La casa por la ventana

La Defensora del Pueblo en funciones ha dejado sin resuello a sus Señorías en el pleno del Congreso al anunciarles por sorpresa que va a solicitar al Gobierno que estudie la posibilidad de reformar el Código Penal de manera que el despilfarro perpetrado en las instituciones públicas pase, de ser una mera anécdota casi previsible, a constituir delito. Ante el insólito anuncio, le ha faltado tiempo a un diputado catalanista para manifestarse “asombrado” en nombre de sus compañeros, y a otro, astilla del mismo palo, para largar la soflama de que esa Oficina del Defensor no es, en definitiva, más que “el brazo ejecutor de la catalanofobia” (nótese la audacia de la paranoia) funcionando “al servicio de la derecha nacionalista española”. Los demás se han limitado a mirarse perplejos unos a otros, pero no me cabe duda de que la noticia sería acogida con entusiasmo, de ser divulgada como merece, entre la inmensa mayoría de este castigado pueblo, porque lo que ha hecho la Defensora no es más que ponerle voz al disco rayado de una opinión pública que no comprende el actual espectáculo de los Ayuntamientos arruinados, las autonomías empeñadas hasta las cejas y las miles de empresas públicas que devoran nuestro erario. Millones de españoles se plantean hace tiempo esa pregunta clave, a saber, por qué si un empresario privado falsea su contabilidad va derecho al trullo mientras que si un político enreda cuentas, gasta facturas falsas y acaba embargando a su institución no está sujeto a sanción alguna. Y eso es, sencillamente, lo que, no poco ingenuamente, plantea ahora esa Defensora que mucho me temo que por ese camino tiene cruda su confirmación en el cargo.

Con el tiempo se verá claro que la crisis ha provocado, junto a la devastación de amplios sectores sociales y al descrédito de todo un Sistema, que aflore sin ambages la podre que escondía la sentina de nuestra vida pública, patrimonializada por los partidos (por unos y por otros, aunque por unos más que por otros) desde la tesis boba expuesta en su día por una ex-ministra de que “el dinero público no es de nadie”. Nunca ha sido tan enorme la insolvencia de nuestras instituciones ni nunca la actitud escandalosa alcanzó cotas tan inverosímiles como las alcanzadas por espectáculos de depredación como los actuales. Y ello explica que la gente se pregunte por qué quienes de esa manera desvergonzada despilfarran nuestros impuestos, lejos de responder ante el juez por sus mangancias y trapacerías, se vean recompensados con nuevos y mejores cargos. Lo que la Defensora pide es, por el momento, una quimera. Pero, ojo, porque mañana, de vuelta de la almoneda, quién sabe.

Alcaldes, fuera

Pocos argumentos tan cínicos como ése de que los alcaldes no deben ser diputados porque han dedicarse en exclusiva a sus pueblos –mientras esos alcaldes fueron del PSOE fue siempre al revés, esto es, se decía que un alcalde en el Parlamento acercaba su pueblo al centro de decisión política—o como ese otro, absolutamente mendaz, de que no es bueno que un político cobre dos sueldos puesto que esa posibilidad no existe con la actual normativa. Lo que el PSOE pretende es descabezar una Cámara en la que, eventualmente, podría tener el papel de Oposición, quién sabe por cuantas legislaturas. En pocas ocasiones una maniobra en enroque político ha resultado tan burda como ésta de imponerle a los pueblos a quién pueden votar y a quién no.

El tesoro lepero

Cualquier cosa podía esperarme yo de mis amigos leperos menos verlos metidos de hoz y coz en un cuento de tesoros, hoy que los niños han olvidado ya esas fantasías, entretenidos como están con las peripecias de Bob Esponja y el desafío de sus “nintendos”. Pero ahí lo tienen: esta misma semana ha habido que levantar cinco losetas de la iglesia de Santo Domingo –la misma que cuando el tsunami de Lisboa perdió su espadaña—en busca de un tesoro anunciado por un anónimo que, durante un ensayo, encontró el miércoles pasado, y por casualidad, un grupo flamenco que ensayaba sus artes en el templo. Un viejo papel caligrafiado a lápiz, depositado bajo una de las losas, enviaba al futuro el consabido mensaje: “Año 1936. Los rojos me persiguen, he escondido mi mejor tesoro cinco losas a la izquierda. Si muero, espero que caigan en buenas manos”. Y el párroco decidió investigar el misterio, quién sabe si sugestionado por el famoso asunto del oro de Rennes-le-Château que consagró el camelo brillante de Gérard de Sède hace más de cuarenta años y que ha convertido aquella aldea en un centro turístico de primer orden, siempre en el ámbito penumbroso y sugestivo de cátaros, templarios y masones. No había nada, por supuesto, bajo el enlosado lepero y, en cierto modo, casi me alegro porque el rollo del tesoro era lo que le faltaba a ese pueblo notabilísimo para rematar una de las famas más impropias que yo he conocido. Mejor así: Lepe ha sido y es (desde los “Canterbury Tales” por lo menos) un pueblo industrioso que no se merece otra leyenda que la muy auténtica de su talento.

Hoy día no hay ya tesoros a salvo de los detectores que gasta la rapiña arquelógica y menos aún leyendas de tesoros ocultos como la que yo mismo oía contar en mi casa familiar y que, como tantas, resultó ser una farsa embromada. Si acaso quedan hoy tesoros hay que buscarlos, no en los mapas de islas ignotas, sino en las gerencias de urbanismo, no en la clave canalla y romántica del capitán Flint sino en las trapacerías y el arte menor de los poceros, giles, rocas y sandokanes, que no buscan doblones sino expedientes, ni ducados sino recalificaciones. No es hodierna la imagen de la tripulación maldita ni quedan ya islas que no vengan en las cartas de marear, del mismo modo que no es creíble para un cura de Lepe –¡aunque lo haya sido!—una patraña como la que explotó tan misteriosamente aquel Berénger Saunière que sostenía con diablos su pila de agua bendita. Un genio del catolicismo disidente dijo, va ya para dos siglos, que cuando Dios condenó al hombre al trabajo escondió en éste un tesoro. Quizá. Al menos los leperos han trabajado toda la vida como atenidos a esa sentencia.

Vivir de los símbolos

El presidente de la Junta, José Antonio Griñán, le ha espetado al presidente del PP, Javier Arenas, que “puesto que usted es de derechas, defienda con arrogancia su ideología”. Pero enseguida, el coordinador general de IU, Diego Valderas, ha terciado en el pulso para reprocharle al propio Griñán su “política de derechas”. Así se gana el sueldo estos simbolistas, definitivamente de espaldas a una ciudadanía que hace mucho que sabe que no existe la menor diferencia entre los principios de las políticas de unos y otros desde que la llamada derecha fue ocupando posiciones tradicionales de su oponente mientras la sedicente izquierda se amilanaba bajo los escombros del Muro. ¿Es de izquierdas prolongar a 30 años el contrato en prácticas, lo es abolir el límite de la contratación eventual, como ha hecho el PSOE dejando que el PP se erija en defensor del contrato fijo? Van a tener que buscarse otro reclamo para seguir viviendo del cuento.

La verdad política

El debate político, incluso el congresual, depara a veces sorpresas dialécticas imprevisibles. La última ha sido escuchar al jefe de la oposición exigirle al presidente del Gobierno que diga la verdad –supongo que siquiera con minúscula—y a éste replicar que el Gobierno siempre la dice, por supuesto, aunque eso que dice pueda resultar incierto dada nuestra natural falibilidad. Por supuesto que los gobernados, ni en España ni en ninguna parte, creen a estas alturas en lo que dicen los políticos, hartos de pillarlos en renuncios y de comprender que –como sostuvo hace mucho me parece que fue Bernard Grasset–, puesto que en política importa más justificar que hacer, las palabras tienen en ella más importancia que las cosas. Hay quien ha llegado a decir que la ciencia del político no consiste tanto en la habilidad para contestar las preguntas incómodas sino en el arte de no dejar plantearlas al adversario impertinente, pero hay que reconocer que todo eso era más viable en una sociedad tradicional en la que la actividad política era prácticamente reservada, pues de ella no llegaba a los ciudadanos, y sólo con mucha dilación, más que un reflejo inevitablemente teñido por la intención del “medio”. Hoy día, cuando la tendencia imparable conduce a una política-espectáculo retransmitida al pueblo en tiempo real, la cosa tiene ya escaso sentido puesto que esa “mediación” es cada vez menor y el ciudadano-espectador se convierte en su propio intérprete. Escuchar en el Congreso esa exigencia de verdad debería ser, por eso, un escándalo que se atenúa apenas en la medida en que la inmensa mayoría de los receptores del mensaje anda convencida de antemano de que esa exigencia es mera retórica. El pintor Braque coloreaba ese cuadro por el revés restituyendo la obviedad de que la verdad existe y que lo único que se inventa es la mentira. ZP simplifica la cuestión diciendo que la verdad es lo que él dice por más que lo dicho pueda demostrarse falso. Elijan ustedes.

Es un escándalo que los políticos se acusen impunemente de mentirosos, y mayor si cabe el que supone admitir que en otros países (y suele citarse, con cierta ingenuidad, el ejemplo de los EEUU) la mentira sea causa fatal de ruina política para el mentiroso mientras que aquí es una especie de convención admitida que no merece mayor consideración que la que corresponde al desliz venial. Tierno llegó al extremo cínico de proclamar que los programas políticos estaban para no cumplirlos lo que consagraba el derecho al engaño al ciudadano. Muchos años después seguimos enredados en esa aporía que hace de la vida pública una timba o un mercadillo.

Vademecum trapacero

Si alguna vez, siendo alto cargo, pide usted un crédito a una Caja y no lo devuelve, no pierda el sueño porque no corre riesgo alguno. Si un día llega a presidir una Junta autónoma, nombra a su hermano director general y permite que éste enriquezca a otro hermano a base de sus propias subvenciones, no se preocupe porque no corre ningún riesgo. Si en el mismo supuesto, estampa su firma junto a la de su hija en el acta del consejo del gobiernillo que preside para millonear a la empresa apoderada por la muchacha, ídem de lo mismo. Confíe en la Justicia y recuerde, llegado alguno de esos casos, la lenidad de los ropones que han bendecido una y otra vez las peripecias de la familia Chaves. Dicen que la Justicia es ciega. De lo que nadie me va a convencer es de que también es sorda.