Sobran

El candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno de la nación, Alfredo Rubalcaba, no ha medido (o sí, quién sabe) sus palabras a la hora de pronunciarse en el debate sobre las Diputaciones Provinciales, ese vestigio del caciquismo viejo utilizado por el neocaciquismo en todas y cada una de sus versiones. Rubalcaba ha resumido en una sola palabra su opinión diciendo, simplemente, que esas Diputaciones –que él ha calificado como “esa cuarta Administración”– “sobran”. Pero lo ha dicho ahora, cuando su partido las ha perdido, no mientras su partido las gobernó y arruinó en los términos que ayer daba a conocer este diario, de la misma manera que el PP que despotricaba de ellas cuando no las controlaba, defiende ahora su función. Lo que quiere decir que la ruina continuará, beneficiando circunstancialmente a unos y a otros, pero siempre a costa de todos. Rubalcaba ha tundido a los suyos pero ha puesto en un dilema a los rivales.

Geografía e historia

Poco puede sorprendernos, a estas alturas, la evidencia de que desde la política se juega como se quiere con la geografía y con la historia. Hemos visto demasiados tratados internacionales, demasiadas guerras y demasiadas paces, como para precisar pruebas de un hecho tan patente que estos mismos días podemos ratificar con sólo atender a la ligereza con que los dirigentes italianos, desarbolados por la crisis, se disponen a obedecer el mandato alemán de cambiar a fondo un mapa del país ciertamente mejorable pero merecedor de una reflexión más rigurosa. El mapamundi es un palimpsesto, un pergamino antiguo sobre el que la vida se redibuja a placer según la conveniencia de quienes en cada momento mandan y en muchas ocasiones a costa de insufribles costes para los paisanos. Un periódico alemán ha revelado estos días, ateniéndose a una importante documentación desclasificada ahora, que en 1961, tras la construcción del Muro, el gobierno del canciller Adenauer propuso a Kennedy el proyecto de vender Berlín Occidental a la Alemania del Este a cambio de obtener la expansión de las fronteras propias hacia la zona comunista, y que sólo el rechazo final de los americanos evitó que se consumara aquella aventura con la que el viejo zorro pretendía conseguir un eventual enfrentamiento entre los alemanes orientales y los soviéticos. La crónica de la diplomacia oculta cuánto hay de aventurerismo y ambición en la prosa de esos tratados con los que los vencedores han ido mudando fielatos e incluso borrando países del mapa sin la menor consideración a la historia política por no hablar de la geografía humana. Pocos de mis congéneres seríamos capaces hoy de reconocer el mapa africano anterior a la descolonización y ni los más directamente afectados serían capaces quizá de orientarse en el de la Yugoeslavia posterior al último conflicto. La geografía política no conoce más razón que la fuerza ni ésta otro derecho que el derivado de la voluntad del poder.

 

Da que pensar ese proyecto del patriarca de la democracia alemana, uno de aquellos dirigentes mayúsculos –De Gaulle, Eisenhower, Churchill, el propio Kennedy– que atravesaron a pie enjuto la Guerra Fría y en cuyo haber es obligado incluir tantas iniciativas cruciales sin las que el actual ensayo continental no sería siquiera imaginable, pero en cuya cara oculta se esconden maniobras como ésta que hoy se descubre no sin indignación en unos círculos europeos que ven en aquellos maquiavelismos el envés de una política desprovista de toda moral. Ciertamente la experiencia cívica no permite ni al mejor dispuesto entender esa oculta dimensión canalla de sus próceres más consagrados.

Un poco tarde

Parece que los sindicatos “concertados” no resisten ya más críticas e incluso comienzan a escenificar su salida del “verticalismo” de la concertación. En Andalucía, por ejemplo, UGT denuncia ahora a la patronal acusándola de “clientelismo”, trinconeo en las subvenciones y falta absoluta de ideas, lo cual no deja de resultar desconcertante tras tantísimas fotos de sus barandas con los patronos a la sombra de la Junta munificente. Un poco tarde es, probablemente, para desengancharse de ese carro y para denunciar actitudes que los sindicatos han venido compartiendo con los empresarios, en ocasiones hasta extremos desoladores. No hay duda de que, tras esta crisis, un renuevo en la patronal resulta imprescindible. Pero, anda que en los sindicatos…

“Auri fames”

Alemania nos exige que vendamos el oro del Banco de España para saldar en lo posible la deuda que nos asfixia. ¿Pero es que queda oro en esos sótanos? A uno le cuesta imaginarlo después de la almoneda que montó Solbes en 2007 cuando, convencido de que el oro no era ya una inversión rentable para el Estado, vendió un tercio de nuestras reservas, y de la posterior mantenida por Fernández Ordoñez que, según los expertos, ha provocado la mayor salida del metal precioso desde el cuestionado pago de la deuda de guerra a Rusia –aquel “oro de Moscú” que Ángel Viñas redujo sin contemplaciones a su verdadero caudal—precisamente en unos años en que no ha habido estrategia inversora comparable a ésa de la tesaurización, dado que la rentabilidad acumulada del metal ronda ya el 500 por cien. Los suizos han reconvertido un famoso bunker militar en una cámara del tesoro a prueba de explosiones nucleares y seísmos para albergar la inmensas reservas de oro que desde todos los países del mundo afluyen continuamente a uno en el que su posesión es por completo anónima y libre de cualquier limitación, previsión lógica allí donde miles de toneladas de oro circulan cada año. Acabo de leer el trabajo de Gilles Labarthe, “L’ or africain”, que les recomiendo si desean asomarse al infierno continental de esa industria, con sus “guerras áureas” y sus complicidades canallas, pero la paradoja de nuestra política de enajenación del tesoro basta y sobra a la hora de asumir que muchas de las calamidades que padecemos no serían inevitables sino que se deben al injustificable desacierto de algunos criterios políticos. Desde que Solbes dictaminó que el oro no era una inversión conveniente, el lingote ha multiplicado casi por cinco su valor, en buena medida a causa de la creciente demanda de países en alza como India o China. Es posible que nuestras minervas se hayan tomado en serio el consejo de no acumular mujeres, ni oro ni plata que el Deuteronomio (Dt. 17,17) daba al gobernante sabio.

 

También por las calles proliferan los anuncios de compra de oro, pésimo indicio de ruina colectiva. Y en cuanto al Estado, parece que tendrá que decidirse a vaciar el cofre a pesar de la evidencia de que el precio de la onza seguirá subiendo y, en consecuencia, de que no sólo hemos malbaratado los huevos sino que vamos a matar la gallina. Lo que ya no sé es si la cosa será para tanto. En el liceo leí, en un cantar de gesta, que el corazón de un hombre vale por todo el oro de un país. No sé si estarían de acuerdo con esta sentencia nuestros ecónomos ni nuestros especuladores.

Norte perdido

No son fáciles de entender los cambiazos que el presidente Griñán está prodigando a propósito de la fecha de las elecciones andaluzas que, por una vez, él quiere alejar todo lo posible –él sabrá por qué—de las generales y de Rubalcaba. A una emisora amiga le aseguró que los comicios serían en mayo, como si resultara tan difícil echar las cuentas para concluir que eso no era legalmente posible. Y ahora dice que serán en marzo, sin dar más explicaciones. Lo que parece claro es que ni él sabe a dónde va en medio de esta doble crisis, económica y política, de tan malos augurios. Dicen que lo que pasa es que han perdido el norte. Yo más bien creo que están a punto de perder el Sur.

La mano evidente

Asustados ante la galerna especulativa que nos trae en un sinvivir, las autoridades del ramo acaban de prohibir en España las ventas a corto. Se acabó lo que se deba, pues, para los especuladores colgados de Internet que acechan como buitres la acción caída para abalanzarse sobre ella sin esfuerzo y, una vez reanimada, revenderla al día siguiente. Se acabaron las “posiciones a corto”, el mercadeo que, en beneficio propio, ha arruinado a tanta gente y enriquecido a tantos otros. Y lo mismo han hecho en Bélgica y en otros países europeos, incluyendo a Francia e Italia, lo que ha propiciado una vertiginosa recuperación en las Bolsas y el lógico y natural cabreo entre los especuladores. Ahora bien, ya me explicarán en qué se funda ese veto a la especulación, teniendo en cuenta que ésta no es ni más ni menos que el nervio del mercado de valores, su mecanismo lógico y su razón de ser. La crisis –hay que repetirlo—está poniendo en evidencia el camelo de esa “Mano Invisible” que, con la única condición de que el Poder no intervenga en la vida económica, sostienen los liberales, tanto los neo como los de toda la vida, que ajustará de la mejor manera posible el intrincado puzzle de los intereses en pugna. Se viene abajo, en consecuencia, la premisa de la no intervención, el mito del mercado libre a ultranza, la leyenda negra que hace de la mediación de la autoridad, incluso de la prudente, un atentado a la implacable lógica mercadista. No cuando se trata de recibir subvenciones de lo público, claro está, ni cuando la Reserva Federal o el Banco Central Europeo sueltan la pasta gansa para corregir esa los locos efectos de esa libertad, tampoco cuando, como en esta crisis extrema, la autoridad se planta en el parqué y prohíbe –¿por qué, a ver, con qué derecho?—justamente el ejercicio de su principal maniobra. La Bolsa se ha tomado un respiro, en resumen, los trileros oportunistas la han jodido y la teoría se ha quedado con el trasero al aire. Esta crisis va a dar mucho de sí, aparte de las fortunas y de las ruinas.

 

¿Y hasta cuando la medida? Pues, en principio, por unos quince días, prorrogables, eso sí, dependiendo de cómo evoluciones el pulso del negocio. Y luego Dios dirá, pero lo más probable es que todo vuelva a su ser y la campana vuelva a tañer entusiasta para renovar cada mañana el ánimo de esos púgiles de la oportunidad, por más que, como digo, la aventura nos haya permitido ver con toda su crudeza el camelo supino de la dogmática. Keynes no estaba muerto sino mal enterrado. Los traficantes sin rostro no se han enterado hasta que no lo han visto cabalgar muerto sobre el arzón de su caballo.