Chistera y punto

Los banqueros de hogaño no gastan ya chistera y puro como los popularizados por las viñetas del humor reivindicativo desde que existe la prensa. Pero tienen encima una buena desde que han sido identificados como los fautores de la crisis actual, que esta semana ha resonado –no sin una dosis de demagogia que dista mucho de ser homeopática—a lo largo y ancho de este atribulado país. Lo más destacado de esa campaña, quién sabe si concertada o espontánea, ha sido, sin la menor duda, el arreón mitinero del vicepresidente Rubalcaba que parece haber descubierto en esa antigua estrategia una clave para su campaña que será chufleada irremediablemente por quienes tienen fácil recordarlo a él y a su Gobierno posando encantados junto a unos banqueros a los que incluso han puesto como modelo de solidez financiera a imitar por el resto del planeta. La Banca es un mal necesario, probablemente, que nadie, desde Bakunin a Mitterand, ha sabido cómo reducir, y que ha encarnado el mal absoluto en el imaginario político desde el marxismo hasta el fascio español cuyos alevines pintaban durante años por las paredes aquel inverosímil dístico que rezaba “Ni curas ni banqueros, Falange con los obreros”. Nadie quiere hoy a los banqueros, para los que el fracasado ex-ministro Solbes no tiene ahora más que palabras distantes y a los que el ministro de Trabajo amenaza con un impuesto tan poco creíble como el que se rumorea en el ámbito de la alianza extremeña que va a permitir gobernar a los conservadores por mano de los izquierdistas. Pero hagamos memoria: Obama dijo en enero de 2010 que él no había descendido de los cielos “para ayudar a un montón de de gordos banqueros de Wall Street”, eficaz chafarrinón al que, sin pensárselo dos veces, se apuntó entonces ZP. Esos gordos imaginarios se siguen fumando sus vegueros sin quitarse la chistera más tranquilos que nunca una vez fraguada esa unidad entre el liberalismo y la socialdemocracia que parece no tener alternativa.

 

Unos y otros necesitan un buco para expiar el fracaso del Sistema que todos apoyan decididos, pero no les quepa que no ha de llegar la sangre al río tras estos brindis al sol. La Banca resistirá enrocada y, tras las elecciones, la paz volverá a reunir en la misma escena a los protagonistas, más ricos que ayer pero menos que mañana, y seguros de la alianza inevitable entre el dinero y el poder. Quienes se meten con la Banca desde el Poder son unos demagogos. Aquellos que la apedrean desde lejos son, simplemente, unos ilusos.

El pago previo

En la larga relación de escandaleras protagonizadas por la Junta, no hay ninguna acaso que pueda competir con la más reciente: largar a una empresa, en la que el hijo del anterior Presidente ejerce como comisionista, un pastón millonario… antes de que los beneficiados la solicitaran siquiera. ¡Y un cuerno sobre ese argumentillo ultraformalista de que todo se ha hecho con la Ley en la mano y, por supuesto, “en tiempo y forma”! No creo que se haya visto jamás que una Administración –y menos en situación tan crítica—se adelante a los deseos de los “emprendedores”, y pocas veces, desde luego, una familia con tantas implicaciones negociales con la Administración autonómica como la de Chaves. Los funcionarios formales se andan echando estos días las manos a la cabeza. Se explica que los autores de hazañas como la referida los combatan a sangre y fuego.

El buen salvaje

Aunque cueste creer que aún quedan en el planeta rincones escondidos en los que se conserven muestras de la primitiva Humanidad, una organización brasilera dice haber descubierto una etnia perdida de la que al menos doscientos individuos sobreviven aislados por completo de nuestra civilización. Es un misterio para mí cómo esa presencia no ha sido nunca detectada por el ojo del satélite, pero el caso comprobado es que ahí está esa Humanidad intacta, pacíficamente instalada en su “hortus conclusus” en el que pujan viciosos el maíz, el banano y el maní, de espaldas a una civilización de la que hasta ahora se han visto libres pero cuyos prodigios han tenido que ver tantas veces cruzar los cielos de su edén, quién sabe atribuyéndole qué míticos significados. Bien, ya tenemos ahí otra vez el dilema que, como “civilizados” (es un decir) nos plantea nuestro sentido coercitivo de una civilización fuera de la cual sólo concebimos la barbarie ajena, como si la propia no fuera bastante abrumadora, es decir, ya tenemos planteada de nuevo la cuestión de si hemos de “rescatar” a esos indígenas de su inocencia primordial, con cuantos riesgos conlleva la operación para los rescatados, o bien dejarlos en paz para que continúen libando el néctar de esa “estado de Naturaleza” que, entrevisto por Locke, popularizó ya en clave romántica un Rousseau impresionado por las consejas traídas desde los mares lejanos por tipos como el capitán Cook. ¿Hemos de redimirlos de su miseria natural o dejar que continúen su existencia apartados de todo, ajenos a la rémora de la moral, pacíficos por naturaleza, iguales e inocentes en su desnudez y quién sabe si felices en su preservada animalidad? Siempre me horrorizó la escena colombina de la presentación de los indios a los Reyes que venía a ser un  poco como la película del “Emilio” rousseauniano rodada al revés, es decir, desde el “estado de Naturaleza” al “estado de Sociedad”.

 

Parece que por una vez prevalece la discreción y la autoridad brasilera se resiste a turbar esa “paz natural” que es, qué duda cabe, el clima de un estadio anterior de la especie que no dejaría de ser arriesgado cuestionar ofreciéndole una opción que bastante tiene con administrar sus propios fracasos. Ha quebrado la idea de la superioridad moral de una civilización, implacable hasta ahora con esas minorías “naturales”, y enfrascada sin cesar en la ingente tarea de destrozarse a sí misma. No quiero imaginarme a taladores arrasándoles su selva ni a misioneros imponiéndoles sostenes y taparrabos después de haber llegado hasta aquí libres de culpa. Porque yo no creo que Rousseau llevara razón

pero nosotros llevamos todavía menos.

La Unesco dice no

No debía faltarle razón al biólogo y premio Príncipe de Asturias, Ginés Morata, cuando se opuso en Doñana a la construcción del oleoducto promovido por un grupo próximo al PSOE. A Morata lo destituyeron sin contemplaciones y fue sustituido nada menos que el ex-Presidente González como pieza de la estrategia del Gobierno y de la Junta de sacar adelante el negocio que ZP ya se había comprometido a defender. Pero la Unesco no se ha andado con paños calientes sino que amenaza, en el caso de que el oleoducto se construya, con retirar al Coto su actual condición de “Patrimonio de la Humanidad”. Fuerte envite para los apoyos de un proyecto que no hay que ser un lince para entrever su peligrosidad. Veremos ahora hasta donde llega la larga mano de las influencias y hasta donde está dispuesto a arriesgar más aún, por favorecer a sus socios y amigos políticos, el partido en el poder.

Un real pito

No es normal lo que está ocurriendo desde hace algún tiempo en España con el Rey, es decir –y perdonen que insista– con el Jefe del Estado. Ni mucho menos. Todavía cuando un capitán Milans, hijo del general golpista, insultó al monarca en el Club de Campo madrileño se cubrieron las formas, pero luego se ha relajado el asunto de manera que cualquier mindundi puede alcanzar su minuto de fama sólo con disparar hacia arriba sus insultos en la seguridad de que la proeza quedará impune. ¿No han absuelto a Otegui tras llamar al Rey “jefe de los torturadores”, no se ha ido de rositas el ex-alcalde de Puerto Real después de llamarle “hijo de crápula” y alguna otra lindeza? Nada tiene de extraño el crescendo que vivimos estos días, primero con la decisión del alcalde proetarra de San Sebastián, tolerado por el Gobierno, de apear el cuadro del Rey su sitio oficial, y más tarde con el insólito cartelón que han colgado durante horas en un edificio de la Gran Vía madrileña con la efigie del Jefe del Estado –insisto—entre las de Clinton y Carlos de Inglaterra, como anzuelo publicitario de una empresa (¿) que ofrecía al público un raro servicio: contactos para la infidelidad conyugal. Es verdad que ya habíamos oído en la tele a alguna actriz en decadencia sugerir escabrosísimos detalles sobre su presunta relación sentimental con el Rey –¡ay, la tan española leyenda de los Borbones, fomentada incluso por los bastardos!—pero eso se queda en una anécdota de esta historia vecindona si se compara con los últimos casos citados. Éste debe de ser el país más libre del mundo, a juzgar por las apariencias, pero yo lo que creo es que nuestro régimen constitucional ha carecido desde el principio de un fundamento firme como quizá corresponda a una nación en la que no hay monárquicos genuinos sino todo lo más cortesanos, que es cosa bien diferente. Si los hubiera –empezando por el monarca—sería poco probable una desafección tan llamativa como la que se gasta aquí con la institución.

 

Al Rey lo han convertido, al menos mediáticamente, en el pito del sereno, en un muñecón de pimpampún al que el más tonto de la feria puede insultar impunemente a socaire de este sarampión ultragarantista que permite a los reos pitorrearse de los mismos jueces que los absuelven. Y yo creo que buena parte de esta responsabilidad por la quiebra del respeto al Estado la tiene el propio Rey que ha convertido su silencio en una suerte de inhibición que debilita su imagen pero, de paso, que es lo malo, degrada la dignidad del Estado. El Gobierno no sabe lo que hace amparando estos desacatos que, hoy por ti mañana por mí, podrían acabar saliéndole por un pico también a él.

La burbuja municipal

Todo lo que vamos conociendo sobre la situación económica de nuestros Ayuntamientos es desolador. Hay deudas, como la jerezana, propia de una metrópoli en transformación radical, las hay, como la de algunos pueblos, enormes en relación con sus modestos Presupuestos. Los salientes han tirado el dinero, como han querido, han desviado fondos de aquí para allá, han dejado de justificar obras o de recibir ayudas a causa de sus descubiertos con la Seguridad Social, acumulan facturas que deberían conocer los ciudadanos y, sobre todo, por si acaso, los jueces. Y todo el mundo se pregunta cómo se puede gestionar impunemente de esa manera, yéndose de rositas o incluso ascendidos los perpetradores de la ruina. El PP se está pasando de discreto, tal vez, al manejar esa dinamita sobre la que los sufridos administrados deberían estar al cabo de la calle y sus causantes investigados por la Ley.