Pasar la factura

No me parece mal la idea de la Junta consistente en presentarle a cada paciente, sólo a título informativo, la factura de lo que su atención le ha costado al servicio público de salud, porque ya es hora de que seamos conscientes de lo que recibimos además de quejarnos de lo que nos obligan a dar. Pero ya puestos, ahí va una idea: adjuntarle a esa factura, otra: la de lo gastado por los gestores en sueldos, dietas, comidas “de trabajo”, viajes gratis total, pisos pagados, coches y chóferes oficiales, asesores diversos y demás. El usuario podría hacerse cargo de lo que vale el peine, efectivamente, pero también de lo que le cuesta.

Hablando de trienios

No se le ha ocurrido a Mario Jiménez, el Atila de Lepe, ningún argumento mejor contra el alcalde de la capital y a favor de la candidata, que echarle en cara al primero el tiempo que lleva en política. ¡Pero, hombre de Dios, si a Perico no se le pasaba siquiera por la apasionada cabeza meterse en política cuando Petri estaba ya en el coche oficial! Es verdad que a ella no se le conoce, en estos treinta años mal contados, ni un logro político, pero más lo es que la bandera de la renovación en sus manos constituye un auténtico sarcasmo. Rodríguez hace bien en pretender el remate de su decisiva transformación de la ciudad en estas cuatro legislaturas durante una a quinta. A Patri, cuando pierda, le darán otra vez la Dipu como consolación y a otra cosa.

Querer y no querer

Una encuesta realizada por el Magazine de este periódico ha indagado, como viene haciendo desde hace años, quiénes son los personajes nacionales más estimados por la opinión pública y quiénes los más despreciados, con resultados que, más allá de su problemático significado y su dosis de sorpresa, no dudo en apreciar como lógicos y no poco razonables. Figuran entre los amados del pueblo la pléyade de deportistas que nos están encumbrando como nación, que no sólo acapara los cinco primeros puestos (Nadal, Casilla, Gasol, Iniesta y Villa) sino que se permite amarrar un séptimo para el entrenador nacional que se antepone así, en el sentir público, a las dos máximas figuras de la monarquía, es decir  al Rey y al Príncipe, aunque no a la Reina, en ese Top 10 que no da cabida más que a un civil, ciertamente empático, como Matías Prats. Y en el reverso, en el lado oscuro del lunario popular, ya es significativo que figuren como los más odiados tres miembros del Gobierno, incluyendo al Presidente, dos políticos separatistas y tres estrellas de la telebasura. Este es un país muy normal –es lo primero que se me ocurre—y no sólo porque estime por encima de todo a los atletas, que eso también ocurría ya en Grecia o Roma, donde Píndaro les consagró su obra y los evergetas los mantuvieron a mesa y mantel, sino porque apostaría lo que sea que esta vez la perspectiva ha dado de lleno en el clavo, que es el sentimiento que nos invade cuando vemos confirmados en el sondeo nuestra propia estimativa. ¿O es que hay personajes más amables que esos deportistas en esta nación desprovista de elites apreciables o, por el lado opuesto, tipos que más se hayan ganado a pulso la repulsa pública que los que aquí salen señalados? Vivimos un momento gris, una era mediocre, en la que el talento ni siquiera aparece en las encuestas y en el que el prestigio ha emigrado lejos de su origen. Un Rey en octavo lugar entre los queridos es mucha tela y un Presidente encaramado en el quinto entre los odiados, más todavía. La pregunta es si un país puede agenciárselas con esa lamentable idea de sí mismo.

 

No coincido con los autores del sondeo, en todo caso, cuando interpretan sus resultados como consecuencias del “terremoto deportivo”. Porque lo que nos aflige como nación no es sólo la imposición de esos triunfadores en la imaginación colectiva sino el hecho evidente de que carecemos de candidatos valiosos en las demás áreas de la vida social, que esto es un erial en el que el éxito se reduce al ámbito competitivo y la fama al efecto perverso de la introyección televisiva. Nos hemos apicarado sin remedio y eso no es un accidente ocasional sino una patología profunda.

Crisis de la Justicia

Sabíamos que la Justicia vive una crisis aguda en Andalucía (y en España, por supuesto), en especial desde que la autonomía consiguió del Estado la transferencia de funciones. Lo que ignorábamos en que esa crisis fuera, como dicen los científicos sociales, estructural, ya que, según el nuevo presidente del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA)  “La Justicia está en crisis desde el XIX”. Hombre, según y cómo, depende de por donde quiera su Señoría mirar el fracaso de una función tradicionalmente criticada pero que, evidentemente, ha sido desbordada en la sociedad compleja. Una opinión tan equívoca no puede ser buena para nadie pero sí mala para muchos.

Más sobre Lepe

En plena romería popular, el PSOE de Lepe está extinguido o en trance de extinción ya que han sido suspendidos de militancia 132 de los 135 miembros de la agrupación local. Y ahora se invoca, entre ingenua y cínicamente, la mediación  de Mario Jiménez, como si el disparate de la suspensión pudiera no haber sido obra suya. El problema creado por el leninismo de partido es esta vez especialmente grave porque a las escasas posibilidades que el partido tenía de cara a las municipales se une hora el hecho de concurrir a ellas con una organización de la que lo único que quedan son las heridas abiertas. A un golpe como éste hay que remontarse mucho para encontrarle parangón. Ya veremos por dónde le sale a los autócratas esta aventura disparatada.

El paso cambiado

Más allá de la proscripción de los toros, que tanto me concierne, y de noticias confirmadas tan desconcertantes como que en los kioskos de las Ramblas barcelonesas se haya prohibido la venta de muñecas flamencas y torillos en miniatura a los turistas, sigue pareciéndome excepcionalmente grave la ofensiva contra la lengua española perpetrada día tras día por el gobierno de la región gracias, sobre todo, al onanismo mental con que el TC ha fecundado el tema en su temeraria sentencia. Un raro viento ideológico está combatiendo con fuerza las viejas torres idiomáticas –“el sonido de la vida” del que hablaba el poeta—que durante siglos han permitido entenderse a las gentes, al margen de sus orígenes y diferencias, según esa ley histórica que rige invisible, hegelianamente, los destinos del hombre sobre el planeta. Creo que ya se oye ese trueno en los países bolivarianos en los que la demagogia se propone aislar oralmente a sus pueblos sacándolos de la vasta cultura común para encerrarlos en el cuchitril de sus tradiciones fósiles, mientras andan forcejeando todavía, lo mismo sobre las ruinas del mundo balcánico que en las inconstitucionales veguerías del resentimiento secesionista, y al otro lado del mundo, el gigante del futuro, esa China emergente que tiene en un puño las finanzas americanas mientras con el otro pretende remachar la dependencia comercial europea, se ha propuesto imponer por las bravas el mandarín como única lengua oficial en un país con más de quinientas etnias y dialectos (otros dicen que dos mil), entre los que, sólo el cantonés, cuenta con cincuenta millones de hablantes. Unos disgregan y otros reúnen sus leguas respectivas como si la gente no tuviera el más genuino derecho a hablar, como decía Valdés en su momento, su “legua de leche”.

 

Ya pasarán, seguro, estos vendavales, lo que para nada supone que cuando amainen las soberbias, el daño perpetrado no resulte ya irreparable a muchos efectos. Porque lo de menos es lo de las flamencas y los toros –más pronto que tarde funcionarán para la previsible demanda sus redes contrabandistas, ya lo verán—si pensamos en el destrozo que habrá de causar sobre la propia vida esa forzada ruina idiomática. El fracaso del griego alejandrino y del latín imperial no produjo en el mundo antiguo más que escombros que tardarían siglos en permitir una costosísima y siempre precaria recuperación , pero el hombre incorregible repite hoy mismo el disparate desde un utopismo sin sentido. Las lenguas nacen libres y no pueden imponerse, ni en Cantón ni en Cataluña, más que por su libre uso. Lo que sí cabe es herirlas, incluso de muerte, atraillándolas con la arbitraria sintaxis de la ambición política.