A la rebusca

Tremenda imagen la de esos vecinos de Arcos de la Frontera a la “rebusca”, bajo un sol de justicia, de las papas que se abandonaron con motivo de la crisis provocada por la imprudente e impune alarma sanitaria alemana. Recuerda las viejas escenas del campo hambriento pero en medio de una sociedad todavía opulenta a pesar de la crisis, y contrasta con el despilfarro demostrado de nuestras instituciones. Sí, ya sé que estas cosas suenan a demagogia, pero si quieren deshacer esa apariencia pregúntenle a las organizaciones caritativas a cuántos ciudadanos han de dar diariamente de comer, a cuántos han de vestir, a cuántos remediar en su pobreza desesperada. Cada cual cuenta la crisis –como la feria– según le va en ella. No quiero ni oír el cuento de esos rebuscadores.

¡Qué envidia!

Asistir en directo al debate sobre el caso Murdock en los Comunes ha sido todo un espectáculo. Una gran lección para españoles ceremoniosos ver a esos padres de la patria cronwelliana sentados codo a codo, sin escaños siquiera, arrebujados como “solemne turba” (creo que Marlowe) tal cual los que en lo antiguo se juntaban en la “Chapter House” bajo la luz polícroma de sus vidrieras y la sugestión de su bóveda nervada para pararle los pies al Rey. Gente hablando en roman paladino, a la que se le entiende todo, apoteosis de libertad crítica a la que el Poder se somete a gusto o a regañadientes, da lo mismo. ¡Aquí discutiendo sobre las corbatas de los diputados y allá poniendo entre la espada y la pared al primer ministro! En directo y en público, sin anestesia, lucha libre sin más reglas que las imprescindibles para el funcionamiento de la Cámara. ¡Qué envidia, sobre todo el día en que el presidente valenciano dimitía sin micros ni cámaras, como si la transparencia no hubiera sido el mejor linimento para su lesión comatosa! No es que uno se chupe el dedo y crea a pies juntillas en la democracia británica, que a la vista del propio caso Murdock está claro que deja mucho que desear en punto a libertades y seguridad jurídica. Lo admirable es la capacidad de reacción, la libertad de la asamblea debatiendo en directo ante los ciudadanos, sin trampa ni cartón. La política es un asco, aquí y en Tokio, pero una cosa es disponer de un sistema de representación que funcione a la luz del día y en directo, y otra muy diferente soportar uno que tiene más chicha amojamada del siglo XIX que del XXI. Murdock el potentado, el “emperador” que ponía y quitaba reyes, resultaba un pigmeo ante el ordenado barullo del debate mientras los mismos diputados que antier trincaban despilfarrando con sus visas, aparecían como regenerados por la virtud de la palabra libre. Mi admirado Péguy veía virtuales analogías entre el parlamentarismo y la prostitución. Bueno, admitámoslo, pero en unos sitios más que en otros.

Fíjense en el poco éxito obtenido por el “indignado” de la tarta que pretendió agredir al magnate: ni medio minuto de gloria. En España hubiera acaparado al menos tantas páginas como Ruiz-Mateos cuando tarteó a Boyer. Por eso digo que qué envidia, aunque consuele pensar que nosotros apenas llevamos tres decenios de vida libre mientras que ellos comenzaron esa experiencia, día más día menos, cuando las Navas de Tolosa. Imaginemos por un momento una sesión española con Camps, Chaves o Rubalcaba de comparecientes. Da vértigo, no tanto la imaginación misma, como la evidencia de nuestro atraso.

Tironeros políticos

Enorme bronca en el Parlamento andaluz y no fue para menos. Que el acuerdo PSOE-IU, esa otra “pinza”, sea legal no quita para que haya que decir que resulta trilero. Ahora bien, mucho miedo debe de haber en ambas formaciones cuando no sienten vergüenza de perpetrar lo que han perpetrado a un tiro de piedra de las elecciones. Aunque claro está que a los ciudadanos no ha de escapar del todo ese “tirón” callejero que quizá no tenga precedentes en la crónica autonómica. La envergadura de la trampa descubre el relieve del fracaso del 25-M, el día en que los ciudadanos de andaluces eligieron por alcaldes a los mismos que ahora el PSOE e IU, valiéndose de una mísera celada, han excluido de la Cámara. Nunca se había llegado tan lejos en el abuso de la mayoría. Ni tan bajo.

Una igualdad de cine

Da la impresión de que los fanáticos de la igualdad (de la “de género”, no de la otra) andan perdiendo la chaveta. Ahí tienen el espectáculo de la suspensión del Premio Nacional de Cine por incumplir la paridad dichosa, esto es, porque en el jurado había tres hembras solas frente a nueve privilegiados machos. Con su guasa habitual, Carlos Herrera pregunta en la radio a un personaje si cree que, en caso de que la mayoría hubiera sido favorable a las mujeres, el Premio se hubiera suspendido, y una rechifla general recorre las ondas ante la evasiva respuesta. Madame Lespinasse hace decir a Diderot en “El sueño de d’Alembert” una frase que empieza a resultar hoy sugerente –“Ni el hombre puede ser el monstruo de la mujer, ni la mujer puede convertirse en el monstruo del hombre”—pero de la que todo indica que no tienen noticia estas amazonas que creen poder superar el régimen neolítico de los patriarcas por una bachofeniana inversión de los términos en virtud de la cual los varones de la presente generación habrán de pagar los platos rotos en el pasado por sus innumerables linajes. Aparte de que aquí ha habido Gobiernos con mayor número de mujeres que de hombres y no recuerdo ninguna protesta viril y, mucho menos, una medida tan extravagante como la adoptada por los acongojonados responsables del cinema. Carlos Herrera deja caer las preguntas como quien no quiere la cosa, en ocasiones con tanto tino crítico como en ésta de que hablo. La verdad es que uno mira para atrás y ni se imagina a la Beauvoir o a la Kate Millet, en aquellos años felices pero combativos, cayendo en una ocurrencia tan ridícula que, francamente, no es mucho temer que acabe provocando el efecto contrario al pretendido, ese “efecto rebote” que en cualquier momento podría comenzar a percibirse en una sociedad harta de coles y de que le tomen el pelo con cuatro tópicos. Tengo entendido que, para mayor inri, se procederá a “equilibrar” ese jurado añadiéndole más mujeres. Como pueden comprobar, se puede ser más tonto, pero no ha de resultar fácil.

Hoy sabemos que las mujeres aventajan a los hombres en numerosas pruebas de méritos. Hay más juezas que jueces, más notarias que notarios, más abogadas del Estado que abogados del Estado, pero por el hecho simple de que, en igualdad de condiciones, les han ganado la partida en la oposición. Y cada vez hay más militares, más médicas o más catedráticas, lo que quiere decir que allí donde lo que decide es el mérito, la mujer no tiene ya mayor problema. Quizá por eso España entera se ha carcajeado de esta escena de los del cine incluso antes de que Herrera deslizara su aviesa pregunta.

Los que no dan ni clavo

Resuenan aún como un chirrido las estúpidas y demagógicas palabras del presidente de la Patronal contra los funcionarios “incumplidores y prepotentes” a los que hay que meter en cintura. ¿Y a ellos, quién los mete en cintura a ellos, a esos patronos que, como su antecesor o alguno de los presidentes actuales arrastran sus empresas hechas unos zorros, o a esos políticos, como a los senadores andaluces que se acaba de descubrir que no han dado un palo al agua en toda la legislatura a pesar de que, en algún caso, trincaban al mismo tiempo de su Ayuntamiento? Aquí hay mucha gente que trinca demasiado sin dar ni clavo, empezando por los que más lo denuncian.

La vejez humillada

Me llega un informe europeo realizado por la OMS sobre la Prevención del maltrato a personas mayores. Terrible. Baste con unos datos: casi treinta millones de ancianos (ojo, mayores de 65 años) sufren cada año agresiones y amenazas de muerte; cuatro millones han de padecer alguna forma de maltrato físico; y dos mil quinientas sucumben a manos de sus verdugos, por lo general sus propios familiares. Ni me detengo en los seis millones de víctimas que el Informe da por probado que soportan abusos económicos por parte de sus cuidadores o deudos, ni en ese extraño, espeluznante, millón de desgraciados sometidos a maltrato sexual (¡), en cualquier caso menos hirientes que la legión de viejos enfermos y demenciados que están a merced de lo que caiga. Una idea de Goethe se me quedó grabada hace muchos años, y venía a decir, más o menos, que la desgracia de la ancianidad consiste, en última instancia, en que el viejo ha perdido una de las prerrogativas principales del hombre, a saber, la de ser juzgados por sus iguales, es decir, la de verse reducido a una dependencia radical de quienes aún no han alcanzado esa edad crítica. Dice cosas conmovedoras e indignantes la OMS y entre ellas una demoledora: que esas pavorosas cifras no son sino la espuma de la tempestad, dado que una espesa barrera de silencio impide la denuncia de innumerables casos, dándose por probado que es más fácil y frecuente que el maltratador acabe confesando su crimen, que ver el maltratado denunciándolo. Estas sociedades tan sensibles a los derechos de las minorías activas, se pasan por el forro una tragedia infame sin tener en cuenta siquiera que algún día su rigor acabará alcanzándonos a todos, y parecen decididas a considerar a los mayores como una rémora sin derecho siquiera a la protección de sus derechos más elementales. Hemos invertido el modelo gerontocrático hasta hacer realidad el temible dictum de Rostand cuando, pensando como un biólogo, resumía que ser viejo es estar solo. Hoy diríamos que, más que estar solo es vivir como un perro.

Ya ni se molestan los magazines en sofocarnos con la imagen del anciano abandonado en vacaciones, apenas nos abruman con alguna que otra imagen del vapuleado por su cuidador sorprendida en la cámara oculta. Nos da igual, en el fondo, ese fracaso humillante de una vida en la que el utilitarismo ha dado buena cuenta de la dignidad. Hay mucho debajo de aquella idea de Goethe. Demasiado, probablemente, para nuestra falaz sensibilidad y para el pragmatismo productivista. Un viejo es alguien que “ya” no sirve. Eso es todo. Lo deciden, ni que decir tiene, los que todavía no lo son.