en plena marisma—que comenzó hace veinte años cabales? Que ahora el T. S. triplique la fianza impuesta a la empresa para reparar los daños, es una buena noticia que poco tranquiliza al ciudadano escaldado. La Justicia es lenta porque sabe que, como dicen los italianos, “pian piano si va lontano”.

Palo y zanahoria

La Junta de Andalucía, desde que se despendoló al mangazo universal, viene esgrimiendo a un tiempo, por sistema, el palo y la zanahoria. Que un juez imputa a un alto cargo mangante; pues ahí está la Junta personada en la causa como acusación, faltaría más, pero cuando se tercia – y allá cada cual con la interpretación de los por qué—acompañada también de las defensas correspondientes para el presunto mangante. Paga lo mismo que denuncia, ¿no es raro eso? Al consejero Vallejo –hoy baranda de una empresa a la que desde su sillón concedió 5’9 millones de euros— la Junta lo acusa y defiende a un tiempo ante el juez, pero la minuta de los abogados las pagamos usted y yo. Si uno se lo lleva presuntamente, el otro se cubre y los demás pagamos.

Faffe, cuerpo de élite

En el repertorio de trampantojos de la Junta de Andalucía ninguno, con seguridad, comparable al de la Faffe. La Faffe es otra “administración paralela” en la que se ha enganchado la flor y la nata del nepotismo juntero y que, según una auditoria de la propia Junta que la niega a la leal  Oposición, sólo en 3 años se perpetraron 8.844 contratos irregulares. A esos “empleados de confianza” desvía la Junta funciones que los jueces ha prohibido con reiteración y con ellos nutre un ejército clientelar multiuso que es, probablemente, lo menos legal y más gravoso que la Junta ha perpetrado en más de tres décadas. La Junta es Juan Palomo. Lo que no se entiende bien es por qué la Oposición no se va con esos trastos a la fiscalía.

La Taifa crece

En plena aurora de la autonomía, la Junta se compró un avión (no es coña), pero cuando un director del SAS se hizo instalar en su coche oficial el primer teléfono móvil, por poco se lo hace pagar de su bolsillo un Presidente poco dado a tolerar fantasmas. Una vieja frustración late en esos altos cargos que sienten como si aún les faltara rango en importancia. Ahora bien, a lo que no se había llegado nunca a es a los que gracias a la atención de Macarena de Heracles conocemos desde ayer: la tarjeta del consejero de Medio Ambiente, José Fiscal, en la que consta nada menos que como “Regional Minister” de un departamento que él titula en inglés. No tiene límite la ambición, está visto. Alguien debería exigirle, al menos a los consejeros, que respeten las normas.