El trapecio judicial

Fascinante ejercicio de de funambulismo judicial el ofrecido por el TSJA en la sentencia que inhabilita al juez Serrano por la dichosa prórroga del niño cofrade. ¡Hasta en los “fundamentos de derecho” se incluyen citas de críticas aparecidas en medios de todos los colores! Pero esas críticas –unánimes, hay que repetirlo—han acertado, y el juez rebelde, el que censura a las claras la injusta Ley de Violencia de Género y se opone al abuso que de ella se viene haciendo, habrá de morder el polvo. ¿Dónde vivirán nuestros ropones, en el séptimo cielo? ¿No escucharán ellos la misma opinión pública que escuchamos los demás, en este caso abrumadoramente contraria al ejemplar que vemos? Aunque para papel, el que ha hecho la Fiscalía bailándole al Poder esa incomprensible yenka que hoy imputa y mañana descarga. Lean la sentencia y vean a esos decididos trapecistas, pero tengan cuidado porque, en efecto, peligra la vida del artista.

Recuerdo y olvido

A todos nos preocupa el deterioro de la memoria. Con la edad aumentan esos “despistes” en que, de pronto, te olvidas de un título memorable o del nombre de tu cuñada. Sabemos poco de la memoria a pesar de lo mucho que se lleva investigado, por más que repitamos la evidencia de que el olvido –esa higiene del conocimiento—resulta tan imprescindible como el recuerdo. A nuestro Cajal le gustaba hablar de la “plasticidad”, que es la capacidad que tiene nuestro aparejo neuronal de establecer nuevas conexiones autocompensándose con la pérdida de otras más viejas. El terror que nos inspira el limbo de la amnesia no tiene por qué ser menos que el que sugiere el averno de la hipermnesia o exceso de memoria, de la que hay casos tan célebres como el del ruso Solomon Shereshewskii que vivió hasta la locura la condena paradójica de no poder olvidar un solo detalle de su vida, malviviendo como espectáculo de sí mismo en tabernas y burdeles antes de meterse a taxista y morir solitario en una calle perdida de Moscú. Siempre he pensado que Borges pudo conocer el caso de Solomon antes de escribir su espléndida y aterradora fábula sobre “Funes, el memorioso”, aquel mozo que se desvivía en su insania tratando de inventar un vocabulario sin fin para sustituir a la numeración y un catálogo capaz de incluir a todas las imágenes del recuerdo, y que alguna vez le confesaría, supuestamente, que su memoria era “como un vaciadero de basuras”. Terencio sentenció en su fórmula “ne quid nimis”, que todo exceso es malo, incluso el de lo bueno, que en el justo medio reside siempre en el equilibrio que ni se pasa ni deja de llegar. Nada más cierto que la memoria es la vida. Ni que sin el olvido, divino bálsamo, vivir resultaría insoportable.

 

Nada menos que en el MIT y en el NIH hay grupos de estudiosos que esperan planificar y aumentar algún día la memoria activando eléctricamente la zona cerebral responsable de los recuerdos. Contra lo que parece que no hay remedio en contra de esa polución que abarrota la mente acumulando en ella esos residuos vitales en los que el moralismo de todas las épocas fundó su noción de “conciencia”. Entre la desmemoria y el recuerdo abrumador, la resignada razón de Cioran: sólo las deficiencias de la imaginación y la memoria hacen posible la vida. El problema está en que mañana no me acordaré acaso ni de dónde leí un día este concepto ni del nombre de quien lo acuñó, y me estallará en las manos la evidencia de que, en definitiva, vivir es recordar. “Ne quid nimis”. La monja Roswitha escribió teologías para que sus novicias no se engolfaran leyendo a Terencio. Me parece que no le faltaba alguna razón.

Tardío pero incierto

El grupo del PSOE acaba de hacer una pirueta estupenda en el Parlamento andaluz: presentar una proposición no de ley en la que “se insta al Gobierno a defender a los empleados públicos”, es decir, a ese colectivo funcionarial rebelado al que, tras la demolición sistemática de Chaves, el griñanato se esfuerza denodadamente por pulverizar con su “decretazo” famoso. Llega tarde el proyecto, me parece a mí, entre contradicciones judiciales y abucheos callejeros, después de haber mantenido en la angustia, durante tanto tiempo, a unos servidores públicos que se pretende sustituir por una clientela adicta. Porque si de verdad se pretende dignificar al funcionario, ha de empezarse por obedecer a la Justicia y separar sus funciones de las de los enchufados. Lo demás, con el apoyo de UGT y CCOO o sin él, no es sino puro teatro electoral.

Plumas precoces

Temo haber perdido un buen rato hojeando –sólo hojeando: apenas cien interminables páginas—una de esas novedades que revolucionan el mercado literario un año sí y el siguiente también. Se trataba en esta ocasión de una novela, “Du temps qu’on existait”, con la que su autor, Marien Defalvar, está barriendo en las librerías de media Europa echando por delante que la habría comenzado a escribir cuando aún no contaba ni con 16 años, es decir, nuevamente, chispa más o menos, el cuento del alfajor que vivimos el año pasado a propósito de la escrita por una erotóloga de apenas 15 abriles, una tal Carmen Bramly, que vista de cerca daba una imagen híbrida de Pedro Mata y Corín Tellado, a pesar de lo cual vendió lo indecible y, lo que ya es peor, obtuvo alguna que otra buena crítica. Francia cultivó siempre este negocio de la precocidad, cuyo símbolo máximo será siempre el gran Rimbaud que, antes de meterse en la trata de esclavos, escribió sus “Iluminaciones” entre los 16 y los 20 añitos, pero en los últimos años, por lo que se ve, sus editores funcionan con el modelo antiguo que les permitió enriquecerse con la Sagan y su “Bonjour, tristesse” o con aquel Radiguet al que Cocteau protegió tanto –él sabría por qué razones, que en eso no entro—con su precocísima “El diablo en el cuerpo” pronto olvidada a pesar de los guiños recibidos de monstruos hechos y derechos como Paul Moran y Tristan Tzara. El récord en la competición quizá se lo debamos reservar a aquella poetisa ¡de ocho años!, Minou Drouet, cuyos versos nadie duda a estas alturas que fueron escritos por mamá, pero lo interesante del negocio está en la curiosa atracción que ejerce sobre un amplio sector del público el señuelo de la precocidad. Porque ya sabemos que esa rareza existe –ahí está nuestro gran Lope, del que dice beatamente Montalbán que llegó a dictar sus buenas razones cuando aún no sabía escribir por sí solo, o el caso de las geometrías adolescentes de Pascal—pero quizá convenga mantenerse en la idea –seguro que anticomercial– de que toda obra de creación exige el prerrequisito de la madurez. Es la última vez que me la dan los críticos y las famas, palabra.

 

La precocidad suele ser un espejismo y un negocio, y más en una sociedad con tanta capacidad publicitaria como la nuestra, en la que penetra hasta en las Administraciones más serías la obsesión por una experiencia superdotada que bien sabemos que suele acabar en agua de borrajas. La imagen de Mozart al piano con los pies sin alcanzarle a los pedales subyace degradada en la explicable pero tal vez insana afición de tanta gente a zamparse precipitadamente la fruta antes de su sazón.

Tiempos lúcidos

Durante precampañas y campañas electorales, a los candidatos se les encienden luminarias y abren perspectivas que les permiten ver lo que en otro tiempo jamás repararon. Ahí tienen a Rubalcaba entendiendo que no faltan buenas razones para meditar sobre una eventual reforma de los subsidios campesinos y afirmando que la Diputaciones no sólo son prescindibles sino que estorban gravemente con su enorme carga presupuestaria. Y ahí tienen a Arenas diciendo más o menos lo mismo aunque protestando que ello no supone sumarse a las tesis de aquel sobre el particular. Se ve mucho más claro mientras los ciudadanos observan y los votos están en el aire. Luego, ni que decir tiene, la visión vuelve a su ser o se adecua en función de los respectivos resultados.

Minorías sin derechos

Ha sido impresionante el reportaje de los sucesos ocurridos el domingo en El Cairo cuando una manifestación de cristianos coptos fue ametrallada por la policía. Veinticuatro muertos y doscientos heridos no son gran cosa, tal como va el planeta, pero la cosa no pinta bien si se atiende al hecho de que llueve sobre mojado, de que, por ejemplo, en Año Nuevo pasado otros veintitrés mártires –o como ustedes gusten llamarles– fueron fulminados en Alejandría dentro de la propia iglesia en que oraban, o también de que en mayo cayeran acribillados, otra vez en El Cairo, quince creyentes. ¿Cómo explicar esta creciente ofensiva contra el cristianismo en países en los que sus fieles son minorías políticamente insignificantes y desde los cuales se le exige a Occidente el respeto absoluto al derecho de sus minorías? Hace poco la ONU condenó  la decisión suiza de prohibir los minaretes y, sin embargo, nada han dicho las instancias internacionales ante las masacres de cristianos perpetradas en la India y Paquistán, en Nigeria, en Malasia, en Somalia, en Marruecos, en Argelia o en Irak. Un estremecedor y reciente libro del que ya hable aquí –“Le prix à payer”, el precio a pagar, del que es autor Joseph Fadelle—ha contado al mundo la historia de un iraquí converso al cristianismo sobre el que recayó una fatwa ejecutada en plena calle y sin contemplaciones por sus propios hermanos. ¿Qué puede explicar esta situación sino la intolerancia radical aportada por el auge del salafismo y, en el caso egipcio, de los Hermanos Musulmanes, dado que las minorías cristianas en esas latitudes jamás han supuesto, ni remotamente, una fuerza social capaz de competir con la aplastante mayoría islámica? Un ministro egipcio, el de Salud, ha dicho ante los sucesos del domingo que semejantes ocurrencias llevan al país “hacia atrás en lugar de hacia delante” y hace imposible “la construcción de un Estado moderno sobre bases democráticas”. Lo que no sé es que habrá hecho su Gobierno.

 

Empieza a ser grotesca la estrategia islamista de exigir al Occidente cristiano respeto e incluso facilidades para su fe y sus cultos, mientras en sus países, no sólo se castiga con la pena capital la conversión (hay en este momento algún reo de ese “delito” en capilla), sino que se toleran severas persecuciones de unas minorías cristianas que no tendrían ni la más mínima posibilidad de influir en ningún sentido en sus ámbitos vitales. Es verdad que me extraña, sobre todo, el relativo silencio vaticano, tan diplomático, pero más me choca, si cabe, el doble rasero de nuestras pánfilas democracias ante algo que hace tiempo ha dejado de ser una amenaza para constituir un  auténtico atentado.