Ni unos ni otros

Entiendo la estrategia del PP de recurrir al TC el pago en solares de la llamada “deuda histórica”, pero me parece más justo decir de una vez que ni unos ni otros, ni PP ni PSOE, han creído nunca en serio en esa figura contrahecha que IU supo imponer cuando pudo y cuando todavía ella misma pintaba algo en la política real. Ninguno de los dos grades partidos ha creído en esa “deuda” ni ha dejado de utilizarla contra el adversario, ya desde el Gobierno ya desde la oposición. Y desde luego, la situación tremenda que vive Andalucía no depende de ese compromiso inventado e incumplido, sino de otros graves problemas sobre los cuales esos mismos partidos poderosos no son capaces ni de intentar un pacto de emergencia.

Cuentos onubenses

Un año después de hacerse la foto a toda plana tras la firma del “Pacto por Huelva”, Diputación, Sindicatos y Patronal caen en la cuenta de que aún no tiene contenido, y ello a pesar de que, durante ese año, ellos mismos han reclamado  en varias ocasiones que se activara el tingladillo para esto o para lo otro. En la vida pública onubense sobran fotos y falta talla, pero sobre todo, hay circulando demasiados cuentos que, aunque no engañen a mucha gente, consiguen entretener la situación nada envidiable de la capital y la provincia. Gran acuerdo el del alcalde Pero Rodríguez al no posar aquel día. Que tiene más olfato que todos los demás juntos, hace tiempo que  no necesita ya demostración.

El pito del sereno

Hay muchos españoles que se preguntan la razón por la que las instituciones concernidas han decidido celebrar la final del Copa del Rey en Barcelona, a sabiendas de que esa decisión garantiza, una vez más, la bronca de los independentistas al Rey, es decir, al Jefe del Estado, que ya se llevó galanamente otras lo mismo en Bilbao que en Valencia. No hay memoria de situaciones semejantes ni siquiera en este país tan abrupto, pero todo indica que en las actuales circunstancias se ha apostado por “normalizar” el desacato, como si aceptar a título anecdótico –y así lo hizo ya explícitamente el PSOE– el insulto público a quien representa legítimamente a la nación entera no equivaliera, de hecho, a trivializar la realidad institucional y no sólo en términos simbólicos. ¿En qué país democrático se tolerarían estas broncas insurgentes a grupúsculos? No hará falta recordar la firmeza con que Sarkozy zanjó en seco la polémica provocada por la rechifla de ciertos aficionados a La Marsellesa con la providencia de cerrar de inmediato cualquier encuentro deportivo en que se reprodujeran hechos semejantes, ni insistir en que en Gran Bretaña o en Alemania resultaría inimaginable que cuatro bellacos aprovecharan el amparo de la muchedumbre para insultar a quien preside el Estado. Y si embargo, aquí no sólo se renuncia a estrategias enérgicas como la francesa, sino que se convoca con estupenda anticipación y sin necesidad alguna, una final en un estadio ya demostradamente hostil por parte de unas minorías que acaso no lo sean tanto. Más papistas que el Papa o más tontos que Abundio. O quién sabe si, simplemente, irresponsables hasta el absurdo.

 

Claro que no puede extrañar demasiado que se desprecie como insignificante una bronca a la primera magistratura del país cuando estamos viendo a órganos del propio Estado convocar actos en los que se desafía e insulta impunemente a las instituciones legítimas, y a los propios mandatarios encabezar esos despropósitos ignorando su responsabilidad. Allá los monarquistas con la defensa sus ideales, pero la de aquellos que a todos concierne es obligación de los demócratas sin excepción. Ya es grave que un presidente del Gobierno tenga garantizado al abucheo soez cada vez que acude a un desfile militar. Pero eso no puede evitarse de antemano como evitarse puede que abronquen al Rey unos futboleros descerebrados instigados, ni que decir tiene, por los profesionales de la sedición. Si en Barcelona está garantizado el escándalo, ¿por qué no se elige otra sede para la final de Copa? La misma elementalidad de esta pregunta nos remite a la estupidez o a una malevolencia que, por cierto, contempla y sanciona el Código Penal.

Hay genta pa to

En plena crisis, cuando más de un millón de andaluces flirtea con la depresión soportando el paro forzoso, y mientras la ruina ronda por todos los sectores, hay gente dedicada a organizar la protesta contra las corridas de toros, como si ése fuera un problema real de esta sociedad y, encima, respondiendo a ciertos mimetismo procedentes de la lógica independentista. Lo que le faltaba a este Parlamento secuestrado e inútil era la carga de debates tan absurdos y oportunistas como el auspiciado desde Cataluña. La gente tenía que recordar a la hora de las elecciones para qué pide el voto un ecologismo como el de Los Verdes y cuál es su distancia efectiva con lo que sucede en la realidad.

El cuerpo a cuerpo

Para quienes aún dudan de que, al menos en este momento, la candidata tapada para las municipales en la capital es la abrupta diputada Castillo –llamada “la Breve” en la Junta–, ahí tienen sus declaraciones poniendo a caer de un burro al alcalde hasta con el paradójico aunque socorrido argumento de que ese incansable no trabaja. Va a ser de órdago la campaña si se mantiene la opción por esta bravucona a la que, ciertamente, el alcalde se pasó de prudente al hacerle el favor de no ordenar la demolición, a pesar de la orden judicial, del ático ilegal que se construyó en su casa. ¿Se imaginan a una candidata a la alcaldía con ese antecedente? Muchos onubenses, seguro que no.

El miedo y la viña

Quien no advierta el progreso de la extrema derecha en toda Europa es que no tiene ojos. Ahí van unos datos: en Francia, el FN de Le Pen se recupera a ojos vista del desastre de 2004; en Italia, con el 11 por ciento de los votos, ya lleva años en el poder apoyando a Berlusconi en plan cada día más exigente, lo mismo que en Dinamarca, donde supera el 15 por ciento; en Hungría acaba de obtener un éxito notable hasta el punto de andar ya muy cerca de esa Izquierda Socialista que es todo lo queda allí del pasado; en los Países Bajos se ha convertido en la primera fuerza política con un 17 por ciento de los votos y en Bélgica anda ya por esa misma cota; algo por debajo, aunque no demasiado, se observa en Finlandia o Rumanía, países en los que uno de cada diez ciudadanos vota ya en esa dirección. En España, donde no alcanza aún el 1 por ciento, puede que sea cierta la tesis de que si la extrema derecha no se cuantifica a lo grande es porque anda integrada silenciosamente en el electorado conservador, pero por lo que se está viendo en la campaña británica de un Cameron, por ejemplo, lo inquietante no es ya el resultado que obtiene la corriente clásica sino el que puede agenciarse ese BNP xenófobo y asustaviejas que esgrime en sus mítines los típicos fantasmas de la inmigración, la globalización, el europeísmo y el pánico ante la delincuencia creciente, en un tono claramente populista que la sedicente izquierda española exhibe cada más desacomplejada. ¡El miedo a la libertad! Y el miedo al futuro, a la novedad, a una realidad social compleja ya definitivamente alejada de la “comunidad” (recuérdese la distinción de Tönnies), lo mismo vista desde la derecha que contemplada desde la izquierda. Inquieta, en efecto, escuchar a Cameron clamar contra la inmigración con acentos pánicos, pero lo que le levanta a uno la oreja es escucharlo invocar a “la gente decente”, ya saben. El populismo es igual en todas partes y tras él acaba enseñando la patita bajo la puerta el extremismo en cualquiera de las formas de fascismo posibles.

 

La extrema derecha que vuelve. Curiosamente, menos en Alemania, donde parece que dura el efecto de la tremenda vacuna, lo que no quiere decir que no se agite allí también. Una democracia averiada, sostenida precariamente sobre los cimientos podridos de la corrupción, se ve amenaza por el otro fantasma, el que ingenuamente se pudo creer a buen recaudo tras la tragedia mundial, pero que ahora aparece a ambos lados del espectro. La ciudad alegre y confiada, no sé si recuerdan, el reino de Babia. Y puede que algún día haya que pedirle cuentas a la izquierda más que a la derecha. Cuando ya no tenga remedio o cuando, ojalá, todavía lo tenga.