Vivir de los símbolos

El presidente de la Junta, José Antonio Griñán, le ha espetado al presidente del PP, Javier Arenas, que “puesto que usted es de derechas, defienda con arrogancia su ideología”. Pero enseguida, el coordinador general de IU, Diego Valderas, ha terciado en el pulso para reprocharle al propio Griñán su “política de derechas”. Así se gana el sueldo estos simbolistas, definitivamente de espaldas a una ciudadanía que hace mucho que sabe que no existe la menor diferencia entre los principios de las políticas de unos y otros desde que la llamada derecha fue ocupando posiciones tradicionales de su oponente mientras la sedicente izquierda se amilanaba bajo los escombros del Muro. ¿Es de izquierdas prolongar a 30 años el contrato en prácticas, lo es abolir el límite de la contratación eventual, como ha hecho el PSOE dejando que el PP se erija en defensor del contrato fijo? Van a tener que buscarse otro reclamo para seguir viviendo del cuento.

La verdad política

El debate político, incluso el congresual, depara a veces sorpresas dialécticas imprevisibles. La última ha sido escuchar al jefe de la oposición exigirle al presidente del Gobierno que diga la verdad –supongo que siquiera con minúscula—y a éste replicar que el Gobierno siempre la dice, por supuesto, aunque eso que dice pueda resultar incierto dada nuestra natural falibilidad. Por supuesto que los gobernados, ni en España ni en ninguna parte, creen a estas alturas en lo que dicen los políticos, hartos de pillarlos en renuncios y de comprender que –como sostuvo hace mucho me parece que fue Bernard Grasset–, puesto que en política importa más justificar que hacer, las palabras tienen en ella más importancia que las cosas. Hay quien ha llegado a decir que la ciencia del político no consiste tanto en la habilidad para contestar las preguntas incómodas sino en el arte de no dejar plantearlas al adversario impertinente, pero hay que reconocer que todo eso era más viable en una sociedad tradicional en la que la actividad política era prácticamente reservada, pues de ella no llegaba a los ciudadanos, y sólo con mucha dilación, más que un reflejo inevitablemente teñido por la intención del “medio”. Hoy día, cuando la tendencia imparable conduce a una política-espectáculo retransmitida al pueblo en tiempo real, la cosa tiene ya escaso sentido puesto que esa “mediación” es cada vez menor y el ciudadano-espectador se convierte en su propio intérprete. Escuchar en el Congreso esa exigencia de verdad debería ser, por eso, un escándalo que se atenúa apenas en la medida en que la inmensa mayoría de los receptores del mensaje anda convencida de antemano de que esa exigencia es mera retórica. El pintor Braque coloreaba ese cuadro por el revés restituyendo la obviedad de que la verdad existe y que lo único que se inventa es la mentira. ZP simplifica la cuestión diciendo que la verdad es lo que él dice por más que lo dicho pueda demostrarse falso. Elijan ustedes.

Es un escándalo que los políticos se acusen impunemente de mentirosos, y mayor si cabe el que supone admitir que en otros países (y suele citarse, con cierta ingenuidad, el ejemplo de los EEUU) la mentira sea causa fatal de ruina política para el mentiroso mientras que aquí es una especie de convención admitida que no merece mayor consideración que la que corresponde al desliz venial. Tierno llegó al extremo cínico de proclamar que los programas políticos estaban para no cumplirlos lo que consagraba el derecho al engaño al ciudadano. Muchos años después seguimos enredados en esa aporía que hace de la vida pública una timba o un mercadillo.

Vademecum trapacero

Si alguna vez, siendo alto cargo, pide usted un crédito a una Caja y no lo devuelve, no pierda el sueño porque no corre riesgo alguno. Si un día llega a presidir una Junta autónoma, nombra a su hermano director general y permite que éste enriquezca a otro hermano a base de sus propias subvenciones, no se preocupe porque no corre ningún riesgo. Si en el mismo supuesto, estampa su firma junto a la de su hija en el acta del consejo del gobiernillo que preside para millonear a la empresa apoderada por la muchacha, ídem de lo mismo. Confíe en la Justicia y recuerde, llegado alguno de esos casos, la lenidad de los ropones que han bendecido una y otra vez las peripecias de la familia Chaves. Dicen que la Justicia es ciega. De lo que nadie me va a convencer es de que también es sorda.

El fantasma nuclear

El accidente ocurrido antier en el cementerio nuclear de Marcoule, cerca de Niza, ha despertado todas las alarmas razonables y algunas que tal vez no lo son tanto. Me consta que nuestro propio Gobierno mantuvo las orejas tiesas durante toda la tensa jornada, no sólo por la proximidad relativa aquel lugar a nuestro territorio, sino ante la hipótesis de pudiera tratarse de un atentado terrorista. En todo caso, el debate antinuclear no ha tardado en reabrirse, potenciado por esa cercanía y anunciando una nueva ofensiva que, sin duda, contribuirá a diluir el notable consenso que andaba fraguándose en torno a un proyecto nuclear en el que el expresidente González no se cortaba un pelo a la hora de coincidir con sus antiguos adversarios. Lo primero que conviene decir es que lo que ha ocurrido en Marcoule nada tiene que ver con la central ubicada en las inmediaciones, como nada tuvo que ver en el desastre causado en Fukushima por un imprevisible tsunami que resultaría igualmente asolador si se abatiera sobre alguno de los miles de complejos industriales dispersos por todo el planeta. ¿Por qué reducir a la industria nuclear la leyenda del riesgo cuando todo ese entramado fabril supone riesgos equiparables en muchos casos? ¿Es que ya nadie recuerda lo que ocurrió en Seveso? Pues lo que hoy sabemos es que aquel desastre tuvo más de imaginario que de real y hasta es frecuente oír a los expertos utilizar el caso como ejemplo de que el riesgo implícito en el pánico supera con frecuencia el de la propia catástrofe, aunque, claro está, también sabemos hoy que lo ocurrido en Chernóbil fue mucho peor incluso que lo que dijeron los apocalípticos.
No hay duda de que cada día resulta más necesario cerrar la vieja discusión, a ser posible alejada de los maximalismos encontrados que, por un lado, venden la nuclearización como un progreso limpio, y por otro la denigran como un mal absoluto. Estas sociedades devoradoras insaciables de energía no resistirían mucho tiempo ni con los medios convencionales de producción, ni con esas “alternativas”, con toda evidencia demasiado crudas todavía que, no obstante, se postulan como si estuvieran ya en sazón y fuera cosa tan sólo de optar por ellas. El susto del lunes debería pesar a la hora de decidir una severa estrategia de discusión científica y una voluntad decidida de informar al pueblo con sinceridad. Porque si algo hay claro hoy por hoy es que ni deja de haber peligros en esos progresos ni los medios tradicionales pueden garantizar el imprescindible abastecimiento. La ecología no debería meterse nunca en política ni la política hacer de la ecología un mísero instrumento electoral.

Bromas democráticas

No seré yo quien saque a colación la imagen de la zorra en el gallinero con motivo del nombramiento del célebre e imputado empresario cordobés “Sandokán”, Rafael Gómez, como consejero de la misma Gerencia Municipal de Urbanismo a la que todavía adeuda casi 30 millones en concepto de sanciones urbanísticas. Ahora bien, parece claro que ni el Ayuntamiento debería consentir ese disparate ni el propio interesado aceptarlo pensando en la credibilidad del Consistorio. ¿Cómo pasar de sancionado máximo a garante de la legalidad? El Pleno de Córdoba acaba de resolver esa grave disyuntiva por las bravas y sin encomendarse a Dios ni al diablo. Son bromas que gasta la democracia, que caben dentro de ella, sobre todo cuando sus responsables no están muy seguros de tener bien sujeto el pantalón.

El pulgar asesino

No me siento tranquilo viendo a la santa infancia entretenerse en sus “nintendos” jugando a matar. No entiendo en nombre de qué libertad suicida pueden permitirse juegos que fomenten el instinto exterminador al que la imagen virtual le ofrece ahora posibilidades sin límite. Hay en este momento en el mercado juegos (¿infantiles?) consistentes en destruir enemigos imaginarios y hasta alguno especializado en atropellar brutalmente a ancianos sorprendidos sobre la ruta imaginaria, como los hay que ofrecen como competición el hundimiento de buques o el bombardeo de ciudades, la voladura de edificios o el ataque encarnizado a determinados candidatos electorales. El último de estos ingenios, “Tea party Zombies must die” (los zombis del Tea Party deben morir), al que cualquiera puede acceder con sólo teclear esa referencia en un buscador, expresa sin ambages desde el propio título un propósito criminal concretado en la oferta de diversos modos de asesinar a los líderes de la extrema derecha americana, desde Sarah Palin al exportavoz de la Casa Blanca Newt Gingrich pasando por Michelle Bachman, todo un alarde de agresividad consagrado a permitir al mono asesino la descarga virtual de su pulsión más ancestral: el exterminio del adversario. Arrellanado cómodamente en el sofá, el bárbaro puede enseñar ahora al niño, sin la menor dificultad, la lógica moral de la horda –pero la verdad es que en términos que hubieran hecho desvanecerse al propio Freud—al tiempo que él mismo tiene ocasión de dar rienda suelta a su brutal instinto maltratando, siquiera sea de manera imaginaria, al enemigo político: es gratis hoy en internet abofetear a Obama, por ejemplo, con sólo pulsar esa opción en el sitio “Slap Obama”. Es el otro terrorismo, el que se acoge a sagrado a la sombra de una libertad que se postula sin límites alentada por el escrúpulo supersticioso de ciertos popes de una democracia ultra siempre dispuesta a llamar hipócrita a quien la cuestione.

El taylorismo japonés hace años que ofrece a sus a abrumados currelantes el desahogo de machacar a trompazos la cara del jefe reproducida fielmente en un tentempié y parece que la experiencia ha demostrado de sobra su capacidad ansiolítica. No creo, a pesar de todo, que ofrecer al personal la opción de la violencia, aunque sea sublimatoria, como terapia de su malestar, sirva para otra cosa que para retrotraerlo a su estadio más primitivo. Por mi parte, confieso que he visto pocas imágenes tan inmorales e inquietantes como las que ofrece ese juego de aniquilar al antagonista o abofetear a un presidente sin más que apretar el vengativo pulgar.