Y ahora ¿qué?

No sabemos por donde tirará el proyecto de la Junta una vez descubierto que lo anunciado en el Parlamento era, digámoslo suavemente, sólo una parte de la verdad, y que la otra parte, la lesiva para medianos y más chicos, se ocultaba entre cifras y palabras con mano prestidigitadora. Lo de gravar a bancos y cajas quedará en nada, ya lo verán, tal como preveían los propios gravadores, pero está por ver la reacción de la gente de la calle a medida que se vaya enterando de la que se le avecina mientras se mantiene contra vienta y marea el gasto corriente. La verdad es que no tienen fuerza para otra cosa., Esta crisis es mucho troto para este novillero.

Los BIC de Huelva

Por regatearle, a Huelva se le regatean ya desde la Junta hasta las gratuitas y pródigas declaraciones de sus monumentos como “bienes de interés cultural”. Al monumento a Colón de la escultora Witney, ese logotipo de la capital, se empeñan en no concedérselo, como nunca se lo concedieron –a pesar de que, en tiempos, se adelantó mucho el proceso—a la singular ermita valverdeña del Santo, que atesora además obras artísticas importantes y se encuentra en ruinas tras los pasados temporales. Ya varios otros. ¡Ni agua a Huelva! He ahí una estrategia del partido en el poder que no se entiende como no sea por pura incompetencia.

La manga ancha

El proyecto del Gobierno de propiciar una amnistía fiscal que, a cambio de la impunidad de los evasores que torean a Haciendo a dos manos, pudiera conseguir el blanqueo (es decir, la recuperación) de los 50.000 millones sacados de matute a los paraísos fiscales o bancos extranjeros como respuesta al fracaso económico, es una demostración de incapacidad y reconocimiento de la propia incompetencia superior a cualquier otra de que haya memoria. Se repite la historia de la “amnistía” de comienzos de los años 90 y de nuevo el Poder se inclina ante el hecho consumado del poder de los ricos –y no vean en la palabra ni rastro de demagogia, por favor—a sabiendas de que si esa práctica mafiosa de la huida de capitales se “legaliza” por segunda vez, no sólo se habrá demostrado que en España lo menos rentable es declarar rectamente a Hacienda, sino que quedará probado el fracaso del Estado de Derecho. Lo que sí es verdad es que nadie podrá decir que estas blanduras le cogen por sorpresa, porque ya hace tiempo que desde la cúspide del Gobierno se repite que no se puede gravar a las grandes fortunas ni extremar el control de sus obligaciones fiscales por el riesgo que entraña ese tipo de medidas de estricta justicia de que los perjudicados –los más ricos, insistimos— levanten el vuelo y se lleven su dinero lejos del alcance de la corta mano del Estado que tan larga es, sin embrago, cuando se trata de alcanzar al pobre o al mediano. Ver al presidente del Gobierno dándole explicaciones a un grupo de magnates pertenecientes a un club privado en el que está la propia Reina, no era todo lo que nos quedaba que ver esta temporada atroz. Teníamos que asistir también al reconocimiento expreso de que el Dinero es superior al Poder, es decir, de que, en consecuencia, la organización política de la sociedad sólo es concebible si se ajusta al proyecto capitalista. Ni siquiera el hecho de que sean las clases medias las que sostengan aún la camelancia socialdemócrata reanima a un régimen tan duro con las espigas como blando con las espuelas.

 

Las democracias serias, en serio y sin miramientos se tomaron siempre la fiscalidad. Franco no gastaba declaraciones de la renta porque ni falta que le hacía, pero recuerden la suerte de Al Capone o miren a la señora Merkel imponer cargas a los bancos y a las nucleares. Cuando el Poder no puede imponer a los contribuyentes más que la rapiña a los modestos y el expolio de los débiles, la organización política, el Estado, se convierte en un gendarme injusto con catastróficos resultados para la justicia social. Este Gobierno está perdido por muchas razones. Ninguna tan miserable y cobardona como el pacto silencioso con los más ricos a costa de la inmensa mayoría.

Las patas cortas

No ha llegado muy lejos el camelo que le habían urdido sus escribas al presidente Griñán. En horas veinticuatro se ha descubierto que el demagógico anuncio de carga a los ricos era, en realidad, un palo ciego contra todos, pero muy especialmente contra las clases medias. Y encima ese rentoy carota del impuesto a bancos y cajas que resulta que se ha anunciado a sabiendas de que el Gobierno lo recurrirá, como si alguien pudiera tragarse que una medida semejante no se pacta antes con los jefes de Madrid. Lamentable balance el del debate. Chaves puede frotarse las manos celebrando aquello de “otro vendrá que bueno te hará”. Contra todo pronóstico, pero con toda la razón.

Los amos de la Caja

El estado mayor de Cajasol, que se prolonga fuera de la Caja al menos hasta Sevilla, se está pensando lo del indispensable crédito solicitado por Ayuntamiento de la capital para resolver financieramente el atasco en que se encuentra Aguas de Huelva, Emahsa, y, ya de paso, también la petición de Giahsa, es decir del PSOE, de otros 125 millones para librarse de una tal vez inminente suspensión de pagos. ¿De quién es la Caja de Ahorros? Griñán preguntaba en el debate de estos días que, si se quita a los políticos de las Cajas, a quién pone en su lugar. En vista de estas cosas, no es difícil contestarle que a cualquiera antes que a ellos.

Irse a tiempo

Coincide la noticia de la dimisión del presidente alemán, Horst Köhler, a la que ya se refirió finamente en esta páginas Luis Olivencia, con el “fuego amigo” de una encuesta próxima al Gobierno que evidencia la pérdida radical de confianza entre sus propios votantes que se ha agenciado nuestro teatral ZP. “¿Y no convocará elecciones este tío?”, me pregunta, supongo que a título retórico, un miembro antiguo y fiel del partido gobernante. Le digo eso tan recurrido de que nadie (salvo De Gaulle, quizá) convoca elecciones a sabiendas de que las perderá, pero eso no tranquiliza a mi personaje que es de los raros que creen todavía que hay perjuicios mucho mayores para la nación y para el propio partido que perder unos comicios. “¿Pero cómo se puede gobernar si seis o siete de tus propios votantes no van contigo ni a recoger duros?”, insiste el hombre. Le contesto que gobernar, lo que se dice gobernar, no lo sé, pero que aferrarse al macho y resistir numantinamente no parece ser muy difícil para la legión de paniaguados (y ZP entra en sus rangos) que no tienen dónde ir fuera de la oficina. Hay políticos, eso sí, como nuestro Köhler, incapaces de mantenerse en el pimpampum pudiendo librarse de esa humillación, pero son infinitamente más numerosos los dispuestos a soportar la befa pública antes de dimitir. Añado, ya en plan teórico, que el cargo es para muchos de estos advenedizos como una segunda naturaleza, algo que pertenece a la ontología y no a la ética, conque para qué hablar de la estética. A ZP no le queda más que la cuesta abajo, la degradación de la imagen pública y el daño público que implica su fracaso. Pero no se irá, por algo tan sencillo como que, habiéndolo tenido todo, ahora no tiene  a dónde ir.

 

Hay de que detenerse en ese sondeo “amigo”, ver en su cuenta pequeña la mancha invasora del desencanto, escuchar entre sus porcentajes el sordo rumor de la ira de quienes hace tiempo vieron venir la catástrofe y quienes han debido rendirse a la evidencia aplastados por la realidad. Pero hoy que tanto se reprocha al de enfrente el descrédito del país, hay que decir que ningún crédito será posible mientras permanezca ahí ese mascarón de proa que se va a llevar por delante no sólo la respetabilidad de la nación sino la misma entidad ideológica y práctica de la izquierda supérstite. Cuando se vaya, que todo ha de llegar, no sólo España sino la esperanza en la utopía estarán ya como un solar. Que es justamente lo que ha querido evitar el alemán de nuestra historia que tenía garantizado el cargo hasta el 2014. ZP no es Salmerón ni es Suárez. Cuando el cargo es la propia identidad, la dimisión no deja de ser un suicidio.