La cámara sorda

El jueves vi en la puerta de las Cinco Llagas a medio millar de valverdeños con su Alcaldesa al frente. Exigían al Parlamento, vamos, suplicaban, mendigaban si me apuran, que la Junta y el Gobierno rompan el cerco con que tratan de asfixiar al pueblo desde que éste los defenestró, y acceda a buscar fórmulas para salir del hondo pozo en que lo ha dejado la gestión del PSOE: 54 millones de euros en un pueblo cuyo Presupuesto apenas alcanza los 9 millones, y cuyo coste de 800.000 euros al mes no puede afrontarse con unos ingresos de 30.000. Y por supuesto, la respuesta fue la consabida: “Que si quieres arroz…”. Nunca fue más insolvente el Estado español. ¿Cómo querrán que nos tomen en serio las agencias de “rating” si no podemos pagar las nóminas de los empelados públicos? El PSOE ha dejado la vida local como un solar y me temo que para muchos años. Los trabajadores de Valverde, por ejemplo, no cobran desde hace seis meses. ¿Se figura alguien que sus Señorías ilustrísimas o el gobiernillo regional llevaran un semestre sin cobrar un duro? ¿No habríamos vivido ya varias tomas de la Bastilla? ¿Cuántas invocaciones a la dignidad humana hubiéramos tenido que escuchar de muchos de esos costosos charlatanes? Porque al Parlamento de Andalucía, según pude comprobar antier, le importa un carajo que los trabajadores no cobren mientras su nómina esté asegurada y la triste prueba es que, ante una situación de tan vivo dramatismo, sólo el alcalde de Sevilla, el de Huelva y Javier Arenas, además del de Marinaleda, dejaron sus escaños y salieron a escuchar y ofrecerse a los desesperados. Los demás, ni caso. Una apasionante sesión les impidió, sin duda, incomodarse y más todavía comprometerse. Que si quiere arroz, ya saben. ¿De verdad nos representan estos empleados sedentes cuya única misión es apretar el botón que les indique su capataz? Bajo la canícula otoñal sevillana, que es de abrigo, el jueves me vi cercano a la inopia “indignada”.

 

Y a otra cosa. Ya digo que ellos, los diputados y los consejeros, a diferencia de los currelantes de a pie, tienen el sueldo blindado, ese sueldo, con sus gabelas adicionales, que se marcan ellos mismos por unanimidad. Otro gallo cantaría si no fuera así, no lo duden. Por eso las Cinco Llagas era el jueves una cámara sorda, el símbolo irrefutable del fracaso de la democracia representativa. “¡Estos tíos no nos representan!”, me dice fuera de sí uno de los arruinados. Lo he invitado a un aguardiente en el bar cercano. A ver qué otra cosa podía hacer.

¿Por qué no auditan?

Más de uno y más de tres ciudadanos se preguntan por qué los gobiernos municipales del PP no cierran con urgencia las correspondientes auditorias y, tal como ha hecho la presidente de Castilla-La Mancha, sacan al balcón el balance de lo que ha sido un auténtico saqueo. ¿Qué temen, qué los detiene, si no hay derecho comparado con el que asiste a sus administrados a enterarse de quién y cómo ha arruinado sus arcas hasta dejar a los pueblos en ruina? Se habla de pelotazos inauditos, de facturones de infarto, de más que probables delitos perpetrados mientras duró el festín. ¿Por qué, entonces, el PP no acelera el proceso y, sin prisa pero sin pausa, explica de una vez cómo es posible esta situación jamás conocida por nuestras Administraciones? Contestar a eso antes de las elecciones puede que sea un requisito para ganarlas bien.

Condorcet en Arabia

Nunca se supo si la muerte de Condorcet en la prisión de Bourg-la Reine había sido natural o provocada. Había votado contra la ejecución del Rey aunque no absolviéndolo, pero también había perdido esa fulminante batalla contra los jacobinos que Pedro J. Ramírez acaba de contar tan sugestivamente en “El primer naufragio” que le han aplaudido a dos manos ZP y Rajoy, a ver quién explica eso. La odisea final de Condorcet ocurrió cuatro años después de que escribiera dos tratados en su tiempo desconcertantes, uno en el que se preguntaba desde la filosofía si estar equivocados podría resultar provechoso para los hombres, y otro en el que proponía la admisión de las mujeres a lo que –noten la ironía girondina—llamaba él “les droits de la cité”, los derechos de la ciudad. ¿Iban a quedar en sus fogones, como si nada hubiera ocurrido, aquellas ruidosas mujeres de París, las que en provincias habían lucido la escarapela o aquellas que habían animado los asaltos y jaleado la guillotina, o bien en el todavía vacilante “nuevo orden” las aguardaba un papel público más activo? Esas cosas nuca se saben, y lo único que cabe en su momento es echarles encima un montón de palabras, que es lo que antaño hizo nuestro sabio o lo que acaba de hacer, a sus casi 90 años, el rey árabe Abdallah al conceder el voto futuro (a partir de 2015, nunca antes) a esas mujeres saudíes que deben cubrirse hasta los ojos para salir a la calle, tienen prohibido conducir y carecen de derecho a ser intervenidas en un hospital si no las acompaña un varón. El Rey ha hablado primero con los ulamas y explicado luego que la novedad es necesaria en el marco de “una modernización equilibrada”, ya que “en este siglo no queda sitio para los recalcitrantes”. Es el eco de la rebelión en esa zona, la impronta revolucionaria que, como todas, trata de evitar un cambio mayor. En el país de Abdallah son frecuentes las ejecuciones que, como en las Mil y Una Noches, se llevan a cabo en la plaza pública y a filo de espada: un pinchazo en el costado para que se enderece el reo y, zas, vaya usted con Dios. No les digo más.

Está bien siempre el progreso, aunque avance piano piano. Está bien que el wahabismo alivie las ligaduras y acepte que el tiempo corre para todos, incluso para los que pretenden fundar su razón en su arcaísmo. Después de todo, no es cosa de aspirar a la modernidad reteniendo a la mujer en casa y con la pata quebrada. Aunque ya veremos que da de sí, de verdad, esta medida que, una vez en vigor, deberá mantenerse en el marco estricto de los principios del Islam, eso sí. De momento, ayer las mujeres no pudieron votar todavía. Todo se andará. La primavera árabe lleva trazas de cruzar varios inviernos.

Lo bueno y lo malo

Que no vayan los alcaldes a los Parlamentos es lo que el PSOE defiende en Andalucía pero niega en España: no podrán ir al de las Cinco Llagas los grandes alcaldes andaluces, por decisión de la Ejecutiva regional, pero sí acudir al Congreso los de cualquier parte de la nación, incluida Andalucía, por orden de Madrid. Es decir, que lo que es bueno para España es malo para Andalucía o viceversa, con tal de preservar la jerarquía secreta y efectiva de un partido en el que, por ejemplo, Chaves pinta todavía bastante mientras Griñán no pinta nada. Es lo que explica que en Cádiz éste último –¡el primer mandatario andaluz!– haya de tragarse el sapo sin rechistar. Lo de Escuredo y Borbolla no fueron sendos accidentes circunstanciales sino el simple efecto de una norma centralista que sigue en pleno vigor.

Gloria del olivo

El papa Ratzinguer es el penúltimo pontífice en la lista profética del arzobispo Malaquías. Detrás de él no queda sitio más que para un “Petrus Romanus” que pastoreará su grey, parece ser que sin gran éxito, hasta ver destruida la Ciudad Eterna. Sobre la causa de semejante desastre se ha discutido mucho. Mi llorado amigo Vidal Beneyto solía decirme que esa causa sería, sin duda posible, esta galopante secularización de la vida que estamos viviendo en el universo tecnificado a tope de la sociedad postindustrial, cosa que ya habían pronosticado los funcionalistas siguiendo a Weber. Ahora bien, Ratzinger, el combatido Ratziger, no parece dispuesto a tirar la toalla así como así, y acaba de sorprender a extraños (y compruebo que también a propios) con esos discursos alemanes –sobre todo los pronunciados en el Bundestag y en Friburgo—en que, aparte de descalificar con dureza inaudita al nazismo, ha constatado la crisis de la fe, la deserción progresiva de los fieles y la necesidad urgente de un cambio, no de estructuras, sino de fondo, que permita entender a esa grey y a sus rabadanes la necesidad de abrirse a las preocupaciones del mundo sin sucumbir a la “lluvia ácida” del relativismo que lo obsesiona, pero decididos a “desmundanizar” una Iglesia que “debe separarse de todo lo mundano” y –traduzco literalmente—“abrazar en su totalidad la pobreza terrenal”. Malaquías llamó al papa Ratzinger “Gloria Olivae”, la gloria del olivo”, mote de resonancias áticas que, eso sí, parece inducir al optimismo. Si en los años 60 y hasta 70 nos llegan a hablar de Ratzinger como papa, el clamor de la inteligentsia progresista hubiera sido la exacta contrapartida de lo que está siendo su actual rechazo. Pero siendo cierto que aquel teólogo que aquí traducía con esmero Jesús Aguirre ha involucionado no poco, no lo es menos que estas cosas que ha dicho en Alemania bien pueden marcar un antes y un después en medio de este batiburrillo universal en que nos ha sumido una crisis que, de no remediarlo Dios, le va a poner la cosa cruda al tal “Petrus Romanus”.

No sé cómo habrán resonado esos trallazos en el laberinto vaticano aunque es de suponer que más de un Marcinkus, y ustedes me entienden, habrá dado un considerable respingo en su mullido solio. ¡La pobreza, la Iglesia de los pobres, el Evangelio de los últimos! Tendría su guasa que fuera un papa anciano y retranqueado ideológicamente el que pusiera patas arriba un tinglado que, ciertamente, ve desmoronarse día tras día sus altas torres. Ya hay quien recuerda por ahí la negra leyenda de Juan Pablo I. El resto del planeta apenas se ha enterado del terremoto.

El tacto judicial

Sería temeraria la tesis de que los asuntos judiciales investigados en España, cuando afectan a la política y, en especial, al poder, se “sacan” cuando más interesa a estos o aquellos. Pero hay hechos que, desde luego, resultan sugeridores de esa incómoda tesis, tales como el destape final del saqueo de Marbella, la aparatosa detención nocturna de la Pantoja, el zambombazo del alcalde de Alhaurín, los manejos del “caso Astapa” y tantos otros. No deja de ser curioso que, tras un año de investigaciones, la autoridad no haya decidido destapar el “caso Ronda” y meter preso a su alcalde y ediles del PSOE hasta que las municipales han pasado, por ejemplo. ¿Casualidad, simple coincidencia? Pues puede, no seré yo quien diga lo contrario, pero la rareza sigue estando ahí.