Emergencia andaluza

La crisis afecta a todos, como es natural, pero sus efectos harán más daño allí donde peor estaban las cosas antes de su reconocimiento, que es también donde peor siguen estándolo. En Andalucía, donde no crecerá el empleo, según la propia Junta, hasta 2012 como mínimo, el parón en Obras Públicas caerá como otro mazazo y la eventual subida de impuestos autonómicos que ahora anuncia Griñán tras haberla negado con vehemencia, puede ser la puntilla. No había insidia en la denuncia del “optimismo oficial”, como tantas veces se nos echó en cara. Lo que había era mucha cara en los optimistas oficiales.

En principio

El PSOE onubense ha rescatado el “De entrada, no” de la OTAN, mudado en un “En principio, sí” para referirse a la posibilidad de que el Gobierno cumpla sus viejos compromisos de inversión en Huelva. ¿Habrá AVE en el plazo previsto o el recorte decretado por Blanco nos dejará, una vez más, sin él? Se explica, después de todo, que en estas circunstancias el compromiso se aplace, pero ¿y antes, por qué mientras duró la bonanza –y la crisis sólo era un invento antipatriota, recuerden—tampoco se acarreó un duro para cumplirlo? Pues porque castigan al alcalde pateando el culo de los ciudadanos. No busquen otra clave fuera de ésa, porque no la hay.

Mea culpa

Hablo con esa extraordinaria periodista, Eva Díaz, que en este diario se encarga infatigable de levantarle el celemín a la velilla de la cultura. Como a todos los ancianos de la tribu me toca ponerle carne y hueso a los mitos literarios que nosotros tratamos y ellos, los jóvenes, heredaron ya como leyenda. Hablamos de Artur London, de cuando los entonces jóvenes vinculados a la utopía colectivista (¿se han fijado en el eufemismo?), incluso los que lo respetamos y quisimos tanto, no acabábamos de fiarnos de aquel mártir sin rencor contra quien nos habían predispuesto los vividores de la ortodoxia. ¿Era posible lo que contaba Artur en “La confesión”, la epopeya que dieron a conocer entre Semprún y Costa Gavras, o sería nuestro amigo un agente secreto de la agitprop burguesa, capitalista y demás, que lo utilizaba de cuña de la misma madera? ¡Hasta los que lo tratábamos y queríamos manteníamos aquella duda fomentada por nuestros castradores! Eva no entiende nada, no puede entender, claro, porque quienes han vivido siempre en libertad no pueden imaginar siquiera lo devastadora que puede ser la duda moral del militante que cree estar librando la última batalla. En Madrid, en casa de los Liberman, en su modesto apartamento de París, mirábamos aquellos ojos piadosos, de un celeste diluido, habitados aún por la sombra de la duda de la propia Lise, su gran mujer, la que lo abandonó “en conciencia”, engañada por los verdugos, debatiéndonos entre el tirón entrañable con que nos atraía el hombre bueno y la prevención inducida: ¿sería una víctima o un falsario aquel a quien, en cualquier caso, tanto queríamos? Eva no entiende nada, ¡y miren que es lista! Hay un abismo ¿insalvable? –la estatura del padre—que nos separa de los siguientes impidiéndonos medir con la misma vara. La realidad, lo que fue, puede que para nosotros sea ya un mito: para ellos, ni eso.

 

Generaciones y semblanzas. Yo mismo busco en la prosa de Eva –azacana, ingenua, brillante—el bramante que nos engarce en una misma guirnalda, el hilo frágil del collar de la vida. Y no lo encuentro, fuera de la comprensión y el cariño, como seguramente no lo encuentra ella. “¡No me lo puedo creer! ¡Qué daría yo por haber conocido a ese hombre!”, me dice cuando evoco aquella mirada tierna, clarísima, que nos seducía sin remedio sin despejarnos del todo la sospecha. Y yo no sé qué responderle. Hay un abismo entre las generaciones que quizá no nos enfrenta pero que inevitablemente nos distingue hasta dejarnos –a ambos—solos como la una. Lo entiendo al ver que Eva no puede comprender nada de esta historia. Como no puedo comprenderlo yo mismo.

El BMW del parado

La senadora jiennense –¿alguien sabe para qué sirve una senadora, sea de donde sea?—Adoración Quesada, no cree que el paro sea tan grave, y ha resucitado la imagen lanzada en su día por González, aquello del parado conduciendo su Mercedes, sólo que ella, más moderna ya, lo ve en BMW. Y alega que si fuera verdadera la estadística, en España habría una guerra civil, ya ven, mientras que lo que ella ve cuando abre los ojos son las calles atestadas y los bares llenos de gente. En fin. De lo que no habla es de la economía sumergida, ni del voto cautivo, ni de la tragedia de millones de trabajadores que con sus impuestos le pagan a ella, ¡encima!, sus estupendos privilegios. Ya verán cómo ni le llaman la atención. En todo caso alguna manera habrá de echarle la culpa al PP.

Los hay ingenuos

El alcalde de Lepe y baranda del PP, Manuel Andrés González, le ha pedido públicamente al presidente Griñán que ponga en su sitio, o sea en la calle, a Mario Jiménez, uno de los autodidactas desertores de las aulas en los que el Presidente ha puesto todas sus complacencias. ¡Hay que ser ingenuo o tomarse a chacota el juego político para pedirle a alguien que quite a quien ha puesto precisamente para que haga ese juego sucio! Lo que no quita que lleve razón el pepero, pues es verdad que defender a la senadora insensata que ha denunciado como falso el paro constituye una ofensa mayúscula a los parados. ¡Pide por esa boquita, etcétera! El teatro político es cada día más previsible y aburrido.

La misma piedra

Coincide con el éxito rotundo obtenido en el festival de Cannes por la película que Xavier Beauvois ha rodado sobre la experiencia y la tragedia de los monjes trapenses del cenobio argelino de Tibhirine, raptados y masacrados en 1996 por extremistas islámicos, “Les hommes et les dieux”, la noticia de que numerosas voces se han alzado en el seno del PSOE reclamando –en vista de la situación, realmente paradójica, en que el recorte de derechos sociales ha dejado átona a una izquierda a la que la derecha reprocha su abandono de los más débiles—mano dura con los bancos, con los ricos y con la Iglesia. Imagino que pocas voces habrá que se yergan contra lo primero porque si en esta crisis hay una evidencia de culpa, ésa recae en el sistema financiero, y me figuro también que sólo los ricos saldrán a defenderse, incluyendo a los muchos sobrevenidos precisamente en el ejercicio de la política desde el propio PSOE. Ahora bien, lo de la Iglesia resulta ya más vidrioso aunque sólo sea porque la historiografía seria de la II República es unánime al considerar que quizá ningún  error contribuyó tanto a su descalabro de la izquierda como el de recuperar, exacerbándolo, el tradicional anticlericalismo post-romántico. Se entiende, ya digo, que la militancia, e incluso al electorado, de esa sedicente izquierda que rompe el ajuste congelando las pensiones al tiempo que coquetea con el despido más o menos libre que reclaman los freemanianos, se sienta ideológicamente desnuda al ver, finalmente, al descubierto la insustancialidad de una actitud no sólo sin rastro de utopía sino entregada con armas y bagajes a esa lógica neoliberal que todo lo invade y está afirmando sin remedio la premisa de que no existe más modelo político y económico viable que el que consigue jibarizar el Estado y dejar el destino en manos del Mercado. Lo que no se ve es que esa orfandad tenga poco ni mucho que ver con un laicismo agresivo decidido a repetir el error de la persecución.

 

Puede que no se hayan dado cuenta de que esta sociedad tiene poco que ver con la española de los años 30, pero ese reflejo demagógico conlleva un inevitable tufo soviético que hoy resulta no sólo insensato sino despreciable y que contrasta, curiosamente, en su rancia factura antirreligiosa, con el imprescindible respeto a la intimidad y a las creencias que hoy exige la opinión. Sabemos que la izquierda ha perdido el norte y que esta crisis la está noqueando. Más pronto que tarde comprobaremos que sacar al tragacuras del desván no va a solucionarle ese problema a quienes, por lo visto, no saben ya siquiera ni quiénes son.