Socratismo sevillano

En uno de los cafés supervivientes de la Alameda sevillana ejerció su magisterio oral durante años un personaje raro y atractivo, empeñado en ilustrar a una parroquia espontánea y ajena al estudio en los enigma del pensamiento. Se llamaba Juan Blanco –sólo su bigotito cuestionaba su pergeño quijotesco— y logró cautivar a un auditorio extraacadémico –Curro, Ramón, Roberto…– en el palangre seductor de una retórica que versaba sobre los grandes maestros. Según Blanco, a quien sus “alumnos” llamaban, no sé por qué “el Pájaro”, la comprensión del mundo exigía la vuelta a la reflexión griega, en especial a Aristóteles, partiendo de la base, nada despreciable, de que cualquier intento de pensar moderno o contemporáneo debía ajustarse a un repertorio léxico y, en consecuencia conceptual, por completo agotado en su día lejano por los razonantes clásicos.
Cuando yo lo conocí, allá por los 70, el “maestro” había dado ya el salto a Madrid, se había establecido en el castizo barrio de la Prosperidad, y profesaba en mi Facultad de Políticas y Sociología protegido por la devoción de los mismos alumnos que detestaban la enseñanza reglada, y por cortesía de un profesor (José María Ordóñez) que, nunca averigüé cómo, consiguió organizarle un seminario sobre el pensamiento hegeliano y marxista por completo ajeno a la institución. Hablo de clases abarrotadas, con predominio de alumnas si mal no recuerdo, en los que nuestro Sócrates sevillano desgranaba uno a uno los conceptos de la “Filosofía de la Historia” o de “El Capital” –alguna vez le oí también perorar sobre los tempranos “Grundisse” marxistas–, el gesto imperturbable, la elocución lenta y la mirada segura y penetrante del ofidio que cautiva a su presa. Me dijo alguna vez que no le interesaba tanto Luckàs ni Althusser –abominaba de los “nouveaux philosophes”— incitándome a volver al Estagirita. Nunca volví a verle. Creo que falleció a principios del nuevo milenio.
Lo recuerdo con simpatía, intrigado por la razón del atractivo del magisterio informal y perplejo con el hecho de que lograra inflamar en el celo filosófico a “discípulos” casi por completo ajenos a la cultura. Algo debe tener la “mayéutica” de lo que carece la enseñanza formal. La imagen de Juan, flanqueado siempre de una bella señora y su hija, venerado por su audiencia, me ha forzado en ocasiones a pensar en las causas y razones del frecuente fracaso académico.

Brazo torcido

Por más que haya que celebrar siempre el consenso, hay que decir que no es buena política la que en 6 horas de diálogo logra un acuerdo pleno para eliminar un conflicto que estaba en la calle hace ya 6 meses: el de las “mareas sanitarias”. Así, en Granada, el SAS ha aceptado de plano las reivindicaciones de las plataformas que repudiaban la impuesta fusión de hospitales, incluyendo la derogación urgente de esa protestada orden. La Junta se la envaina, y hace bien, dejando en el aire, sin embargo, la pregunta de por qué no dialogó desde el principio en lugar de mantener vivo un conflicto multitudinario. Gana terreno, no hay duda, la opinión pública frente a la autocracia propia de un “régimen”. Los ciudadanos ganan también.

El paso cambiado

¿Recuerdan el chistecillo de la madre del soldado que marcaba mal el paso? Pues compárenlo con la propuesta de esa consejera de Hacienda que pide al Estado que “compense” a nuestra gastosa autonomía a cambio de renunciar ésta al zarpazo del impuesto sobre la herencia, con el que sólo Andalucía y Asturias afligen ya a sus contribuyentes. Nada de reducir el gasto, ¡eso nunca! Si quieren gravar menos al peatón que lo pague Madrid, como si el dinero del Estado no fuera el mismo en una caja que en otra. Ni siquiera se considera la posibilidad de que haya comunidades más ahorrativas y mejor administradas que otras, por más patente que esté el festín autonómico andaluz. La distancia entre la Junta y los administrados es, como se ve, insalvable.

Penélope y los ERE

Cuesta cada vez más combatir el pesimismo popular descreído de la Justicia. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que justo cuando la Fiscalía Anticorrupción pide la imputación de otro ex-consejero de Empleo en el “caso” de la investigación de los cursos de formación, la juez sustituta de Alaya –que se permite ya incluso tácitas pero contundentes descalificaciones de aquella—devuelva a Empleo, a petición de la Junta, “miles de expedientes” sin investigar? No me cuento entre quienes ven en la juez Núñez una Penélope encargada de hacer una “contrainstrucción” del grave “caso”, pero la verdad es que si ese convencimiento desmoralizador cunde entre la ciudadanía, no habrá que buscar más responsabilidad que la derivada de su propia actuación.

Recuerdo de un maestro

Si hubo en maestro discreto, yo diría incluso secreto, en el pensamiento español del siglo pasado, fue Xavier Zubiri. El antiguo sacerdote –casado luego con la hija de don Américo Castro—trabajó en una suerte de clandestinidad voluntaria tras su breve paso por la universidad de Barcelona, en la que enseñó tras su vuelta de Alemania, donde había forjado el núcleo de sus ideas en torno a Husserl y Heidegger. Zubiri, para algunos universitarios matritenses de los años 60 era una referencia no poco fantasmal, del que oíamos hablar a nuestros maestros pero del que no dispusimos de obras hasta bastante después. Mi recuerdo se centra en las conferencias que ofreció en la Sociedad de Estudios y Publicaciones que él mismo había fundado y en la que manejaba los hilos otra eminencia semisecreta, nuestro paisano José Antonio Muñoz Rojas. A ellas fuimos acompañando a Maravall algunos de sus alumnos más cercanos –Antonio Elorza y yo mismo—para escuchar sus famosas “Cinco lecciones de Filosofía” en las que iluminó luz tantas veces desconcertante, los sistemas de Aristóteles, Kant, Comte, Bergson y Husserl. Un público expectante se apiñó aquellas cinco tardes de la primavera ¿del 63? y hasta el maestro hubo de rechazar con energía la avidez de los fotógrafos con una frase que algunos no hemos olvidado: “No, por favor, nada de fotos. Yo soy una persona muy modesta…”.
Es posible que muchos de nosotros nos alejáramos de la filosofía entrillada por entonces entre escolasticismo dominante y la metafísica minoritaria del propio Zubiri, que en su libro “Sobre la esencia” consiguió reparar incluso a los entusiastas de su “Naturaleza, Historia y Dios”. La herencia de Ortega, castigada en nuestra universidad con la displicencia o elogiada hasta el paroxismo, según, ocupaba de modo vago aunque brillante ese campo de la reflexión, fuera del cual no encontrábamos más que reliquias postmedievales. Algunos de nosotros, saprofitos de nuestros respectivos maestros, logramos incorporarnos luego a su exclusivo Seminario donde, al menos quien escribe, descubrió sobre su aportación a la teoría del conocimiento. Modesto y discreto, Zubiri fue nuestra gran referencia un poco mítica y en torno a él vivaqueó lo mejor de nuestra inteligentsia, desde Laín a Marías pasando por Maravall o Díez del Corral, sin que su obra, desde luego, penetrara más allá de un reducido círculo de espíritus inquietos. Dicen que nadie ha recogido su testigo. No sería yo quien sostuviera lo contrario.

¡Esto es carnaval!

Esto es-carnaval y esto-sí-que-es una- chiri-gota: Kichi de Cádiz, el alcalde de la camiseta y la mochila, el mismo que recibe de uniforme podemita a un Almirante de la Armada y a quien se tercie, se puso antier de chaqueta y corbata para recibir a la presidenta de la Junta cuyo “cambio de rumbo” (¿?) afirma haber constatado. La verdad, uno acostumbrado ya al mochileo de ese munícipe “sans façon”, casi le gustaba ya más con su indecorosa indumentaria, pero hay que comprender que en Carnaval y en Cádiz lo suyo es disfrazarse y ocultar al personaje genuino. Veremos ahora si conserva el atuendo de respeto o vuelve a lo suyo. A algunos, en todo caso, nos ha defraudado ese “tipo” que hace de las anteriores recepciones un claro deasire.