El gran atajo

Cada día que pasa se pone peor para la Junta el proceloso asunto de las prejubilaciones fraudulentas y de eso que su propio director general llamó “fondo de reptiles” de la consejería de Empleo. El documento publicado ayer aquí demuestra que esos gestores y, por supuestos, los responsables máximos, crearon y utilizaron ese fondo al margen de la norma conociendo perfectamente su objeto: garantizar con dinero público y a criterio de los políticos la tranquilidad en la calle. Como si la norma no existiera, hay que insistir en ello, en plan Juan Palomo. Es probable que, de aquí a las elecciones, este lamentable negocio le acabe saliendo por un pico impagable a la Junta y su partido.

Desinflar el globo

Resulta que detrás de tanta emergencia y tanto beneficio, millones de semiesclavos chinos están saliendo de la miseria con la condición, se dice, de dormir en sus fábricas. También sabemos ya que, en condiciones de productividad comparables, uno de esos trabajadores chinos le sale al patrón cuatro veces más barato que un productor occidental. Y que, a cambio, este lúcido Occidente ha logrado sustituir la industria por las finanzas como tal motor del crecimiento, consiguiendo que aquellas se lleven por la cara el dinero público necesario para sus remiendos a cambio de no provocar un estallido sistémico. No hace falta penetrar mucho la ciencia económica –ciencia conjetural donde las haya—para concluir que la crisis económica ha sido el instrumento soñado para hacer realidad esa maniobra pero, al mismo tiempo, ha marcado el límite al desenfrenado movimiento de globalización que parece la marca de esta era. Algo nuevo está sucediendo, en cualquier caso, cuando cada día son más las voces que niegan la ineluctabilidad del proceso reclamando, a la vista de tanto tropezón crítico y tanto callejón sin salida, una posible limitación del modelo global, una “desglobalización” cuidadosa y prudente, que no tiene por qué renunciar al proyecto de un saber mundializado en un régimen de abierto intercambio de conocimientos ni consentir al fanatismo librecambista que nos invade que acabe forzando a ese Occidente, y de manera singular a Europa, a renunciar a su modelo de organización social para poder competir con el mucho más barato en que se apoyan aquellos países emergentes. Algunas de esas  voces protestan de lo que está ocurriendo y piden parar el carro a base de exigir al mercado abierto unas reglas comunes del juego. ¿Por qué no recurrir a un cierto proteccionismo para frenar la deslocalización, por qué no oponer alguna protección aduanera con objeto de frenar las importaciones oportunistas? Algo se está moviendo por ahí. Era lo menos que podía esperarse.

 

Me doy cuenta de que ninguna de esas voces resulta autárquica ni predica contra el intercambio pleno, sino que se trata más bien de reacciones contra la evidencia de que la crisis está funcionando como un legitimador de la exacción sin dejar de constituir un negocio para muchos. El globo de marras podría contribuir a democratizar un mundo ajeno todavía a nuestra civilización política, pero la verdad es que, si el éxito económico está a la vista, el político ni está ni es esperado. Puede que, al final, a la crisis se le acabe viendo el rabo raposo, ese rabo que ha puesto límite a un movimiento que todavía cuesta lo suyo no considerar irreversible.

Profeta en el desierto

Ha dicho cosas decisivas en este diario ese espléndido referente de una izquierda en busca de sí misma que es Julio Anguita. Que la estrategia excluyente de los conservadores, ahora renovada por IU, “es un eslogan fraudulento y ruin, por lo que oculta y por lo que engaña”. Que IU no va ninguna parte empeñada en hacer de “fieles escuderos del PSOE” sobre todo ahora que la evidencia de que “el PSOE está en la derecha es mayor” todavía que hace tres lustros. Que no hay más pacto post-electoral propio de una izquierda auténtica que el que se funde en un programa concreto de reforma económica y social. Que una cosa es aspirar a “ser visagra” como IU y otra muy distinta proponerse alcanzar la “mayoría social”. Ni caso le harán los que viven de la nómina. Será el tiempo el que acabe dándole toda la razón.

El dedo acusador

Una triste noticia habla de que en la ciudad de Lille han sido localizados siete niños contaminados por la bacteria E.coli, no por las hortalizas o frutas españolas, qué va, sino por la carne importada de Alemania. Tampoco era, como se ve, el cultivo de soja bajo sospecha el responsable de esta epidemia que se ha cobrado ya sus muertos aparte de arruinar a buena parte de nuestro sector hortofrutícola, hoy por hoy nuestra joya de la corona, ni puede afirmarse sin riesgo esta nueva hipótesis de la carne alemana, lo que no hace más que subrayar la gravedad que entrañó la acusación de esa consejera alemana que señaló con su dedo a España provocando un cataclismo en el mercado y ésta es la hora en sigue terne en sus trece. Supongo que como mucha gente, llevo tiempo preguntándome qué hubiera podido ocurrir en la culta Europa si una acusación semejante hubiese provocado el hundimiento del sector francés y alguien llegara a demostrar que el origen de la epidemia radicara en nuestra tierra, pero me temo que, sencillamente, nuestra condena habría sido inapelable y la proscripción de nuestros productos indefinida si no eterna. Y aquí es donde cualquiera que se fije echa de menos una acción más enérgica del Gobierno (y de la Junta, por lo que respecta a la huerta andaluza), sin excluir algo que algunos venimos diciendo hace tiempo y ahora, al fin, parece que comienza a abrirse camino, a saber, que el remedio no está en lamentarse en Bruselas –¿alguien se imagina siquiera que aquella alta burocracia se va a tomar en serio a Rosa Aguilar, auténtica paracaidista en el sector y sin la menor experiencia en sus problemas–, sino en irse derechos a la Justicia exigiendo responsabilidades a los verdaderos culpables. Porque no seamos lilas: la competencia europea y marroquí no va a descansar en su propósito de arruinar esa “marca” española, que va tener muy difícil rehacerse del tremendo golpe sufrido pero que aquellos saben sin rival en el continente.

 

Imaginemos por un momento que la autoridad española hubiera culpado en falso a un producto alemán y que luego hubiéramos admitido nuestra responsabilidad aunque fuera en términos desdibujados. Pues aquí habría sido Troya, no lo duden ni un segundo. Como no duden de que Francia reclamará con mayor vigor y maneras más adecuadas que nosotros ante esa poderosa Alemania que no se ha avenido ni a pedirnos disculpas una vez comprobado su calamitoso error. ¿Quién dijo que no hemos perdido peso en el exterior, quién sostendrá todavía que por ahí se nos respeta como antes se nos respetaba? La lección del pepino no va a ser, en última instancia, agraria sino diplomática.

Todo se explica

No parece nada complicado encontrarle explicación a la estrategia impuesta por Griñán de premiar a los candidatos fracasados en las elecciones con altos cargos. ¡Pero si él es el primer derrotado el 22-M, y con él todas y cada una de las cúpulas provinciales de su partido en Andalucía! No sólo se trata de conjurar el fantasma del cisma interno sino de justificar por qué los grandes responsables del bastinazo, de Griñán abajo, siguen ahí tan tranquilos. Ni una dimisión, apenas una autocrítica benigna, algunos despropósitos… para que todo siga igual. ¿Cómo exigir cuentas a los fracasados desde el fracaso propio? Griñán ha visto claro, de los males, el menor. Que ello implique poner la Administración en manos por completo inexpertas es lo de menos. “To er mundo vale pa to” y se trata, ante todo, de tapar la derrota propia.

La nueva emigración

Como en los años 40, como en los 60 y 70, los españoles están emigrando en busca de trabajo. Se van con el hato a Gran Bretaña, a Francia, a Italia, a Portugal pero, sobre todo, se van a Alemania, donde un mercado laboral, lejano ya de los rigores de la crisis que aquí va todavía para rato, demanda con vehemencia médicos, enfermeros, cuidadores, electricistas, profesores de español, informáticos, arquitectos y, sobre todo, asómbrense, ingenieros. Lejos ya, pues, la vieja inmigración proletaria, la de las lágrimas vivas y las maletas atadas con cuerdas, aquella que entre nostalgias dejó vacíos muchos de nuestros pueblos y logró con sus remesas de divisas transformar nuestra autárquica sociedad de subsistencia agraria hasta reconvertirla en aquella “potencia mundial” de la que, no poco ingenuamente, tanto alardeamos en tiempos. En medio de esta inmensa crisis de brazos caídos, cuando promociones enteras van derechas al ocio y el paro juvenil supera el cuarenta por ciento, ya ven, nos piden esos brazos nada menos que desde el musculado corazón de Europa, que va a beneficiarse otra vez de nuestro atraso relativo, aunque ahora no explotando a una mano de obra desesperada sino introduciendo en su mercado a unos especialistas cuya costosa formación hemos pagado entre todos. Me pregunto por cuanto le sale a este desdichado país formar a un ingeniero superior o a un médico especialista y créanme que no acabo de comprender este misterio de la nueva emigración con que vamos a contribuir ahora a consolidar el nuevo milagro alemán. ¿No fuimos un país emigrante de toda la vida, no hicimos del “indiano” un símbolo zarzuelero, no nos dejamos la piel en los trabajos más duros que precisó el resurgir postbélico de Alemania y otros países del bendito norte? Pues ahora estamos enviándoles la flor y la nata de nuestra flamante generación, y con un canto en los dientes. No me digan que no es para flagelarse porque lo es.

 

¿Y saben una cosa curiosa? Pues que de esas élites que se nos escapan, apenas un treinta por ciento tiene en mientes regresar a corto plazo, mientras que un sesenta bien despachado de jóvenes investigadores que aún trabajan en nuestro país tiene todas las papeletas para acabar viviendo en Hamburgo, en Londres o en Lisboa. Dicen que la vieja emigración, junto con el turismo coetáneo, nos benefició en la medida en que, además de financiarnos, contribuyó a desbastar y modernizar nuestros pueblos y sus gentes. Seguro. Esta, en cambio, va a mermar nuestra cualificación aunque remedie de momento, que no es poco, el drama de esos jóvenes. Nunca llueve a gusto de todos. Pero esta vez el paraguas nos va a salir por un pico.