Burro y elefante

Izquierda Unida, o sea, sus restos mortales, se ha entregado a los agitadores populistas con armas y bagajes. ¡El plato de lentejas! La vieja creación de Julio Anguita que constituyó una esperanza para mucha gente –sin la ley D’Hont por medio hubiera supuesto algo decisivo en la democracia española—la ha puesto en almoneda una generación novísima de ávidos retrógrados que vuelven a Lenin vía Laclau. Bueno, después de todo, la sociología política sabe que una izquierda auténtica, vamos, una opción inspirada en la utopía, tiene poco que hacer en medio de un Estado del Bienestar por “recortado” que éste vaya, y que el futuro, al menos el inmediato, pasa por la única alternativa socialdemócrata con sifón, como en los EEUU, como en el laborismo británico, un poco como en todas partes. No hay sitio para los sueños redentores en un mundo que, mejor o peor, cuenta con el subsidio de paro, la telenovela y el Inserso. ¡Adiós a la utopía! Como diría Baroja, hay que aceptar que “el mundo es ansí” y están de más las esperanzas vanas. A nuestros hijos y nietos les espera esa alternativa –la del burro y el elefante yanquis–, la de la elección que, arroje el resultado que arroje, deja las cosas, básicamente, como estaban. No hay opción tendente a la igualdad mientras la hegeliana “astucia de la razón” permita malvivir siquiera del excedente y el instinto solidario apriete a las familias en su jaula. Peor están en Zambia. ¡Qué duda cabe!
Lo malo es que, como también sabe esa sociología, cuando falla el consenso aparece el conflicto. En las oficinas de paro han tenido que instalar un botón de alarma para proteger a los funcionarios, en los hospitales “recortados” los sanitarios son cada día más agredidos, la criminalidad adquiere tintes insólitos sólo explicables por la disforia de fondo. Y una Izquierda inteligente y realista podría ser, seguramente, lo único capaz de encauzar esas energías disipadas. Aquí, sin embargo, esa posibilidad acaba de liquidarse aprovechando la resaca de una crisis que no ha de durar toda la vida, y tras la cual –ojalá– habrá que rehabilitar la utopía. El populismo de la nueva alianza de izquierda no hará sino empujar a los conservadores hacia el búnker, ofreciendo a cambio, todo lo más, el carajal venezolano con sus gorilas achulapados y sus huertos familiares. Los que dicen que ya no son horas de izquierdas y derechas, se van a enterar.

Cara política

No han logrado los partidos ni un mínimo acuerdo para reducir el gasto de las nuevas elecciones provocadas por su inepcia colectiva. El dinero manda tanto en los grandes como en lo chicos, en los tradicionales como en los arcángeles flamígeros que se nos han aparecido. Un dato: Podemos le cuesta al Parlamento de Andalucía –ése fue el precio para abrir camino a doña Susana—nada menos que 120.000 euros al mes aparte de otros casi 150.000 para gastos, lo que supone el mantenimiento de 47 contratados sin contar a los quince parlamentarios. Esta democracia hace agua por todas partes menos por la contabilidad, sin que de esa regla escapen siquiera los profetas ruanos que prometen “asaltar el cielo”.

Alto riesgo

Contra lo que se pueda imaginar, el periodismo es oficio de alto riesgo. No el alcahuete que entretiene a las masas con chismes y pamplinas, tampoco el que hace su negocio a la sombra del Poder, sino del que se juega la vida diariamente en los frentes de batalla y zonas conflictivas para que el horror del mundo no permanezca desconocido. Antier mismo han sido liberados tres compañeros que han estado diez meses secuestrados en Siria por el Estado Islámico o cualquiera sabe por quién, necesitando de un enorme despliegue diplomático y policial para lograr su puesta en libertad. No sé si también en esta ocasión habremos pagado esa libertad los contribuyentes o si la liberación es el fruto de las gestiones del Poder, pero lo que me importa subrayar, para que con las glorias no se olviden las memorias, es que esos tres colegas –Ángel Sastre, José M. López y Antonio Pampliega—han perdido en aquella ergástula diez meses de su vida, prolongando así una tradición que suele olvidarse: la de nuestros jóvenes que se juegan la vida por mantener informada de primera mano a la opinión. Los Anguita, los Couso, tantos otros –139 han caído ya en la infame guerra de Irak—demuestran hasta qué punto el periodismo de guerra es una profesión de alto riesgo sólo explicable en términos vocacionales. ¡Y aún habrá quien diga que el pescado es caro! Sin ellos, sin esos héroes, el mundo ignoraría su cara oculta, la negra noche del alma degradada hasta la infamia.

La guerra de Siria: un puzzle incomprensible pero perfectamente controlado por unos y otros, por los rusos cómplices del bárbaro Asad, por los occidentales pusilánimes que no han olvidado los fracasos de Vietnam, Irak o Afganistán y, sobre todo, por el gentío indiferente para el que esas tragedias no son más que un titular de telediario, siempre lejanas, nunca próximas. Nuestros muchachos se juegan la vida cada día para tenernos al tanto de la ruina moral del planeta y nosotros les pagamos con la indiferencia y, llegado el caso, con una placa conmemorativa en el zaguán de su “medio”. Cada mañana el periódico chorrea sangre y clama ante la injusticia acaso para que el lector pase sobre tanta miseria en busca de los anuncios por palabras. ¡Diez meses de la vida! Y con un canto en los dientes, encima. Los vemos bajar del avión, abrazar a los suyos, quién sabe si olvidados ya del padecimiento y de la angustia, mientras el Estado se felicita y a otra cosa. Bienvenidos a casa. Si no fuera por vosotros el mundo andaría a ciegas.

Lentejas

Al final, el populismo le ha ganado por la mano a los restos de IU, aquella interesante creación de Anguita y los suyos en abril del 86, poco después del “otanazo” de González. E IU, la actual, vencida y desarmada además de ávida de un mendrugo, se ha vendido a Podemos por unos cuantos escaños. Es verdad que IU estaba ya para el arrastre, pero desde ahora no será sino un apéndice de los oportunistas bolivarianos que mantienen entre Venezuela e Irán. Echo de menos la voz de mi admirado Julio Anguita, la de los viejos “camaradas” de la hora difícil, y me sobran estos noveles de diseño que han liquidado, de hecho, a la izquierda real. El entierro se celebrará, pues, en la intimidad. Curiosos, abstenerse.

Con los jueces

Presentación en Sevilla del libro de un magistrado joven, decano de los Juzgados de Guadalajara, Jesús Villegas. Gran afluencia de concernidos/as –en la Justicia sí que ha prosperado la igualdad de género sin necesidad de “discriminación positiva”, a puro codo—jueces, fiscales secretarios y letrados, pendientes todos del subtítulo de la obra: “La historia oculta de cómo el poder político se ha infiltrado en la Justicia española”. Un libro informado, atentísimo, calmado en el que se van extirpando una a una las capas podridas de esa lamentable cebolla, hasta dejar a la vista el cogollo de una resistencia moral que poco tiene que ver con otras actitudes corporativas o gremiales. Villegas sostiene que estamos como estamos no por causa de los juzgadores sino por efecto de un sistema mediatizado al que los políticos han logrado arrebatarle su genuina e imprescindible independencia, controlándolos a través de un órgano partidista como es el Consejo General del Poder Judicial, cuyos miembros son elegidos por cuotas pactadas entre los partidos. Olvídense de la majestad salomónica del juez y de la solemnidad del cadí, no se molesten en buscar otra explicación a la postración de la magistratura fuera de la propia y deliberada voluntad política. Montesquieu ha muerto –como dijo Guerra sin inmutarse– y día tras día caen sobre su fosa nuevas paletadas de tierra. Ahora bien, ¿quién le ha abierto a los políticos la puerta de la fortaleza de la Justicia, ha sido el ariete de los partidos o bien se ha logrado con la ayuda de una “quinta columna” interior? Ésta es la tesis de Villegas y también la mía.
Sale uno de esa lectura escindido entre la desolación y la esperanza. ¿Tendrá remedio este carnaval jurídico, volverán a su cauce la vieja “diké”, la “iustitia” del romano? Es poco probable –pienso y pensamos (casi) todos los presentes— mientras la corrupción ande instalada en la vida pública y, por supuesto, mientras pululen por el foro los ganapanes que guiñan el ojo al Poder. Habrán de mutar las actuales “asociaciones”, habrá que recuperar la independencia y la autonomía ahora perdidas, habrá de entender el pueblo, acaso, que sin juzgadores libres la sociedad seguirá siendo rehén. Una denuncia tremenda la de Villegas. Mucho me temo que se ande jugando la carrera a esa carta blanca. Pero algo se mueve, no hay duda, entre los ropones, última esperanza de la democracia. Si los Villegas no logran su propósito, volveremos todos al punto de partida. ¿Lo recuerdan?

Lo que perdemos

Un duro artículo del duque de Segorbe en la competencia denuncia la extrema exposición del patrimonio cultural y artístico español abandonado de hecho por un Estado incompetente. Y desde Huelva –una zona que vive agarrada al salvavidas del turismo—nos llega la noticia de que sus principales playas han perdido este año las “banderas azules” que garantizan su calidad. ¿Por qué no habrá medio para exigir responsabilidades, siquiera subsidiarias, a los incompetentes gestores que arruinan nuestro patrimonio? Hasta al pan de la boca nos lo dejamos arrebatar. Junta, municipios, mancomunidades bastante tienen con señorear lo público y, de paso, llevarse el manso.