Lección del pasado

Sir John Elliott, acaso el hispanista de más subidos quilates de nuestro tiempo, estuvo el otro día en la Real Academia de Buenas Letras sevillana recibiendo su medalla de Académico de Honor. Cincuenta años de profesión lo acreditan como un historiador clave en la moderna historiografía española que incluye, entre otras muchas aportaciones y aparte del soberbio ensayo sobre el Conde-Duque, su contribución colectiva al conocimiento del mundo de los validos , el, a mi juicio, actualísimo estudio de la crisis atroz sufrida por la España de Felipe IV entre cuyas ruinas se edificó, contra viento y marea, el famoso “Palacio para el Rey” –el madrileño del Buen Retiro– y, por supuesto, aquella definitiva desmitificación de la revolución catalana de 1640 a la que Elliott rescató del limbo mítico para situarla adecuadamente en la compleja circunstancia internacional y española. Pronto tendremos disponible un nuevo libro –“History in the Making” que, en español, se titulará “Los mimbres de la Historia”–  en el que Elliott recoge su trayectoria completa, el origen de su interés por lo hispánico, su temprano hallazgo del mitologema nacional y del nacionalista que han sido y siguen siendo un pesadísimo fardo para el entendimiento de nuestro pasado, todo ello desde su renuncia a ciertas orientaciones hodiernas y atento siempre a la historia comparada. El viejo investigador hace balance y quiere aclarar ahora, sobreponiéndolas, las imágenes, tan distintas, de los imperios español y británico, encajándolas en el mosaico de la historia atlántica con todas sus complicaciones pero también con sus claras perspectivas, y por descontado, negándose en todo momento a esa simplificación pseudohermenéutica que implica la teoría del excepcionalismo y de demás trucos ontologistas. Elliott ha escuchado con atención el discurso del ponente de turno, Antonio Collantes de Terán, y nos ha dado luego una deslumbrante visión de su trabajo. Sin darle la menor importancia, con esa elegancia británica un punto fría pero que aún hace más venerable su íntegra figura.


¿Por qué tendrán que hacernos buena parte de nuestra Historia los investigadores extranjeros, qué embrujo ha sido capaz de reunir a personajes tan diversos como el propio Elliott, con los Braudel, los Sarrailh, los Pierre Vilar, los Lynch, los Parker, los Brandi, los Bataillon,  los Kamen o los Joseph Pérez, en cuyo juego de espejos hemos ido descifrando nuestra difuminada sombra los españoles de mi generación? España no es diferente pero sí atractiva, incluso fascinadora. Oigo hablar a Elliott con su español sabio y sobrio, y me convenzo definitivamente de esa venturosa circunstancia.

Gallo sin cabeza

No sé por qué tanta queja entre nosotros ante la provisionalidad gubernamental en que nos encontramos. Se dice que hay un techo excesivo entre la elección del nuevo Presidente y su investidura, y no hay más que escuchar a la ministra de Economía Elena Salgado dar explicaciones y ofrecer a Bruselas… en nombre de Rajoy. Ahí tienen a Bélgica, que antier mismo alcanzaba un acuerdo para poner fin a una interinidad gubernamental que ha durado 535 días entre el tira y afloja de flamencos y valones, sin que durante tan largo periodo los ciudadanos hayan notado gran cosa el vacío, lo que, como comprenderán, supone una notable avería del sistema democrático. ¿Se puede gobernar un país con un Gobierno en funciones? ¡Pues vaya si se puede! En esta democracia averiada y tan sensible, lo mismo puede decirse ya que la elección no es imprescindible para que un país funcione, que constatar que un toque de atención de cualquier agencia de calificación de riesgo, como el que Standard and Poor’s acaba de darle a ese pequeño país a propósito de su deuda, surte el mismo efecto, sólo que más rápido, que las urnas más expeditivas. Ya ven: un año y medio mal contado de rifirrafes y administración de trámite se da por liquidado ante una nota financiera. ¿Quién gobierna este mundo, pues, los elegidos por los ciudadanos libres o los cuchitriles financieros que hacen de oráculo en esta democracia global a pesar de haber fracasado clamorosamente en su predicción de la catástrofe de la crisis? El caso de Bélgica nos demuestra que ni el odio cerval de las dos comunidades enfrentadas, ni el deterioro de la convivencia que ha supuesto tan prolongada hostilidad, han supuesto gran cosa tras el aviso lanzado por la agencia citada, que ha hecho el milagro de poner de acuerdo a socialistas, democristianos y liberales tanto francófonos como flamencos y encargar la normalización del Gobierno –no sin cierta discusión algo subida de tono, por cierto—a uno de los escasos Presidentes abiertamente homosexuales del planeta.

A lo peor resulta tarde cuando los que mandan o creen mandar se planteen cuál es su papel (es decir, el del pueblo) y cuál el que realmente juegan en nuestra democracias esos misteriosos entes sin rostro a los que incluso se les indulta tras sus fracasos más espectaculares. Porque lo que en Bélgica acaba de demostrarse es que una sociedad puede sobrevivir prescindiendo nada menos que de su cabeza democrática pero sin perder el rumbo y desnortarse como el gallo decapitado. Un Gobierno en funciones no es ninguna tragedia, por lo visto. Me temo que los politólogos –ay, Pierre Bourdieu—tendrán que replantear muchas cosas en este cuasitrágico inicio del Milenio.

El paso cambiado

¿Recuerdan el chascarrillo de la madre del guripa que desfilaba con el paso cambiado? A mí se me viene a la cabeza cada vez que oigo despejar balones desde el entorno de Chaves achacándole a la insidia mediática los sucesivos escándalos provocados por los privilegios de sus hermanos, de su hija, de su hijo o de su sobrino. ¿Vamos a estar todos equivocados menos ellos? ¿Y no se habrá detenido Chaves a pensar siquiera en la posibilidad de que, en efecto, esa parentela suya se haya beneficiado de modo espectacular bajo su sombra protectora? Chaves se ha convertido, de modo definitivo, en el símbolo de este disparate de guante blanco que llamamos autonomía andaluza.

Noticias de Grecia

A medida que vamos conociendo la realidad del país griego vamos comprendiendo también que lo asombroso no es tanto ese disparate nacional sino el hecho de que la banca internacional, y concretamente la alemana y la francesa, haya estado financiando a un cliente semejante. Se cuentan cosas tremendas de la realidad griega ahora descubierta pero hasta antier tapada y bien tapada igual por sus responsables que por los extraños cómplices que han hecho posible ese milagro al revés. Por ejemplo, a propósito de la evasión fiscal generalizada –un verdadero “deporte nacional”, ha dicho algún periódico—que se calcula no menor de 45.000 millones de euros, de los que 37.000 pertenecerían a 15.000 contribuyentes que el Gobierno dice ahora tener localizados. Es famoso el lujo del Metro ateniense, un servicio suntuario, equipado con televisión para entretener a los viajeros (los cinco millones de habitantes con que cuenta la capital) en régimen gratuito. O el peculiar sistema de pensiones que ampara a 600 profesiones consideradas de riesgo (¡pasteleros, radiofonistas, empleados de peluquería o baños turcos!) que permiten jubilarse a los cincuenta años, por no hablar del procedimiento del todo arbitrario con que cada ciudadano liquida sus impuestos sin más control que una inspección simbólica, lo que ha permitido al propio Gobierno afirmar que 542 titulares de importantes fortunas se declaran mileuristas, lo cual no deja de ser una broma si se considera que los famosos armadores y banqueros griegos –desde los Onassis a los Niarkos pasando por los Latsis– están exentos de impuestos por una ley de 1967 y de lo dispuesto en la propia Constitución. ¿Y qué ocurre, que los prestamistas europeos que ahora nos exigen ahora a todos con tanta vehemencia el reintegro de sus dineros desconocían este secreto a voces o ignoraban que los depósitos fugados a la banca suiza equivalen al total de la deuda de la nación?

En su día habrá que buscar en serio a los culpables reales de esta crisis, a esos temerarios infladores de burbujas que ahora sabemos que contaban con el “seguro” del respaldo internacional y fomentaron la orgía bajo el cielo protector de la “new age”. ¿Cómo es posible que una situación como la vivida en Grecia no disuadiera a los responsables de esa financiación suicida? Los españoles sabemos bastante de ese negocio que durante años fue fomentado por los mismos que ahora claman frente a su azote. Lo que ignoramos, de momento, en cuál es la distancia real que nos separa de Grecia. Igual descubrimos cualquier día que aquí tampoco se declaran las piscinas que compramos cuando nos prestaban dinero para pagarlas.

Listo para sentencia

Sea cual fuere la pena que el Tribunal imponga a los asesinos de Marta del Castillo y a sus cómplices, hay algo que el pueblo llano, que no entiende de leyes pero conserva intacto su sentido común, se pregunta clamorosamente: ¿cómo es posible que a quienes, en una calculada estrategia procesal, ocultan el cuerpo del delito no se les retenga entre rejas hasta que declaren su escondite? Pocas burlas ha soportado la Justicia como ésta a que lo han sometido unos mequetrefes a socaire de las garantías democráticas. Cabe imaginar la impunidad que estará al alcance de los delincuentes conspicuos si una pandilla de friquis se va de rositas de esta manera a pesar de tanta evidencia.

Sociedad desigual

Un colega con el que no tuve el gusto de coincidir en la Complutense, Rafael Díaz-Salazar, acaba de publicar un libro de cuya lectura se sale, sin es que se sale, perplejo y no poco desconcertado, quizá ante la evidencia de que la crítica más verdadera resultará tan estupenda como insuficiente en tanto no se vislumbre una rendija siquiera en el murallón neoliberal. Puedo suscribir en ese libro, por ejemplo, entre otras muchas, la idea de que estos trajines por recuperarnos del desastre a base de ajuste y crecimiento conducen por derecho a un paraíso neofeudal en el que el precio del trabajo será reducido al límite mientras el beneficio del capital aumenta exponencialmente, pero noto cierta inquietud cuando, como alternativa, se nos propone, lisa y llanamente, liquidar el “modo de producción” del capitalismo, y pongo esas comillas con intención preferente para los mayores de la tribu. Porque ¿cómo se hace eso, querido prof, si hasta en la China comunista va hoy que se mata la locomotora manchesteriana, por no hablar del milagro brasilero del camarada Lula? Lean este libro estremecedor para enterarse, si es que no lo sabían, de que la pobreza avanza en el planeta a calzón quitado (en medio centenar de países ha aumentado desde los años 90), de que 37 millones de personas, es decir, un escandaloso 1 por de la población mundial, posee el 40 por ciento de todos los activos mientras que la mitad de esa población ha de contentarse con el 1 por ciento de los bienes de este mundo. ¿Por qué se están enriqueciendo de modo espectacular muchas empresas en medio de la crisis, cómo va a  funcionar un sistema con transparencia mientras en los paraísos fiscales se atesoran celosamente nada menos que 11’5 billones de dólares? ¿Ayudar ciegas al Tercer Mundo sabiendo que, sólo en 2004 las oligarquías  africanas rapiñaron más de 600.000 millones de dólares, o mantener la parodia de un comercio justo que, con sus subvenciones a los países ricos, arruina cada vez más a los pobres? Nuestro autor reclama, como quien no quiere la cosa, un “programa integral de justicia global”, una disminución del gasto militar, un sistema fiscal también universal capaz de redistribuir la inimaginable riqueza disponible y, ya de paso, un modelo económico diferente del actual “maldesarrrollo” que él describe conceptualmente como un “ecosocialismo anticapitalista”. Vuelvo conmovido y algo desalentado, por qué no decirlo, de este nuevo viaje al país de Utopía que me ha servido, en todo caso, para comprobar que sus murallas siguen enhiestas aunque el paisaje ande manga por hombro. La esperanza es lo último que se pierde, pero nadie ha dicho que baste con ella.