El ataque como defensa

Un periodista bien informado le preguntó a Griñán el otro día qué opinaba sobre la estafa laboral a los minusválidos que el TSJA investiga a la consejería de Empleo de la Junta (un millón de euros de la UE para contratación de minusválidos que ésta cobró pero parece que se olvidó de pagar) y Griñán le corrigió, en un alarde de vacua retórica correcta, imponiéndole hablar de “personas con discapacidad”. Llevaba al extremo el celo por el prurito de respeto a los discapacitados pero pasando por alto el grave embrollo de fondo, en el que destaca –no se lo pierdan– la contratación de una persona sorda como telefonista. Es aquello de que la mejor defensa es un buen ataque. Está visto que no les queda otra.

Corrido triste

No encuentra sosiego mi amigo mexicano ante las noticias que le ven llegando desde su país. Sobre todo la del catastrófico incendio del casino de Monterrey en el que una banda delincuente, apenas un pelotón de “pelaos”, en vaya usted a saber qué ajuste de cuentas, acabaron abrasando vivas a cincuenta personas. Me enseña mi amigo –un aristócrata español de los que emigraron allá hace más de un siglo—una pintada contra su persona que es un inquietante aviso de los indigenistas, enredados aún con el toletole de los “gachupines”, y me relata incidentes y situaciones realmente disuasorias que ha vivido recientemente en un país en el que los narcos no son ya una simple fuerza peligrosa sino un Estado dentro del Estado, capaz de enfrentarse al Ejército nacional con el suyo propio armado hasta los dientes en ese mercado libre que funciona en Estados Unidos, su gran cliente en la lonja de las drogas. ¿Cómo es posible que un país con el enorme potencial de México, y en un momento tan propicio a la emergencia económica como el que vivimos, esté devorándose a sí mismo, incapaz de sacudirse esa plaga que, por supuesto, basa su fortaleza en la connivencia de unas instituciones corrompidas hasta el tuétano, erigida hoy de hecho, en un “segundo Poder” que hace y deshace por dentro y por fuera de la legalidad? Difícil pregunta, pero ahí está el resultado, las víctimas por centenares, el crecimiento colosal de las fortunas, la incapacidad real del Gobierno y la indefensión de unos ciudadanos entre los que los más holgados cavilan fantaseando con el exilio para escapar a la anomia y a la opresión. “¿Y cómo no dan ustedes con una mano enérgica que los meta en vereda y saque el país adelante”?, le acorralamos amistosos para que él nos conteste por boca del gobernador Figueroa, retratándonos la clase política con una frase que bien podríamos aplicar, desde luego, a la nuestra: “Ay, mis cuates, porque la caballada está flaca…”. Lo españoles nos hemos mirado unos a otros con cara de mexicanos.

Bueno, después de todo, lo mismo –presiones, amenazas, pintadas, secuestros y atentados—hemos padecido nosotros aquí todos estos años, total para que, al final, anden por ahí, con el tencontén del Gobierno y las bendiciones del TC, equiparado a los bárbaros con las víctimas. Al abuelo de mi amigo ya lo libró del paredón por los pelos el mismísimo presidente Madero, a su padre lo balacearon de niño unos insurgentes y ahora a él lo amenazan en nombre del náhuatl perdido sólo Dios sabe qué bandidos hodiernos. “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, sentenció Pofirio Díaz. Mi amigo, porfirista de toda la vida, lo es ahora más que nunca.

Demagogia hidráulica

La Junta gira en redondo y quiere ahora impedir en un futuro cualquier gestión estatal de la política de agua. No parecía quererlo mientras “su” Gobierno llevaba el paso cambiado pero ahora que ha decidido para ajustar el puzzle de las competencias sobre el Guadalquivir hasta dice el consejero de Medio Ambiente que “eso es a los que aspiran los andaluces” más allá de su millón doscientos mil parados y su ruinosa situación. Ésta se está convirtiendo en la autonomía de los caracoles, las tortugas bobas y de los flamencos protegidos. Lo del Guadalquivir es un ejemplo idóneo del apogeo de estas demagogias.

Ricos solidarios

He tenido tiempo de conocer muchas opiniones sobre la función y el valor de los impuestos. Suetonio contó que Tiberio, cuando sus gobernadores le solicitaron que elevara las cargas fiscales les contestó que el deber de un buen pastor era esquilar el rebaño, no desollarlo. Recuerdo que don Emilio García Gómez comentaba el cuento de Ibn Yahya sobre aquel sultán que rechazaba subir los impuestos por considerar ese remedio similar al del hambriento que se devorara a sí mismo. O el estupor que me produjo de estudiante que para Voltaire el buen gobierno consistiera más que nada en transferir la mayor cantidad posible de la fortuna de los ricos al peculio de los pobres. Fueron los doctrinarios británicos del “Fisco” quienes anatematizaron la fiscalidad como máxima y más agresiva expresión del intervencionismo y la cosa llega a extremos delirantes cuando un Stuart Mill, ya en plena pendiente romántica, llegó a pensar (y decir) que a grabar a los ricos más que a los pobres suponía penalizar el trabajo y el ahorro. Los ricos siempre han pensado lo mismo sobre el impuesto, probablemente, y me da que los pobres también, pero incluso los partidarios de la acción estatal como Keynes coinciden con los liberales de todos los colores en que evitar la imposición es una de las pocas cosas útiles y económicamente beneficiosas que puede hacer el pensador. Bueno, pues ahí tienen a ese grupo de millonarios franceses –la mediática viuda Bettencourt incluida—que acaban de solicitar al Gobierno que les suba las cargas con una “contribución excepcional” aunque, eso sí, con tiento y mesura no vaya a ser que los afectados se fuguen con sus capitales puestos a los paraísos fiscales. Dicen esos magnates que son conscientes de haberse beneficiado de un modelo nacional y de un entorno europeo al que se consideran vinculados y el cual desean vivamente mantener. Yo no sé si la oferta tendrá truco pero no me digan que no es admirable el gesto. Vamos a esperar hasta ver si aquí ocurre otro tanto. Sentados, claro.

Mal deben de andar las cosas cuando los millonetis pasan por la izquierda a los teóricos del Fisco y a los del Welfare State juntos. O puede que le hayan visto las orejas al lobo en esta últimas lobadas, hasta caer en la cuenta de que nada, ni siquiera el Sistema, posea la garantía de supervivencia más allá de todo límite, y hayan entrevisto en esa discreta redistribución un posible remedio para salvar a todos y a ellos los primeros. Los viejos socialistas (los “utópicos” y para qué hablar de os “científicos”) se habrían llevado las manos a la cabeza. Los que hoy se autopostulan tales a lo peor ni se han enterado.

Terrible realidad

El Instituto Andaluz de la Mujer ha hecho público el balance –terrible balance—de la tarea de su Teléfono de Atención durante el primer semestre del año en curso Y ese balance arroja nada menos que el tremendo resultado de 4.650 llamadas de mujeres en busca de socorro ante las agresiones llamadas “de género”, lo que supone un 32 por ciento del total de las peticiones de ayuda o consulta recibidas. ¿Cabe explicar esa barbaridad, no harán falta algo más que un benemérito teléfono a disposición de las agredidas para contrarrestar esta lacra irracional? Hay que considerar que, además de este recurso, hay mujeres en peligro que recurren a las policías o a otros organismos de defensa de la mujer, que los hay. Y preguntarnos, entonces, qué diablos está ocurriendo en esta sociedad para que ni siquiera una ley tan expeditiva y parcial como la vigente baste para arredrar a los bárbaros. Hacen falta más medios y sanciones más graves, de eso no hay duda. El IAM debe de saberlo mejor que nadie.

Ropa de marca

Se asombraría el consumidor medio si llegara a informarse del volumen de nuestro comercio con China. Se sabe, por supuesto, que ese comercio crece dadas las ventajas de la producción en aquel país que combina tan ásperamente el comunismo con el libre mercado, que no hay vendedor occidental que se precie que no viaje a China un par de veces al año para encargar que le reproduzcan a precios irrisorios productos de calidad, mucha veces sin reparar en marcas. Lo que ya no se sabe tanto es cómo funciona esa fábrica colosal, y menos cómo se las avían sus ejecutivos para abaratar costes al precio que sea. Un informe presentado por Greenpeace en el mismísimo Pekín acaba de descubrirnos que nada menos que catorce marcas de élite del mercado mundial comercializan ropa cara en cuya fabricación se han empleado un par de productos prohibidos por la Unión Europea –el NPE (nonilfenol etoxilato) y el PFC– en razón  de su alta toxicidad y, en concreto, de su efecto perjudicial sobre el desarrollo sexual y el sistema reproductivo en su conjunto, sin contar el perjuicio medioambiental que causan al ser liberados, ya en los países consumidores, niveles residuales de esas peligrosas sustancias. Marcas como Adidas, Ralph Lauren, Lacoste, Calvin Klein o Nike, no son ya acusadas –como antaño alguna de ellas– de explotar el trabajo tercermundista de mujeres y niños hambrientos, sino de haber normalizado una nueva “distribución internacional del trabajo” como la descrita por Marx pero ahora sin respetar siquiera la salud ni el medio ambiente. China se ha convertido en un inmenso paraíso donde el mercantilismo de guante blanco resigna el trabajo sucio y del que obtiene costes mínimos a costa de lo que sea. Empezando por el olimpo trujimán y exclusivo que viste a la élite afortunada y exhibe su hipnótica imagen en la más refinada publicidad. Echarle la culpa a los chinos, como se hace cada dos por tres, no es más que una ingenua simplicidad.

 

Un responsable policial me expuso un día en Venecia su convicción de que el menudeo de los manteros que ofrecen regateando los bolsos más cotizados por la moda, no vendía sino “segundas marcas” de los propios fabricantes distribuidas por su módico precio a un público amplio. Entonces como ahora mi conclusión bien pesimista fue que en este sistema orgullosamente libre no nos podemos fiar, como consumidores, ni de las más encumbradas firmas, ni de las garantías convencionales ni menos aún del opio de la propaganda. Estamos en sus manos, literalmente, mientras ellos, de momento, se apoyan en las de los chinos para redondear sin escrúpulos un negocio cada día más redondo aunque más falaz.