Triunfalismo asustaviejas

Hay que oír al insultador oficial del PSOE, Mario Jiménez, ése que habla de “pernil” de Arenas, vaticinar el triunfo de su partido en los Ayuntamientos más seguros del PP –¡incluido Lepe donde, en este momento, el PSOE sólo tiene 3 militantes!”—en función de la “pésima” gestión de sus alcaldes. Pintar como querer, la más absoluta falta de respeto a la opinión pública, el estilo, en suma, que está convirtiendo el griñanismo que se esperaba más educado y respetuoso, en una grosera máquina de propaganda sin sentido. El PSOE lo tiene crudo en las próximas municipales, parece claro. Con gentecilla como Jiménez no tiene nada de raro.

La sombra de la gente

El único tripulante vivo del avión que, hace 65 años, destruyó Hiroshima y Nagasaki ha declarado impertérrito que volvería a bombardearlas si se dieran las mismas circunstancias y de sus palabras me ha llamado la atención el testimonio de que sobre las ruinosas paredes de Nagasaki podía distinguirse “la sombra de la gente reducida a cenizas”. De mi infancia conservo yo también ese recuerdo – insistente leitmotiv que permaneció años en la prensa–, plasmado en la imagen de unas fantasmales bancas de escuela sobre cuyos adivinados pupitres podía distinguirse, en efecto, una especie de proyección de los cuerpos de las víctimas con cuyo ejemplo trataban de edificarnos en medio de aquel clima de difuso terror. Ningún espanto tan desconcertante en mi vida como el provocado por aquellas imágenes sobre las que dirimían un tremendo debate tirios y troyanos, alegando unos la superfluidad de tan espantoso holocausto, y los otros la lógica bélica que enfatizaba el ahorro de vidas que había supuesto la imprevista rendición de Japón. Aunque muy pronto he dicho ningún espanto, porque la verdad es que mi generación vivió durante más de un decenio bajo el espectro de un desarrollo armamentístico que pronto dio de sí la llamada “bomba H” y otros ingenios sucesivos a cada uno de los cuales la propaganda atribuía exponenciales aumentos de su capacidad destructiva. La gente de la Guerra Fría vivió sumergida en aquel escabeche que confería al miedo el inconfundible sabor de la incertidumbre, al menos hasta que, ya mayorcitos, Bertrand Rusell nos explicó que no había mejor garantía contra la guerra nuclear que la competencia imposible entre los dos gigantes: las armas resultaban ser el único disuasor. Pero nosotros, los niños de la postguerra, seguíamos viendo las sombras de la gente sobre pupitres y paredes, ignorantes todavía de que, por años que pasaran, la paz nunca lograría zafarse de la tragedia.

 

Estoy viendo aún aquellas estampas, escucho todavía los amedrentadores comentarios, las opiniones de los adultos cazadas al vuelo por el niño aterrado, el resplandor “como de mil soles” que derribó Hiroshima, los huracanes que decían los periódicos que habían arrasado el país abrasándolo con su lluvia radiactiva, los cuerpos aniquilados, las lágrimas perdidas, las porfías sobre el “ahorro” de vidas que, a pesar de todo, habría supuesto la doble masacre, las populares gafas de Truman, la leyenda del piloto edípico que se metió monje acosado por su conciencia. ¿Podrá escarmentar la Humanidad o esa hazaña no cuadra con su naturaleza? Oigo hablar al superviviente y crecen mis dudas. Es una tragedia que sólo el miedo mutuo pueda funcionar como garantía de paz.

El tiempo aliado

No hay mejor aliado político que el tiempo. Se deja transcurrir y no hay problema, por urgente que sea, que no acabe diluyéndose hasta desaparecer. Miren cómo la Junta, que tanto ha explotado ese recurso, ha liquidado el problema laboral del cierre de Delphi a base de dinero despilfarrado y promesas incumplidas, como ha toreado a las víctimas de inundaciones o incendios (las del Guadalete o el de Riotinto, por ejemplo) sin cumplir las apresuradas promesas del primer momento, cómo la logrado aburrir a los mineros en extinción y a tantos otros colectivos. Se trata de prolongar la espera. El tiempo barre siempre para dentro en casa del Poder.

Huelva, castigada

Ya no es posible mantener oculto que el Gobierno y sus Administraciones regatean a Huelva capital cualquier beneficio, incluyendo los solemnemente comprometidos. Ahí están –por poner un caso– los atascos de verano, cada año más peligrosos y disuasorios, que dañan a los ciudadanos y perjudican al turismo, sin que el Gobierno –como acaba de demostrarse en la visita del director general de Tráfico—tenga la menor intención de intentar siquiera solucionarlos. ¿Los puentes sobre el Odiel? Nunca más se supo ni se sabrá mientras Pedro Rodríguez conserve la alcaldía. El PSOE fracasado en Huelva castiga a su adversario imbatido lastimando a los ciudadanos.

Bolos papales

Una extraña ocurrencia temo que acabe haciendo célebre el próximo viaje del Papa a Gran Bretaña: la de cobrar la entrada a sus “actuaciones”. Por supuesto, la polémica está servida, por más que cueste comprender la razón que pueda tener el papado para consentir que un viaje apostólico se plantee como una simple gira y que la presencia del pontífice se equipare a las actuaciones de famosos en cualquier otro espectáculo. Asistir a la misa que ha de celebrarse en Birmingham –en la que tendrá lugar la beatificación del cardenal Newman– costará a los fieles asistentes nada menos que 30 euros del ala, seis más que los que habrá de pagar un feligrés de Glasgow, con la ventaja para este último de que podrá escuchar durante el acto a la cantante Susan Boyle y de que, junto con la entrada, se le entregará un “cedé” conmemorativo de esta pingüe visita. El culmen estará, en todo caso, en la gran concentración prevista en Hyde Park en la que 130.000 personas deberán apoquinar 12 euros por barba, un chollo si se considera que, encima, la velada estará amenizada por el famoso trío The Priest que actuarán en concierto. Total, un cuestionado presupuesto que supera los 27 millones de euros que tratará de recuperarse con los taquillajes de estos bolos papales que son, desde luego, lo nunca visto. Eso sí, aquellos católicos que no puedan permitirse el lujo de asistir a los espectáculos del Pontífice, siempre tendrán la posibilidad de adquirir en Internet una cuidada gama de recuerdos tales como velas benditas a 3’6 euros, camiseta con la efigie papal al precio de 22, rosarios a 18 y hasta tazas cafeteras por sólo 12. No me cabe duda de que el ceporro a quien se le haya ocurrido la idea de esta tournée le ha hecho un flaco favor a la futura crónica de Benedicto XVI.

 

No hace falta ser Newman –aquel espíritu excepcional que decía anteponer su conciencia a la disciplina—para entender que semejante comercialización del apostolado no tiene por donde cogerse, incluso sin recurrir a las comparaciones evangélicas o rememorar los viajes de Pablo, aparte de que es más que probable que el acontecimiento no favorezca en nada a la exigua minoría católica de aquel país. Vender entradas para asistir a una misa no sé si será delito de simonía o no, pero desde luego no puede explicarse de ninguna manera y menos, por descontado, igualar al papa con las figuras de un artisteo que, encima, siempre lo aventajará en sus astronómicas cotizaciones. Llevan razón quienes dicen que los jerarcas eclesiásticos tienen ideas que no se le ocurrirían ni a sus peores enemigos. Abrir una taquilla para ver al papa es una de ellas.

Nada por aquí…

…Nada por allá. ¿Pueden ustedes creer que un tribunal almeriense haya tenido que ordenar al Ayuntamiento de Cuevas de Almanzora que indague hasta averiguar qué fue de una finca de 25 hectáreas adquirida en plena República y destinada a un aeropuerto jamás construido, y de la que nadie sabe dar razón? Pues créanlo porque es verdad, lo que quiere decir que eso de que “en España se puede robar un monte aunque no se pueda robar un  pan” no es una ocurrencia de Valle-Inclán sino un supuesto realísimo que en este momento trata de aclarar la Justicia. ¿Cómo se puede perder una finca, quién tiene poder y peso para semejante mangazo, qué clase de control llevan nuestras administraciones locales sobre sus bienes? A Cuevas no le hace falta un  alcalde sino un prestidigitador.