Crisis y conflicto

Sería un error considerar el movimiento madrileño del 15-M como un epifenómeno aislado y puramente indígena. Los sociólogos saben que a un determinado nivel de paro y pobreza el conflicto aflora por encima del consenso que, según el croquis de los funcionalistas, mantiene unidas y en paz a las sociedades, y lo raro era que con las actuales cotas de desempleo y varios millones de familias sin recursos, no hubiera aflorado antes. Otra cosa es que, al menos hasta ahora y al margen de posibles manipulaciones partidistas, nuestros “indignados” no hayan sido capaces de definir su malestar ni concretar su exigencia, pero eso es algo que puede llegar con la propia experiencia de la protesta. A la crisis global le están estallando ya los primeros conflictos sociales –que, por supuesto, nada en absoluto tienen que ver con los registrados en Túnez o en El Cairo—como acabamos de comprobar estos días en Israel e Inglaterra, expresión clásica del descontento ante situaciones-límite, y con toda seguridad habremos de asistir a otros estallidos, no sólo por el efecto mimético que, sin duda, puede influir en el fenómeno, sino porque, el conflicto mismo es una respuesta inevitable en las sociedades fracasadas. Poco importa el tono de la protesta –mayista con sifón en Sol, asociativo en Tel Aviv, vandálico en Londres, Birmingham, Bristol o Liverpool–, porque lo significativo es el estallido mismo, la reacción convulsa de colectivos muy distintos pero hermanados por su origen contestatario. Tampoco habría que exagerar el papel de las redes sociales, que si son hoy día la voz de la muchedumbre silenciosa hasta ahora desconectada por completo de los centros de decisión, no me parece que sean, sin embargo, ni causa ni origen de la protesta. Hay clamor en la calle porque la crisis ha sobrepasado ya el dintel de tolerancia, y porque la población, sujeto pasivo y sufriente de sus consecuencias, culpa de la situación a los poderes económicos y desconfía ya por completo de los representantes políticos.

 

Habrá enfrentamientos, pues, mientras la crisis gravite sobre la vida colectiva e incluso irán a más. Y en ese sentido no se trata de darle respuesta a unas reivindicaciones tan clamorosas como vagas, sino de entender la razón mediata que asiste, más allá de la protesta misma, a los que se plantan frente al Poder en la calle. Que es lo contrario de lo que aquí andan haciendo los partidos, por cierto, al coquetear con los mismos que los denuncian como una lacra. Ni Mayo ni la Comuna sirven hoy como modelos. Sólo queda la voluntad radical de reforma y el convencimiento de que ninguna asamblea espontánea será capaz de ajustar este endiablado puzle.

El cuento de la alhambra

Pocas cosas tan extravagante hemos oído en mucho tiempo como la propuesta del ministro marroquí de Cultura de que los ingresos turísticos de la visita a la Alhambra se repartan a medias entre España y su país. Es verdad que la alfombra se la han tendido a esos extravagantes los propios responsables políticos españoles y andaluces con su acomplejada (e interesada) política de cesiones, concesiones y subvenciones a un vecino hostil que, para colmo, podría no ser pobre ni necesitar ayuda  si su voraz oligarquía no acumulara prácticamente la riqueza de todos. Antes de que ese ministro lo reclamara, una ministra española ya le ofreció en su día una silla granadina. El toque estará en ver hasta dónde puede llegar ahora el disparate estando el pandero, por ambas partes, en manos de quien de esa manera lo tañe.

El reloj de cuco

Vuelve reconfortado de sus vacaciones en su país mi amigo el suizo. ¿La crisis? Bueno, la crisis está un poco por todas partes –me concede—pero en Suiza se nota poco. Es verdad que una moneda tan fuerte como el franco local afecta a las exportaciones y las reduce hasta el extremo de que en el país han aumentado las quiebras y cierres, pero con un crecimiento del tres por ciento anual y apenas otro tres por ciento de paro (es decir, con pleno empleo de hecho) las penas, ciertamente, son menos, y el pueblo soberano sigue inalterado en el día a día, de espaldas al proyecto continental pero también a su catástrofe. Se ríe mi amigo cuando evoco la escena de “El tercer hombre” en que Orson Welles hizo famosa la afirmación de que doscientos años de democracia apenas habían servido a los suizos para inventar el reloj de cuco, y es para reírse, desde luego, teniendo en cuenta el hecho de su inmunidad a esta epidemia financiera que está poniendo en el alero al sistema de vida occidental en su conjunto. Es como lo de Bélgica, ese país que navega al pairo –en junio hizo un año—desde que descubrió la prescindibilidad del Gobierno y la suficiencia de la inercia institucional, pero no corriendo alocado como el pollo sin cabeza sin al mismo paso que llevaba cuando aún se atenía al modelo convencional. ¿Será que se puede vivir en la autarquía e incluso en la acracia mientras los demás se debaten en el comején de la crisis o se hacen trizas internamente en el forcejeo partidista? No seré yo quien se apunte a esa tesis, pero sí uno más entre quienes no entendemos cómo a algunos países les resulta tan fácil mantenerse erguidos mientras bajo los pies de todos los demás tiembla el misterio de la ruina global. A mi amigo, encima, la fortaleza del franco le ha supuesto un pellizquito añadido en su pensión traducida a euros, a ver si hay quien entienda esto. Es posible que con el calvinismo nos hayamos perdido, siglos atrás, una oportunidad de oro.

 

Muchas cosas se va a llevar por delante esta crisis aparte del botín financiero. La idea de que nuestro modelo comunitario es el mejor de los posibles, el trampantojo que supone la fe en una libertad de mercado que, lejos de hacernos libres, nos está llevando al precipicio, la evidencia de que la ilusión liberal sólo puede mantenerse en pie apuntalada por la intervención. Hay demasiadas cosas que damos por probadas, probablemente, a pesar de tener tan cerca esos ejemplos que nos permiten cuestionarlas. En cuanto a los suizos, ya verán cómo se las avían para salir de espaldas de este laberinto. Al fin  y al cabo ellos son quienes guardan en la faltriquera las llaves de nuestras cajas fuertes.

Hacer caja

Al presidente Griñán no se la ocurrido mejor providencia para hacer caja que vender, por debajo de los precios de mercado, las fincas reservadas en su día en el marco de la fracasada reforma agraria andaluza. Tampoco es que se trate de las joyas de la abuela, eso es cierto, pero la oferta nos trae el recuerdo de un momento de la autonomía en el que –todo lo equivocadamente que se quiera– aún cabía algún margen para la utopía y se le daba cancha a las ilusiones. Hoy no queda apenas nada de todo aquello –las tres “reformas” comprometidas: la agraria, la educativa y la sanitaria, duermen el sueño de los justos–, reducido como está el “régimen” al proyecto a corto plazo que se cifra en la supervivencia. Griñán dice que si ni siquiera encuentra compradores, ya se le ocurrirán “otras medidas”. Pues a ver si hay suerte.

Locura de agosto

Si es verdad que por la calle la indiferencia ante la crisis es patente, en esta capital económica que es Milán, algo bien diferente trasciende en los periódicos y, en general, en los ámbitos públicos donde se decide (es un decir) la marcha de la vida. Los políticos ven amenazadas sus vacaciones ante el aviso de que los propios ministros si bien no están, de momento, convocados, sí que deberán estar en alerta mientras se ve o deja de ver si la tormenta financiera escampa o, por el contrario, se encarniza. “Vivimos en un casino”, leo en un titular. Y en otro: “La casa arde por los cuatro costados y no hay ni uno solo que eche mano del extintor”. La misma intervención de Berlusconi, que aguardó al cierre de los mercados en una maniobra inútil, ha decepcionado a una Cámara que avisa, en todo caso, que podrá ser convocada “anche a Ferregosto”, y que vive en un ay lamentando esa rutina argumental de la universalidad de la crisis, de la solvencia de la banca, de la transparencia (relativa) de las cuentas públicas y hasta del envidiable (¡) sistema de pensiones que se diría que disfruta el país. Lo más repetido es que no se puede salir de una crisis como la actual con un Parlamento roto y un Gobierno sin ideas y menos sin recurrir –como ha reclamado el presidente Napolitano rizando el rizo menos incómodo de la metáfora—a un extraordinario esfuerzo de cohesión nacional. Pero el convencimiento común estriba en que el país merecería una clase política mejor que la que soporta, aunque sin olvidar la responsabilidad de los empresarios en una crisis provocada, más que por el fracaso de los proyectos políticos, por las maniobras de los mercaderes. Quien más quien menos, en todo caso, prepara ya las maletas desde el convencimiento de que una situación mundial como la que ocurrió cuando el colapso argentino resulta, al menos hoy por hoy, inverosímil. Al menos hoy por hoy, ojo. Ése es el resquicio que dejan entreabierto los editorialistas de hogaño entre los que ya no hay Buzzatis ni Montanellis.

 

Lejos queda todo ese apocalipsis de la paz provinciana que respiro en Pavía, con sus amplias alamedas y su ritmo pausado, su castillo visconteo y sus espléndidas iglesias de las que hablaba de pasada el Dante pasmado ante las huesas de Agustín y Beocio, de toda esa gente que callejea a su ritmo, ajena al torbellino como si hasta sus despensas no pudiera llegar, cuando menos se lo piensen, la larga mano de los especuladores. Por el Canal Internacional veo que lo mismo, chispa más o menos, es lo que ocurre en España. No parece el verano la estación de la ruina, está visto. Los italianos dicen que no hay que provocar al mal llamándolo y puede que lleven razón.

Excusas obvias

El Consejero de Gobernación –recién llegado que poco debe de saber sobre el lío del “fondo de reptiles” y las prejubilaciones fraudulentas—es el enésimo jerarca que sale a palestra a reconocer que “alguien” ha debido de meter la mano en la caja de la Junta y a reclamar que se paguen esas culpas, aparte de manifestar la disposición –¡como si pudiera ser de otra manera!—a entregar a la jueza instructora la documentación que ésta requiera. Se ve que comprenden que ese escandalazo va a gravitar como una losa sobre una campaña electoral en la que se juega nada menos que el fin de un “régimen” que dura ya más de tres decenios.