El pago previo

En la larga relación de escandaleras protagonizadas por la Junta, no hay ninguna acaso que pueda competir con la más reciente: largar a una empresa, en la que el hijo del anterior Presidente ejerce como comisionista, un pastón millonario… antes de que los beneficiados la solicitaran siquiera. ¡Y un cuerno sobre ese argumentillo ultraformalista de que todo se ha hecho con la Ley en la mano y, por supuesto, “en tiempo y forma”! No creo que se haya visto jamás que una Administración –y menos en situación tan crítica—se adelante a los deseos de los “emprendedores”, y pocas veces, desde luego, una familia con tantas implicaciones negociales con la Administración autonómica como la de Chaves. Los funcionarios formales se andan echando estos días las manos a la cabeza. Se explica que los autores de hazañas como la referida los combatan a sangre y fuego.

El buen salvaje

Aunque cueste creer que aún quedan en el planeta rincones escondidos en los que se conserven muestras de la primitiva Humanidad, una organización brasilera dice haber descubierto una etnia perdida de la que al menos doscientos individuos sobreviven aislados por completo de nuestra civilización. Es un misterio para mí cómo esa presencia no ha sido nunca detectada por el ojo del satélite, pero el caso comprobado es que ahí está esa Humanidad intacta, pacíficamente instalada en su “hortus conclusus” en el que pujan viciosos el maíz, el banano y el maní, de espaldas a una civilización de la que hasta ahora se han visto libres pero cuyos prodigios han tenido que ver tantas veces cruzar los cielos de su edén, quién sabe atribuyéndole qué míticos significados. Bien, ya tenemos ahí otra vez el dilema que, como “civilizados” (es un decir) nos plantea nuestro sentido coercitivo de una civilización fuera de la cual sólo concebimos la barbarie ajena, como si la propia no fuera bastante abrumadora, es decir, ya tenemos planteada de nuevo la cuestión de si hemos de “rescatar” a esos indígenas de su inocencia primordial, con cuantos riesgos conlleva la operación para los rescatados, o bien dejarlos en paz para que continúen libando el néctar de esa “estado de Naturaleza” que, entrevisto por Locke, popularizó ya en clave romántica un Rousseau impresionado por las consejas traídas desde los mares lejanos por tipos como el capitán Cook. ¿Hemos de redimirlos de su miseria natural o dejar que continúen su existencia apartados de todo, ajenos a la rémora de la moral, pacíficos por naturaleza, iguales e inocentes en su desnudez y quién sabe si felices en su preservada animalidad? Siempre me horrorizó la escena colombina de la presentación de los indios a los Reyes que venía a ser un  poco como la película del “Emilio” rousseauniano rodada al revés, es decir, desde el “estado de Naturaleza” al “estado de Sociedad”.

 

Parece que por una vez prevalece la discreción y la autoridad brasilera se resiste a turbar esa “paz natural” que es, qué duda cabe, el clima de un estadio anterior de la especie que no dejaría de ser arriesgado cuestionar ofreciéndole una opción que bastante tiene con administrar sus propios fracasos. Ha quebrado la idea de la superioridad moral de una civilización, implacable hasta ahora con esas minorías “naturales”, y enfrascada sin cesar en la ingente tarea de destrozarse a sí misma. No quiero imaginarme a taladores arrasándoles su selva ni a misioneros imponiéndoles sostenes y taparrabos después de haber llegado hasta aquí libres de culpa. Porque yo no creo que Rousseau llevara razón

pero nosotros llevamos todavía menos.

La Unesco dice no

No debía faltarle razón al biólogo y premio Príncipe de Asturias, Ginés Morata, cuando se opuso en Doñana a la construcción del oleoducto promovido por un grupo próximo al PSOE. A Morata lo destituyeron sin contemplaciones y fue sustituido nada menos que el ex-Presidente González como pieza de la estrategia del Gobierno y de la Junta de sacar adelante el negocio que ZP ya se había comprometido a defender. Pero la Unesco no se ha andado con paños calientes sino que amenaza, en el caso de que el oleoducto se construya, con retirar al Coto su actual condición de “Patrimonio de la Humanidad”. Fuerte envite para los apoyos de un proyecto que no hay que ser un lince para entrever su peligrosidad. Veremos ahora hasta donde llega la larga mano de las influencias y hasta donde está dispuesto a arriesgar más aún, por favorecer a sus socios y amigos políticos, el partido en el poder.

Un real pito

No es normal lo que está ocurriendo desde hace algún tiempo en España con el Rey, es decir –y perdonen que insista– con el Jefe del Estado. Ni mucho menos. Todavía cuando un capitán Milans, hijo del general golpista, insultó al monarca en el Club de Campo madrileño se cubrieron las formas, pero luego se ha relajado el asunto de manera que cualquier mindundi puede alcanzar su minuto de fama sólo con disparar hacia arriba sus insultos en la seguridad de que la proeza quedará impune. ¿No han absuelto a Otegui tras llamar al Rey “jefe de los torturadores”, no se ha ido de rositas el ex-alcalde de Puerto Real después de llamarle “hijo de crápula” y alguna otra lindeza? Nada tiene de extraño el crescendo que vivimos estos días, primero con la decisión del alcalde proetarra de San Sebastián, tolerado por el Gobierno, de apear el cuadro del Rey su sitio oficial, y más tarde con el insólito cartelón que han colgado durante horas en un edificio de la Gran Vía madrileña con la efigie del Jefe del Estado –insisto—entre las de Clinton y Carlos de Inglaterra, como anzuelo publicitario de una empresa (¿) que ofrecía al público un raro servicio: contactos para la infidelidad conyugal. Es verdad que ya habíamos oído en la tele a alguna actriz en decadencia sugerir escabrosísimos detalles sobre su presunta relación sentimental con el Rey –¡ay, la tan española leyenda de los Borbones, fomentada incluso por los bastardos!—pero eso se queda en una anécdota de esta historia vecindona si se compara con los últimos casos citados. Éste debe de ser el país más libre del mundo, a juzgar por las apariencias, pero yo lo que creo es que nuestro régimen constitucional ha carecido desde el principio de un fundamento firme como quizá corresponda a una nación en la que no hay monárquicos genuinos sino todo lo más cortesanos, que es cosa bien diferente. Si los hubiera –empezando por el monarca—sería poco probable una desafección tan llamativa como la que se gasta aquí con la institución.

 

Al Rey lo han convertido, al menos mediáticamente, en el pito del sereno, en un muñecón de pimpampún al que el más tonto de la feria puede insultar impunemente a socaire de este sarampión ultragarantista que permite a los reos pitorrearse de los mismos jueces que los absuelven. Y yo creo que buena parte de esta responsabilidad por la quiebra del respeto al Estado la tiene el propio Rey que ha convertido su silencio en una suerte de inhibición que debilita su imagen pero, de paso, que es lo malo, degrada la dignidad del Estado. El Gobierno no sabe lo que hace amparando estos desacatos que, hoy por ti mañana por mí, podrían acabar saliéndole por un pico también a él.

La burbuja municipal

Todo lo que vamos conociendo sobre la situación económica de nuestros Ayuntamientos es desolador. Hay deudas, como la jerezana, propia de una metrópoli en transformación radical, las hay, como la de algunos pueblos, enormes en relación con sus modestos Presupuestos. Los salientes han tirado el dinero, como han querido, han desviado fondos de aquí para allá, han dejado de justificar obras o de recibir ayudas a causa de sus descubiertos con la Seguridad Social, acumulan facturas que deberían conocer los ciudadanos y, sobre todo, por si acaso, los jueces. Y todo el mundo se pregunta cómo se puede gestionar impunemente de esa manera, yéndose de rositas o incluso ascendidos los perpetradores de la ruina. El PP se está pasando de discreto, tal vez, al manejar esa dinamita sobre la que los sufridos administrados deberían estar al cabo de la calle y sus causantes investigados por la Ley.

El perro muerto

La liturgia ha celebrado uno de estos días la fiesta de san Simeón el Loco, un caso inquietante de excentricidad que ha llegado a ser célebre y que, aplicado a otros ámbitos de la vida pública, seguro que nos proporcionaría una aprovechable perspectiva. De Simeón nada dice el maestro Jacobo de la Vorágine en su “Leyenda Áurea” pero veo que el Martiriologio Romano le dedica un cumplido elogio en el que se acepta la necedad o locura como un instrumento legítimo y útil en manos de la buena fe, tal como consta que hicieron luego otros destacados Padres. Simeón empezó pronto su ejercicio ascético hasta hacerse eremita a orillas del Mar Muerto, pero un buen día, pasados largos años de ayuno y penitencia, descubrió que a lo peor en esa santidad esforzada se escondía la semilla del orgullo o la vanidad que acecha a toda ambición virtuosa, razón  por la cual decidió volver al mundanal ruido sin mejor ocurrencia que hacerlo en la populosa ciudad de Emesa, en la que hizo su escandalosa entrada arrastrando con su cinto un perro muerto, y en cuya iglesia protagonizó luego ruidosas travesuras que incluso llegaron a interrumpir el culto. Siméon vivió hasta su muerte haciendo ostentación de una insensatez que implicaba su proximidad a los marginados y que acabó perfilando, por contraste, una especie de caricatura de la beatitud convencional, atenida por tradición y siempre al rígido paradigma de la seriedad y la afectación. O sea, que se hizo el loco para poder ser santo, lo cual no es, en fin de cuentas, nada que ofenda a la lógica sino todo lo contrario, y que ojalá cundiera como modelo en otras esferas de esa vida ejemplar que nos proponen por sistema los que se tienen por superiores o más elevados. Un brazo daríamos muchos por ver entrar en el Congreso, valga el caso, a un espíritu independiente arrastrando el perro muerto de su humildad en lugar de varear el pavo de su pretendida preeminencia. Íbamos a salir ganando todos, menos el perro, claro.

 

Pocas cosas me han escandalizado tanto como el despilfarro perpetrado en una región mísera como la noble Extremadura para atender las ansias de notoriedad de un ex-Presidente que, tras más de tres décadas de gobierno, la ha dejado en la ruina y a la cola del mundo, aunque bien podría añadir la decisión andaluza de mantener ese privilegio en este otro paraíso inventado igualmente en plena ruina. Y me he imaginado a Simeón el Loco arrastrando su perro difunto por esta Emesa nuestra como un símbolo capaz de incendiar el tinglado y librarnos de tanto pretencioso afanador. Hacen falta locos de vez en cuando aunque sólo sea para caricaturizar con trazo implacable a tanto cuerdo comediante.