Audacia del ignaro

Que esperen sentados quienes esperaban (esperábamos) de Griñán un modelo político cualificado y prudente. Basta escuchar a Mario Jiménez, bachiller raso (y gracias, porque los hay con menos), “insultar” a Arenas llamándole, con las del beri, “estadista”, como si lo que rodea a Griñán fuera el círculo de Oxford y estos Jiménez sus distinguidos “schoolboys”. ¡Pero si tenemos consejeros sin estudios básicos siquiera!
Griñán es muy libre de optar por la agresividad pero quizá fuera más discreto controlar a esos perros de presa que no conocen otra política que la dentellada.

Otro camelo

De estación de Calatrava, nada. No veremos en Huelva el proyecto vanguardista que vendió el PSOE en 2007 por boca de Magdalena Álvarez, que aquí los compromisos, en especial los electorales, valen lo que el papel mojado. Parece que ahora van a encargar otro proyecto, hay que suponer que más económico, que es la mejor forma de ir ganándole tiempo al tiempo y darle carrete al inexpugnable Ayuntamiento. ¿Ven como a Huelva ni agua mientras la voluntad de la mayoría absoluta de los onubenses mantenga ahí a Pedro Rodríguez? Para las cercanas municipales, la verdad es que se la están poniendo al PP como a Frenando VII.

Tres mil fugados

Hacienda ha difundido a bombo y platillo la noticia de que sus servicios inspectores han conminado a 3.000 criaturas a reintegrar a la patria los 30.000 millones del ala que, huyendo de la quema, habrían ocultado en las cajas fuertes suizas. ¿Qué habrán hecho mal esos pavos para que una Hacienda tan complaciente con los ricos –la vicepresidenta económica confesaba hace poco que no es sensato imponer un impuesto a las grandes fortunas porque ello conllevaría inevitablemente la huida de capitales—los haya empitonado de esa expeditiva manera? Bueno, verán, personalmente no tengo otro remedio que sospechar, aparte de las lógicas razones de oportunidad, que Hacienda la ha emprendido con esos trujimanes eligiéndolos cuidadosamente en las seguramente copiosas listas de evasores que, con toda seguridad, pone en sus manos su eficaz aparato de control, porque lo que no me cabe en la cabeza, por más que lo intento, es la leyenda de que si se le mete mano a esos 3.000 es porque, así, como casualmente, han caído en el garlito de los controladores. ¿O es que alguien en sus cabales concibe hoy una gran fortuna española que no disponga de su cofre en algún paraíso fiscal? Miren, los paraísos fiscales son parte del Sistema, una institución quién sabe si imprescindible para que las cosas sean y sigan siendo como son, ni más ni menos. Y Hacienda, en consecuencia, también. Para que funcione el tinglado thatcherista –que es el único verdadero, hoy por hoy, tanto para la derecha como para la izquierda—parece ser que resulta necesario ese “no lugar” en el que se refugia el dinamismo capitalista. Y más que lo va a ser con la que está cayendo. Por eso mismo me resulta en cierto modo poco equitativo el sacrificio de esos “pobres ricos”, valga el oxímoron.

 

El dinero es un poder fáctico ante el que el propio Estado tiene poco que hacer si es que quiere hacer algo. La prueba es cómo se quedó en papel mojado la crítica decisión de confeccionar un mapamundi en el que figuraran todos y cada uno de los paraísos fiscales, no sé si incluyendo los “interiores” o no, la verdad. Pero nada mejor para fingir lo contrario que ejercer la autoridad de vez en cuando, de modo calculado, obviamente, entrillando a ser posible a una panda de membrillos pero excluyendo –y si llega a buen puerto esta operación, ya lo comprobarán ustedes—a todos esos en los que ustedes están pensando. Eso si el mero anuncio no provoca una desbandada aún mayor que la que, por lo visto y oído, se está produciendo esta temporada y la cola de Gibraltar llega hasta La Línea. Es muy peligroso el “big Money”, ya se sabe, y la implacable Hacienda lo sabe mejor que nadie.

Una estampa arcaica

La imagen de los alcaldes y dirigentes del Sindicato Andaluz de Trabajadores (CAT, antiguo SOC) sancionados por practicar, a estas alturas, la absurda estrategia de las ocupaciones resulta de todo punto anacrónica. Ni esas presencias valen para nada ni esas multas impuestas por la Justicia dejan de ser floclore político, al margen de que detrás de las protestas en cuestión haya que reconocer una situación especialmente dura que se explica que busque dar salida a su cabreo. Es verdad que “Novecento” queda lejos. Pero también que hace muchos años que la autonomía viene dando la espalda al campo.

Doble palo

Con la decisión de la Audiencia Provincial de revocar al auto de un Juzgado de la Palma que archivaba la causa seguida contra el alcalde y varios diputados del anterior Ayuntamiento bollullero del PSOE, ampliándola en el sentido de incluir un concejal más a la lista, al PSOE se le plantea el grave problema de aplicar o no las oportunas medidas disciplinarias que con tanta vehemencia reclama cuando los entrillados pertenecen a la Oposición. Lo de Bollullos pinta mal, qué duda cabe, demasiado mal para haber sido enterrado, como lo fue, a la ligera. Ahora habrá que esperar. Es la ventaja de los políticos que explica por qué ninguno de ellos está interesado en agilizar la Justicia.

Disciplina y conciencia

El presidente Obama, tras una teatral reunión de media hora, ha cesado en su cargo al comandante en jefe de las tropas expedicionarias en Afganistán, general McChrystel, a causa de sus despectivas críticas a los máximos mandos civiles del Estado. Con toda la razón, pues, pero me parece que convendría recordar que lo del general crítico e, incluso, relativamente rebelde, no es nada nuevo en USA sino una acrisolada tradición (desde el lejano Ulises Grant a Westmoreland pasando por McArthur o Patton) en una nación de la que puede postularse sin riesgo que ni una sola de sus generaciones haya dejado de verse involucrada, por activa o por pasiva, en una guerra externa o interna, desde la guerra de exterminio india o la de Secesión, a la texana, la invasión de México, la guerra de Cuba, los dos grandes conflictos europeos, Corea, Vietnam, las dos de Irak y la de Afganistán. En aquel gran país se admite que el espíritu militar, sin perjuicio de la disciplina básica, es compatible con la discrepancia política en la medida en que la democracia es libertad y contraste de criterios. Otra cosa es el golpismo o el pronunciamiento, una estrategia esencialmente antidemocrática incapaz de asumir la condición civil de todo régimen de libertades. McChrystal, por ejemplo, es un crítico, cierto que desabrido e intolerable, mientras que los de 23-F eran sencillamente unos traidores, y en ello hay una diferencia insalvable. Eso lo asume ya cualquiera que nos sea un fanático.

 

No comparen con España, por favor, donde los militares –sobradamente culminada la imprescindible adecuación a las circunstancias—acaso estén hoy más humillados que controlados por el poder civil. Lo sabemos desde que el general Mena tuvo la ocurrencia de decir en público lo que su conciencia le dictaba y casi todo el mundo compartía, y fue defenestrado sin contemplaciones, aunque la verdad es que no pasa día sin que alguien urda alguna nueva provocación. Es fácil alancear al moro muerto, por supuesto, y triste comprobar que una milicia profesional afortunadamente civilizada en el marco constitucional ha pasado en muy poco tiempo de ser una timocracia aflictiva a convertirse en un colectivo de burócratas contra el que parece haberse levantado la veda de las provocaciones. Un gesto como el de McChrystal, evidentemente calculado, merece la sanción que ha recibido pero no deja de constituir un ejemplo de libertad de criterio que certifica una dignidad tal vez incomprensible en un país como el nuestro en el que el ministerio de Defensa parece obsesionado con humillar gratuitamente a su propia gente. Nunca me han gustado los McArthur ni los Patton, ¿eh? Sólo trato de distinguir entre dos nociones de disciplina tan diferentes que retratan dos democracias también distintas.