El tema del año

Sigue y crece la discusión en torno al cuestionamiento de las Diputaciones Provinciales. Rubalcaba y su entorno matiza pero insiste en su inutilidad decimonónica, el ministro Blanco lo apoya sin condiciones, Griñán las defiende de momento y hace hablar como ventrílocuos ( nunca mejor dicho) a sus segundos y terceros manteniendo aquello de que “sí pero no”. Por su parte Dolores de Cospedal desenfunda su tizona en nombre de los millones de españoles que perjudicaría presuntamente la desaparición de esos organismos caciquiles y Arenas sostiene que esa operación hay que hacerla en el marco de una reforma conjunta de nuestro insostenible sistema administrativo. Cada uno habla de la feria según le va en ella, pero la masa de la gente sólo sabe de las Diputaciones lo que cuestan. Una vez más nuestros políticos no acaban de estar a la altura.

Fresa y chocolate

Cualquiera sabe qué hay de realidad y qué de propaganda en el movimiento gay que se abre camino en Cuba. Desde el régimen se exhiben sus manifestaciones como pruebas de apertura mientras la oposición no ve en ellas más que publicidad política, pero es lo cierto que mucho han cambiado las cosas si recordamos la tristísima crónica de la persecución de los homosexuales que en los años 60 respaldó lo más granado de la dirigencia revolucionaria, incluso en casos tan desgraciados como el de Reinaldo Arenas que han contribuido a difundir entre el gran público la novela de Jorge Edwards y la película de Julián Schnabel. Cualquiera sabe, ya digo. Es cierto que el comandante Castro ha asumido públicamente su responsabilidad en aquellas barbaries, que él atribuye a la complejidad del momento político, y también que, desde los años 80, el castrismo permitió a la cirugía llevar a cabo intervenciones de cambio de sexo, hoy día habituales ya en el Centro de Educación Sexual (Cenesex) que dirige Mariela Castro, hija del actual presidente Raúl y propulsora de un incierto movimiento de liberación sexual diferenciado, por supuesto, del considerado como opositor. Pero es difícil saber qué hay detrás del espectáculo que, esta semana misma, han protagonizado en La Habana una transexual y un gay a los que no se les ha ocurrido ni más ni menos que elegir para el día de la falsa boda (en Cuba no está permitido el matrimonio homosexual) el cumpleaños del dictador. La polémica está servida, pues, aunque se imponga la evidencia de que hay cambios sociales imparables incluso para los autoritarismos más celosos de su propia mitología. Nunca me creí la fábula amable de “Fresa y chocolate” porque, incluso en quienes en lo antiguo simpatizábamos con Cuba –incluidos Cortázar y tantos otros–, la historia dolorosa de aquellas inhumanas persecuciones nunca dejó de pesar.

 

A saber qué hay de auténtico y qué de montaje en toda esa movida en la que hasta la citada Mariola ha enviado a los novios su felicitación aunque renunciando a actuar como testigo, pero en la radio oficial escucho comentar la noticia como si se tratara de lo más normal del mundo y como si antier mismo no fuera todavía firme criterio del “régimen” que el solo reconocimiento de la homosexualidad bastaba para que los tribunales actuaran con severidad contra el reconocedor.  Claro que Castro cumplía ese día 85 años y esos son muchos años para remar contracorriente, incluso para él, que no conoce mayor insulto que “marinconzón”. A saber qué haría hoy aquel Ché que parece que respaldó unas persecuciones de las que hoy se ríen los jotos en pleno corazón de La Habana.

Caída del caballo

Parece que se han caído del caballo, deslumbrados por la evidencia, los mismos que durante tres décadas largas han desoído las múltiples críticas y sugerencias contra esos focos caciquiles que son las Diputaciones, auténticos pesebres de los partidos que las gobiernan. Rubalcaba dice que “sobran” y que reduciendo mil diputados se ahorrarían mil millones, José Blanco lo apoya sin condiciones y Griñán se opone, ya veremos hasta cuándo y en qué términos, está claro que por su propia falta de autoridad en el partido. Otra cosa es que el gran paso de su eliminación se llevara a cabo en el marco de una reforma global de las Administraciones Públicas, pues resulta obvio que no sólo las Diputaciones son la causa de nuestra ruina. Por lo demás, Griñán acabará haciendo lo que le digan quienes tienen mucho más poder que él.

La misma piedra

He oído decir muchas veces en mi vida que si algo se cargó la República fue la barbarie anticatólica. Las quemas de iglesias, los asesinatos de curas y monjas, de simples creyentes, la profanación de tumbas, la vandálica destrucción del patrimonio sagrado, toda esa locura a la que incluso cabezas privilegiadas como la de Ortega trataron de justificar alguna vez sugiriendo la tesis de que las víctimas serían las verdaderas responsables. Lo he oído muchas veces pero también es verdad que hacía tiempo que no las oía hasta que llegó Zapatero dispuesto a cuestionar la Transición y rehabilitar de manera acrítica aquella “república sin republicanos”, reabriendo la posterior guerra civil como un campo simbólico en el que jugar a la revancha. Y desde luego no he tenido noticia de acosos antirreligiosos hasta este paréntesis que parece que pronto va a cerrarse con más pena que gloria. Lo de antier en la Puerta del Sol de Madrid –convertida por el apoyo del Gobierno en sede por antonomasia de una revolución minoritaria y artificial– deja de ser, en todo caso, una anécdota, para convertirse en la temible evidencia de que los pueblos pueden tropezar dos veces en la misma piedra por trágica que fueran las consecuencias del primer tropezón. Desde luego no es la osadía de esa minoría agresiva lo que llama la atención, sino la deliberada permisividad de un Gobierno comprometido, al parecer sin remedio, con el argumentario simbólico frentepopulista, dentro del cual el laicismo funciona como coartada de los más anacrónicos complejos y como legitimador de fondo de una suerte de nueva moral social basada en el sectarismo. Ninguna oposición crítica al catolicismo puede justificar la intolerancia y mucho menos la de una minoría desnortada que apenas sabe dar razón de sí en clave negativa. Tiene toda la lógica del mundo que su principal eslogan para esta jornada lamentable haya sido precisamente un “No” amparado por el Gobierno.

 

¿Continuará la escalada intolerante, será posible que la connivencia gubernamental llegue a tolerar excesos irreparables? Pues eso nunca se sabe si se comienza por permitir que un grupo agresivo impida a una muchedumbre manifestarse legalmente, como si la calle fuera suya. Tampoco imaginaba Azaña las consecuencias de su prédica anticlerical ni supieron preverlas gentes tan agudas como Prieto o tan resabiadas como Lerroux. Qué pena tener que estar hurgando en tan vieja llaga. Pero hemos visto imágenes –impensables en esta democracia excepto en el zapaterismo– que nos fuerzan a ello. Un millón de ciudadanos libres atacados por una banda de exaltados. Es evidente que la culpa no está en ésta sino en la autoridad que se le da alas.

Tortugas bobas

Impresionante la foto de Griñán, con el consejero puesto, soltando tortugas bobas en Málaga. Antes las hemos visto de ese mismo consejero repoblando nuestros campos con caracoles chapa, fochas morunas, bendiciendo linces ibéricos (aunque menor no acordarse de ese negocio-estafa, en todo caso) o depositando camaleones en los enebros en peligro de extinción. Emocionante, no hay duda, lindo de verdad, sensible a tope, a poco que nos olvidemos del millón doscientos mil parados que nos abruma, del cierre masivo de nuestras empresas, de las quejas de los pensionistas recortados o de la fronda que bulle entre los funcionarios. ¡Hasta los flamencos se levantan ya en armas contra el “nepotismo” (sic) de la Junta! No me extraña que Griñán no sepa ya ni sobre qué fecha caerán las elecciones.

La sociedad rota

Se multiplican los diagnósticos de los altos dirigentes sobre la crisis social que la otra crisis, la económica, está provocando en medio planeta. Destaca el de Obama, convencido de que nuestra mala coyuntura no se debe a un fracaso financiero sino al desconcierto político, y llama la atención la del “premier” Cameron al endosar la responsabilidad de la creciente anomia al fracaso de la moral, a la quiebra del orden familiar y al medroso paternalismo del Poder, pero no hay que dejar de lado la protesta de Ratzinger contra el relativismo radical que mina los fundamentos de una convivencia cada día más comprometida. Sólo Ed Milliband, el líder laborista, ha concretado su acusación sobre banqueros y políticos corruptos, en línea con los movimientos espontáneos de protesta social que hoy bracean a ciegas en busca de una alternativa pública. El grito de Cameron hablando de Gran Bretaña como de “un país roto” resuena en claves menos apocalípticas en Tel Aviv y trata de extenderse difusamente en España como un alegato contra los agentes sociales y políticos sin excepción, mientras en Italia el ciudadano no sale de su estupor ante el anuncio de una drástica reforma de la estructura del país y en París se refuerza un eje francoalemán que se propone avanzar a paso largo hacia una autoridad continental. No cabe duda de que el mal trance económico en que nos encontramos está permitiendo entrever la incierta pero profunda falla sobre la que todavía se mantiene a trancas y barrancas una sociedad –la surgida en la postguerra europea—cuyo sistema de valores parece exhausto e incapaz de sostener ya por más tiempo esa carrera desigual en que compiten el pragmatismo más insaciable con una moral caducada en buena medida.

 

Esta crisis no es, evidentemente, la en su día mal llamada “del petróleo”, ni la sufrida en los años 90, sino el resultado de una implosión axiológica que se anuncia desde hace mucho pero que, como suele ocurrir con los grandes acontecimientos históricos,  ha estallado de repente. Y con toda seguridad, además, no obedece a una sola causa sino a la conjunción de varios factores entre los que es preciso destacar el éxito de la amoralidad, el desistimiento colectivo en la aspiración a mantener la vida a la sombra de un orden superior, siquiera elemental, sin el que, como se está comprobando, a duras penas se mantendrá en pie un tinglado cada instante más complejo. Asustado y perplejo ante la Revolución Francesa, De Bonald estaba convencido que lo difícil en esas circunstancias para el hombre honrado no era cumplir con su deber sino conocerlo. Progresistas y conservadores pueden hoy mirarse, sin duda, en aquel espejo conservador.