A moro muerto

No siempre resulta válido el adagio “a moro muerto, gran lanzada”. Hay ocasiones –y estamos viviendo una de ellas– en que al moro muerto se le rescata incorrupto del campo de batalla para rendirle homenajes y ejemplificar con su figura el ideal. Ahí tienen al Adolfo Suárez al que me consta –y no me tiren de la lengua— que la práctica totalidad de la progresía acogió entre el sarcasmo y la frialdad más absoluta, hasta acabar llevándose el gran chasco. Rajoy mismo caracoleó hace un año o así en la mismísima Ávila suareciana invocando el espectro del líder pretérito de quien ya será por siempre inseparable la imagen del centrismo. Luego ha sido Rivera, el líder sobrevenido –¡cuánto le deben a la crisis lo mismo él que Iglesias!—quien también visitó la patria del primer presidente de la democracia elogiando la equidistancia centrista como el mejor modelo a seguir. Y ahora ha sido Pedro Sánchez, ese empecinado yoísta, quien ha osado reeditar la retórica de Suárez repitiendo tres o cuatro veces lo de “puedo prometer y prometo”, aquel famoso afarolado tribunicio que seguro que Sánchez ignora que no fue un recurso de Suárez sino fórmula ideada por Fernando Ónega. ¡Que pobreza, Dios, cuánta inania política deben de padecer estos líderes cuando se aferran todos al ejemplo y a la imagen del mismo líder al que en su día contribuyeron (casi) todos a destruir por todos los medios! Incluso desde la oposición sabíamos entonces que Suárez le daba sopas con honda a la pandilla originaria de esta democracia.

Lo que me importa más en este fenómeno de la recuperación retórica de Suárez, no es su elemental ingenuidad –oír a Sánchez esa retahíla resulta realmente desopilante—sino la evidencia del vacío ideológico que soporta este maltratado sistema de libertades que nos dimos a nosotros mismos hace más de treinta años. Nadie tiene una idea propia, es raro escuchar a algún líder una sola originalidad, todos se agarran como pueden el viejo clavo ardiente del éxito de una Transición que, aunque ahora pretendan derribar, constituyó en su día un soberano éxito político. Y no es que Suárez fuera un ideólogo, tampoco es eso, sino que los actuales mandamases son ante todo burócratas desconcertados por los nuevos tiempos. Hoy Suárez fracasaría de nuevo probablemente y sus actuales apologistas serían otra vez sus enemigos jurados. Pero queda la imagen de un ensayo de centralidad hoy, lamentablemente, impensable. El Cid siempre triunfa después de muerto. Como Suárez.

La Justicia, “acolapsá”

Ya hay sentencia en el “caso” del Betis. Tardío pero cierto, el veredicto condena a Lopera y a los suyos a diversas penas de inhabilitación al considerar que entre todos llevaron al club a la insolvencia como consecuencia de una administración “gravemente negligente”, pero la verdad es que, a estas alturas, pocos serán los ciudadanos que recuerden los nombres de esos condenados. Tan largo periodo ha permitido al juez apreciar el mangoneo de aquella gestión y concluir algo tan elemental como que “gastar por encima de lo que se puede conduce a la insolvencia”. ¿Alguien sería capaz de recordar cuántos años ha durado este enredo? La Justicia está “acolapsá”, como diría el titular del “caso”, lo que, en grave medida, la cuestiona. El romano decía, incluso, que la “Justicia tardía no es Justicia”.

El peso de la hormiga

Por un confiable reportaje televisivo me entero de que el peso de todas las hormigas existentes equivale a un tercio del total de la masa animal que habita en el planeta. Ya Julio Cortázar mostró hasta qué punto le obsesionaba ese himenóptero invasor cuando nos contó la historia de la máquina de matar hormigas utilizada por “el tío Carlos”, un relato –incluido en “Final del Juego”— tan distinta de la que Ovidio utilizó para hacer que la especie entrara en la mitología (Metamorfosis, libro VII, v. 625) por la puerta grande al contarnos la merced que Zeus otorgó a Eacos de Egina consistente en transformar en disciplinados guerreros a un copioso enjambre de hormigas que llegaría, según Homero, a combatir con éxito en el cerco de Troya. Hay mucha noticia de esa especie en los bestiarios medievales aunque ninguna tan cierta y hermosa como la que nos legó Maurice Maeterlink, allá por los años 30, en su célebre tratado. Una hormiga es un ser instruido drásticamente por el instinto para el que su propia vida nada cuenta si no es al servicio de la causa común y es bien conocido el hecho portentoso de que tan minúsculo animal sea capaz de levantar y llevar hasta su alacena presas que multiplican por diez o por veinte su propio peso. Córtele la senda a un reguero de hormigas y verá con qué tenacidad el relevo de las víctimas restaura la ruta; envenene su territorio y podrá comprobar, pasado un tiempo prudencial, como la horda vuelve por sus fueros intentando de nuevo la aventura. ¡Gran ejemplo! Brunetto Latini, el maestro confeso de Dante, aseguró en el Libro del Tesoro que, según los etiopes, existen en cierta isla hormigas como perros que se afanan desenterrando el oro.

Los sabios predicen que tras una guerra atómica sólo sobrevivirían las cucarachas pero, personalmente, tengo graves sospechas de que las jodidas hormigas no habrían de quedarse a la zaga. En el paraíso real de Bussaco no fui capaz alguna vez de encontrar una sola cama libre de esos invasores que, en su empeño recolector, no desdeñan ni siquiera las sábanas. Lo que no podía imaginar era que su ejército fuera tan inmenso como su disciplina y que toda la masa animada de la Tierra sólo pesara dos veces más que él. Guillermo el Clérigo consignó en su Bestiario divino que el sabio Salomón propuso a los hombres desganados el ejemplo de esos seres diminutos. ¡Vivimos sobre un polvorín zoológico sin la menor sospecha! Zeus sabía lo que hacía cuando creo a los mirmitones.

El Jemad rojo

Cuentan las crónicas que el ex-Jemad podemita, teniente general Julio Rodríguez, ha tranquilizado a las bases de su partido en Almería –tras haber sido designado “a dedo” para encabezar la lista electoral de la provincia– bebiendo en la Fuente del Cañillo, un gesto que la tradición reserva para quienes tienen decidido quedarse de por vida en Almería. Él mismo se ha definido en unas declaraciones como “un militar demócrata y progresista”—no sabemos si como Espartero o como Prim–, extremo que ha ratificado mi admirado y desconcertante Julio Anguita al comentar que ésa posibilidad –la de un militar de izquierda—es tan real como la vida misma. Bien, pero a juicio de muchos entre los que me cuento, la singularidad que representa el general Fernández en las listas del partido bolivariano, no es una cuestión tan sencilla de resolver, pues una cosa es un general “progresista”, como tantos que blandieron el espadón en el siglo XIX, y otra muy diferente un general “antisistema” representando a un partido financiado a medias por el gorilato venezolano y el fundamentalismo iraní, desde el que se ha cuestionado el imperio de la Ley y en el que se reconoce cierto “hilo” de unión con la ultraderecha francesa de Le Pen, aparte de patrocinar “escraches” o impedir la libre expresión en la Universidad. Militares no conservadores los ha habido siempre –Franco fusiló a un puñado de ellos—pero una cosa es disponer de un ánimo político abierto y otra militar contra el propio modelo constitucional de sociedad.

Aparte de la arbitrariedad que supone –y más en una formación tan “asamblearia”—designar candidatos desde Madrid, la militancia radical de un antiguo responsable del Ejército no puede menos que resultar extravagante. No tanto por su parte quizá, como por la de las bases de un partido que no es raro que desconfíen del mando supremo de las fuerza armadas, y por una ciudadanía en general para la que ver de ministrable de las Fuerzas Armadas a un eventual bolivariano ha de resultar inquietante. Podemos admira al fallecido coronel Chaves y habla de imponer en España “leninismo amables”: ya me dirán qué pinta entre sus filas y encabezando listas un jefe supremo del Ejército que, por lo demás, debió servir su oficio, me temo que sin graves discordancias, bajo la Dictadura. De mandar a toda la tropa a ser un cristobita en manos de Pablo Iglesias va, por lo demás, un abismo. Lo raro sería que en Almería nadie se hubiera dado cuenta del disparate.

Peces varados

Lo digan o dejen de decirlo los fundamentalistas de la ecología, la verdad es que no deja de resultar inquietante las sucesivas apariciones de cetáceos en la costa del gran golfo de Cádiz, incluida la bahía de Huelva. Dos ballenas y un delfín varados en la costa en un pis pas, no cabe duda de que representan algo más que una casualidad, lo mismo que las altas tasas oncológicas de la capital onubense no es razonable atribuirlas al azar estadístico. Algo ocurre en esa vasta zona que empieza a enviar con las mareas alarmantes avisos a la costa. Pero la autoridad nada quiere saber del tema y mantiene la cabeza bajo el ala. Ciertos extremismos conservacionistas se explican por estas inhibiciones del Poder político.

El mediador

Casi tanto más que la propia “mediación” del ex-presidente Zapatero en el conflicto venezolano, me llama la atención el visto bueno que a su gestión parece que le han concedido ambas partes. En Venezuela, si es que no andamos todos confundidos, lo que está planteado es la negativa de un Gobierno que perdió las elecciones a reconocer al Parlamento elegido y sus legítimas decisiones, ciertamente en términos vecinos el enfrentamiento civil. Ya me dirán, por tanto, qué clase de mediación puede intentarse entre quienes ocupan el Poder por la fuerza y quienes reclaman la democracia decidida en las urnas. Ha habido anteriormente, como se sabe, intentos intervenciones por parte de políticos como González, pero no se trataba en ellas más que de restaurar una mínima legalidad comenzando por liberar a los presos políticos que el Régimen mantiene encerrados. Esto es distinto –y lo prueba ya que un tipo como Maduro consienta la “mediación”— por la razón elemental de que lo único que hay que conseguir en aquel desgraciado país es que la dictadura derrotada ceda su puesto a una oposición multitudinaria que, hay que insistir en ello, ha ganado limpiamente los comicios. ¿Qué pretenderá “mediar” ZP entre el bolivarismo que tiene al país sometido y en plena ruina y las fuerzas políticas que se encuentran secuestradas en el Parlamento? ¿Es que puede haber un término medio entre la imposición y la legitimidad, qué es lo que Zapatero cree que puede “ceder” una mayoría elegida por el pueblo a un “régimen” visiblemente repudiado y apoyado en la violencia?

Antes que Zapatero el chavismo venezolano ha tenido otros amigos españoles –Vestrynge, por ejemplo, Iglesias, Monedero y otros biempagados “podemitas”, algunas voces radicales aisladas—pero lo que no habíamos visto hasta ahora era acudir en auxilio de la autocracia a un ex-presidente del Gobierno que, por lo demás, no es que tenga acreditado un espectacular currículo de estadista. A González ya lo echaron de malas maneras a pesar de que su intención era por completo justificable, al Rey emérito, al presidente del Gobierno actual o al ministro de Exteriores los ha injuriado con insistencia el propio Maduro. ¿Qué querrá, pues, negociar ZP, cómo se las arreglará para tratar por igual a los legítimos que a los golpistas? No hay trato posible ni justo entre quien reclama desde la Ley y quien resiste frente a ella. La democracia también es indivisible. ZP debería saberlo.