No a las dos Juntas

Va quedando claro como el agua que los jueces no tragan con el tinglado de las dos Administraciones, es decir, con la “Administración paralela” constituida por las empresas públicas frente a la legítima y única que la Ley contempla. Lo certifican los tres palos que le llevan administrados a la Junta rechazando ese modelo de gestión que duplica los gastos, despoja ilegítimamente de sus funciones al funcionariado a cambio de facilitarle a los políticos sus intereses. Griñán, que es funcionario de un cuerpo tan exclusivo y cerrado, debería emprender la marcha atrás que le sugiere la Justicia. Si no lo hace habrá que pensar que el lío actual tiene un trasfondo más complejo de lo que veníamos imaginando.

Poner en valor

Ese galicismo cursi de “poner en valor” le sirve a la Junta para anunciar su intervención en el conjunto dolménico de Pozuelo, hace años ya restaurado para, una vez superada la fase de inauguraciones y fotos, ser abandonado a su suerte hasta el extremo de que, al menos en dos ocasiones, sendos tractores se llevaron por delante otras tantas estructuras arqueológicas. El célebre dolmen de Soto sobrevive también a su aire y el interesante de El Labradillo nunca ha sido accesible dado el estado del carril que hasta él conduce. Nuestra arqueología (la andaluza en general) es una asignatura pendiente de la Junta. La de Huelva, como va dicho, merece algo más, por su importancia, que una política de parcheo.

Cortar el pelo

Por una crónica de Lola Fernández aparecidas en nuestro suplemento nos hemos enterado de que los vigilantes clérigos de la revolución iraní han plantado cara a “la invasión cultural de Occidente” comenzando por presentar en público un catálogo, para uso de peluqueros, en el que se exhiben los modelos acordes con las exigencias del régimen. Ya tienen ahí, una vez más, la vieja batalla simbólica del cabello, esa seña de fuerza y prosperidad sobre la que recaen indistintamente las interpretaciones más opuestas pero en la que, en definitiva, no ha habido sistema coercitivo que no haya vislumbrado un desafío. Los sacerdotes egipcios rapaban sus cabezas pero los nazareos bíblicos de que se habla ya en Números (Ns. 6,5), lo mismo que los nobles medievales, debían abstenerse de la tonsura porque en el pelo radicaba no sólo la fuerza sino el principio de consagración que subyace en las historias de Sansón y, ya como un eco lejano o tal vez autónomo, en el episodio gótico  de Wamba. El fundamentalismo israelí ha hecho populares lo mismo en Polonia que en USA los rizos de sus radicales ultra pero no conviene olvidar que nunca hubo mayor obsesión por el cabello peinado que en pleno auge de la secularización “ilustrada”, la era en que los magnates y los grandes sabios inmanentistas posaban con pelucas empolvadas como quizá no se habían repetido desde los sumerios. Los actuales persas ven un signo de la decadencia occidental en todo peinado que “no respete las leyes del Islam”, probablemente sin  sospechar siquiera que actúan movidos por un dinamismo psíquico mucho más antiguo que la ley del Profeta. Es una larga historia la del pelo (masculino y femenino) en la que ninguna civilización deja de imponer sus fantasías ideológicas. El cabello es un don y una amenaza, en emblema y un riesgo, que reclaman su control por parte de todo sistema de dominación.

 

Es curiosa la pervivencia de este atavismo capilar, manifiesto en la obsesión por el peinado visible hoy como hace miles de años en la sociedad humana y tan frecuentemente traducido en normativas exigentes y contradictorias. Hace medio siglo la juventud eligió la melena para publicar su rebeldía mientras que hoy la manifiesta lo mismo con el rapado deportivo que con los primores de la cresta hirsuta, enhiesta por la gomina. En Irán deberán en adelante atenerse a un catálogo ministerial que autoriza tupés y limita patillas en el marco de una operación apotropaica dispuesta como una muralla frente a la barbarie civilizada. La exigencia de sumisión del individuo no se conforma con la adhesión moral sino que impone también la estética con tal de evitar el influjo “decadente” de la temida civilización.

Teoría de las Cajas

Nada tan sorprendente habrán oído ustedes como la afirmación del vicesecretario general del PSOE-A, el bachiller Velasco, de que despolitizar las Cajas de Ahorro es un propósito franquista. A Velasco le han contado sus mayores en el partido que nada como una Caja al servicio de la Organización, en la que el propio partido designa a los gestores y consejeros y que, llegado el caso –tantas veces llegado—condona los créditos a sus mandamases, empezando por Chaves. No tiene límites, al parecer, la ignorante osadía de esta dirigencia improvisada por Griñán como círculo pretoriano. Tanto, que yo que él no me fiaría de ella, por si acaso…

Un escándalo

Otra vez el escándalo de los golfos que estafan a los emigrantes, esas mafias dedicadas a explotar la angustiosa situación de los más débiles en las mismas narices de una autoridad que es la más interesada, por supuesto, en que se aclare el tema hasta el fondo y se descubra quien está detrás. Así lo ha pedido el Defensor del Pueblo y así lo exige una mayoría de onubenses que lamenta que, cuatro años después, todavía colee judicialmente aquel escándalo anterior de la venta de “papeles” a los desesperados a cambio de dinero y sexo. Éste es de esos asuntos que deben resolverse con urgencia, sin darle tiempo al tiempo, como pide el Defensor.

Dependencia feliz

La verdad es que con las inversiones venimos manteniendo tradicionalmente una relación de amor-odio, una especie de ambiguo malestar en plan “ni contigo ni sin ti”, como canta el fandango, sobre todo la gente del progresismo generacional, hoy con un pie (o con los dos) en la jubilación, a la que la teoría enseñó a prevenirse contra la peste de la dependencia. Y sin embargo, está más claro que el agua que ningún sistema sobrevive sin inversiones y menos en un mapamundi del que han desaparecido como por encanto las tenues líneas de las fronteras. No les digo más que en Marbella han recibido con honores de jefe de Estado al jeque qatarí Abdullah Bin Nasser Al-Thani que ha llegado en su Rolls negro descapotable procedente de su fabuloso yate, tan grande que, por no caber en el puerto marbellí, ha debido quedarse en el de Málaga en espera de que la Junta o quien sea acabe por meterle mano al viejo proyecto de ampliación de sus pantalanes. Vuelve, pues, la alegría de los pringaos, el mito de los marchantes, la leyenda frenética de las propinas de diez mil duros a los guardacoches, las fichas casineras repartidas con largueza a crupiers y mirones, la apoteosis de los anticuarios y el agosto de las putas, además de la satisfacción oficial. Se dice que fue Fahd el saudita quien remedió la crisis de los 70 mientras contemplaba el cielo estrellado y soñaba, rodeado de huríes, con palacios y minaretes, y ahora se confía en este Ben Nasser de “gustos sencillos”, según sus deslumbrados, el mismo que cuentan que encarga por avión la cena a Maxim’s en competencia ventajosa con los millonetis de la mafia rusa que son la nueva panacea de la comarca. También ha vuelto Kashogui, si no ando despistado, olvidado ya su pasado de traficante de armas y su célebre grifería de oro macizo, y parece que Sean (pronuncien Chon, please) Connery aunque sea empapelado por no recuerdo qué pillerías urbanísticas. ¡La dependencia feliz! Tras el orgullo y las grandes soberbias suele agazaparse la “servidumbre voluntaria”.

Al menos en esa zona de nuestro Mediterráneo, el Islam de la morisma no va a necesitar ninguna reconquista porque, sencillamente, nos va a recomprar a plazos lo perdido y en paz. Para lo cual esta crisis, como la otra, la llamada “del petróleo”, le y nos va a venir de perlas, porque a ver quién es el guapo que se encocora dignamente ante esos propinazos o el sesudo que se detiene a pensar que depender de un cliente caprichoso implica fatalmente un serio riesgo. Bienvenido el jeque, a ver qué quieren, que aquí estamos nosotros para doblar el espinazo cuanto haga falta, la mano tendida y los dientes apretados.