Tardío pero incierto

El grupo del PSOE acaba de hacer una pirueta estupenda en el Parlamento andaluz: presentar una proposición no de ley en la que “se insta al Gobierno a defender a los empleados públicos”, es decir, a ese colectivo funcionarial rebelado al que, tras la demolición sistemática de Chaves, el griñanato se esfuerza denodadamente por pulverizar con su “decretazo” famoso. Llega tarde el proyecto, me parece a mí, entre contradicciones judiciales y abucheos callejeros, después de haber mantenido en la angustia, durante tanto tiempo, a unos servidores públicos que se pretende sustituir por una clientela adicta. Porque si de verdad se pretende dignificar al funcionario, ha de empezarse por obedecer a la Justicia y separar sus funciones de las de los enchufados. Lo demás, con el apoyo de UGT y CCOO o sin él, no es sino puro teatro electoral.

Plumas precoces

Temo haber perdido un buen rato hojeando –sólo hojeando: apenas cien interminables páginas—una de esas novedades que revolucionan el mercado literario un año sí y el siguiente también. Se trataba en esta ocasión de una novela, “Du temps qu’on existait”, con la que su autor, Marien Defalvar, está barriendo en las librerías de media Europa echando por delante que la habría comenzado a escribir cuando aún no contaba ni con 16 años, es decir, nuevamente, chispa más o menos, el cuento del alfajor que vivimos el año pasado a propósito de la escrita por una erotóloga de apenas 15 abriles, una tal Carmen Bramly, que vista de cerca daba una imagen híbrida de Pedro Mata y Corín Tellado, a pesar de lo cual vendió lo indecible y, lo que ya es peor, obtuvo alguna que otra buena crítica. Francia cultivó siempre este negocio de la precocidad, cuyo símbolo máximo será siempre el gran Rimbaud que, antes de meterse en la trata de esclavos, escribió sus “Iluminaciones” entre los 16 y los 20 añitos, pero en los últimos años, por lo que se ve, sus editores funcionan con el modelo antiguo que les permitió enriquecerse con la Sagan y su “Bonjour, tristesse” o con aquel Radiguet al que Cocteau protegió tanto –él sabría por qué razones, que en eso no entro—con su precocísima “El diablo en el cuerpo” pronto olvidada a pesar de los guiños recibidos de monstruos hechos y derechos como Paul Moran y Tristan Tzara. El récord en la competición quizá se lo debamos reservar a aquella poetisa ¡de ocho años!, Minou Drouet, cuyos versos nadie duda a estas alturas que fueron escritos por mamá, pero lo interesante del negocio está en la curiosa atracción que ejerce sobre un amplio sector del público el señuelo de la precocidad. Porque ya sabemos que esa rareza existe –ahí está nuestro gran Lope, del que dice beatamente Montalbán que llegó a dictar sus buenas razones cuando aún no sabía escribir por sí solo, o el caso de las geometrías adolescentes de Pascal—pero quizá convenga mantenerse en la idea –seguro que anticomercial– de que toda obra de creación exige el prerrequisito de la madurez. Es la última vez que me la dan los críticos y las famas, palabra.

 

La precocidad suele ser un espejismo y un negocio, y más en una sociedad con tanta capacidad publicitaria como la nuestra, en la que penetra hasta en las Administraciones más serías la obsesión por una experiencia superdotada que bien sabemos que suele acabar en agua de borrajas. La imagen de Mozart al piano con los pies sin alcanzarle a los pedales subyace degradada en la explicable pero tal vez insana afición de tanta gente a zamparse precipitadamente la fruta antes de su sazón.

Tiempos lúcidos

Durante precampañas y campañas electorales, a los candidatos se les encienden luminarias y abren perspectivas que les permiten ver lo que en otro tiempo jamás repararon. Ahí tienen a Rubalcaba entendiendo que no faltan buenas razones para meditar sobre una eventual reforma de los subsidios campesinos y afirmando que la Diputaciones no sólo son prescindibles sino que estorban gravemente con su enorme carga presupuestaria. Y ahí tienen a Arenas diciendo más o menos lo mismo aunque protestando que ello no supone sumarse a las tesis de aquel sobre el particular. Se ve mucho más claro mientras los ciudadanos observan y los votos están en el aire. Luego, ni que decir tiene, la visión vuelve a su ser o se adecua en función de los respectivos resultados.

Minorías sin derechos

Ha sido impresionante el reportaje de los sucesos ocurridos el domingo en El Cairo cuando una manifestación de cristianos coptos fue ametrallada por la policía. Veinticuatro muertos y doscientos heridos no son gran cosa, tal como va el planeta, pero la cosa no pinta bien si se atiende al hecho de que llueve sobre mojado, de que, por ejemplo, en Año Nuevo pasado otros veintitrés mártires –o como ustedes gusten llamarles– fueron fulminados en Alejandría dentro de la propia iglesia en que oraban, o también de que en mayo cayeran acribillados, otra vez en El Cairo, quince creyentes. ¿Cómo explicar esta creciente ofensiva contra el cristianismo en países en los que sus fieles son minorías políticamente insignificantes y desde los cuales se le exige a Occidente el respeto absoluto al derecho de sus minorías? Hace poco la ONU condenó  la decisión suiza de prohibir los minaretes y, sin embargo, nada han dicho las instancias internacionales ante las masacres de cristianos perpetradas en la India y Paquistán, en Nigeria, en Malasia, en Somalia, en Marruecos, en Argelia o en Irak. Un estremecedor y reciente libro del que ya hable aquí –“Le prix à payer”, el precio a pagar, del que es autor Joseph Fadelle—ha contado al mundo la historia de un iraquí converso al cristianismo sobre el que recayó una fatwa ejecutada en plena calle y sin contemplaciones por sus propios hermanos. ¿Qué puede explicar esta situación sino la intolerancia radical aportada por el auge del salafismo y, en el caso egipcio, de los Hermanos Musulmanes, dado que las minorías cristianas en esas latitudes jamás han supuesto, ni remotamente, una fuerza social capaz de competir con la aplastante mayoría islámica? Un ministro egipcio, el de Salud, ha dicho ante los sucesos del domingo que semejantes ocurrencias llevan al país “hacia atrás en lugar de hacia delante” y hace imposible “la construcción de un Estado moderno sobre bases democráticas”. Lo que no sé es que habrá hecho su Gobierno.

 

Empieza a ser grotesca la estrategia islamista de exigir al Occidente cristiano respeto e incluso facilidades para su fe y sus cultos, mientras en sus países, no sólo se castiga con la pena capital la conversión (hay en este momento algún reo de ese “delito” en capilla), sino que se toleran severas persecuciones de unas minorías cristianas que no tendrían ni la más mínima posibilidad de influir en ningún sentido en sus ámbitos vitales. Es verdad que me extraña, sobre todo, el relativo silencio vaticano, tan diplomático, pero más me choca, si cabe, el doble rasero de nuestras pánfilas democracias ante algo que hace tiempo ha dejado de ser una amenaza para constituir un  auténtico atentado.

Orgía millonaria

Lo asombroso de esta corrupción galopante no es sólo su generalización sino su intensidad, el baile de millones, la orgía que, como se está demostrando, ha vivido y sigue viviendo en este país un amplio sector de la clase política. No es extraño que los mindundis con vara hayan arramblado con las migajas (¡también millonarias, por lo demás!) que caían al suelo desde la mesa del gran festín, pero, insisto, lo que corta la respiración son las cifras millonarias mangadas en Valencia o en Marbella, en Lugo o en Cazalla, en Estepona, en El Pedroso, en Valverde o en Villamartín, es decir, por todas partes. ¡Y ni un mangante ha devuelto un euro, que se sepa, como no sea que se lo hayan pillado en la fraltriquera! Somos víctimas de una crisis global, por supuesto, pero está por determinar cuánto debe esa crisis al agujero político.

Vuelve Truman

Tras un largo periodo de penumbra en el que la figura del presidente Truman acabó encogida por la griseidad de su figura y el tremendo impacto emocional que supusieron Hiroshima y Nagasaki, tengo la impresión de que nos llega desde los propios Estados Unidos una campaña de represtigio de aquel mandatario “por accidente”. Se evoca en ella la personalidad íntima del líder, su conocida austeridad y la constancia de sus principios éticos, y suelen citarse para ilustrar tales aspectos diversas anécdotas que para mí, mirando hoy a nuestro alrededor, son algo más que tales. Para empezar el hecho cierto de que, al terminar su mandato, tenía exactamente el mismo patrimonio que cuando llegó al poder: una casa que su mujer había heredado en Missouri. Luego el hecho –que hoy también resultaría fascinante—de que tuvo que ser el mismo Congreso el que, enterado de su modesta situación (no percibía más que una pensión de mil dólares al mes) y de que ¡debía pagar de su bolsillo el franqueo! de las numerosas cartas que diariamente enviaba– decidiera dignificarla concediéndole otra retroactiva, aparte de la famosa leyenda de que, tras intercambiar poderes con Eisenhower, renunció a todo protocolo y se fue de vuelta a casa conduciendo su propio vehículo y sin escolta alguna. Y sobre todo, su decidida renuncia a aceptar cargos de influencia, que le fueron ofrecidos a granel, como es natural, con el nobilísimo argumento de que lo que buscaban los oferentes no era sino su “figura pública” y que ésta –nada menos que la de todo un Presidente—no le pertenecía a él sino al pueblo americano. Una divulgada anécdota de Truman, ahora reproducida por sus vindicadores, cuenta que contestó a una entrevistadora que, convencida tal vez por su mediocridad aparente, quería indagar cuál había sido su auténtica vocación: “Si le digo la verdad, he tenido dos vocaciones desde siempre: ser pianista en una casa de putas y ser político. Y debo decirle que no encuentro gran diferencia entre una y otra”. ¡Sabría él de qué hablaba!

Harry Truman fue el presidente que logró la menor adhesión popular en su país. Había ganado la guerra con dos inhumanos bombazos, creado la ONU y la OTAN, inventado la Guerra Fría, reconstruido Europa con el Plan Marshall y salvado a Berlín con el famoso “puente aéreo” aparte de empatar la guerra de Corea, sobrevivió a un intento de magnicidio y se dice que durmió como un lirón la noche en que frieron a los esposos Rosenberg. Una guía me mostró en Potsdam, en el palacio de Cecilienhof, la pluma con que se había negado a firmar porque antes la usara Stalin. No me lo creí ni loco, pero comprenderán que por unas monedas tampoco era cosa de discutir.