Terrible realidad

El Instituto Andaluz de la Mujer ha hecho público el balance –terrible balance—de la tarea de su Teléfono de Atención durante el primer semestre del año en curso Y ese balance arroja nada menos que el tremendo resultado de 4.650 llamadas de mujeres en busca de socorro ante las agresiones llamadas “de género”, lo que supone un 32 por ciento del total de las peticiones de ayuda o consulta recibidas. ¿Cabe explicar esa barbaridad, no harán falta algo más que un benemérito teléfono a disposición de las agredidas para contrarrestar esta lacra irracional? Hay que considerar que, además de este recurso, hay mujeres en peligro que recurren a las policías o a otros organismos de defensa de la mujer, que los hay. Y preguntarnos, entonces, qué diablos está ocurriendo en esta sociedad para que ni siquiera una ley tan expeditiva y parcial como la vigente baste para arredrar a los bárbaros. Hacen falta más medios y sanciones más graves, de eso no hay duda. El IAM debe de saberlo mejor que nadie.

Ropa de marca

Se asombraría el consumidor medio si llegara a informarse del volumen de nuestro comercio con China. Se sabe, por supuesto, que ese comercio crece dadas las ventajas de la producción en aquel país que combina tan ásperamente el comunismo con el libre mercado, que no hay vendedor occidental que se precie que no viaje a China un par de veces al año para encargar que le reproduzcan a precios irrisorios productos de calidad, mucha veces sin reparar en marcas. Lo que ya no se sabe tanto es cómo funciona esa fábrica colosal, y menos cómo se las avían sus ejecutivos para abaratar costes al precio que sea. Un informe presentado por Greenpeace en el mismísimo Pekín acaba de descubrirnos que nada menos que catorce marcas de élite del mercado mundial comercializan ropa cara en cuya fabricación se han empleado un par de productos prohibidos por la Unión Europea –el NPE (nonilfenol etoxilato) y el PFC– en razón  de su alta toxicidad y, en concreto, de su efecto perjudicial sobre el desarrollo sexual y el sistema reproductivo en su conjunto, sin contar el perjuicio medioambiental que causan al ser liberados, ya en los países consumidores, niveles residuales de esas peligrosas sustancias. Marcas como Adidas, Ralph Lauren, Lacoste, Calvin Klein o Nike, no son ya acusadas –como antaño alguna de ellas– de explotar el trabajo tercermundista de mujeres y niños hambrientos, sino de haber normalizado una nueva “distribución internacional del trabajo” como la descrita por Marx pero ahora sin respetar siquiera la salud ni el medio ambiente. China se ha convertido en un inmenso paraíso donde el mercantilismo de guante blanco resigna el trabajo sucio y del que obtiene costes mínimos a costa de lo que sea. Empezando por el olimpo trujimán y exclusivo que viste a la élite afortunada y exhibe su hipnótica imagen en la más refinada publicidad. Echarle la culpa a los chinos, como se hace cada dos por tres, no es más que una ingenua simplicidad.

 

Un responsable policial me expuso un día en Venecia su convicción de que el menudeo de los manteros que ofrecen regateando los bolsos más cotizados por la moda, no vendía sino “segundas marcas” de los propios fabricantes distribuidas por su módico precio a un público amplio. Entonces como ahora mi conclusión bien pesimista fue que en este sistema orgullosamente libre no nos podemos fiar, como consumidores, ni de las más encumbradas firmas, ni de las garantías convencionales ni menos aún del opio de la propaganda. Estamos en sus manos, literalmente, mientras ellos, de momento, se apoyan en las de los chinos para redondear sin escrúpulos un negocio cada día más redondo aunque más falaz.

Una ley difícil

El caso de la aplicación forzosa de la ley de Muerte Digna de Andalucía, ordenado por la Junta a un hospital onubense a petición de los familiares de una enferma terminal, prueba que este tipo de decisiones no dejará de ser conflictivo porque una norma legal las regule. Hay que considerar lo que supone que en Andalucía exista ese derecho todavía no asumido por el Congreso, hecho en el que unos ven el mérito pionero y otros el absurdo de que unos españoles tengan derechos de los que otros carecen. Lo que, en mi opinión, constituiría un dislate sería enconar esos criterios divergentes provocando una tensión que a nada bueno conduce aunque pueda provocar graves inconvenientes.

La otra memoria

No quiero ni acordarme de la que se me vino encima un día que comenté en la radio que los yugoeslavos –a la sazón metidos en plena faena genocida—habrían de acabar echando de menos a Tito. No me tuvieron en cuenta mi alegato sobre las tragedias ocurridas en la zona durante la Guerra Mundial, las razias de serbios contra croatas y viceversa, la estremecedora leyenda de la famosa “cesta de ojos” que mejor no recordar en detalle, el todos contra todos en que se autodestruyó aquel país siguiendo una tradición que venía de muye lejos. Pero esas cosas se ven venir, como se veía venir que, al paso que llevaban la burra en otros países soviéticos recuperados en teoría para la democracia, no habría de resultar raro que la memoria de los dictadores, lejos de diluirse, retomara vigor hasta plantarse de nuevo en medio de la calle. Y efectivamente, hubo países en los que, de un modo que a los observadores occidentales les resultaba chocante, el viejo concepto no tardó en levantar cabeza e incluso en ganar elecciones, cosa que quién sabe si ocurrirá en los próximos comicios rumanos habida cuenta de que la mitad de la población del país sostienen que con Ceausescu se vivía mejor, que un cuarenta por ciento de ella sigue diciendo que el comunismo soportado desde aquella Guerra tampoco estuvo tan mal o que uno de cada seis rumanos actuales califican aquel régimen como “una buena cosa”. Hacia esa gente desesperada –¡que nos van a contar a nosotros sobre rumanos!—miran ya desde el propio Gobierno, cuya ministra de Turismo, a pesar de la postura teórica de su Presidente, promueve esta temporada una iniciativa tan dudosa e ingrata como es la visita turística de una “ruta Ceausescu” que incluye desde el pueblo natal de aquel déspota hasta las tapias del cuartel donde, junto con su esposa, fue fusilado por las bravas, como todos pudimos ver estremecidos en el telediario. Decididamente, Bram Stoker no se sacó a Drácula de la manga.

 

Tengo entendido que algo parecido se viene produciendo en la explosiva China neocapitalista desde hace tiempo, al tiempo que en Alemania hay periódicos –el Junge Welt, por ejemplo—que no se cortan un pelo a la hora de reivindicar las “buenas razones” que hubo en su día para edificar el Muro de la Vergüenza. Y encuentro circulando ofertas de agencias de viaje serbias que ofrecen itinerarios en memoria del mariscal Tito en cuyo tren privado (¡), el famoso “Tren azul”, aguardan al viajero nostálgico las mismas literas de wagons-lits en que antaño conciliara el sueño el hombre que se enfrentó a los nazis pero también a Stalin y vivió para contarlo. La memoria de los pueblos puede ser imprevisible hasta ese dramático punto.

Nuestra Babel

Los datos de afiliación a la Seguridad Social revelan que el número de inmigrantes en Andalucía en ese régimen ha decrecido ligeramente en términos interanuales. Ya sólo hay 208.000 inmigrantes asegurados en nuestra región, entre los cuales los procedentes de países ajenos a la Unión Europea superan a los llegados de los países socios, siendo notable, junto a la importancia que, en muchos sentidos, tiene la alta cifra de marroquíes registrado (cercano a los 35.000), el crecimiento del número de chinos (tendente ya a los 10.000) que hoy constituye el segundo colectivo en importancia. Más difícil sería hablar de los inmigrantes no controlados y más inquietante considerar la escalada experimentada por los tratantes ilegales que andan fletando pateras cada día mayores que podrían convertir nuestra costa en una nueva Lampedusa y ante la que la autoridad parece carecer por completo de solución.

Coger la maguera

Para Luis Carlos Rejón

 

Ninguna escena más ilustrativa del libre empleo (o sea, del despido libre) que ésa, tan divulgada por el cine americano, del desocupado en busca de trabajo al que el dueño de la gasolinera contrata como ayudante sin preámbulos: “Un dólar la hora, ya sabes, y no quiero problemas con los clientes”. No es la teoría marxista la que vio el trabajo como una mercancía sino la práctica liberal la que lo consolidó como tal al reducir su ámbito moral y legal al requisito del precio: “Un dólar la hora”, eso es todo. La tendencia actual sostiene que sólo esa perspectiva cosificada podrá animar el mercado de trabajo, es decir, que sólo la precarización absoluta del empleo conseguirá que unos empresarios libres de todo compromiso se decidan a reanimar la economía. Y en esa tendencia no hay ya, por supuesto, miras diferentes ni perspectivas encontradas, sino una coincidencia general en que la relación laboral no es en absoluto distinta de la mercantil. El empleo fijo, que implicaba una relación biunívoca de derechos y obligaciones, es ya una especie en extinción en medio de las ruinas de la utopía, aunque nada demuestre –ahí está la estadística laboral—que la progresiva libertad empresarial garantice un crecimiento de la contratación. La utopía conservadora, que gusta de llamarse liberal, se está consumando al tiempo que se esfuma la que constituyó durante más de un siglo la esperanza de la clase asalariada, y en esa operación concurren, en el caso de España, tanto la derecha disfrazada de centro como el oportunismo disfrazado de izquierda. PSOE y PP, más allá de la retórica imprescindible, coinciden plenamente en ese objetivo. Desde ahora, por ejemplo, será legal mantener indefinidamente en precario a un trabajador porque así lo han acordado ambos. Queda por ver –y lo veremos, no lo duden—cuál es el resultado práctico de esta opción tan moderna que nos devuelve de bruces a los tiempos de Cánovas. Romanones no pensaba distinto que Rajoy en este punto. Ni que ZP.

 

Nada queda de la otra retórica, la de la “dignidad del trabajo”, que, cada cual a su modo, defendieron lo mismo la izquierda republicana que la dictadura franquista, el “1 de Mayo” y “San José Obrero”. El trabajo es una cosa que como tal se compra y se vende en la lonja por acuerdo espontáneo entre la libertad y la necesidad, sin más derechos ni obligaciones, por más que ello convierta al trabajador en mera herramienta. Ni la izquierda ni la derecha, como puede verse, tienen la exclusiva del materialismo, sencillamente porque, de hecho, ya no existen más que sus respectivas caricaturas electoralistas. Los trabajadores son libres, en delante, de elegir indistintamente a cualquiera de las dos.