Final de partida

Nos llega la noticia de la liquidación de Gadafi y con ella el obituario, sin duda no improvisado, de muchos medios. El hijo del pastor, el desertor universitario, el cadete militar, el golpista precoz que destronó a su rey, el tirano que se impuso a sangre y fuego, el líder visionarios que modeló un país a su imagen y semejanza, el estrafalario personaje que mandó destruir en vuelo a un avión civil para purgar su delito, andando el tiempo, con el pago de una indemnización millonaria, el enemigo bombardeado por Reagan, el personaje extravagante que viajaba con su jaima y su camella lechera protegido por una milicia de amazonas vírgenes. Un sátrapa de tomo y lomo, sin duda, que no se entendería, sin embargo, por sí solo, sino valorando el papelón que los occidentales jugaron en su fama, puesto que Gadafi no sólo fue todo eso, que lo fue, sino también el mecenas que financió con sus petrodólares –y ya era un tirano cuando financiaba, ojo– a más de un partido democrático occidental y, ya muy al final, el valladar, más o menos imaginario, frente al fantasma islamista. Así se escribe la Historia y, por supuesto, así se escribe la leyenda, así se legitiman los prestigios y así se echan luego abajo, el día menos pensado, porque hay que recordar que tres cuartos de los mismo ocurrió con Sadan Husein, con Hosni  Mubarak o con Ben Alí, amigos primero y finalmente otro cosa bien distinta. ¡Las relaciones internacionales! Don Antonio Truyol nos enseñaba hace la tira que esas relaciones no son sino la traducción de la fuerza múltiple al esperanto de la convención de los fuertes, y que así fue en todas las épocas, desde que Alejandro ensayó el primer “imperialismo complaciente”. Creo recordar que ésta era una teoría der Georg Swarzenberger pero también que Truyol, que era persona bien ponderada, la ofrecía como propia. No seré yo quien se la discuta a tan graves maestros.

 

Y ahora a esperar. A esperar a ver qué sucede en la nueva Libia, al parecer en manos de unas milicias que, apoyadas por las democracias libertadoras, seguramente con sus buenas razones, se han hecho cargo de un país poderoso tanto desde la perspectiva estratégica como desde la financiera. ¿Y si tras la tiranía tragicómica de Gadafi se dejara caer un régimen de orientación radical, pongamos proclive a la teocracia latente bajo la marsellesa de las primaveras árabes? Tiempo  habrá para responder a esa pregunta, en este momento tan incómoda como tal vez impropia, una vez que contemplemos el último acto de la tragedia y caiga sobre la escena la tela del telón. Los telediarios cambian mucho, como ustedes saben. Tanto que puede que hasta percibamos en ellos alguna vez la nostalgia del monstruo.

La peor estafa

Desde Huelva hasta Almería, nada menos que 17 provincias, ha desmantelado la autoridad montajes más o menos sofisticados para estafar al desdichado más extremo: el inmigrante sin papeles. Un negocio que no es nuevo y que, en ocasiones, se ha producido en las mismas narices de esa autoridad, una maldad incomparable tal vez que debería ser castigada con una severidad ejemplar y más un país que tanto sabe de emigraciones y tanto debe a la inmigración. Nadie tan indefenso como esos parias y por eso mismo tan expuesto a la rapacidad canallesca de una delincuencia que tampoco debe de ser tan difícil de detectar en esos pueblos y en esos tajos tan pequeños. Con todo lo que estamos viendo en esta sociedad enloquecida, estafar a un hombre pobre que busca un trabajo para vivir, no queda muy lejos de lo peor.

Maldita Herencia

La heredera de L’Oréal, esa millonaria francesa de 88 años que mantiene en vilo a la opinión desde hace demasiado tiempo, ha sido puesta bajo tutela de la hija que defiende con uñas y dientes su derecho a la herencia mientras le niega a su madre el de disponer de su fortuna. La tutelada había prometido largarse al extranjero y declarar la “guerra nuclear” a su hija en el caso de producirse esta decisión judicial, pero todo indica que, finalmente, habrá de aceptarla y limitarse a contemplar la gestión que su yerno haga de sus capitales, así de limitadas son las capacidades del anciano sin ley y con ella. Se acabó, pues, la sugestiva novela de la anciana millonaria que hacía de su capa un sayo del bracete de un fotógrafo mucho más joven y beneficiario ya de espléndidos regalos, como si el derecho de propiedad tuviera edad y, en consecuencia, fuera limitable por los mismos expectantes herederos que defienden tan rotundamente el derecho propio. Mala cosa, el derecho de herencia. ¿A que conocen ustedes de cerca multitud de casos en que ese derecho ha roto sin remedio familias siempre unidas? Frente a un Marx que no veía preciso eliminar la herencia confiando en que la abolición de la propiedad privada la convirtiera algún día en fruta madura, Bakunin hizo vibrar a la Primera Internacional con el argumento de que ese derecho sustituía la desigualdad natural entre los individuos por la desigualdad artificial de clase, algo que Babeuf había entrevisto ya antes de que le cortaran la cabeza y que seguiría haciendo ruido durante decenios, como es natural, sin grandes resultados. En España acabamos de vivir un astracán similar resuelto, ciertamente, con mayor habilidad por la vieja dama protagonista, pero recurriendo también, ay, a la componenda que implica la renuncia a su derecho genuino. Sé que hay que defender a los hijos frentes a la eventual prodigalidad de los padres pero, díganme, ¿y quién defiende a los padres de la rapacidad tantas veces clamorosa de los hijos?

Dicen que Lilliane Bettencourt padece una “demencia mixta” y un Alzheimer “moderadamente severo”, pero yo lo que creo es que tiene demasiada pasta y excesivas ganas de vivir, dos inquietantes capacidades vistas a ojo de buitre. Si malviviera en una residencia privada de su talonario, seguro que esos herederos dejaban en paz a la jueza y a la opinión pública, y hasta es posible que le agradecieran al romeo de mamá sus visitas y su compaña. La herencia es un mal asunto, un mal necesario tal vez, pero jodido. Veo la cara de esa anciana surcada por los años y no encuentro el modo de darle a la hija (y al yerno) la parte de razón que, por lo visto, les asiste.

Infamia en directo

Desde la Audiencia sevillana se emitirá, a cargo del erario público, una “señal institucional” mientras dure el juicio por el triste caso de Marta del Castillo. Foco y plató para el despreciable criminal confeso que se mofa de la Justicia tanto como se mofó de la Policía y, por supuesto, para su corte rufianesca. ¿Qué aporta a la sociedad tan suculenta ración de morbo, quién gana con la publicidad de tanta miseria, qué puede aportar el espectáculo en directo del fracaso de la autoridad y del triunfo del pingoneo? Hay transparencias que no son sino turbiedades y ésta de retransmitir ese teatro es una de ellas porque servirá a esa chusma inhumana para extremar su propaganda. Me malicio que esos abyectos no sólo van a salir medio qué de la prueba, sino que hasta puede que acaben forrados a cuenta de su crimen.

Mitos de timba

Le he pedido a Gonzalo García Pelayo, ese sabio de lo aleatorio que ha desplumado a tantos casinos, su opinión sobre mi colección de historias o leyendas, no sé, que versan sobre tahúres portentosos y genios dedicados al saqueo de las timbas. Lo de esos tres italianos a los que la policía ha echado el guante en Cannes por levantar una fortuna en pocas horas utilizando unas lentillas que les permitían ver las imperceptibles marcas de tinta que identificaban las cartas de una baraja introducida en el garito por un cómplice. O lo de esa misteriosa dama húngara que habría ganado cerca de dos millones de euros utilizando un minúsculo ordenata oculto en su telefonillo que, al permitir medir la velocidad de la bola en la ruleta, determinaba en una fracción de segundos seis casillas en las que indefectiblemente había de alojarse finalmente. También le he contado a Gonzalo el caso de un trío fullero  que, hace ya unos años, creo que en 2004, desplumó más de una treintena de casinos utilizando una cámara oculta que desde la manga de uno de ellos permitía filmar al crupier. Gonzalo es una leyenda en este campo pero con la particularidad de que él jamás recurrió a la trampa sino a la observación  atenta que, apoyada en el cálculo de probabilidades, le permitió ganarle la partida a unas mesas que jamás hubieran perdido si hubieran sido perfectamente aleatorias, pero que, ignorantes de sus propios defectos, permitían al estudioso detectar tendencias. “La probabilidad prevista para cada bola es de 1/37, dado que en la ruleta hay 37 casillas incluido el cero, eso es todo. No se le gana a la ruleta correcta, se le gana a la que está físicamente mal”. Gonzalo cree poco en estas noticias divulgadas y es muy probable que lleve razón en que, en la mayoría de las ocasiones, lo que circula por ahí son inventos más o menos verosímiles acogidos a sagrado bajo le irresponsabilidad periodística, pero que no resisten un análisis serio. Me ha defraudado, la verdad, porque no voy a negarles que la mera posibilidad de la trampa al tramposo me sedujo siempre.

 

Pronto veremos la película de Eduardo Cortés que, bajo el título de “De Pelayos” cuenta la fascinadora historia (porque esta vez no es leyenda) del círculo de Gonzalo, hijos y amigos incluidos, esa troupe a la que el Tribunal Supremo amparó frente a los casineros que la rechaza argumentando que lo que hacía para quebrar casinos “no sólo era legal sino que resultaba ingenioso”. ¡Los ropones rindiéndole homenaje, quizá sin saberlo, al dúo Pascal-Fermat! Entre los muchos triunfos que le conozco a Gonzalo, ninguno mayor que ése.

Obstrucción municipal

¿Qué hacer si un Ayuntamiento es heredado en la más absoluta ruina y, encima, las Administraciones gestionadas por el PSOE, es decir todas, deciden asfixiarlo por completo prolongando –hasta las elecciones por lo menos—el cierre hermético de todos los grifos? En Valverde del Camino se vive ahora mismo una huelga general porque la Diputación, la Junta y el Gobierno se niegan en redondo a concederle crédito para escapar a la quiebra en que los gestores del PSOE han dejado al pueblo, sin duda con la absurda intención de enfrentar al nuevo gobierno municipal –que ha volcado el puchero—con los trabajadores y con el propio pueblo. PSOE e IU se niegan, mientras tanto, a respaldar en el Parlamento una salida decorosa. El viejo caciquismo era una broma comparado con el actual.