Las cosas de comer

No me acuerdo ya quien fue el primero de nuestros próceres en decir eso tan elocuente de que “con las cosas de comer no se juega”, pero a la vista está que la filosofía profunda del dicho ha calado hasta la médula nuestra política. Lo acabamos de ver en el Parlamento de Andalucía donde, tras las palabras encendidas y los brindis al sol, han sido rechazadas, una tras otra, todas las propuestas de austeridad planteadas al gobiernillo de la autonomía: nada de eliminar las “cesantías”, nada de prescindir de los privilegios de los ex-Presidentes, nada, en fin, de casi nada. La austeridad, para los otros, nunca en la vida pública. Griñán ha consagrado este precepto a pesar del millón tres cientos mil parados y de todo lo demás.

Leer o no leer

Numerosos indicadores nos ponen sobre aviso sobre la crisis de la lectura, en particular la de los jóvenes. Nos lo cuentan los sufridos profes, lo constatan los padres (lectores), lo confiesan muchos que se sienten incapacitados para ese ejercicio que no goza en este momento histórico, ciertamente, de su mejor prensa. El Programa de Evaluación de Estudiantes (por mal nombre, “Informe PISA”) se ha encargado año tras años de advertirnos que nuestros alevines leen cada vez menos, mientras que consagran cada día más tiempo a la tele y al videojuego, demostrando que poseemos una juventud culturalmente a la zaga de sus congéneres en punto a dedicación a la lectura y, lo que tal vez es peor, a la comprensión del texto. Navegamos muy por debajo de la media civilizada, como es sabido, en lo que se refiere a ese ejercicio hasta ahora considerado esencial para la vida cultural de los pueblos, que encima se complica en la medida en que los expertos discuten las ventajas, inconvenientes y diferencias que separan la lectura libresca de la llamada “on line”, es decir, no de la que es producto de la relación directa con el libro sino de la efectuada a través del ordenata. Pues bien, aunque parece comprobado que los jóvenes españoles poseen en casa más de esos instrumentos que la media de los europeos (aunque menos en el centro docente), resulta que también están por debajo del promedio de éstos –concretamente ocupan el puesto 12– en la clasificación que atiende a la destreza lectora en la Red y que, en definitiva, su capacidad como lectores de textos impresos es todavía inferior a la demostrada en aquella. Quizá es que estén de acuerdo con la vieja idea de que la lectura es una forma de pereza en la medida en que el lector resigna en el texto la función de pensar por uno mismo o quizá que, sencillamente, soplan malos vientos para la lírica bibliográfica y por doquier arrecia el descrédito del libro frente a su penumbra virtual.

El gran poeta Edmond Jabès –cuyo estro fragilísimo no me imagino contemplar en una pantalla– llegaba a decir que el libro no existe sino que lo crea la propia lectura. Como nos descuidemos, podríamos quedarnos sin el uno y sin la otra, no puedo imaginar con qué sustitutivo pero seguro que atrapados en el tremedal que supone la textura desencarnada. Claro que nuestro jóvenes, por lo que parece, fracasan por igual ante impresos y virtuales, con esa fobia de la escritura que tanto potencia la seducción de la imagen. Yo he visto no sin agobio el esfuerzo titánico de mi nieto por descifrar su silabario. A manejar la videoconsola, en cambio, aprendió solo. Y en un santiamén.

Se lo pasan bomba

Al menos dos conejeros de la Junta —el de Empleo y la de Salud–, precisamente dos a los que no les faltan los graves embrollos, se pasaron el debate sobre el Estado de la Comunidad jugando a enviar mensajitos por sus cachivaches electrónicos en los que resumían la mediocridad ambiente e iban subrayando con sus “tweets” –traducido, embrollo o susurro, no se olvide—las proezas dialécticas de su jefe. Ya no tienen bastantes con pasarse la sesión charlando por el telefonillo sino que, casi sin tiempo para reflexionar lo oído, se convierten en la voz de su amo como inútiles propagandistas. Sumen a esas actividades sus ausencias, idas y venidas, ocios en el bar de la Cámara y los tiempos muertos empleados en aplausos y broncas, y verán por cuánto le sale al contribuyente la hora de trabajo de estos que tanto hablan del déficit de productividad… de los demás.

El tren fantasma

Renfe acaba de tomar la decisión de suprimir el AVE Toledo-Cuenca-Albacete solemnemente inaugurado hace seis por el ya ex-presidente de Castilla-La Mancha con la consabida cantinela del progreso y la vertebración. La causa de la supresión consiste, por lo que nos cuentan, en que el citado tren no transportaba más que 16 pasajeros al día, lo que ocasionaba al erario público una pérdida también diaria de tres millones de las viejas pesetas, y a que “Renfe siente dolor cuando el tren pasea chapa” –nótese la compostura del casticismo—siendo así que lo suyo sería “adecuarse a la demanda real” aunque, por lo visto, a posteriori. La fantasmagoría es la fórmula dilecta del negocio público en estos tiempos del cólera, en los que, junto a este tren que nadie podría explicar en buena lógica por qué se construyó a fuerza de tantos millones, acaba de cerrarse en Ciudad Real un aeropuerto sin tráfico y la Agencia Tributaria ha descubierto en Cádiz una posible trama de chiringuitos más o menos fantasmagóricos que se han barbeado sus buenos millones del presupuesto de Educación justificando obras que jamás se hicieron, como jamás se llegaron a realizar aquellas otras que en su día fueron pagadas religiosamente por el Ayuntamiento de Sevilla, presuntamente con el objeto de desviar fondos a donde no se debía. Yo sé que no es propio de progresista excitar al contribuyente con este tipo de desmoralizadoras evidencias, pero no me resisto a comentarlas convencido de que, en última instancia, serían esos estafadores, cohechadores y conniventes los responsables de una eventual huelga fiscal que, si bien nunca dejaría de ser injusta, tampoco dejaría de tener hoy por hoy sus razones. ¡Mira que mira que acometer una obra milmillonaria sin preocuparse previamente de sopesar la viabilidad de su servicio! Luego no querrán que el personal se malicie que bajo, sobre o tras esas inverosímiles maniobras se oculte la mano mangante de un Poder que administra nuestros cuatro cuartos como el contable de Alí Babá.

 

Un tren fantasma, un aeropuerto vacío o unas obras inexistentes darían motivo sobrado en cualquier democracia para un decisivo tirón de la manta que hiciera rodar por los suelos a los pillos de esta garduña. Y sin embargo, ya ven, aquí todo lo más se suelta una frase o se inician algunas inacabables diligencias que, por lo general, acaban en agua de borrajas. Fue para oída la arenga del citado ex-presidente describiendo el arco iris sobre el horizonte. Seis meses después nos hemos enterado de que el único milagro en esta historia consiste en que unos cuantos se han puesto impunemente las botas de siete leguas.

Palabras menores

Si se hicieran realidad la décima parte de las propuestas lanzadas ayer en el debate parlamentario, tanto por parte del Presidente como por el lado del aspirante a sucederle, problema resuelto: Andalucía saldría disparada hacia adelante. Pero pocos serán quienes hayan podido imaginar siquiera por un momento que esas promesas pasen de meras palabras, aparte de que siempre cabe preguntarse, sobre todo oyendo hablar en nombre del gobiernillo regional, por qué, si tan fácil resulta arreglar los problemas, hay que esperar a que se enciendan los focos y rueden las cámaras para invocar sus soluciones. Lo de ayer sonaba a último acto y no sólo de la legislatura. Y es que treinta años son demasiados, sobre todo para un fracaso.

Lisístrata en Irán

Casi veinticinco siglos después (lo que va de 411 a.C. a 2011), un juez iraní ha tenido una ocurrencia parecida a la de Aristófanes en torno a la sugestiva figura de Lisístrata, al decretar el derecho de las mujeres persas a negar el “débito” a sus maridos en el caso de que estos no les abonen la pensión alimenticia estipulada por la Ley. La histórica sentencia establece que si la esposa no recibe la paga en cuestión “podrá negarse a cumplir todas las obligaciones legales y religiosas hacia su marido”, capítulo en el que obviamente se incluye la prestación sexual. Se ha hablado mucho del carácter inverosímil de la comedia de Aristófanes, dada la situación  real de la mujer en la vida griega y, en concreto, a propósito de su papel en el matrimonio, sobre el que lo dice todo la famosa frase –“Pero ¿es que hay alguien con quien hables menos que con tu  mujer?”— atribuida a Sócrates, o aquella máxima de Sófocles, rubricada por Tucídides, que consideraba el silencio como el mejor adorno de las mujeres. Si en Grecia esa mujer sublimada en “Lisístrata” no podía salir de casa, visitar a sus amigas o ir siquiera a la fuente, en el Irán de los ayatollás las vemos hoy forzadas a cubrirse la cabeza, impedidas de conducir coches o lapidadas si se tercia, lo que hace tan poco realista esa decisión judicial como siempre lo fue, de hecho, la divertida fantasía del dramaturgo griego. Pero a mí lo que me sorprende, en ambos casos, es que se siga contemplando ese recurso a la negativa femenina como un hallazgo liberador, dado que, al convertirla en recurso legal y prenda de intercambio, el juez no hace sino reducir la prestación sexual a un áspero do ut des que minimiza si cabe la dignidad de la hembra. Por lo demás, no le van a hacer ni caso al juez esas mujeres que se saben con la pata partida en caso de resistencia al marido, porque no hay que tener ningún  don especial para comprender al vuelo que la tiranía de género, como diría doña Bibiana, no se arregla con un expediente tan elemental como dudoso.

 

Ni Lisístrata hubiera tomado nunca la Acrópolis ni sus mujeres habrían conseguido jamás que los machos pactaran un  armisticio, pero aunque así hubiera podido ser, es evidente que no cabe cifrar la defensa del fuero ni garantizar el derecho de la mujer en esa hilarante broma que, por lo que sabemos, tanto entusiasmó al público ateniense. Al contrario, a mi modo de ver esa sentencia iraní supone una alta dosis de cinismo (la ingenuidad, dadas las circunstancias, no es imaginable siquiera) que ahonda el desprecio comprobado que la mujer soporta en los países fundamentalistas y, por supuesto, en otros que, sin serlo, actúan como si lo fuesen.