El juego del PP

Estupenda la foto de Arenas con los síndicos, en la sede del PP además y a petición de éstos, y más estupendo el hecho de que sea el jefe conservador el que informa a los sindicatos de izquierda y el que con ellos se compromete a evitar que la mayoría de izquierda (¿) reduzca el gasto social. ¿Ustedes entienden algo? Porque yo no, sobre todo si recuerdo que el jefe supremo de UGT decía hace poco que cualquier cosa menos “hacerle el juego al PP”. ¡La derechona garantizando la protección social a los más débiles! Esta crisis, además de un túnel, va a resultar un caleidoscopio.

El plumero de UGT

Han quedado para eso, para palmeros de los que mandan, que son, claro es, los que parten y reparten el presupuesto. UGT defendiendo a capa y espada a la Diputación a pesar del fracaso patente de su proyecto de promoción de Huelva, no es más que lo dicho: un “doméstico” que corre al lado de la figura para empujarla en las cuestas y prestarle su bici si pincha en mal momento. Ni sombra de lo que fue en otros tiempos, por supuesto, cuando todavía no eran nadie y no había pasta que repartir en los despachos. Van de jarrillo lata del poder, ya digo, por la sencilla razón de que se han hecho profesionales y políticos. No es raro que los trabajadores no quieran saber nada de estos montajes.

La clase podrida

A esa gente que cree que la saga de las corrupciones es un fenómeno inevitable y, como tal, políticamente inocuo, le vendrá bien leer la encuesta que ayer publicaba Libération sobre el debatido tema. De ella se desprende con claridad meridiana que dos de cada tres franceses, nada menos, es decir, un 64 por ciento de los consultados, está plenamente convencido de que la política está en manos de dirigentes corruptos y de que, en consecuencia, Sarkozy tendrá que hacer algo más que echar por la ventana a dos ministros –uno de los cuales había ampliado su mansión ilegalmente mientras que el otro es reo de haberse comprado, a costa del contribuyente, vegueros habanos por valor de 12.000 euros—si pretende mantener siquiera la esperanza de su prometida “República irreprochable”. Lo malo, con todo eso y más, no es que sólo tres de cada diez franceses siga creyendo en la honradez de sus políticos, sino el hecho de que, desagregando los resultados, se compruebe que esa vergonzosa cota de rechazo es sostenida por un 74 por ciento de obreros, un 73 de empleados e, incluso, un 54 por ciento de los cuadros sondeados. En España ya se guarda la sociología oficial de investigar estas actitudes que en Francia sabemos que han ido creciendo desde el 38 por ciento de desconfiados de los últimos 70, a la cotas máximas de la década de los 90, cuando la clase política, entonces bajo la batuta der Mitterrand, se vio forzada, en un alarde de cinismo supino, a autoamnistiarse por dos veces para evitar lo peor. La democracia se ha quedado desnuda ante una opinión que, a diferencia de los cortesanos del cuento, pueden reconocer la evidencia y proclamarla sin miedo: nos gobierna sin remedio una clase mayoritariamente podrida frente a la que la visión aristotélica del régimen de libertades poco puede hacer aparte de resignarse.

 

La cuestión es si podrá mantenerse erguido un régimen del que desconfía masivamente el personal seguramente como consecuencia de la noción patrimonialista de lo público que es propia de la gestión partitocrática, pero también de una cierta connivencia popular que no ve en el agio o en el peculado más que una obligada servidumbre. Llegados a este punto, siempre recuerdo aquello de que “en el caso de Juan Guerra, cualquiera hubiera hecho lo mismo que Juan Guerra”, que escribió alguien aferrado con firmeza al pragmatismo más inmoral. Pero es evidente que ningún régimen político podrá sobrevivir impune a esa premisa corrupta que reduce el “gobierno de todos” a una simple parodia en la que ni siquiera creen dos de cada tres ciudadanos. Diderot decía que los rusos se pudren antes de madurar. No sé por qué cargar a los rusos en exclusiva con ese estigma que a todos nos alcanza.

Menores abandonados

Es una tomadura de pelo el hecho de que los centros de acogida de la autonomía andaluza mantengan desde hace tres años a 835 menores marroquíes enviados a la Península por sus propias familias, mientras Marruecos no mueve un dedo para su pactada repatriación. Es un abuso que sólo se explica por la absurda sumisión de la autoridad española y andaluza a los caprichos de una Administración proverbialmente arbitraria y que funciona, frente a la nuestra, desde una clara superioridad consentida. La Junta debe exigir al Gobierno que presione al país vecino para resolver este problema no sólo por el huevo sino también por el fuero.

El buen rollito

Una consejera de infausta memoria dijo alguna vez, para conjurar el tantas veces dramático problema de la convivencia escolar, que en los centros andaluces reinaba el “buen rollito”. Muchos años después, más de la mitad de los profesores de Huelva se quejan de las presiones que reciben y del mal estado general de la convivencia en esos centros. No se gana nada escondiendo los problemas y menos dándoles la vuelta gratuitamente, como refleja esa proporción de docentes quejosos a los que su Administración no protege como es debido.

Esos consejeros

Un ex-presidente del los EEUU, James Earl Carter, “Jimmy” para los amigos, que quiso ser marino pero fue productor de cacahuetes en Georgia antes de llegar a la Presidencia imperial, ha sido premiado en Cataluña con un premio bien dotado y, seguramente en reconocimiento, ha proclamado algunas conclusiones históricas más que discutibles, como, pongamos, que la caída de Barcelona en la Guerra de Sucesión de 1714 fue peor para Cataluña que el apocalipsis de las Torres Gemelas para los EEUU. Los americanos andan flojos en Historia y más en historia europea, como probó el propio Obama hace poco hablando de oídas de una Inquisición de la que no tiene ni idea, pero lo de Carter me parece que es peor porque no se limita a expresar una opinión sobre el pasado desconocido, sino que tiene la audacia de relativizar la sentencia del TC diciendo, por si faltaba algo, que “un Alto Tribunal no puede acabar con una nación que tiene mil años” –una dimensión excesiva, sin duda, para un yanqui—y recomendando a los catalanes, fíjense qué temeridad la de este Premio Nobel, “paciencia y confianza”. Por su parte el cineasta Oliver Stone ha desembarcado de nuevo en Venezuela para manifestar su convicción de que un buen Chávez es lo que está haciendo falta en Washington. Su documental “South of the Border” quiere contribuir a ese deseo, es decir, a colocar al frente del Imperio a un gorila similar capaz de redistribuir el dinero al pueblo (¡), ayudar a la gente y no permitir el enriquecimiento de las empresas, que es lo que importa. ¿La libertad, la represión? “¡Pero, hombre –clama Stone–, si todo eso de la censura y los cierres de emisoras y periódicos en Venezuela no es más que basura informativa del NYT y del Washington Post!”. No hay que complicar las cosas, como pretenden los malos, sino simplificarlas negro sobre blanco, como hace Chaves o como ha hecho Lula (¿) logrando diez años de adelanto de sus respectivos países sobre los EEUU… Cualquiera sabe dónde podremos acabar con estos consejeros.

 

Ojo con el populismo, no me cansaré de advertirlo, lo mismo si se trata de una prédica  de primera mano que si hemos de vérnoslas con estas versiones interpuestas que le hacen el trabajo sucio a los golpistas como Chávez, o a los simples seducidos por la fantasmagoría milagrera de esos profetas de tres al cuarto. Decir que en Venezuela hay más libertad de lo que sea que en USA es una simple majadería, por supuesto, pero no me parecen del todo inocuas estas propagandas insensatas. Stone la va a sacar un perraje a su nueva obra, eso es seguro, y a Carter le han largado 100.000 euros de premio los secesionistas. Será que uno va de caro por la vida, pero a mí me parece que esos precios son tirados.