Tiempos lúcidos

Durante precampañas y campañas electorales, a los candidatos se les encienden luminarias y abren perspectivas que les permiten ver lo que en otro tiempo jamás repararon. Ahí tienen a Rubalcaba entendiendo que no faltan buenas razones para meditar sobre una eventual reforma de los subsidios campesinos y afirmando que la Diputaciones no sólo son prescindibles sino que estorban gravemente con su enorme carga presupuestaria. Y ahí tienen a Arenas diciendo más o menos lo mismo aunque protestando que ello no supone sumarse a las tesis de aquel sobre el particular. Se ve mucho más claro mientras los ciudadanos observan y los votos están en el aire. Luego, ni que decir tiene, la visión vuelve a su ser o se adecua en función de los respectivos resultados.

Minorías sin derechos

Ha sido impresionante el reportaje de los sucesos ocurridos el domingo en El Cairo cuando una manifestación de cristianos coptos fue ametrallada por la policía. Veinticuatro muertos y doscientos heridos no son gran cosa, tal como va el planeta, pero la cosa no pinta bien si se atiende al hecho de que llueve sobre mojado, de que, por ejemplo, en Año Nuevo pasado otros veintitrés mártires –o como ustedes gusten llamarles– fueron fulminados en Alejandría dentro de la propia iglesia en que oraban, o también de que en mayo cayeran acribillados, otra vez en El Cairo, quince creyentes. ¿Cómo explicar esta creciente ofensiva contra el cristianismo en países en los que sus fieles son minorías políticamente insignificantes y desde los cuales se le exige a Occidente el respeto absoluto al derecho de sus minorías? Hace poco la ONU condenó  la decisión suiza de prohibir los minaretes y, sin embargo, nada han dicho las instancias internacionales ante las masacres de cristianos perpetradas en la India y Paquistán, en Nigeria, en Malasia, en Somalia, en Marruecos, en Argelia o en Irak. Un estremecedor y reciente libro del que ya hable aquí –“Le prix à payer”, el precio a pagar, del que es autor Joseph Fadelle—ha contado al mundo la historia de un iraquí converso al cristianismo sobre el que recayó una fatwa ejecutada en plena calle y sin contemplaciones por sus propios hermanos. ¿Qué puede explicar esta situación sino la intolerancia radical aportada por el auge del salafismo y, en el caso egipcio, de los Hermanos Musulmanes, dado que las minorías cristianas en esas latitudes jamás han supuesto, ni remotamente, una fuerza social capaz de competir con la aplastante mayoría islámica? Un ministro egipcio, el de Salud, ha dicho ante los sucesos del domingo que semejantes ocurrencias llevan al país “hacia atrás en lugar de hacia delante” y hace imposible “la construcción de un Estado moderno sobre bases democráticas”. Lo que no sé es que habrá hecho su Gobierno.

 

Empieza a ser grotesca la estrategia islamista de exigir al Occidente cristiano respeto e incluso facilidades para su fe y sus cultos, mientras en sus países, no sólo se castiga con la pena capital la conversión (hay en este momento algún reo de ese “delito” en capilla), sino que se toleran severas persecuciones de unas minorías cristianas que no tendrían ni la más mínima posibilidad de influir en ningún sentido en sus ámbitos vitales. Es verdad que me extraña, sobre todo, el relativo silencio vaticano, tan diplomático, pero más me choca, si cabe, el doble rasero de nuestras pánfilas democracias ante algo que hace tiempo ha dejado de ser una amenaza para constituir un  auténtico atentado.

Orgía millonaria

Lo asombroso de esta corrupción galopante no es sólo su generalización sino su intensidad, el baile de millones, la orgía que, como se está demostrando, ha vivido y sigue viviendo en este país un amplio sector de la clase política. No es extraño que los mindundis con vara hayan arramblado con las migajas (¡también millonarias, por lo demás!) que caían al suelo desde la mesa del gran festín, pero, insisto, lo que corta la respiración son las cifras millonarias mangadas en Valencia o en Marbella, en Lugo o en Cazalla, en Estepona, en El Pedroso, en Valverde o en Villamartín, es decir, por todas partes. ¡Y ni un mangante ha devuelto un euro, que se sepa, como no sea que se lo hayan pillado en la fraltriquera! Somos víctimas de una crisis global, por supuesto, pero está por determinar cuánto debe esa crisis al agujero político.

Vuelve Truman

Tras un largo periodo de penumbra en el que la figura del presidente Truman acabó encogida por la griseidad de su figura y el tremendo impacto emocional que supusieron Hiroshima y Nagasaki, tengo la impresión de que nos llega desde los propios Estados Unidos una campaña de represtigio de aquel mandatario “por accidente”. Se evoca en ella la personalidad íntima del líder, su conocida austeridad y la constancia de sus principios éticos, y suelen citarse para ilustrar tales aspectos diversas anécdotas que para mí, mirando hoy a nuestro alrededor, son algo más que tales. Para empezar el hecho cierto de que, al terminar su mandato, tenía exactamente el mismo patrimonio que cuando llegó al poder: una casa que su mujer había heredado en Missouri. Luego el hecho –que hoy también resultaría fascinante—de que tuvo que ser el mismo Congreso el que, enterado de su modesta situación (no percibía más que una pensión de mil dólares al mes) y de que ¡debía pagar de su bolsillo el franqueo! de las numerosas cartas que diariamente enviaba– decidiera dignificarla concediéndole otra retroactiva, aparte de la famosa leyenda de que, tras intercambiar poderes con Eisenhower, renunció a todo protocolo y se fue de vuelta a casa conduciendo su propio vehículo y sin escolta alguna. Y sobre todo, su decidida renuncia a aceptar cargos de influencia, que le fueron ofrecidos a granel, como es natural, con el nobilísimo argumento de que lo que buscaban los oferentes no era sino su “figura pública” y que ésta –nada menos que la de todo un Presidente—no le pertenecía a él sino al pueblo americano. Una divulgada anécdota de Truman, ahora reproducida por sus vindicadores, cuenta que contestó a una entrevistadora que, convencida tal vez por su mediocridad aparente, quería indagar cuál había sido su auténtica vocación: “Si le digo la verdad, he tenido dos vocaciones desde siempre: ser pianista en una casa de putas y ser político. Y debo decirle que no encuentro gran diferencia entre una y otra”. ¡Sabría él de qué hablaba!

Harry Truman fue el presidente que logró la menor adhesión popular en su país. Había ganado la guerra con dos inhumanos bombazos, creado la ONU y la OTAN, inventado la Guerra Fría, reconstruido Europa con el Plan Marshall y salvado a Berlín con el famoso “puente aéreo” aparte de empatar la guerra de Corea, sobrevivió a un intento de magnicidio y se dice que durmió como un lirón la noche en que frieron a los esposos Rosenberg. Una guía me mostró en Potsdam, en el palacio de Cecilienhof, la pluma con que se había negado a firmar porque antes la usara Stalin. No me lo creí ni loco, pero comprenderán que por unas monedas tampoco era cosa de discutir.

El pimpampum andaluz

Nos toman por el pito del sereno no se puede decirse, la verdad, que la autonomía haya supuesto una defensa práctica para romper ese antiguo ultraje. El presidente catalán dijo hace poco que a los escolares andaluces “no se les entendía” cuando hablaban su lengua, es decir, el español o castellano y ahora ese trujimán que ha hecho de sus pactos de estabilidad el negocio más redondo, Durán y Lleida, insulta a los jornaleros andaluces a los que él ve, como en un fotograma demagógico, engolfados en la taberna a costa de la “aportación” de los catalanes. ¡Para que hablen luego de “campaña anticatalana! Y mientras, y aparte del paripé parlamentario, la Junta sin mover un músculo y su Presidente más callado que en misa. Andalucía se ha convertido en el pimpampún que sirve a los logreros del negocio autonómico para afinar la puntería ante la humillación voluntaria de sus inútiles representantes.

Pasado y presente

Hacemos un alto académico en Itálica –mustio collado bajo el sol de otoño y el viento del norte–, como arrastrados por la vehemencia de Enriqueta Vila, la directora de la Real Sevillana de Buenas Letras, para atender absortos a la caudalosa sabiduría de Pilar León-Castro y a la voz de los poetas de la Academia vinculados a la ruina adrianea, Jacobo Cortines, Aquilino Duque y Joaquín Caro. ¡Qué cerca y qué lejos nos queda el pasado! ¡Y qué poco sabemos (y cuánto, algunos) de su imprescindible memoria! Discurrimos bajo los cipreses viendo junto a los mirtos las penúltimas rosas y quejándonos algunos, desde la nostalgia, de este presente tenso y, sobre todo, del futuro previsiblemente imperfecto de esos saberes clásicos. ¿Volveremos a tener alguna vez una pléyade de maestros como los D’Ors, los Adrados, los Gil (Luis y Juan), los Fernández-Galiano, los Blanco, los Lasso de la Vega, los Mariner, los García Gual, los García Calvo…? Le he dicho a mi amiga Teresa Vila, gran homerista, que a ver por qué no, quizá porque ando embalado desde hace poco con la colosal edición crítica de la “Eneida” que han elaborado, durante veinte años largos, unos novísimos que vienen empujando –en este caso conducidos por otro incansable, Ramírez de Verger–, pero la verdad es que no las tengo todas conmigo, tan grande fue y es todavía, por fortuna, aquella cohorte irrepetible. O no tanto. Porque poco se sabe, pero por ahí anda, dejándose las pestañas sobre los viejos textos, una legión de azacanes que cualquiera puede conocer sólo con asomarse a los catálogos actuales de Gredos, de Alma Mater, de Akal o de Alianza, entre otras empeñadas en ese milagro que no deja de ser editar con tinta nueva a tanto olvidado. A todos cuantos han estudiado en España “lenguas muertas” –y repárese en el concepto—los han tratado de desconcertar nuestros sanchos con la consabida pregunta de que “para qué sirve eso”. Los airones alivian el recalmón esta mañana aunque no tanto como los versos viejos y nuevos paladeados junto a la alegoría del mosaico o el enigma de su laberinto.

Dwight McDonnald decía que la spengleriana “decadencia de Occidente” no habrían de provocarla ni las revoluciones ni las crisis ni siquiera las guerras sino la “mass cult”, ese engendro de mil caras que se multiplican, como en un juego de espejos, en la galería de esta perra modernidad. Lo recuerdo esta mañana mientras Pilar conjura diestramente la sombra de Adriano y los manes de aquellos patricios que labraron villas y termas, que aparejaron el hormigón con la sillería, que acarrearon el mármol, ay, ya del todo perdido. Se agradece el viento del norte, ya digo. La esperanza es lo último que se pierde.