El negocio sindical

No me parece nada mal el recorte que Griñán le ha propinado a los empresarios, a la CEA quiero decir, dado lo que le llevamos visto y oído a la CEA. En cambio, que le aumente aún más la soldada a los sindicatos –léase a UGT y CCOO–, en medio de la “contracción” presupuestaria general, parece una burla. Que el PSOE cuenta con ellos como agentes callejeros para el día siguiente del 20-N, no admite duda, y que éstos le prestarán en la Oposición el apoyo que se le debe al benefactor, tampoco. Pero es una vergüenza, en todo caso, que el dinero de los contribuyentes vaya a esos mariachis de un “partido hermano” que, por cierto, representan a una ínfima minoría de los trabajadores. Los empresarios tienen razones, quizá, para andar muy cabreados. Los ciudadanos, para qué les cuento.

La mano airada

La estadísticas sobre el suicidio en relación con la crisis están superando todas les expectativas en medio de un estruendoso silencio oficial. No se suele hablarse de que la crisis ha disparado esa estadística en un 25 por ciento, de que hay países, como Lituania o Rusia, donde se alcanzan cifras inasumibles, de que en España, y a pesar de que por cada suicidio consumado hay que contar con veinte fallidos, la cifra supera holgadamente los diez casos diarios (3.600 en el año 2009, 3.421 en el siguiente) siendo ya la primera causa de muerte violenta y la tercera en cualquier caso, tras las provocadas por las enfermedades vasculares y el cáncer. Y menos se dice, por supuesto, que su progresión entre los jóvenes es tal que se cuenta ya como la tercera causa de muerte entre ellos, aparte de su alarmante crecida entre los adolescentes, síntomas todos ellos  evidentes de que la causa del fenómeno es de naturaleza social y no se debe a ningún avatar psíquico. Al suicidio le sobra literatura y le falta sociología, más allá de las consabidas banalidades que sobre él se han dicho sin contemplaciones. ¿Recuerdan el hallazgo de Shakespeare en “Otelo” con aquello de que era cosa de tontos vivir atormentados teniendo en la mano la receta infalible para escapar al tormento? Un autor que tan de cerca a contemplado la autoaniliquilación como Bernhard, ironizó con razón sobre la estupenda confesión de Kafka de que se había pasado su vida defendiéndose del deseo de acabar con ella, por no hablar de las sandeces que pudieron decir sobre tan triste asunto personajes como Breton o el propio Cioran, socios todos ellos del club de la paradoja que propicia la paradoja atroz. La gente se mata por desesperación, incluso cuando logra disfrazar teatralmente ese estado de ánimo, y por eso las crisis relanzan incluso cierta estética del suicidio. No hay que dar crédito a la premisa de Durkheim en su obra clásica sobre el tema cuando asegura que las cifras de suicidios son invariables en cada sociedad; yo sí se la daría, en cambio, a su idea de que el factor integrador que ayuda a preservar la vida es la socialización del individuo. El que se mata suele llevar en la mano el puñal que le ha puesto el grupo.

La crisis ha disparado igualmente la estadística psiquiátrica (en España, se calcula que en un 15 por ciento) en el marco de ese “malestar de la cultura” que Freud escribió precisamente el año de la otra gran crisis, la del 29, y en el que hoy conviene atender más a la “necesidad” que a la “culpa”. La “lógica de la decisión” no hay que buscársela hoy al suicida entre las entretelas del psiquismo sino en la faltriquera vacía.

Tordos en el olivar

La metáfora es de Manuel Vicent: la bandada de tordos se abate sobre el olivar justo el tiempo preciso para arrebatarle las aceitunas; luego, levanta el vuelo. Los economistas llaman “deslocalización” a lo que hacen los tordos del mercado cuando en el olivar asaltado se agota el fruto. Y por lo general, una vez saqueado el pago y trincadas las subvenciones estimulantes del Gobierno o de la Junta, no dudan un segundo en buscarse un nuevo emplazamiento. En Andalucía, de Delphi a Visteon, lo tenemos visto y comprobado, ante la impotencia de una Junta tal vez ingenua que primero nos arruina subvencionándolos y luego en socorrer a sus víctimas. Nunca habíamos visto un expolio semejante. Mucho me temo, sin embargo, que tengamos que verlos aún peores.

Sabios emperrados

No es nuevo el hecho de que al sabio se le encasquille el cacumen en un tema que acaba convirtiéndose en  su manía. Trata un asunto y, en el caso, de que el éxito corone su esfuerzo, acaba considerándolo exclusivo, en especial si ese éxito lo deslumbra con el espejismo de la fama. De Richard Dawkins recuerdo el entusiasmo con que, a mediados de los 79,  leímos “El gen egoísta”, con su atractiva teoría de los “meme” frente a los genes que, hasta cierto punto, nos liberaba del determinismo que se abría paso por entonces (y ahora) a galope tendido, y cómo, ya al filo de los 90, seguimos su controversia con el viejo William Paley, aquel apologista que fue el primero, que yo sepa, en sugerir formalmente la idea del “diseño inteligente” como obra de un relojero –que todavía le recordaban a los niños de mi generación los catequistas– en una obra tan celebrada como “El relojero ciego”. Dawkins era de esos darwinistas urgidos ante la parsimonia de la razón dialéctica y, en efecto, andando el tiempo, ha terminado tirando por la trocha más corta en su empeñada campaña ateísta que no se ha  conformado con exhibir en los autobuses de Londres o Barcelona, sino con la que ahora anda tratando de seducir a la santa infancia a base de enfrentarla a la procelosa incertidumbre que parece lógico reservar a los adultos. En el Albert Hall nada menos ha protagonizado una tenida con este propósito aunque, todo haya que decirlo, también para publicitar su nuevo libro, “La magia de la realidad”, y su propuesta consiste en oponer a la mirada inocente las mismas impenetrables oscuridades ante las que el adulto avezado puede reaccionar pero sin lograr nunca, ésa es la puñetera verdad, despejar el último pelotazo. Pocas cosas tan inconvenientes para el intelectual como la obsesión. Ninguna tan fútil como la controversia religiosa.

La evolución es, según Dawkins, como una “magia lenta” que pausadamente va modelando a los seres de una manera que al sabio le parece “poética” por más que se vea incapaz de aportar a la curiosidad las últimas y decisivas respuestas. Los niños deben sumergirse en ese magma metafórico y renunciar lo antes posible a la experiencia trascendente. Dawkins ve en ello una suerte de salvación de la Humanidad y, quizá por ello pero por nada más, atribuye a su cruzada cierta legitimidad científica, desde una curiosa heurística más dependiente de la pasión que del conocimiento. Nunca entenderé por qué talentos tan eminentes se desperdician en empeños tan repetidos y, por supuesto, imposibles de consumar. ¿Quizá por abarrotar el Albert Hall y salir a hombros editoriales? Si por eso fuera, me daría mucha lástima alguien a quien tanto admiro.

El camino claro

Nada más recibir el estacazo del paro de octubre, el consejero de Empleo (¿) ha asegurado que “el Gobierno andaluz tiene claro el camino que hay que recorrer”. ¡Pues menos mal, porque si no…!  Según esa clarividencia, que el paro siga desplomándose a pesar de que su base es ya tan estrecha, se explica suficientemente con el argumento de que su causa son las “turbulencias económicas” que se registran en España y por ahí fuera. ¡Cráneo privilegiado! Lo peor de nuestra estadística terminal no es tanto su realidad misma como la de saber en mano de quién está la responsabilidad de buscarle una salida. No sé qué ocurriría con los que pudieran llegar al relevo, pero lo que está claro es que con este personal no vamos a ninguna parte.

La catarsis griega

Los griegos han sacado los pies del plato comunitario y aquí ha sido Troya. Se han desplomado las Bolsas, han galopado los mensajeros, los próceres se han mesado las barbas o rasgados las vestiduras, y hasta la gente –esa ciudad alegre y confiada que acaba de volver del superpuente de Tosantos para gastarse la calderilla abarrotando nuestros bares– empieza a mosquearse con lo que ya no parece una conjetura meramente especulativa sino una amenaza hecha y derecha. ¿Por qué nos ha de afectar a los demás el crac de un pueblo que, por lo demás, se lo ha buscado a pulso durante decenios? ¿Qué nos va ni nos viene a nosotros con que los griegos paguen ahora sus facturas en euros o en dracmas resucitados que más bien serán zombis monetarios que otra cosa? Pues mucho, cómo dudarlo, habida cuenta de que la UE es un delicado jarrón común al que una pedrada de esa puntería lo más probable es que hiciera añicos, lo cual quiere decir también que no son sólo los griegos morosos y corruptos los culpables sino quienes se empeñaron en meterlos en éste que ya va siendo un berenjenal, a sabiendas de que encontrar una cuenta bien cuadrada en la Grecia de los Papandreus y los Karamanlis sería como tropezarse en el camino con la lámpara de Aladino. Pero ¿por qué tanto miedo, cómo es posible que las grandes potencias no reaccionen y, sobre todo, que el propio Sistema haga el juego a esos trampeos aprovechando para llenar la buchaca de unos pocos a costa de todos? Me tienta la doctrina del “capitalismo del desastre” que Naomí Klein explica con el argumento de que es el propio Sistema –los políticos ya sabemos que son sus meros palanganeros—el que patrocina la estrategia del terror, tal como los psiquiatras de los años 40 (y algunos actuales) hacían echando mano del electroshock. El shock es el instrumento más útil para conseguir la obediencia del gentío. Nada como el miedo para bajar la guardia y abdicar de la propia razón. La Klein vislumbra tras esa estrategia lo que llama “capitalismo del desastre”. Y a ver quién la contradice con lo que estamos viendo.

¿No ven que hemos llegado a un punto en que el trabajador exprimido agradece el exprimidor, en que los mileuristas se dan con el canto en los dientes y la inmensa mayoría se conforma con que la cosa no empeore? Ha dado resultado lo del shock, sin duda, como lo daba –otra cuestión es a qué precio—la sesión de tortura en los viejos manicomios. Y puede que los griegos –que hace siglos que no entienden a sus clásicos– se hayan salido del guión. Me gustaría escuchar a Sócrates en la plaza Sintagma pero aún más, para qué engañarles, lo que pudiera decirnos Aristófanes en la cumbre del Areopago.