La opinión caníbal

Ha terminado el juicio italiano sobre el asesinato de la inglesita presuntamente apiolada por la pareja de yanquis con la que convivía. Toda una explosión mediática que separa al criterio americano, favorable a su compatriota Amanda, la presunta culpable, del británico, casi unánime en la idea de que Meredith, la inglesita degollada tras la sesión de abusos, fue una de esas víctimas que se desvanecen opacadas por la luz de los supervivientes. La Justicia canibalizada por el espectáculo, como ha dicho alguna vez Bernard Henri-Levy, el triunfo de lo banal sobre lo trascendente, la victoria definitiva de lo mediático sobre lo real. Hasta la secretaria americana de Exteriores, Hillary Clinton, ha echado su cuarto a espadas sobre ese tapete en que la Justicia ha debido moverse con incomodidad suprema buscando, no una respuesta simplemente adecuada a derecho, sino una capaz de satisfacer la expectativa de masas provocada por el caso. Recordemos nosotros el caso de Marta del Castillo a la hora de sopesar la razón que ofrecen algunos expertos: que lo que interesa, lo que es capaz de apasionar sostenidamente al público, lo que, en definitiva, posee la condición que reclama el éxito, es la imagen viva, no la sombra de la víctima. Lo que interesa a esa opinión –y por tanto, lo que acaba pesando sobre tribunales y jurados—es lo televisable, aquello capaz de ofrecerse en un plató como pasto del morbo plebeyo, además de los acusados y los sospechosos. Las víctimas no “venden” porque no se ven, y ésa invisibilidad resulta insuperable en una sociedad mediática en la que lo audiovisual lo condiciona (cuando no lo determina) todo o casi todo.  Marta del Castillo es una sombra, todo lo conmovedora que se quiera, pero una sombra. Y una sombra lo tiene difícil a la hora de medirse con antagonistas encarnados que ante las cámaras ofrecen su gesto estudiado, argumentan con su propia voz asesorada, seducen tal vez con la presencia de la que víctima carece. La Justicia canibalizada por el espectáculo: ni imagino expresión más ajustada.

 

Cada día los procedimientos judiciales, en España tanto como en el extranjero, resultan más fílmicos. Estos casos terribles son auténticas películas en la mente –limpia y aterrada o turbia y complacida—de la audiencia, y en ellos a las víctimas, aparte de su presencia latente, apenas se les permite un breve cameo porque la atención del público no hila tan fino sino que pide la cuerda gruesa que los jurados suelen propiciar. Ni Meredith ni Marta pueden competir con las Amandas y con los Cucos por la lógica del propio montaje. La sociedad espectacular tiene sus reglas y a ellas no escapa ni la imparcialidad de los jueces.

Más de 1.000 millones

No tiene pase que, al margen de la investigación judicial, el Parlamento de Andalucía no meta la nariz en el más fabuloso negocio irregular perpetrado en la autonomía, es decir, en el asunto de los ERE falsos y las prejubilaciones fraudulentas administrados en un “fondo de reptiles” que, por lo que sabemos ya, lleva sobrepasados ya los 1.000 millones de euros. Sería una vergüenza que la legislatura acabara sin que la Cámara conociera siquiera estos escandalosos trapicheos, sencillamente porque ello equivaldría a ocultar al Pueblo allí representado lo peor que ha ocurrido durante ella. Que Griñán,y Chaves, aparte de los tres últimos consejeros de Empleo, estén, de una forma u otra, implicados en el caso no puede justificar que se oculte a la opinión el mayor mangazo de nuestra historia.

Hacerse el sueco

Los suecos atravesaron un mal momento al filo de los 90, una crisis bancaria y financiera, que dicen sus enemigos que los puso de rodillas. Pero fue entonces y no ahora, es decir, sin esperar a que los perros le mordieran los talones, cuando el país se empeñó en las mismas reformas que ahora nos toca hacer a los demás europeos. Reformaron el sistema propio de seguridad social, se decidieron a desmochar su hegemonía a los influyentes sindicatos y optaron por quedarse fuera del euro. En lo primero, han conseguido el éxito, en lo que a los sindicatos respecta –unos sindicatos que contaban con la afiliación ¡de tres de cada cuatro empleados!—lograron reducir su papel hasta posiciones razonables, y en lo que se refiere a la moneda, pues ocurre que, al quedarse al margen de nuestra moneda única y no estar indixada a ella, como dicen los ecónomos, no se ha visto afectada por las turbulencias que traen y llevan al euro como pandero de brujas. En Suecia sostienen que su éxito relativo –pues todo indica que la crisis salpica ya aquel idilio—se debe a la competitividad de las empresas, y nada expresa mejor esa convicción que ese muy calvinista eslogan que reza que en aquel gran pequeño país (poco más de 9 millones de habitantes) “no hay sitio para los segundos”: el que no se embala y destaca, va al agua. Así de duro, así acaso de inhumano. Pero las consecuencias son rotundas: el paro anda por el 5’5 por ciento, muy lejos de nuestras aterradoras cifras; en pleno debate sobre la “segunda recesión”, el país mantiene un crecimiento del 4’1 y la inflación apenas supera el 3 por ciento; el déficit público anda en un 0’3 del PIB y la deuda en un 30 por ciento del PNB. La renta media de un sueco supera los 35.000 euros anuales mientras que la de un español apenas supera los 23.000, casi 1.500 por debajo de la europea. Ellos dicen que cuando su moneda, la corona, pierde gas, el remedio es aumentar las exportaciones, y cuando se recupera y fortalece aprovechan para importar más barato. ¿Demasiado sencillo? No lo sé, que uno es lego en la materia, pero pensando en el bono de los 400 euros o en el reparto de bombillas ecológicas que aquí hemos padecido, lo que se siente es cierta envidia de esos luteranos desacomplejados.

 

No es cosa se suspirar con nostalgia por la vieja peseta, desde luego, ni de apostar por salirse del redil del euro, pero no me digan que la cosa no da que pensar. ¿Por qué un país funciona como un reloj mientras los demás se estancan o descuajaringan a ojos vista? Responda quien lo sepa, pero devolvamos, entre tanto, su mejor acepción a eso de “hacerse el sueco”, que no parece tan malo.

Asesor de la nada

A uno de los arruinadores de su Ayuntamiento, la Diputación de Huelva acaba de “arrecogerlo” –en ella sabrán por qué—como bienpagado asesor de muchas cosas entre las cuales figura una que no existe: el aeropuerto. Si en biología es dogma que la función no crea el órgano, en política, por lo visto, ocurre lo contrario, de manera que, a la hora de taparle la boca a un descolgado, cualquier abstracción vale para entronizarlo. ¡Un asesor de “de aeropuerto” donde no hay aeropuerto ninguno ni motivos para creer que se le espera! Con las cuatro reglas le bastará a este bienpagao para “entender” en Carreteras, Grandes Infraestructuras, Aeropuerto, Vivienda y Mantenimiento (¿). El silencio es oro, dice el refrán. Y no me negarán que está más claro que el agua.

El mito catalán

La burrada del presidente Mas me pilla, casualmente, hojeando el libro que un profesor catalán, Javier Barraycoa, ha escrito para desmitificar el mitologema catalanista. No, por desgracia, como lo hiciera Jon Juaristi con el vasco en “El bucle melancólico”, sino a base de acumular referencias históricas que probarían el carácter improvisado de una simbología que no se tiene en pie. Sería estupendo que esta colección de zarpazos –que le van a costar al autor un ojo de la cara y parte del otro—viajara sobre una plantilla historiográfica más rigurosa, pero aún como simple colección de datos desmitificadores me parece que va a tener un valor considerable en medio de tanta confusión. Las tesis del libro, pueden imaginarlas: los grandes símbolos (incluidos la señera, la sardana y el himno) son inventos oportunistas y relativamente recientes; la filipina “guerra de Secesión” no fue, en realidad, obviamente, sino una “guerra de Sucesión”; el catalanismo no fue antiespañol hasta muy tarde; el conflicto de la lengua y la estrategia excluyente nada tienen que ver con la intención de los filólogos iniciadores del movimiento ni con sus seguidores que, en su inmensa mayoría, serán de extracción altoburguesa hasta el punto de constituir una oligarquía mixta que alcanza nuestros días; muchos líderes mitificados, incluyendo los más señeros, fueron españolistas antes de calarse la barretina; numerosos entre ellos se pasaron entusiastas al franquismo y ejercieron altos cargos en él; fue el clima romántico, en definitiva, el que en el XIX funciona como crisol propicio para la creación de esos símbolos que serán organizados en el imaginario por una casta nada popular. Ya digo que echo de menos en el intento un armazón historiográfico consistente, pero el libro no deja de ser divertido, y mucho, aparte de aleccionador en innumerables aseveraciones que molestarán tanto más en cuanto resultan evidentes.

 

Claro que no hay por qué pedirle a los mitos ni verdad ni razones de mayor calado: ellos cumplen inflamando sentimentalmente el magín popular (prefiero ese casticismo a lo de “imaginario” galo), logrando que los símbolos –verdaderos o falsos—arraiguen en la sentimentalidad colectiva y crezcan lo bastante como para dar sombra a sus beneficiarios. Lo del nogal y las nueces que decía Arzállus, vamos. Que la parla catalana era en principio el limosín, que los papeles históricos se escribieran en latín o en árabe y otras lenguas mientras el castellano avanzaba como “lengua franca”, que “Els Segadors” fuera una “canción tabernaria reletreada por un personaje pintoresco…? ¿Y qué más da? La fe no precisa razones. Si tras ella bulle un negocio redondo, mucho menos.

Lo del juez Serrano

El juicio del juez Serrano tenía que convertirse en un circo de varias pistas. Y se ha convertido, claro. Desconcierta escuchar el alegato de la Fiscalía, los enredos de los abogados, las circunstancias del caso y, sobre todo, comparar la gravedad de esta acción contra un juez por un auténtico quítame allá esas pajas con las anchas tragaderas demostradas tantas veces –alguna bien reciente—en casos que implicaban a personajes que, en la vida política y profesional, significaban lo contrario que Serrano. Es de suponer que el montaje quedará en agua de borrajas. Si así no ocurriera y el juez llegara a ser condenado, una seria amenaza se habría logrado colocar por encima de los que tienen que juzgar. Y la Justicia –la Fiscalía sobre todo—uba a verse a los pies de los caballos.