La fuerza bruta

Un fotógrafo de este diario fue antier agredido brutalmente por un individuo del séquito de uno de los imputados como beneficiario de un ERE fraudulento, al que un alto cargo de Empleo, vecino suyo, le consiguió un pensionazo con el que complementar su pensión y otros ingresos que venía percibiendo. Ésa es la razón última de una lógica defraudadora originada en el sentido patrimonial de lo público que ha sido el santo y seña del partido gobernante durante todos estos años de insensata orgía. Hay brutos a los que les parece normal estafar al Estado pero inadmisible que su imagen sea divulgada por los “medios”. Y poderes que los amparan, eso es lo malo.

El laberinto libio

La misión “protectora” de las fuerzas “aliadas” en Libia dura ya seis meses y acaba de prolongarse por otros tres, sin perjuicio de que la guerra finalice con una victoria completa. En ningún momento, durante ese semestre sangriento, se ha sabido a ciencia cierta qué estaba ocurriendo en el país, cuál era el efecto práctico de los casi 9.000 bombardeos llevados a cabo por la aviación en cumplimiento del mandato de la ONU, ciertamente, pero con las consecuencias inevitables. Hemos sabido, por ejemplo, que tanto gadafistas como rebeldes han cometidos actos de barbarie y arrasado los derechos humanos, pero nunca se ha entendido bien cómo ese régimen acogotado y combatido desde dentro podía resistir tantísimo y escapar como por ensalmo a la implacable persecución. Nadie sabe calcular las víctimas, más allá de estimaciones que las cifran, sin especificar, por supuesto, en cientos de miles, no existe el menor cálculo fiable de qué ha conseguido la fuerza “protectora” y mucho menos de los medios de que se ha valido el tirano para escapar una y otra vez a sus ataques no poco feroces. Tampoco se sabe si la acción tiene un límite o carece de él, aunque le secretario general del Consejo de Seguridad, Anders. F. Rasmussen, ha dejado claro que las tropas seguirán atacando “en tanto que la amenaza contra los civiles persista”, por más que el deseo de todos los países implicados sea el de dar por terminado el conflicto lo antes posible. ¿Una acción “protectora” que ha lanzado 9.000 bombardeos? Algo no casa bien, aparte de la nebulosa general que envuelve esa guerra, y no faltan las voces que se preguntan qué clase de “protección” es ésa cuya exclusiva intervención aérea le impide todo tipo de control sobre el terreno. ¿Cuántos libios han matado los gadafistas y cuántos los “protectores” en estos tremendos nueve meses? Nadie lo sabe, o nadie lo quiere saber, en medio de un desconcierto creciente que ya no se disipa prometiendo la pronta captura del sátrapa.

Incluso quienes comprenden la intervención final contra el anteriormente protegido Gadafi, dudan de sus resultados. Avalan esa duda la actitud de importantes colectivos civiles y hasta militares pero, sobre todo, el hecho de que la guerra se prolongue una y otra vez sin marcar siquiera objetivos concretos. ¿Será que no hay modo de ganar una guerra desde el aire y sin echar pie a tierra, que es el modelo adoptado tras los fracasos de Vietnam e Irak? Pues puede, pero lo único que de momento podemos asegurar es que la guerra durará aún al menos un trimestre, unas veces arriba, otras abajo, pero siempre bombardeando a mansalva. Libia es un laberinto, una trampa. Quizá ya toda guerra lo sea.

Botas de siete leguas

No sé si será correcto el dato, pero parece ser que el consejero de Turismo, Comercio y Deporte (sobre todo, de lo primero), es decir el mismo Luciano Alonso que ha tenido que bailar con la más fea negándole a Córdoba el dinero de la Copa Davis, va a viajar a 20 países en lo que resta de año y se gastará en esos periplos nada menos que 8’2 millones de euros. Y dice, el tío, que lo que ocurre es que “apuesta por la originalidad, la creatividad y la innovación”, como si no supiéramos todos que Andalucía es hoy por hoy la cola de Europa, el país más pobre y con mayor paro del continente. Como si no existiera el servicio diplomático, ni la publicidad mediática, ni Internet. Ninguna mentira tan flagrante en boca de estos gerifaltes que el discurso de la austeridad.

Hombres sin piedad

Cuando escribo estas líneas puede que estén ejecutando en la prisión de Georgia a un negro acusado de haber matado a un policía hace veinte años. Imaginen el último paseo desde el corredor de la muerte, la despedida de los condenados, la entrada en el “laboratorio” que hace de patíbulo, la ventana tras la que asisten al espectáculo la mujer y los hijos de la víctima, la maniobra final de los verdugos disfrazados de sanitarios… De poco puede que hayan servido las revisiones del proceso, el hecho –¡insólito!—de que siete de los nueves testigos de cargo se hayan retractado, la insistente súplica del papa, la mediación del expresidente Carter, la de los actores encabezada por Susan Sarendon o la llamada a la huelga penitenciaria convocada por un sindicato, ante la determinación de acabar con un reo quizá molesto por haberse convertido en un símbolo de la brutalidad de estos procedimientos. Desde Francia, el ex-ministro Badinter ve en esta ejecución “una mancha sobre la Justicia americana” y en los mismos EEUU las manifestaciones, agrupadas tras Amnesty International, se han multiplicado inútilmente. Lo más probable que antes de imprimirse mi columna, el pobre Troy haya recibido ya su inyección letal y el próximo candidato al patíbulo haya entrado en capilla psicológica. Siempre es abominable la pena de muerte, pero infinitamente más cuando no bastan para evitarla ni la evidencia de los errores demostrados que en aquel gran país se multiplican en los últimos tiempos ante la indiferencia de una obtusa mayoría que ve en el suplicio una prerrogativa del Estado y un instrumento disuasor. A un eminente sociólogo americano le tengo leído que el apoyo popular a la última pena cobró un fuerte impulso tras el atentado del 11-S. Puede, pero el caso no varía. Lo que cuenta es que quizá en este mismo momento estén asesinando legalmente a Troy Davis en Georgia y que el rumor de la protesta se habrá apagado en poco tiempo. La vida sigue, y la muerte también.

Se ha quedado vieja la razón de Hugo, aquello de que se mata al tigre por la piel y al criminal por el ejemplo, mientras crece el aviso inteligente de Nodier de que no es lícito matar ni al verdugo. El progreso moral se resiste y mucho tiene que ver en ello este empecinamiento de los EEUU en mantener dispuesto el cadalso y atestado el corredor donde los reos aguardan. De poco valen las pruebas de que se han ejecutado inocentes, incluso menores retrasados, ante el hábito inveterado del talión. Quizá en este mismo momento en que escribo unos hombres matan a otro, eso es todo. Un día, cuando ya no tenga remedio, todo esto resultará abominable. Los hombres escriben siempre sobre el mismo palimpsesto.

Quién no se consuela…

…es porque no quiere. Ahí tienen a la consejera de Presidencia encantada de haberse conocido y presentando la sentencia del Tribunal del Conflictos sobre la publicidad de las actas de Consejo de Gobierno como un triunfo compartido por la Junta que, en su estrategia de obstrucción, sostenía ni más ni menos que el carácter secreto de lo que, en buena lógica, ha de ser público. Ahora falta ver qué pide la jueza instructora y qué contenidos de esas actas considera la Junta “secretos” y, en consecuencia, reservados incluso para la Justicia, aunque resulta obvio que tanto Chaves y Griñán como los sucesivos consejeros de Empleo lo van a tener crudo a partir de ahora. Lo de los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas era demasiado incluso para el TS. A la vista está.

La basura humana

Un organismo estatal estadounidense con sede en Vanderber, California, trabaja febrilmente estos días para tratar de determinar las circunstancias en que caerá sobre el planeta, desde su altura actual de casi 600 kilómetros, un artefacto lanzado en el 91 y que quedó obsoleto en 2005, el Upper Atmospheric Research Satellite (UARS). El acontecimiento, que no lo será tanto, seguramente, puede que tenga lugar entre el jueves y el sábado próximos nadie sabe donde, aunque los expertos calculan que lo probable es que sus despojos americen en una zona ecuatorial, una vez desintegrado el conjunto al abrasarse tras su entrada en la atmósfera. El UARS ha cumplido su tarea de medición de la capa de ozono y de determinación de la química de la alta atmósfera, pero tras cumplir esos cometidos ha quedado fuera de control perdiendo altura hasta aproximarse a una distancia crítica que permite asegurar su recaptura gravitatoria y, en consecuencia, el riesgo eventual de su caída, que los científicos estiman poco relevante dada la extensión de la superficie marina y la brevedad relativa de su envergadura y masa. Eso sí, como el hombre es mono novelero, el hecho ha servido para reavivar la matraca de los riesgos que implica la polución de nuestras capas altas, ya que aunque se haya logrado hace tiempo el sistema para impulsar lo inservible al espacio exterior, hay cacharros locos que van por libre hasta escapar de la mano que lo puso en órbita. Dicen que esas capas altas están abarrotadas ya de cachivaches inservibles que se cruzan con los que aún están en servicio formando un caótico vertedero que hubiera costa trabajo entender al propio Verne y que empieza a preocupar, en cualquier caso, a los responsables (¿) de su gestión. Lo probable es que nada ocurra que merezca un titular al día siguiente, ya digo, pero la imagen misma de un espacio atestado de desechos sobre nuestras cabezas indefensas, resulta de lo más inquietante, entre otras cosas porque no sería la primera vez que se registra un accidente provocado por algún fragmento.

Constatamos que el Hombre, ese mono sabio y loco, es especialista en la producción de basuras, en dejar tras de sí el rastro de sus despojos desde las cuevas de Atapuerca hasta ese cielo de azur que hoy no nos deja más que entrever allá arriba el exceso de luminosidad que producimos aquí abajo. Ningún animal tan basurero, ninguna especie tan contaminadora ni amenazante, y desde luego ni una sola tan insensata como para colocar sobre sus cabezas esa letrina industrial que este fin de semana amenaza con bombardearnos con sus restos incontrolados. El sueño de la razón produce monstruos. Desde luego Goya sabía lo que decía.