Falsas expectativas

En los tiempos heroicos de le emigración española a Europa, allá por los 60 sobre todo, era frecuente ver en Atocha contingentes de trabajadores nuestros rechazados por los servicios alemanes de inmigración, vivaqueando como podían por los andenes con sus maletones atados con cuerdas y la sombra de la desilusión en la mirada. Tan frecuente como ver con qué tenacidad aquellos parias, con escaso apoyo oficial por no decir ninguno, reemprendían el penoso viaje en el tren siguiente con la esperanza de burlar al fin el duro fielato. Era una pena comparable, salvadas las distancias, a la odisea psíquica que han vivido ahora nuestros titulados al verse rechazados en masa por aquellos mismos servicios que los habían convocado al ofrecer, hace unos meses, medio millón de puestos de trabajo para ingenieros y técnicos y que, tras someter a varias cribas las nueve mil solicitudes enviadas desde aquí, parece que, finalmente, sólo entreabrirán la puerta a veinte elegidos. ¡Veinte de quinientos mil! ¿Qué buscaba Alemania con aquella oferta, aparte de mano de obra cualificada y barata reclutada en un país socio pero en cuadro, acaso pura propaganda de su reactivación económica? No lo sabemos, pero ni parece justificado el engaño alemán, ni resulta lógico que la autoridad española –la laboral, primero, pero también la educativa—haya asistido a esa odisea cruzada de brazos tras frotarse las manos ante la perspectiva de aligerar su estadística de paro. No era verdad, en resumidas cuentas, que nuestros jóvenes más cualificados tuvieran sitio en aquel mercado que parece haber superado ya la crisis, con lo que la expectativa vuelve a encogerse hasta donde se encontraba antes de que los publicitarios les vinieran con el cuento de la lechera. La pregunta es, insisto, en si el Ministerio (o los Ministerios concernidos) no tendrían que haber sopesado aquella oferta deslumbrante antes de que los tentados se embarcaran en el sueño y los despertaran de un portazo.

Macanas aparte, está visto que la única vía de recuperación razonable y práctica es la animación de nuestra propia economía y la creación de nuestros propios puestos de trabajo, aunque hay que reconocer que el chasco se ha visto favorecido por el éxito de otros sectores profesionales, y en particular el de nuestros médicos emigrantes fugitivos de nuestros caóticos sistemas sanitarios. La utopía del paraíso industrial que no daba abasto y abría banderín de enganche para el empleo cualificado se ha demostrado un simple fiasco. Quizá eso nos ayude a entender que la salida de esta crisis habremos de encontrarla solos como solos nos metimos en ella.

A la rebusca

Tremenda imagen la de esos vecinos de Arcos de la Frontera a la “rebusca”, bajo un sol de justicia, de las papas que se abandonaron con motivo de la crisis provocada por la imprudente e impune alarma sanitaria alemana. Recuerda las viejas escenas del campo hambriento pero en medio de una sociedad todavía opulenta a pesar de la crisis, y contrasta con el despilfarro demostrado de nuestras instituciones. Sí, ya sé que estas cosas suenan a demagogia, pero si quieren deshacer esa apariencia pregúntenle a las organizaciones caritativas a cuántos ciudadanos han de dar diariamente de comer, a cuántos han de vestir, a cuántos remediar en su pobreza desesperada. Cada cual cuenta la crisis –como la feria– según le va en ella. No quiero ni oír el cuento de esos rebuscadores.

¡Qué envidia!

Asistir en directo al debate sobre el caso Murdock en los Comunes ha sido todo un espectáculo. Una gran lección para españoles ceremoniosos ver a esos padres de la patria cronwelliana sentados codo a codo, sin escaños siquiera, arrebujados como “solemne turba” (creo que Marlowe) tal cual los que en lo antiguo se juntaban en la “Chapter House” bajo la luz polícroma de sus vidrieras y la sugestión de su bóveda nervada para pararle los pies al Rey. Gente hablando en roman paladino, a la que se le entiende todo, apoteosis de libertad crítica a la que el Poder se somete a gusto o a regañadientes, da lo mismo. ¡Aquí discutiendo sobre las corbatas de los diputados y allá poniendo entre la espada y la pared al primer ministro! En directo y en público, sin anestesia, lucha libre sin más reglas que las imprescindibles para el funcionamiento de la Cámara. ¡Qué envidia, sobre todo el día en que el presidente valenciano dimitía sin micros ni cámaras, como si la transparencia no hubiera sido el mejor linimento para su lesión comatosa! No es que uno se chupe el dedo y crea a pies juntillas en la democracia británica, que a la vista del propio caso Murdock está claro que deja mucho que desear en punto a libertades y seguridad jurídica. Lo admirable es la capacidad de reacción, la libertad de la asamblea debatiendo en directo ante los ciudadanos, sin trampa ni cartón. La política es un asco, aquí y en Tokio, pero una cosa es disponer de un sistema de representación que funcione a la luz del día y en directo, y otra muy diferente soportar uno que tiene más chicha amojamada del siglo XIX que del XXI. Murdock el potentado, el “emperador” que ponía y quitaba reyes, resultaba un pigmeo ante el ordenado barullo del debate mientras los mismos diputados que antier trincaban despilfarrando con sus visas, aparecían como regenerados por la virtud de la palabra libre. Mi admirado Péguy veía virtuales analogías entre el parlamentarismo y la prostitución. Bueno, admitámoslo, pero en unos sitios más que en otros.

Fíjense en el poco éxito obtenido por el “indignado” de la tarta que pretendió agredir al magnate: ni medio minuto de gloria. En España hubiera acaparado al menos tantas páginas como Ruiz-Mateos cuando tarteó a Boyer. Por eso digo que qué envidia, aunque consuele pensar que nosotros apenas llevamos tres decenios de vida libre mientras que ellos comenzaron esa experiencia, día más día menos, cuando las Navas de Tolosa. Imaginemos por un momento una sesión española con Camps, Chaves o Rubalcaba de comparecientes. Da vértigo, no tanto la imaginación misma, como la evidencia de nuestro atraso.

Tironeros políticos

Enorme bronca en el Parlamento andaluz y no fue para menos. Que el acuerdo PSOE-IU, esa otra “pinza”, sea legal no quita para que haya que decir que resulta trilero. Ahora bien, mucho miedo debe de haber en ambas formaciones cuando no sienten vergüenza de perpetrar lo que han perpetrado a un tiro de piedra de las elecciones. Aunque claro está que a los ciudadanos no ha de escapar del todo ese “tirón” callejero que quizá no tenga precedentes en la crónica autonómica. La envergadura de la trampa descubre el relieve del fracaso del 25-M, el día en que los ciudadanos de andaluces eligieron por alcaldes a los mismos que ahora el PSOE e IU, valiéndose de una mísera celada, han excluido de la Cámara. Nunca se había llegado tan lejos en el abuso de la mayoría. Ni tan bajo.

Una igualdad de cine

Da la impresión de que los fanáticos de la igualdad (de la “de género”, no de la otra) andan perdiendo la chaveta. Ahí tienen el espectáculo de la suspensión del Premio Nacional de Cine por incumplir la paridad dichosa, esto es, porque en el jurado había tres hembras solas frente a nueve privilegiados machos. Con su guasa habitual, Carlos Herrera pregunta en la radio a un personaje si cree que, en caso de que la mayoría hubiera sido favorable a las mujeres, el Premio se hubiera suspendido, y una rechifla general recorre las ondas ante la evasiva respuesta. Madame Lespinasse hace decir a Diderot en “El sueño de d’Alembert” una frase que empieza a resultar hoy sugerente –“Ni el hombre puede ser el monstruo de la mujer, ni la mujer puede convertirse en el monstruo del hombre”—pero de la que todo indica que no tienen noticia estas amazonas que creen poder superar el régimen neolítico de los patriarcas por una bachofeniana inversión de los términos en virtud de la cual los varones de la presente generación habrán de pagar los platos rotos en el pasado por sus innumerables linajes. Aparte de que aquí ha habido Gobiernos con mayor número de mujeres que de hombres y no recuerdo ninguna protesta viril y, mucho menos, una medida tan extravagante como la adoptada por los acongojonados responsables del cinema. Carlos Herrera deja caer las preguntas como quien no quiere la cosa, en ocasiones con tanto tino crítico como en ésta de que hablo. La verdad es que uno mira para atrás y ni se imagina a la Beauvoir o a la Kate Millet, en aquellos años felices pero combativos, cayendo en una ocurrencia tan ridícula que, francamente, no es mucho temer que acabe provocando el efecto contrario al pretendido, ese “efecto rebote” que en cualquier momento podría comenzar a percibirse en una sociedad harta de coles y de que le tomen el pelo con cuatro tópicos. Tengo entendido que, para mayor inri, se procederá a “equilibrar” ese jurado añadiéndole más mujeres. Como pueden comprobar, se puede ser más tonto, pero no ha de resultar fácil.

Hoy sabemos que las mujeres aventajan a los hombres en numerosas pruebas de méritos. Hay más juezas que jueces, más notarias que notarios, más abogadas del Estado que abogados del Estado, pero por el hecho simple de que, en igualdad de condiciones, les han ganado la partida en la oposición. Y cada vez hay más militares, más médicas o más catedráticas, lo que quiere decir que allí donde lo que decide es el mérito, la mujer no tiene ya mayor problema. Quizá por eso España entera se ha carcajeado de esta escena de los del cine incluso antes de que Herrera deslizara su aviesa pregunta.

Los que no dan ni clavo

Resuenan aún como un chirrido las estúpidas y demagógicas palabras del presidente de la Patronal contra los funcionarios “incumplidores y prepotentes” a los que hay que meter en cintura. ¿Y a ellos, quién los mete en cintura a ellos, a esos patronos que, como su antecesor o alguno de los presidentes actuales arrastran sus empresas hechas unos zorros, o a esos políticos, como a los senadores andaluces que se acaba de descubrir que no han dado un palo al agua en toda la legislatura a pesar de que, en algún caso, trincaban al mismo tiempo de su Ayuntamiento? Aquí hay mucha gente que trinca demasiado sin dar ni clavo, empezando por los que más lo denuncian.