Un ritual perdido

En mis apuntes de clase del maestro Valdeavellano me detengo a menudo en el cuento de los “juicios de residencia” que en el derecho castellano, heredero del de Roma, obligaba a rendir cuentas, tras su mandato, a todo funcionario público para averiguar sus méritos y deméritos y, en consecuencia, abrir perspectivas a su carrera o bien limitarla por inhabilitación aparte de imponerle multas con frecuencia confiscatorias. Ya sé que lo que alguna vez he llamado “la nostalgia por Zalamea” hace imaginar a algunos un atractivo universo bajo la monarquía absoluta, cosa tan improbable como significativa, pues es verdad que no todo nuestro teatro áureo carecía de fundamento ni mucho menos. Tal vez no resulten verosímil odiseas como las inmortalizadas por Lope, Calderón o Rojas Zorrilla, pero no se puede dudar de que sobre nuestras instancias político-administrativas planeó durante siglos –de modo especial en la América virreinal, pero ésa es otra historia—la sombra de una autoridad real que constituía, aunque fuera en términos sublimatorios, una suerte de instancia protectora para el español peatonal. Todo alto cargo, como ahora diríamos, debía rendir cuentas al final de su mandato ante un juez especial que, en público y en privado, interrogaba testigos, requería documentos y, en definitiva, escudriñaba el ejercicio político en nombre del rey y de aquella institución olvidada de fue el “concilium vecinorum”, o sea, Fuenteovejuna para entendernos. Valdeavellano nos contaba esta historia como quien habla de alguna feria en algún paraíso perdido que para él era, ni que decir tiene, la Edad Media y su prolongación durante el Antiguo Régimen, pero para nosotros, los estudiantes de la dictadura, todo aquello trasminaba ese aroma de leyenda que desprenden hasta los historiadores más rigurosos. Un juicio de residencia hemos escuchado alguna vez pedir en asamblea estudiantil para depurar responsabilidades y escudriñar las fortunas de los próceres franquistas a los mismos que luego ni se les ha ocurrido recordar esa institución durante la democracia.

Mucha gente se pregunta hoy en España cómo es posible que, si existía ya en las Siete Partidas, no exista hoy algún procedimiento similar para aplicarlo a la manta de sinvergüenzas que se van de las instituciones dejando arruinados al común pero con los bolsillos llenos. ¿Por qué un alcalde despilfarrador o un presidente pródigo no han de rendir hoy cuentas de sus actos y pechar con sus responsabilidades como antaño hacían corregidores y virreyes? Comprendo cada día más la nostalgia de Valdeavellano, aquel viejo maestro colgado de unas ensoñaciones que entonces no podíamos ni imaginar que algún día acabarían resultándonos tan actuales.

Destruir al rival

Lo que está ocurriendo en las instituciones que han pasado del dominio del PSOE al del PP constituye un insostenible escándalo. La alcaldesa de Valverde del Camino, por ejemplo, ha heredado un déficit de ¡más de 50 millones de euros!, un ejército de acreedores y una legión de funcionarios y enchufados cuyas nóminas no puede pagar como no podía pagarlas ya el propio PSOE. Y sin embargo, le cierra las puertas el Gobierno –que encima urge el pago de la deuda que mantiene con la Seguridad Social–, se las cierra la Junta y le da el cerrojazo el ICO, ni que decir tiene, con el propósito evidente de asfixiarla ante los arruinados por los gestores que la precedieron. Ella ha propuesto a los arruinados manifestarse ante la Junta sevillana. Yo le sugeriría que lo haga ante Moncloa o que se deje ver y oír en los mítines que se avecinan.

Cielo e infierno

Entra el viajero en Weimar como quien pone un pie en el cielo y el otro en el infierno. Un cielo esmerado, de planta ilustrada, calles impecables y anchas alamedas por los que seguir las huellas latentes de tanto genio. Las de Goethe, para empezar, bibliotecario y jardinero y juez del Príncipe, sabio ilimitado, vibrando tenuemente en su bien conservada casa y en su taberna predilecta. Las de su amigo Schiller presente en aquella otra suya en cuya construcción el poeta dijo haber gastado hasta la calderilla. Las de la inasible Carlota con la que el padre de Fausto veía atardecer más allá del parque, sentados bajo el mítico roble que aún resiste en el monte Ettersberg, cerca de lo que luego sería el infierno de Buchenwald… Bajo los gingkos que Goethe hizo importar de Japón discurrieron Niestzche y Herder, fantaseó Schopenhauer, como tiempo atrás, aún en la ciudad antigua, había cruzado Lutero rumiando teologías y rezongando de su señora. El Ilm discurre indiferente ante tanta Historia, olvidando en su linfa grandezas y miserias, la rara humillación del maestro ante Napoleón y el zar Alejandro en la vecina Erfurt, el hedor de las chimeneas del campo de exterminio –“Arbei macht frei”, el trabajo hace libres—en el que ahora va diciendo por ahí ese anciano hiperactivo que es Stéphane Hessel, el “indignado”, que Jorge Semprún ejercía de “capo” nada menos. Grandeza y miseria. En la casa de Listz, el adolescente al que Beethoven besó en la frente emocionado al escucharle, han abierto de par en par esa memoria para celebrar su bicentenario, ofreciendo de paso la visita a Eisenach, la cuna de Bach que inspiraría a Wagner su Tannhäuser. Es difícil reunir tanta huella insigne, tanta ilustre presencia, y hallarla intacta, cuidada como oro en paño a pesar de los pesares, de los principados, de la República, de los nazis y de los profetas de la Bauhaus. Paz en la guerra, Turingia es un museo de la memoria, celeste y tétrica, ardiente y apacible, como la misma vida.

 

Lo que ese viajero deslumbrado encuentra en Weimar es la historia entera de Europa, sus desconcertantes claroscuros, el invisible bramante que enhebra el pálpito ilustrado con la energía romántica, el paso atropellado del progreso mental desde el feudalismo a las modernidades, nobles o míseras, humana o feroces, sobre las que se fue edificando con el tiempo el inmenso baluarte de la sabiduría. Liszt, que había vivido a la sombra de la Gran Duquesa, moriría en esta casa hoy abierta al público por encima de dos siglos tremendos. Y a cuatro leguas de Buchenwald, desde donde, en los días de viento contrario, llegaba demoniaco el hedor de las chimeneas. No hay quien haga carrera de Mefistófeles. Listz debió de saberlo lo mismo que Goethe.

El paro, explicado

“La subida del paro en agosto es la consecuencia de las malas prácticas empresariales”, Valeriano Gómez, ministro de Trabajo. “Los datos de empleo correspondientes al mes de agosto son los menos malos de los últimos cinco años”, Manuel Recio, consejero de Empleo de la Junta de Andalucía. “los datos de agosto son la consecuencia previsible de unas políticas inútiles, ineficaces y contrarias a la creación de empleo”, Francisco Carbonero, secretario general de Comisiones Obreras de Andalucía. “Esta subida otoñal tiene incluso un trasfondo positivo”, diario El País. “las políticas de Griñán son un fracaso porque la sangría no para”, Diego Valderas, coordinador regional de Izquierda Unida. “El desempleo es el gran recorte social”, Javier Arenas, presidente del Partido Popular de Andalucía.

La ruina heredada

Estamos viviendo tiempos recios en toda España. El relevo autonómico y municipal ha destapado una olla podrida en la que las deudas se comen hasta el hueso y los nuevos gobernantes no están teniendo otra salida que aplicar medidas drásticas, casi propias de una economía de guerra en algunos casos. ¿Y qué otra cosa pueden hacer si en Extremadura resulta que la herencia se eleva (o desciende) a un temible 6’8 por ciento del PIB regional y en Castilla-La Mancha ha habido que tirar de podadera hasta reducir en un 20 por ciento un suntuario gasto? Pasaron los años de vacas gordas y aquí están los de vacas flacas con su cortejo de ayes y quebrantos y su ejército de lastimados por la imprescindible cirugía sin la cual los mercados darían cuenta de todos en un santiamén. Es verdad que las autonomías vascas o la valenciana se llevan la palma, pero ¿cuál será el techo (o suelo) de la deuda andaluza una vez que se abran las gavetas y salgan a relucir las resmas de facturas impagadas y de gastos comprometidos? Y encima la estrategia perdedora –ay, la destreza de la sedicente “izquierda” a la hora de aplicar la agitprop—está consistiendo en azuzar a los acreedores contra los flamantes gestores como si estos, y no los que han perdido, fueran los culpables del desastre económico. ¿Cómo puede un Ayuntamiento como Valverde del Camino deber más de cincuenta millones de euros y verse impedido de pagar hasta las nóminas de su abultado personal? Pues a base de gastar a manos llenas y, lo que es peor, a manos vacías para a continuación exigirle al gobierno nuevo que pague las mismas nóminas impagadas por los causantes del estropicio. Vamos a pasarlas canutas mientras devolvemos a su cauce las aguas contables y ni que decir tiene que quienes las pasarán más canutas no han de ser quienes se lo tendrían merecido sino el ciudadano medio. Al fracaso social evidente, la socialdemocracia de pacotilla ha añadido la escandalera de su insensata gestión. No es que hayan despilfarrado los huevos, es que han matado a la gallina.

 

No creo, en todo caso, que cale esa estrategia de la culpabilización que presume la ingenuidad de la gente hasta extremos ridículos. Y no sólo porque, incluso a pesar de las zancadillas partidistas, autonomías y concejos acabarán reponiéndose del soponcio, sino porque un probable vuelco en los próximos comicios permitirá ver con nitidez la película de esta tremenda ruina. Mientras tanto, y mucho después probablemente, habrá que ir por la vida con el cinturón ajustado en el último agujero. Luego volverá la normalidad, como casi siempre ocurre en esta crónica humana que está hecha de sueños placenteros y de las peores pesadillas.

Una crisis previsible

A medida que encoge la perspectiva electoral y, con ella, la cesta de cargos disponibles en manos del “aparato”, crece la fronda en el PSOE. En Almería, en Córdoba, en Cádiz, en Jaén, en la propia Sevilla, la batalla por las listas ha madrugado disfrazada de discrepancias ocasionales, situando al partido hegemónico en la peor situación de todo el periodo democrático, entre otras cosas por la clamorosa falta de liderazgo. Por lo demás, por lógico que parezca el designio de renovar generacionalmente el partido –los hay que llevan tres decenios en el coche oficial–, tampoco hay duda de que los sustitutos elegidos –los “ninis” de Griñán– no dan ni de lejos la talla requerida para una operación semejante. Es difícil que éste logre conjurar esa fractura en unos pocos meses. No lo es, en cambio, que al tiempo que se agencie la derrota, consiga destruir el partido de los años 70.