Vuelve Mortadelo

Es realmente admirable el hecho: unos espías, evidentemente partidistas dadas las circunstancias, logran grabarle una conversa al mismísimo ministro de la Gobernación. Lo que no sería, desde luego, un hecho nuevo. Un ya fallecido subsecretario de la casa, Eduardo Navarro, me contó, bajo promesa de sigilo (que ya ha prescrito), que a Rosón le desapareció una valiosa estilográfica de la mesa ministerial, lo que no debe sorprendernos en el país que confió su gran policía a un sujeto como Roldán que empezó por falsificar sus títulos y acabó llevándose los fondos de los huérfanos del Cuerpo. Rubalcaba dijo en el Congreso que él “lo sabía todo de todos”, hipérbole evidente que, todo caso, resulta menos inverosímil que el hecho de que hasta el último peatón pueda escuchar las conversas del ministro en su propio despacho. ¿No dice el director del CNI, mi general Sáenz Roldán, que en España disponemos del mejor servicio secreto del mundo? Pues entonces a ver quién nos explica cómo el ministro responsable de la seguridad nacional no controla la suya propia. No entro para nada en el debate sobre la dimisión de este ministro tan devoto, porque si fuéramos a exigir dimisiones en este corral, tal como anda el aprisco, no acabaríamos nunca. Que lo echen, total… Pero no me digan que el caso no es de tebeo y que, puestos a extrapolar, puede poner los pelos de punta a los ciudadanos. Y la Policía diciendo que no pudo tratarse de un micro –¡a ver qué va a decir!—sino que estamos ante la obra de hacker que se hizo con el móvil del ministro. Amos, anda, como decían en el foro.

Y aparte de todo, ¿no les sugiere esta extraña noticia –grabada hace dos años y revelada en la víspera electoral, ojo– que la seguridad nacional, tras las experiencias del Gal, del citado Roldán o de los tejemanejes del 11-M, precisa con urgencia de una purga discreta pero eficaz? Vale, insisto, que echen a un ministro incapaz de impedir que Mortadelo lo espíe tras las cortinas. Pero ése no es el problema, y si los aspirantes al “cambio” fueran decentes, por ahí deberían comenzar a poco que les quedara –que lo dudo— una brizna de energía ética, en lugar de utilizar el despropósito para arañar votos. ¡También le iba a pasar eso a Martín Villa o al legendario don Camilo! Hombre, es que aquello era una dictadura. Totalmente de acuerdo pero, al menos, no era un cachondeo. No sé de qué se extrañan algunos porque el leninista Iglesias ande tan interesado por controlar Interior y el CNI.

Pelillos a la mar

Se veía venir pero, sinceramente, no de manera tan descarada. La juez sustituta de Alaya ha caído en su puesto como agua de mayo para un “régimen” y un partido acorralados por la corrupción, como sabemos ahora –a tres días de las elecciones, no se lo pierdan– que ha anunciado su propósito de archivar la “pieza política” del llamado saqueo de los fondos destinados a Formación. Tendrá sus razones, y habrá de exponerlas en tiempo y forma, no lo dudo, pero ¿a que coinciden ustedes conmigo en que si la juez Alaya, tan vituperada y maltratada, siguiera en su puesto otro gallo cantaría? El instinto popular, tan malicioso, apostó siempre a que, por hache o por be, la cofradía del guante blanco acabaría yéndose de rositas. Da pena tener que darle la razón, igual si es por be que si fuera por hache.

Derrota en Burdeos

España era un velatorio en la noche del martes tras el desastre de la Selección de fútbol frente a Croacia. No sólo en las gradas de Burdeos – la patria chica (la “matria” si quieren) de Montesquieu y de Étienne de la Boétie— nos llegaban las imágenes plorantes — rostros ensimismados, miradas perdidas, sentidas lágrimas— sino que nuestras propias calles enmudecieron entristecidas. Mi nieto se negó a hablar conmigo y se fue llorando a la cama, la criatura, y mi galeno, el doctor López Guilarte, me aconsejó que refuerce mi distanciamiento brechtiano y blinde mi indiferencia. Los pueblos necesitan, sin embargo, estas pasiones que despierta el espectáculo, como bien sabían los evergetistas benefactores ya en la Grecia clásica. Paul Veyne, maestro irrebatible sobre este tema, en su libro “Le pain et le cirque”, ve en esto una estrategia de dominio y cuenta que tanto los propios césares como los senadores de fuste –Veyne habla del “point d’ honneur des oligarques”– mandaban repartir trigo y abrir el Coliseo en cuanto asomaba la punta el conflicto. Con pan y circo le gente no bulle, sino que se crece hasta apasionarse confundiendo la felicidad propia con el éxito ajeno. Pero el mismo autor se pregunta intrigado si el espectáculo enajenante es una fiesta o una religión, planteando la cuestión de si la seducción política de la plebe por esos “regalos simbólicos” serían, en definitiva una forma de corrupción. En cuanto a lo de la religión, no me imagino en un templo tanta desolación.

Y en cuanto a nosotros, tengo pocas dudas de que ese resbalón, y nada digo de una eventual derrota, va a acarrearnos acaso hondas perturbaciones políticas, quién sabe si incluso reflejadas en las elecciones próximas, porque no es lo mismo un voto optimista y dianisíaco que un voto deprimido y apolíneo, aunque tampoco tiene por qué llegar la sangre al río. Un sociólogo galo, Patrik Mignon, sostuvo que la popularidad del fútbol consiste en que “plantea el conflicto y la competición como formas normales de la vida social” y dice que los resultados son “la medida en que una colectividad contempla su destino”, posible razón para que Gregorio Morán titulara un libro suyo “El fútbol, esa gran estafa”. Nos tenían engañados con eso de que la futbolmanía era un recurso franquista. Qué va. El fútbol es, en realidad, el contrapeso instintivo de la desacralización del mundo. Se lo dice a ustedes, en confianza, un viejo aficionado.

Venganza sindical

Andan discrepando los barandas sindicales sobre si es o no es el momento –más de medio siglo después de que lo recomendara André Gorz– de abrir un debate sobre la índole del sindicalismo moderno. Falta hace, a la vista de enredos tan decepcionantes como el de las facturas falsas de UGT que acaba de ser zanjado por la Audiencia Provincial de Sevilla rechazando de plano la pretensión vengativa de los dirigentes sindicales de matar sin contemplaciones al mensajero. ¡Lo grave, por lo visto, no es facturar en falso sino descubrir el delito! Ésa pretensión echa por tierra la imagen histórica del viejo gremio y los ropones se han percatado con claridad de ello.

¡Vaya verano!

Ayer comenzó el verano y lo hizo, por vez primera en setenta años, presidido por una luna llena. ¿Será un signo? Asisto recluido en casa al inicio de la diáspora de los amigos que pretenden reponer fuerzas respirando el aire de la montaña o la brisa marina unos, otros recorriendo mundo en busca de las imágenes soñadas. El estío es una estación con buena prensa, no sólo en estos tiempos del cólera, sino desde hace siglos. Los primeros cristianos adornaban sus sepulcros con emblemas de las cuatro estaciones –según leí hace mucho en Tertuliano– porque en ese rotar de los tiempos planetarios veían una metáfora elocuente de la resurrección y, en consecuencia, de la inmortalidad. Al verano lo representaban, por lo general, con la figura de un segador coronado de espigas que según el maestro Cirlot, sostenía con una mano una hoz y con la otra un manojo de aquellas, y en él, como en las otras tres estaciones, veía el viejo teólogo una suerte de pedagogía cósmica: “Cada día la luz se enciende y se apaga, las estaciones vuelven a reanudar en cuanto concluyen”. Y entre ellas, al menos en el nivel simbólico, el estío era temible, pues si a la primavera se la representaba coronada de flores y con un carnero, al otoño con una liebre y al invierno con una salamandra, al verano lo mostraban bajo el signo de un fiero dragón, lo que no deja de ser elocuente, a mi modo de ver. Fíjense en éste que comenzamos bajo la canícula y de cara a unas segundas elecciones, pendientes de los majaretas del Brexit y de nuestra “nueva política”. ¿Lo ven? ¡El dragón!

Laboralmente nos irá bien, eso está fuera de dudas, recogiendo las divisas que nos deje esa muchedumbre turística que todavía nos ve como un paraíso por el que transitar desnudos y animarse con sangría en el chiringuito, y nosotros nos iremos –quienes puedan, claro —en busca del lugar que ellos nos dejan en sus lejanas tierras. Sin Gobierno, eso sí, descabezados por la mala cabeza de unos y otros, incluyendo las del pueblo soberano, confiados en esos pactos que llegarán o no llegarán, ya veremos, permita Dios que en paz y concordia, en que la Bolsa se tranquilice y la prima de riesgo no deje de disminuir. Paciencia: ya vendrá el otoño, amarillo y frutal, veremos si cargado de bienes o con las manos vacías. ¡Mira que si tras pasar el ferragosto nos vemos otra vez de cara a las urnas! Confiemos en que no, pero todo puede ocurrir. Refugiémonos, de momento, en la esperanza y en el aire acondicionado.

El destierro, ¿la solución?

Un juez de Sanlúcar de Barrameda ha desterrado a una descuidera que había perpetrado en un solo mes veintitrés delitos de “hurtos al descuido” en diversos establecimientos de la localidad. Lo hace porque considera causa suficiente “su sorprendente frenesí delictivo” al tiempo que la policía subraya “su inusual reiteración delictiva” y los bemoles que le echaba a la hora de enfrentarse a los empleados que la descubría con las manos en la masa. ¡El destierro! Miren que solución tan estupenda y expeditiva a un tiempo. ¿No podría aplicarse, ya puestos, no a los descuideros sino a los grandes ladrones de guante blanco? Estoy seguro de que mucho personal suscribiría esta propuesta.