Chollo político

No tiene sentido la porfía sobre lo que ganan nuestros políticos. Habrá entre ellos unos pocos, seguro, quien pierde dinero al abrazar el “servicio” público, pero es un verdadero escándalo el conjunto de esos haberes en medio de esta angustiosa crisis. ¿Puede trincar más de 7.000 euros al mes el presidente del PSOE sevillano, pongamos por caso, con un currículo que cabe en un papel de fumar y sin tener en cuenta su inquietante presencia en muchos de los graves fregados que investigan los jueces, incluido el de los ERE fraudulentos? Pues no, desde luego, en un país de parados en el que el mileurismo se ha convertido en un privilegio y en el que una legión de jóvenes brillantes va por la vida con una mano atrás y otra delante. Es un chollo la política para muchos. Para los menos cualificados, sencillamente, es el negocio del siglo.

El hombre invisible

A muchos nos ha dejado de piedra, ¡pobres pardillos!, la noticia de que los iconolastas de WikiLeaks han hecho pública una ficha de los servicios americanos en la que constaban datos tan exclusivos como los teléfonos personales del Rey o del Presidente del Gobierno. Es la culminación, por el momento, de un movimiento dirigido, al parecer, contra todos sin distinción, “erga omnes”, justificado en la idea de que nada debe permanecer secreto porque todo secreto es sospechoso al menos desde que Marcos, no poco enigmáticamente, dijo aquello de que “No hay nada oculto que no debe ser revelado y nada secreto que no deba manifestarse” (Mc, 4, 21-25). Aviados vamos con esa perícopa, ciertamente, pero eso es lo que se despacha esta temporada en una vida pública cada día más concentrada en un ciberespacio que viene a ser el ágora en esta insegura ciudad postmoderna en la que, como si se tratara de ratificar la visión mitológica, el ojo del Gran Hermano ha resultado ser múltiple como el de Argos. Nada puede defendernos, según parece, contra la vigilancia de Anonymus, ese ejército secreto que se estrenó atacando por sorpresa a la Iglesia de la Cienciología y dicen los sociólogos que ha logrado dar a la militancia (de lo que sea, del bien o del mal) esa dimensión y esa capacidad de acción inconcebible hasta ahora que ha convertido a sus enmascarados en el más imprevisible Robin Hood tras convertir nuestras intimidades en un medroso bosque de Sherwood. “Estamos en todas partes y en ninguna a un tiempo, nuestra fuerza está en nuestro nombre”. Ni las ficciones más audaces del género habían entrevisto siquiera la posibilidad de un hombre invisible multitudinario y universal que, de momento al menos, escapa a todo control y se ríe de todo poder, poniendo en almoneda el secreto de todos y de cualquiera no sabemos ni bien ni mal con qué intención ni con qué límites.

La gran característica de esta realidad es su carácter aparentemente espontáneo, la ausencia de toda jerarquía, el igualitarismo radical de todos y de ninguno que en ella se observa, y yo me pregunto si debemos ver en ello un trueno democrático o un relámpago ácrata, no niego que inquieto ante tan grave fracaso de la intimidad, ese reducto irrenunciable de la persona libre. Cualquiera puede ingresar en esa oscura cofradía, ya lo sé, pero no sin entornar simultáneamente la puerta de propio refugio. Y yo creo que una cosa podría ser la “sociedad transparente” y otra muy distinta la sociedad en almoneda. Un tío repartiendo a dos manos el teléfono secreto del jefe del Estado no es una amenaza para ese prócer sino para el grueso de los peatones.

El chollo político

No tiene sentido la porfía sobre lo que ganan nuestros políticos. Habrá entre ellos unos pocos, seguro, quien pierde dinero al abrazar el “servicio” público, pero es un verdadero escándalo el conjunto de esos haberes en medio de esta angustiosa crisis. ¿Puede trincar más de 7.000 euros al mes el presidente del PSOE sevillano, pongamos por caso, con un currículo que cabe en un papel de fumar y sin tener en cuenta su inquietante presencia en muchos de los graves fregados que investigan los jueces, incluido el de los ERE fraudulentos? Pues no, desde luego, en un país de parados en el que el mileurismo se ha convertido en un privilegio y en el que una legión de jóvenes brillantes va por la vida con una mano atrás y otra delante. Es un chollo la política para muchos. Para los menos cualificados, sencillamente, es el negocio del siglo.

La jungla escolar

Hace años que venimos bregando con el fatal problema de la indisciplina escolar o, por decirlo de manera más contundente, de la quiebra de la autoridad del docente. Mi tesis es que es esa quiebra no es más que un caso particular de la regla general que rige en el conjunto de nuestras sociedades (insisto, no sólo en la nuestra), ya que no tendría sentido que allí donde no se respeta al juez ni al policía se respetara al profesor. Hay constantes noticias sobre agresiones a profes por parte de alumnos o familiares de alumnos, y todos sabemos que el ambiente actual de las aulas resulta de lo menos propicio para llevar a cabo la abnegada tarea de la enseñanza. Los profesores, lejos ya del modelo tradicional que obligaba a respetarlos, carecen de instrumentos para mantener el orden aunque se sepa que emplean la mitad de su tiempo en tratar de imponerlo, padecen enfermedades profesionales como la afonía, son muchos los que acaban sucumbiendo a la depresión, y han de contar, sin duda, con la dificultad que supone el paternalismo de unas Administraciones que han llegado a juzgar a un profesor por sancionar a un alumno con las clásicas “planas” o a forzarlo a humillarse ante el alumno sin la menor consideración. Esta semana prometía el ministro Luc Chatel en su país devolver la moral a la escuela, pero simultáneamente se conocía que un alumno adolescente de Val d’Oise, Emilio Bouzamondo, pésimo escolar pero brillante rebelde, publicaba un panfleto –¡otro!—, en el que, irritado por un castigo que le fue impuesto en su día, calificaba a los profesores de “ineptos, estúpidos y demasiado viejos” y su labor como un “régimen autocrático”. Y no se conformaba con la denuncia sino que proponía objetivos de largo alcance: “Quiero hacer una revolución. Primero en el colegio, después en toda Francia, acerca de cada profesor, acerca de cada padre”. Nada menos. Emilio tiene dieciséis años y arrastra tercer curso como un fardo. No quiero pensar a qué aspiraría si lograra aprobar el curso.

Mal va una sociedad que vende miles de ejemplares de semejante tontuna, acomplejada ante el prestigio de lo joven y dimitida en la ardua labor de sostener sus valores, una sociedad que quita la palabra al enseñante para dársela al listo espontáneo que lidera la clase o, más bien, el patio de recreo, por supuesto con el apoyo imprescindible de unas “redes sociales” incapaces de valorar ciertos riesgos pero extremadamente eficaces para la propaganda que lo mismo puede servir para vender panfletos que para promocionar una “revolución” improvisada por un “ado”. Entre “dómines” e inadaptados no cabe el viejo término medio en que se ha basado toda la vida el ejercicio de enseñar.

Dos caras

Varios alcaldes andaluces del nuevo poder municipal, asfixiados por el boicot de la Junta y del Gobierno, que les niega hasta los créditos indispensables para pagar sus nóminas, parecen dispuestos, con sus gobiernos municipales a la cabeza, a manifestarse ante el Parlamento y ante la Junta en demanda de una solución de emergencia. Mientras tanto –curiosa coincidencia—en esas Diputaciones que Rubalcaba coincide ahora con muchos de nosotros al calificar de prescindibles, contratan a calzón quitado como si con ellas ni fuera la crisis que a todos nos abruma. El municipalismo agoniza bajo el mazo oportunista del PSOE y la matraca oportunista del PP. Son sus alcaldes quienes tragan quina y sus ciudadanos quienes pagan el pato.

La sagrada familia

Releo la polémica den Engels en torno a la familia, sus diatribas contra las cábalas de Taylor, Bachofen y Morgan, sobre todo de éste, su fulminante y despectivo repudio del “factor religioso” que siempre actuó en esta materia, su condena de la herencia mosaica. Engels entendía que cuando la hembra se liberara de su función hogareña para incorporarse al trabajo público, llegaría su momento de auténtica esposa, de amante libre de un marido libremente elegido, y yo siempre he visto en eso una suerte de eco invertido de la Orestiada, es decir, del nuevo triunfo del derecho materno sobre el patriarcal. Son cosas mías, por supuesto, que se remueven con noticias que me llegan. Por ejemplo, la teoría de una revista fémina como “Brigitte” sostenedora de que una mujer no es lo que se dice una esposa propiamente dicha hasta que no ha tenido 250 amantes, que ya es tener, incluso para Jane Fonda, que no da de mano ni en la setentena. O esta otra que encuentro en un boletín sociológico: en la última década se produjo en Europa un divorcio cada 31 segundos, o sea, 15 por hora que equivalen a 2.761 diarios y más de un millón anuales, revolución que encabeza España, por cierto tras la aplicación de la ley del “divorcio exprés”. Parece claro, pues, que Engels no iba muy descaminado y que Clitemnestra no precisa ya de las feroces Erinias para hacer de su capa un sayo y de su sayo lo que le venga en gana. Me acuerdo de Orestes con pena pero más me desconcierta el debate episcopal surgido en Alemania –en vísperas de la visita papal—entre los obispos partidarios de reconciliar a los divorciados y aquellos que le oponen la fulminante doctrina expuesta por Mateos. ¿No sabrán esos monseñores que en su país se divorcia uno de cada tres matrimonios rurales y uno de cada dos urbanos? El arzobispo de Berlín propone, en medio del griterío, hallar una “vía media”. Vamos, que no se ha enterado ni por el forro de por dónde va la película.

El pensamiento, o mejor, la propia vida se muerde la cola, nos devuelve a Engels desde la postmodernidad rebotando en un integrismo poco dispuesto a facilitarle la papeleta a un Ratzinger rehén de varios compromisos, incluido el propio. Monseñor Zollist, arzobispo de Friburgo, acaba de exponer en “Die Zeit” el caso incómodo del presidente de la República, Christian Wulff, un democristiano divorciado y vuelto a casar al que se le niega la comunión. Qué barbaridad, dirían los viejos socioantropólogos. Desde el más absoluto desconcierto, la verdad es que muchos nos sumaríamos a ese coro insigne frente al que poco tienen que hacer estas batutas sin partitura.