La misma piedra

He oído decir muchas veces en mi vida que si algo se cargó la República fue la barbarie anticatólica. Las quemas de iglesias, los asesinatos de curas y monjas, de simples creyentes, la profanación de tumbas, la vandálica destrucción del patrimonio sagrado, toda esa locura a la que incluso cabezas privilegiadas como la de Ortega trataron de justificar alguna vez sugiriendo la tesis de que las víctimas serían las verdaderas responsables. Lo he oído muchas veces pero también es verdad que hacía tiempo que no las oía hasta que llegó Zapatero dispuesto a cuestionar la Transición y rehabilitar de manera acrítica aquella “república sin republicanos”, reabriendo la posterior guerra civil como un campo simbólico en el que jugar a la revancha. Y desde luego no he tenido noticia de acosos antirreligiosos hasta este paréntesis que parece que pronto va a cerrarse con más pena que gloria. Lo de antier en la Puerta del Sol de Madrid –convertida por el apoyo del Gobierno en sede por antonomasia de una revolución minoritaria y artificial– deja de ser, en todo caso, una anécdota, para convertirse en la temible evidencia de que los pueblos pueden tropezar dos veces en la misma piedra por trágica que fueran las consecuencias del primer tropezón. Desde luego no es la osadía de esa minoría agresiva lo que llama la atención, sino la deliberada permisividad de un Gobierno comprometido, al parecer sin remedio, con el argumentario simbólico frentepopulista, dentro del cual el laicismo funciona como coartada de los más anacrónicos complejos y como legitimador de fondo de una suerte de nueva moral social basada en el sectarismo. Ninguna oposición crítica al catolicismo puede justificar la intolerancia y mucho menos la de una minoría desnortada que apenas sabe dar razón de sí en clave negativa. Tiene toda la lógica del mundo que su principal eslogan para esta jornada lamentable haya sido precisamente un “No” amparado por el Gobierno.

 

¿Continuará la escalada intolerante, será posible que la connivencia gubernamental llegue a tolerar excesos irreparables? Pues eso nunca se sabe si se comienza por permitir que un grupo agresivo impida a una muchedumbre manifestarse legalmente, como si la calle fuera suya. Tampoco imaginaba Azaña las consecuencias de su prédica anticlerical ni supieron preverlas gentes tan agudas como Prieto o tan resabiadas como Lerroux. Qué pena tener que estar hurgando en tan vieja llaga. Pero hemos visto imágenes –impensables en esta democracia excepto en el zapaterismo– que nos fuerzan a ello. Un millón de ciudadanos libres atacados por una banda de exaltados. Es evidente que la culpa no está en ésta sino en la autoridad que se le da alas.

Tortugas bobas

Impresionante la foto de Griñán, con el consejero puesto, soltando tortugas bobas en Málaga. Antes las hemos visto de ese mismo consejero repoblando nuestros campos con caracoles chapa, fochas morunas, bendiciendo linces ibéricos (aunque menor no acordarse de ese negocio-estafa, en todo caso) o depositando camaleones en los enebros en peligro de extinción. Emocionante, no hay duda, lindo de verdad, sensible a tope, a poco que nos olvidemos del millón doscientos mil parados que nos abruma, del cierre masivo de nuestras empresas, de las quejas de los pensionistas recortados o de la fronda que bulle entre los funcionarios. ¡Hasta los flamencos se levantan ya en armas contra el “nepotismo” (sic) de la Junta! No me extraña que Griñán no sepa ya ni sobre qué fecha caerán las elecciones.

La sociedad rota

Se multiplican los diagnósticos de los altos dirigentes sobre la crisis social que la otra crisis, la económica, está provocando en medio planeta. Destaca el de Obama, convencido de que nuestra mala coyuntura no se debe a un fracaso financiero sino al desconcierto político, y llama la atención la del “premier” Cameron al endosar la responsabilidad de la creciente anomia al fracaso de la moral, a la quiebra del orden familiar y al medroso paternalismo del Poder, pero no hay que dejar de lado la protesta de Ratzinger contra el relativismo radical que mina los fundamentos de una convivencia cada día más comprometida. Sólo Ed Milliband, el líder laborista, ha concretado su acusación sobre banqueros y políticos corruptos, en línea con los movimientos espontáneos de protesta social que hoy bracean a ciegas en busca de una alternativa pública. El grito de Cameron hablando de Gran Bretaña como de “un país roto” resuena en claves menos apocalípticas en Tel Aviv y trata de extenderse difusamente en España como un alegato contra los agentes sociales y políticos sin excepción, mientras en Italia el ciudadano no sale de su estupor ante el anuncio de una drástica reforma de la estructura del país y en París se refuerza un eje francoalemán que se propone avanzar a paso largo hacia una autoridad continental. No cabe duda de que el mal trance económico en que nos encontramos está permitiendo entrever la incierta pero profunda falla sobre la que todavía se mantiene a trancas y barrancas una sociedad –la surgida en la postguerra europea—cuyo sistema de valores parece exhausto e incapaz de sostener ya por más tiempo esa carrera desigual en que compiten el pragmatismo más insaciable con una moral caducada en buena medida.

 

Esta crisis no es, evidentemente, la en su día mal llamada “del petróleo”, ni la sufrida en los años 90, sino el resultado de una implosión axiológica que se anuncia desde hace mucho pero que, como suele ocurrir con los grandes acontecimientos históricos,  ha estallado de repente. Y con toda seguridad, además, no obedece a una sola causa sino a la conjunción de varios factores entre los que es preciso destacar el éxito de la amoralidad, el desistimiento colectivo en la aspiración a mantener la vida a la sombra de un orden superior, siquiera elemental, sin el que, como se está comprobando, a duras penas se mantendrá en pie un tinglado cada instante más complejo. Asustado y perplejo ante la Revolución Francesa, De Bonald estaba convencido que lo difícil en esas circunstancias para el hombre honrado no era cumplir con su deber sino conocerlo. Progresistas y conservadores pueden hoy mirarse, sin duda, en aquel espejo conservador.

Sobran

El candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno de la nación, Alfredo Rubalcaba, no ha medido (o sí, quién sabe) sus palabras a la hora de pronunciarse en el debate sobre las Diputaciones Provinciales, ese vestigio del caciquismo viejo utilizado por el neocaciquismo en todas y cada una de sus versiones. Rubalcaba ha resumido en una sola palabra su opinión diciendo, simplemente, que esas Diputaciones –que él ha calificado como “esa cuarta Administración”– “sobran”. Pero lo ha dicho ahora, cuando su partido las ha perdido, no mientras su partido las gobernó y arruinó en los términos que ayer daba a conocer este diario, de la misma manera que el PP que despotricaba de ellas cuando no las controlaba, defiende ahora su función. Lo que quiere decir que la ruina continuará, beneficiando circunstancialmente a unos y a otros, pero siempre a costa de todos. Rubalcaba ha tundido a los suyos pero ha puesto en un dilema a los rivales.

Geografía e historia

Poco puede sorprendernos, a estas alturas, la evidencia de que desde la política se juega como se quiere con la geografía y con la historia. Hemos visto demasiados tratados internacionales, demasiadas guerras y demasiadas paces, como para precisar pruebas de un hecho tan patente que estos mismos días podemos ratificar con sólo atender a la ligereza con que los dirigentes italianos, desarbolados por la crisis, se disponen a obedecer el mandato alemán de cambiar a fondo un mapa del país ciertamente mejorable pero merecedor de una reflexión más rigurosa. El mapamundi es un palimpsesto, un pergamino antiguo sobre el que la vida se redibuja a placer según la conveniencia de quienes en cada momento mandan y en muchas ocasiones a costa de insufribles costes para los paisanos. Un periódico alemán ha revelado estos días, ateniéndose a una importante documentación desclasificada ahora, que en 1961, tras la construcción del Muro, el gobierno del canciller Adenauer propuso a Kennedy el proyecto de vender Berlín Occidental a la Alemania del Este a cambio de obtener la expansión de las fronteras propias hacia la zona comunista, y que sólo el rechazo final de los americanos evitó que se consumara aquella aventura con la que el viejo zorro pretendía conseguir un eventual enfrentamiento entre los alemanes orientales y los soviéticos. La crónica de la diplomacia oculta cuánto hay de aventurerismo y ambición en la prosa de esos tratados con los que los vencedores han ido mudando fielatos e incluso borrando países del mapa sin la menor consideración a la historia política por no hablar de la geografía humana. Pocos de mis congéneres seríamos capaces hoy de reconocer el mapa africano anterior a la descolonización y ni los más directamente afectados serían capaces quizá de orientarse en el de la Yugoeslavia posterior al último conflicto. La geografía política no conoce más razón que la fuerza ni ésta otro derecho que el derivado de la voluntad del poder.

 

Da que pensar ese proyecto del patriarca de la democracia alemana, uno de aquellos dirigentes mayúsculos –De Gaulle, Eisenhower, Churchill, el propio Kennedy– que atravesaron a pie enjuto la Guerra Fría y en cuyo haber es obligado incluir tantas iniciativas cruciales sin las que el actual ensayo continental no sería siquiera imaginable, pero en cuya cara oculta se esconden maniobras como ésta que hoy se descubre no sin indignación en unos círculos europeos que ven en aquellos maquiavelismos el envés de una política desprovista de toda moral. Ciertamente la experiencia cívica no permite ni al mejor dispuesto entender esa oculta dimensión canalla de sus próceres más consagrados.

Un poco tarde

Parece que los sindicatos “concertados” no resisten ya más críticas e incluso comienzan a escenificar su salida del “verticalismo” de la concertación. En Andalucía, por ejemplo, UGT denuncia ahora a la patronal acusándola de “clientelismo”, trinconeo en las subvenciones y falta absoluta de ideas, lo cual no deja de resultar desconcertante tras tantísimas fotos de sus barandas con los patronos a la sombra de la Junta munificente. Un poco tarde es, probablemente, para desengancharse de ese carro y para denunciar actitudes que los sindicatos han venido compartiendo con los empresarios, en ocasiones hasta extremos desoladores. No hay duda de que, tras esta crisis, un renuevo en la patronal resulta imprescindible. Pero, anda que en los sindicatos…