Juan Palomo

Nuestros políticos, los parlamentarios sobre todo, son como Juan Palomo, ya saben. Ellos determinan su propio sueldo, sus dietas, sus horarios (¿), su retiro, sus bicocas o sus vacaciones sin que nadie pueda pedirles cuenta. Y suelen hacerlo por unanimidad, como es lógico, que nadie suele tirar piedras contra su propio tejado. Ahora el Parlamento andaluz se propone consolidar los dos meses (mínimo) de vacaciones estivales, adelantando el único acto inevitable de agosto (la conmemoración de Blas Infante) a julio, vasto periodo para la reflexión que estos bienpagados añaden a los largos parones de Navidad y Semana Santa. Juan Palomo. A los demás, al pueblo soberano, que le vayan dando.

Retraso indefinido

Nada de AVE para Huelva. Unos pocos kilómetros de vía adjudicados y un “apeadero” en lugar de estación es todo lo que el Gobierno propone ahora, y el Ayuntamiento, como exige la dignidad, se ha levantado de manos avisando que va a plantearse hacer por su cuenta la estación que la capital necesita y se merece. ¿Por qué estación de Moneo en Granada y “apeadero” en Huelva? Pues porque está ahí Pedro Rodríguez, libremente elegido por los onubenses en cuatro ocasiones consecutivas, y ésa es la pieza a batir tanto para los mindundis locales, como para Griñán o para ZP. O alcalde del PSOE para la capital o grifo cerrado. Nunca Huelva fue tan despreciada y agredida como lo está siendo ahora por parte de estos malperdedores.

Pobres y ricos

Rumores para todos los gustos a propósito de la crisis. Uno de ellos, al parecer ilocalizable en su origen, ha hecho desplomarse a la Bolsa al anunciar malos presagios, de momento infundados, sobre nuestro crédito real. La “prensa amiga” desdramatizaba ayer al tiempo que desde el FMI el propio DSK alertaba del peligro de contagio, mientras en Grecia el pueblo soberano –no sé si el “demos” o el “laos”—se echaba a la calle protestando de que los paganos de los errores políticos (y económicos) hayan de ser siempre los mismos: quienes no tuvieron arte ni parte en el negocio. Hay, sin embargo, un indicio positivo y se ha producido en el mundo de las subastas de arte, en el que los marchantes acaban de anunciar el fin de la crisis, al tiempo que, para demostrarlo, elevaban la puja por un Picasso en el ambón de Christie’s al récord de 106’4 millones de dólares, por encima, pues, del suyo propio y del que Giacometti consiguió, siquiera a título póstumo, en febrero, aunque lejos todavía de los 140 millones por los que se adjudicó el famoso Pollock hace cuatro años. En fin, que no sabemos, que no tenemos ni idea de la realidad de los hechos, pues unos oyen lejano el eco de las trompetas apocalípticas, mientras que otros dan por zanjado el cataclismo. El tiempo de las crisis es discontinuo y no se distribuye de una manera homogénea. No tienen más que ver que mientras en Christie’s se vuelve  a la millonada, en las calles de Atenas se monta el pifostio y España gime en las colas del paro tanto como en el parquet. Estos desastres que organizan los de arriba los pagan los de abajo y los de enmedio. Las crisis montan en burra a unos cuantos privilegiados que, nada más superar la cuarentena forzosa, se lanzan de nuevo a enriquecer su pinacoteca y a repintar el yate. Ya ven, se recurre a bajar sueldos y pensiones bajo mínimos al tiempo que se rompe el techo de las lujosas subastas. Sin pobres no habría ricos.

 

Habría que volver a leer “El gran dinero”, aquel diagnóstico moral clarividente con que Dos Passos explica la crisis del 29 en función del fracaso moral y de la connivencia de los eternos ventajistas con la burbuja que la causó. O detenerse ante “Tiempos modernos”, ese chaplinesco paisaje de desdicha de los de abajo que estos días se reinaugura en Grecia pero que, en buena medida, se vive también aquí y en el conjunto europeo. La malicia marxista veía en las crisis mecanismos de ajuste de la maquinaria productiva y la verdad es que nadie la ha desmentido. Ésta que nos azota, por ejemplo, ya pasó para los potentados y los subasteros, forrados en medio de la indigencia. ¿Que no habría ricos sin pobres? Pues parece más que probable.

El engaño del SAS

Nos vienen engañando desde hace la tira, pero hasta ahora no lo había certificado la Justicia: los datos con que la Junta maquilla las “listas de espera” están ajustados en falso para ocultar el fracaso de la asistencia del sistema público de salud. Y resulta que eso no es delito –los jueces sabrán—ni merece otra reprobación que la que cada cual tenga a bien hacerle desde su fuero íntimo. ¿En cuántas otras cosas más nos estarán engañando y con qué derecho? Que los andaluces consideren a los políticos como su tercer gran problema se explica con estos argumentos lamentables. ¿No tendrá nada que decir Griñán ante semejante palo del TSJA? Malamente podrá en ese caso pedir respeto a un pueblo al que se le tiene tan poco.

Dinastías

La contratación del hijo de Valderas en la Diputación nos ha hecho caer en la cuenta de que la política no sólo es un oficio sino que aspira a ser hereditaria. Dicen desde IU, ante la falta de curriculum del beneficiado, que lo que importa es la experiencia política y ésa, naturalmente, no tiene mejor escuela que la familia. ¿Qué sería de esa tropa enchufada si hubiera de medirse en oposición libre con los hijos de los demás ciudadanos contribuyentes? Eso le importa poco a estos privilegiados que se reparten a prorrata el dinero de todos.

Arqueología de la moda

Me he quedado de piedra al comprobar que no era una macana la leyenda de que en Francia iban, al fin, a suprimir la prohibición legal que veta a las mujeres el uso del pantalón. Admito que no he conocido nunca un caso parejo de anacronismo legal, pero me rindo ante la evidencia al enterarme de que un grupo de diputados radicales de izquierda acaba de registrar ante la Asamblea Nacional francesa una proposición de ley que pretende suprimir definitivamente las disposiciones legales vigentes en aquel ordenamiento jurídico que todavía prohíben a la mujer el uso de esa prenda masculina en su origen. No es ningún secreto que Georges Sand se paseaba por París luciendo su palmito con pantalones de varón y desafiando a los bienpensantes con su larga boquilla, pero entonces, como ahora, eso que ella hacía constituía una violación legal a tenor de lo dispuesto en la ley de 26 de Brumario del Año VIII (saque el lector la cuenta en arábigos), norma vigente siempre, aunque modificada dos veces –en 2892 y en 1909—para autorizar el uso de la prenda siempre que la mujer llevara de la mano un manillar de bicicleta o las riendas de un caballo (sic). Créanselo: ni siquiera la Constitución del 46 que establecía la igualdad de derechos entre los sexos pudo con esa inercia revolucionaria. Habrá de ser en pleno siglo XXI, si es que finalmente llega a buen puerto la iniciativa, la que “legalice” el uso del pantalón por parte de la mujer. Carlota Corday se pudo llevar por delante al loco de Marat, pero ni sus tataranietas hubieran podido legalmente calzar pantalones de hombre con la ley en la mano. ¡Haga usted una Revolución para esto!

 

Por las historias del tema sabemos hace tiempo que el travestismo es una fantasía dominante hasta el punto de que es la que, según Judith R. Walkowitz, con mayor frecuencia aparece en los diarios femeninos conservados, acaso porque, a pesar de la superficialidad de su carácter simbólico, hay pocas cosas tan eficaces  como la ropa a la hora significar la identidad. A Georges Sand aquellos pantalones prohibidos le parecían más significantes que su propio pseudónimo macho pero lo que no nunca hemos sabido al verla retrata por Laurentz o idealizada por sus émulos, es que, ciertamente, al vestir aquellos pantalones estaba desafiando nada menos que a la ley. Una ley inconcebiblemente anacrónica que ahí está, en todo caso, aguardando a que un piquete de radicales la asalte como una fortaleza en ruinas, imaginamos que apoyados por un criterio unánime. El feminismo rampante, incluidas desde la Stein o la Beauvoir, no sospechó siquiera que bajo sus pies se mantuviera intacto ese tabú indumentario.