El tacto judicial

Sería temeraria la tesis de que los asuntos judiciales investigados en España, cuando afectan a la política y, en especial, al poder, se “sacan” cuando más interesa a estos o aquellos. Pero hay hechos que, desde luego, resultan sugeridores de esa incómoda tesis, tales como el destape final del saqueo de Marbella, la aparatosa detención nocturna de la Pantoja, el zambombazo del alcalde de Alhaurín, los manejos del “caso Astapa” y tantos otros. No deja de ser curioso que, tras un año de investigaciones, la autoridad no haya decidido destapar el “caso Ronda” y meter preso a su alcalde y ediles del PSOE hasta que las municipales han pasado, por ejemplo. ¿Casualidad, simple coincidencia? Pues puede, no seré yo quien diga lo contrario, pero la rareza sigue estando ahí.

Malos y peores

No dudo de que el propósito de Rajoy de sancionar en el futuro a los despilfarradores, y no sólo a los “que metan la mano” sino también a aquellos que “dejen facturas en los cajones” para que las encuentre el sucesor y las pague el maestro armero, debe de haber sorprendido a la mayoría contribuyente. “No se pueden dejar facturas en los cajones sin que nadie responda por ellas”, ha proclamado el líder conservata, descubriendo a la masa ignara que hasta ahora, al parecer, eso de pasarse por el arco la deuda contraída habría sido lícito; y añade que, cuando él gobierne, “nadie podrá gastar sin el respaldo presupuestario”, lo que parece sugerir que, hasta ahora, sí se podía, cosas ambas bien contrarias a las que nos ensañaban en tiempos a quienes aspirábamos a ingresar en la Administración por el ojo de aguja de las oposiciones. Quienes acaban de llegar al poder municipal y autonómico no saben qué hacer con la deuda heredada ni cómo acometer la tarea de hacerle frente dentro de la ley, sobre todo si el propio Gobierno les niega todo tipo de ayuda, y por eso ha podido hasta parecerles normal el anuncio de que, en adelante –sólo en adelante claro está– los despilfarradores y tramposos pagarán sus culpas, aunque no en la cárcel como ha solicitado, con tan buen criterio, la Defensora del Pueblo. Rajoy, como Salomón, sueña con una clase política honrada y prestigiosa –¡ahí es nada!—pero no sé si se percata de que al anunciar sus imprescindibles medidas pone en evidencia que la gestión pública ha estado hasta el momento exenta de normas tan elementales que hacían inevitable no sólo el despilfarro sino la corrupción.

En Baena se ha probado que los mandamases municipales pagaban con la visa pública los gastos ocasionados en algún puticlub marbellí, en Valverde del Camino se ha impedido con uñas y dientes investigar si el pago de una mariscada que se zamparon varios ediles con sus señoras las pagó un industrial con una factura falsa, en Sevilla esas facturas falsas echaban la pata a las obras pagadas aunque inexistentes. ¡Mira que decidir, con la que está cayendo, que la ocultación de facturas ha de ser sancionada o que gastar sin presupuesto contraviene el más elemental sentido común! La inmensa mayoría ciudadana debe de estar tentándose la ropa, trémula al descubrir lo tontos que hemos venido siendo y hasta qué punto la “omertá” entre los partidos ha funcionado como en reloj contando con la general ignorancia de la norma. Porque ahora resulta que el saqueo padecido era lícito, los presupuestos papel mojado e inobjetable la ruina. A los españoles la enhorabuena, incluso cuando nos llega, suele llegarnos tarde.

Familias unidas

No es por machacar la herradura, pero la verdad es que no hay modo de evitar el escándalo que supone el continuo descubrimiento de casos de nepotismo en la vida pública andaluza, casos que llegan –por no citar más que los recientes– desde la hija, el hijo y los hermanos de Chaves a la hija de Viera, a la mujer de Velasco, al hermano de Cabañas, al cuñado de Jiménez, a la hija de tal candidata, el novio de cual alcaldesa, al marido de la concejala y hasta al vecino de debajo de algún un director general. La familia es un sub-elemento de la clientela y ésta el sostén del partido. Los paganos del tinglado completo, ni que decir tiene, somos los dóciles contribuyentes que formamos la muchedumbre silenciosa.

Marcas registradas

En una tertulia de la tele en la que he coincidido con el coordinador regional de IU, Diego Valderas, he debido escucharle algunas proclamas con las que he coincidido o discrepado de modo variable. De plano asumo su sugerencia sobre la utilidad que reportaría a nuestra vida pública aplicarle el polígrafo o máquina de la verdad a los políticos a fin de determinar, con rigor científico, cuánto hay de verdad y cuánto de camelo en sus asertos, e incluso me he mostrado partidario –sujeto siempre al consentimiento del paciente—del uso del pentotal o suero de la verdad que, por lo que tengo entendido, es mucho más eficaz a esos efectos. Luego me llamado la atención que defendiera el principio “un político, un cargo”, auténtica retaguardia ideológica del plan de exclusión parlamentaria de los alcaldes que andan muñendo entre él y Griñán, ¡él que ha llegado a compatibilizar en su día tres cargos públicos, incluidas precisamente su alcaldía bollullera y la presidencia de la Cámara! Y en fin, el colmo ha sido cuando, para justificar un argumento que creo recordar que no exigía grandes razones, le ha espetado a la conductora del programa que IU defiende lo que tiene que defender porque “para eso somos marxistas”. Hombre, don Diego, eso de marxistas lo que se dice marxistas, va a permitirme que lo ponga en cuarentena, a estas alturas, y sin pedirle siquiera que concrete el alcance de ese término, pues no sé yo si ustedes, de paso que acompañan en su periplo a los neoliberales, se identificarán ahora con la doctrina del viejo o del joven Marx, con las incisivas soflamas de los “Grundisse”, con “Das Kapital”, con “El Manifiesto”, con las revisiones althusserianas o las previsiones de Gorz, Mandel, Kolakowski y compañía. No me imagino yo a Marx aplaudiendo el carpetazo al “caso Faisán”, por poner ejemplo, u ofreciéndose como “marca blanca” a una socialdemocracia que acaba de perpetrar lo que ninguna derecha española había osado hasta la fecha: eternizar los contratos en práctica o convertir en indefinidos los precarios. Ni al joven ni al viejo.

La tragedia de IU es que no consigue desligarse de la crisis de la izquierda en general, reducida como está su ideología visible a cuatro tópicos más o menos oportunistas del radicalismo más enranciado, aunque sin perderle nunca del todo la cara al PSOE, por la que pueda caer. ¡Pues no denuncia Valderas ahora la “pinza” famosa entre PP e IU cuando él, como presidente del Parlamento, fue su máximo beneficiario! El marxismo es marca muy socorrida y de ella ha vivido casi tanta gente como ahora vive de la socialdemocracia. Incluso sin conocerlo ni por el forro, que es lo más extraordinario del caso.

Un estilo y un método

Cuando finalice la instrucción del caso de los ERE y hagamos balance, se verá meridianamente claro que ése fue el montaje más grave de la autonomía pero siempre dentro del estilo y del método consagrado: el de que el dinero público –que “no es de nadie”, según una exministra—se ha administrado en la cámara oscura sin otra regla ni principio que los intereses de los administradores. Si el PSOE fracasa en las autonómicas, como anuncia su propio desconcierto, se podrán aducir muchas causas y concausas pero ninguna, seguramente, con un impacto sobre la opinión semejante al de estas mangancias. Chaves, Griñán o Viera han perpetrado ese disparate pero siguen siendo candidatos. Un partido no se arrepiente y regenera así como así.

La verdad provisional

A medida que el trabajo científico agranda su horizonte va quedando más claro que pocas son las verdades absolutas y menos los dogmas inalterables. Es verdad que los sabios ven en esa tarea una suerte de competición, que se sienten como propulsados por el ansia de avanzar negando y corrigiéndole la plana a sus antecesores, pero la realidad es que ahí están sus hallazgos y la evidencia de que hasta las certezas más sólidas son susceptibles de venirse abajo en el momento menos pensado. En la misma página del periódico podía leerse que unos investigadores de Copenhague podrían haber revolucionado nuestra crónica de la especie al descubrir que el aborigen australiano no procede de las migraciones africanas, comúnmente admitidas como el origen de la Humanidad, sino de unos trasabuelos asiáticos que habrían atravesado el continente y cruzado el océano muchos miles de años antes de que aquellas dieran lugar a las poblaciones europeas y asiáticas. Y justo al lado, otra noticia desconcertante: la de que la velocidad de la luz no sería una constante cósmica, como imaginó Einstein, sino que ha resultado superada en sesenta nanosegundos un experimento realizado en ese acelerador de partículas del CERN del que algunos llegaron a temer que, al recrear la circunstancia del “Big Bang”, pudiera descuajaringar el planeta. Es verdad que hace casi un lustro, otros visionarios de Princenton dijeron haber probado, en los laboratorios del NEC Research Institute, que un pulso conseguido al manipular un vapor con átomos irradiados con láser había viajado a una velocidad trescientas veces superior a la considerada insuperable, produciendo la impresión de haber salido del recinto antes de haber entrado en él, pero también es cierto que poco se ha sabido luego de esa proeza que no hubiera soñado el propio Wells. Cosa de un siglo ha durado el dogma einsteniano y algo menos la tesis antropológica del origen africano. La verdad es que tienta pensar que la materia esconde sus secretos en los fondos sucesivos de una misteriosa matrioska.

Se tambalea la vieja confianza en la certeza, incluso en la empírica, instalados en la provisionalidad, ya no sabemos ni quiénes somos ni dónde estamos, como si la sabiduría no fuera tanto un seguro aristotélico como un falsador popperiano empeñado en descortezar indefinidamente el significado de una realidad que lo mismo nos entronizan sobre un sistema de ecuaciones que nos reducen a polvo de estrellas. Cuanto más sabemos mayor es la duda, aunque ello sea quizá la mejor garantía de lo verosímil y el trayecto más corto en el viaje hacia el misterio. Decía Cassirer que el hombre es un animal mítico. Acaso nunca debimos huir de esa evidencia.